El proceso de desarrollo se ha presentado en la América Latina como una aspiración constante al menos en el papel; las teorías de la modernización y de la dependencia son claros ejemplos hasta antes del advenimiento del ajuste estructural en la región.
De pronto, como si la creatividad teórico-conceptual se hubiese apagado ante la avanzada de la ideología neoliberal, los pensadores de las ciencias sociales latinoamericanas en muchas de sus expresiones han mostrado una actitud desconcertada y denunciante ante la presencia de nuevos procesos que han desembocado en la reestructuración económica y de las instituciones estatales de la región por un lado, y por otro, ante la inserción acelerada a las circunstancias que se presentan en forma de una "sociedad global", la cual constituye una ruptura histórica en tanto fenómeno sociocultural, además de una ruptura epistemológica en tanto la teorización de las ciencias sociales se enfrenta a un nuevo objeto de estudio y en tanto no logran aprehenderlo con los conceptos propios de la "sociedad nacional" (79).
Si el neoliberalismo se ha presentado oficialmente como una "verdad revelada e incuestionable", las ciencias sociales latinoamericanas se han presentado como una de las principales denunciantes de los perjuicios sociales derivados de la instrumentación de esta estrategia. Sin embargo, la denuncia no es suficiente para la construcción y la reelaboración de conceptos y categorías que expliquen e interpreten la realidad latinoamericana; menos aún son suficientes para la proyección de nuevas alternativas que desde la teoría posibiliten el desarrollo socioeconómico de la región.
Los intensos debates entre la teoría de la modernización y la de la dependencia, e incluso al interior de las mismas, desató una de las grandes vetas creativas del pensamiento social latinoamericano; se enfocaron a los desafíos que se planteaban en torno al desarrollo y subdesarrollo de las "sociedades nacionales", a la inserción de estas al sistema mundial en condiciones de desventaja, a los actores involucrados en estos procesos y a la importancia de contar con una teoría que planteara estos tópicos. Hoy, mucho de eso ha desaparecido, y en el mejor de los casos se ha redefinido para formar constelaciones de ideas enfocadas a la aspiración de democratización de las sociedades latinoamericanas, por no mencionar a fondo el creciente colonialismo teórico que permea a las academias y la constante dependencia para analizar nuestras sociedades a partir de esquemas emanados de otras latitudes.
Uno de los méritos de Amartya Sen (80) es el de atraer de nueva cuenta y definir la problemática del proceso de desarrollo de una manera integral, sin limitarlo y cercenarlo al reducirlo tan sólo al incremento del producto interno bruto de un país o al producto per capita de un individuo. A pesar de los cuestionamientos que puedan realizarse a su postura, Amartya Sen retoma una temática que a estas alturas puede parecer trillada para los pensadores y para los actores que toman decisiones sobre el rumbo económico y social de los países. Y es que con la avanzada de la versión pop del globalismo (80) se impuso la idea desde las plataformas de los partidos políticos y de los gobiernos, desde los medios masivos de difusión y desde sectores académicos propios del establishment, de que los países al insertarse al tren de la globalización económica y financiera se encaminarían directamente y sin escalas al crecimiento y al bienestar.
La inconsistencia de estas pretensiones discursivas, la avanzada de los movimientos antisistémicos en el mundo, el declive e insostenibilidad de los Estados Unidos como potencia hegemónica y única, así como la creciente exclusión social que se vive en todos los rincones del mundo, han hecho reaccionar a los gobiernos y organismos transnacionales primero para reconocer estas adversidades y después para asumirlas como parte de la agenda en foros para la financiación del desarrollo y de la pobreza, al menos como mera retórica de circunstancia.
En las actuales circunstancias en que la globalización se presenta como un proceso de integración social diferenciada en tanto los fenómenos que ocurren en alguna latitud del mundo influyen en otras que se encuentran a larga distancia; además de presentarse como un proceso de fragmentación económica con característicos ingredientes de transferencia de valor y de excedentes de la periferia al centro del sistema mundial; los Estados y las economías nacionales han atravesado por una profunda reestructuración, desembocando en amplios procesos de desterritorialización de la toma de decisiones; esto es, muchas de las decisiones que hoy en día afectan en términos políticos y económicos a las "sociedades nacionales" ya no son tomadas en el seno de las mismas por sus actores hegemónicos(o si las toman lo hacen en el margen de parámetros y actores externos), la avanzada de organismos transnacionales y de las redes empresariales globales son el claro ejemplo empírico de ello. ¿Acaso en este dislocamiento entre los actores que toman las decisiones y los espacios donde se aplican, radica la incapacidad o la omisión para plantear un proyecto de desarrollo nacional propio con políticas públicas y sociales que respondan a las condiciones de cada país?
Oficialmente, la estrategia neoliberal se ha presentado como la alternativa dominante de constitución de un proceso de desarrollo en la América Latina. Es una estrategia que se desvincula de las pretensiones de un desarrollo hacia adentro para apostar a un desarrollo hacia fuera, donde las acciones a realizar en las políticas públicas son orientadas a la satisfacción de los requerimientos en las relaciones interestatales que tienden a conformar bloques regionales; el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el Plan Puebla-Panamá (82) y el recientemente presentado Programa de Desarrollo Regional Frontera Norte 2001-2006 (83), nos ofrecen una muestra clara de ello. Esto privilegia una visión geopolítica y geoeconómica de los actores estatales y los actores socioeconómicos sobre el espacio y la optimización de este en tanto fuerza productiva estratégica para la reproducción y acumulación del capital. Ante esto, nos atreveríamos a manejar la tesis de que los Estados latinoamericanos cada vez más enfocan sus políticas públicas y sus recursos presupuestales a una articulación de sus países a las condiciones de integración regional y global sea mediante la construcción o promoción de infraestructura adecuada para el capital de las redes empresariales, sea mediante mecanismos de reordenamiento territorial y poblacional como los expresados en el Programa Nacional de Desarrollo Urbano 1995-2000 (84), sea mediante el desmantelamiento del aparato productivo nacional y las privatizaciones de bienes y servicios públicos que posteriormente pasan a manos de estas redes empresariales, sea mediante la apertura comercial y la remoción de las fronteras. En el rubro social, la actuación de los agentes estatales tiende a acotarse cada vez más, la muestra es que después de contar con un monopolio en el suministro de servicios sociales en épocas del Estado Desarrollista, ahora se enfrentan a otros actores que comparten este suministro, tal es el caso de las organizaciones no gubernamentales, los sectores privados y las mismas actividades autogestivas de los grupos excluidos, estimulado esto por rasgos como la focalización, la privatización y la descentralización. Es un nuevo perfil del Estado que categorizamos como "Estado promotor e impulsor de la consolidación del capitalismo global", es decir, una misión y una visión del Estado profundamente geopolítica y geoeconómica que no contempla un sólido proyecto de desarrollo nacional.
Ante la crisis de la deuda y la posterior aplicación de las medidas del Washington Consensus, la capacidad de decisión de los Estados nacionales latinoamericanos es también acotada y en el extremo de los casos reducida a cero, lo cual implica como ya se ha mencionado, el no contar con un proyecto de desarrollo nacional propio y con las políticas públicas y sociales necesarias para la contención de la exclusión en la región. Si los lineamientos básicos de una política pública o social son decididos en instancias transnacionales, la esencia de esta pierde esa vinculación con las circunstancias de las comunidades locales, además de que los actores estatales nacionales corren el riesgo de mostrar algún desconcierto ante la planeación de modelos que no son diseñados por ellos.
En suma, las políticas sociales han tendido a transitar del suministro universal de sus servicios a un suministro focalizado orientado a los sectores de pobreza extrema; de un monopolio tan solo en manos del Estado a una diversificación de actores que intervienen en su diseño y aplicación; de una centralización en manos del gobierno federal a una descentralización a niveles inferiores de gobierno; de la intermediación por parte de las grandes centrales corporativas que aglutinaban a los asalariados a un suministro donde la relación entre las instituciones estatales y los beneficiarios se supone más directa, aunque no implique la desaparición de clientelas sino la redefinición de estas; de una protección de los derechos sociales a una protección de los derechos individuales; de una procuración del bienestar social general a una función asistencial y compensatoria a manera de apagafuegos, sin más remedio que responder a las inconsistencias de las políticas económicas; de una correspondencia con el proyecto de desarrollo económico a una desvinculación de este precisamente por su ausencia o su falta de claridad; de una ausente evaluación a una evaluación sujeta a los parámetros de las instancias estatales.
Estas transiciones y transformaciones se inscriben en los cambios experimentados en los modelos económicos y productivos. Los cambios eran necesarios para evitar un Estado burocrático y corporativo, para contrarrestar la crisis fiscal de este y para conformar una organización estatal más flexible que utilizase las prácticas de la administración gerencial, lo cual es necesario ante las pretensiones de conformar redes estatales que respondiesen a la integración regional y global.
Si la estructura de la organización gubernamental ha cambiado, las políticas públicas y sociales no han quedado al margen de ello. Estudios como los hechos por David Osborne y Ted Gaebler (85) nos muestran la ineficiencia del sector público estadounidense, los crecientes déficits fiscales, la baja calidad de los servicios educativos y de salud subsidiados por el Estado; es tanta la preocupación por esta ineficiencia que a las escuelas se les califica de unas "verdaderas cárceles". Sin embargo, esto debe ser tomado con pinzas en el análisis, pues el hecho de que los servicios públicos sean ineficientes no es necesario que esto implique el abandono de estos por parte del Estado, pues las nuevas políticas sociales tienen que orientarse a una limitación de las pesadas estructuras burocráticas que impiden el desarrollo de recursos humanos mediante el suministro de servicios de salud y educativos, más urgente se hace en una era donde el conocimiento está modificando con acentuada celeridad a los factores de la producción tras agregar valor a los productos finales. La concentración de información y conocimiento en manos de los monstruos burocráticos y corporativos se contrapone a las necesidades de fluidez de estos elementos por las redes sociales y los procesos productivos, a las necesidades que tienen los individuos para agregar valor a la economía mundial.
Una política pública y social que deje de lado estas nuevas necesidades y nuevos actores queda impedida para habilitar a los individuos de las naciones latinoamericanas para enfrentarse a las ventajas y desafíos derivados del proceso de globalización del capital y la de la "sociedad del conocimiento" que en una de sus vertientes la impulsan.
Las nuevas tecnologías de la información hacen prescindibles a muchos sectores de la población que buscan insertarse en los mercados laborales; cada vez más, el desempleo y el subempleo aumentan en la América Latina; la avanzada de la economía informal y de la economía subterránea y criminal tiende a absorber a estos individuos excluidos (las redes de narcotráfico y secuestro dan muestra de ello). Mientras que las políticas sociales en sus estrategias de focalización cada vez encontraran a más habitantes que se agregan a la lista de pobres necesitados de asistencia social.
De esta forma, tanto el proceso de desarrollo como el diseño y aplicación de políticas públicas y sociales cada vez más necesitarán de la revisión de los modelos económicos y productivos que se instrumentan en la región; los Estados necesitan enfrentar ese reto para reivindicar su capacidad de toma de decisiones en lo nacional, mientras que las ciencias sociales latinoamericanas más que limitarse a la denuncia tienen la necesidad de conceptualizar y dar cuenta de lo que ha sucedido en las últimas tres décadas, con ello lograrán reivindicarse a sí mismas y aspirarán a conformar interdisciplinariamente a una teoría del desarrollo que contribuya a la construcción de alternativas.