¿Cuáles serían las expectativas para la inversión y el comercio europeo en América Latina después del ALCA? Cabe recordar que muchas empresas europeas transnacionales ya producen o están situadas en el mercado latinoamericano, particularmente en Brasil, Argentina, Chile y México. Por ello, las empresas europeas radicadas en estos países se beneficiarían de un futuro ALCA al abrirse el mercado de América del Norte y del Sur para sus bienes. Además, cabe recordar que, en marzo del 2000, la UE estableció un primer acuerdo de libre comercio plus con México y dos años después con Chile. Las negociaciones con el Mercosur concluirán probablemente paralelo al ALCA. Con Chile, un tradicional socio político y económico de la UE en América Latina, Europa ya lleva una ventaja comparativa frente a EE UU, que todavía no ha concluido un acuerdo de libre comercio con ese país (las negociaciones empezaron en diciembre de 2000 y podrían terminar a fines del 2002).
Tampoco está decidida la "lucha" por el MERCOSUR: si la UE lograra un acuerdo de asociación antes del 2005 con amplias concesiones en el sector agrícola, el MERCOSUR seguiría siendo un proyecto marcadamente europeo de integración con relaciones comerciales privilegiadas con la UE. Un prerrequisito para ello sería un mayor compromiso europeo en Sudamérica, siguiendo el lema de Pascal Lamy (formulado durante la II Cumbre Europeo-Latinoamericana en Madrid), de que "para nosotros, el Mercosur no es una opción, sino un destino".
A diferencia de la política de EE UU, la futura alianza interregional incluiría también un apoyo destacado de la UE al proceso de integración subregional y un fortalecimiento de la posición de Brasil en Sudamérica. Dado que el MERCOSUR y Chile son los socios latinoamericanos con los cuales la UE mantiene relaciones más estrechas que EE UU, mientras que los países andinos, caribeños y centroamericanos están mucho más inclinados hacia el mercado estadounidense, es altamente probable que las consecuencias del ALCA para el comercio y la inversión europea sean mínimas. Tanto más cuando -al tener un peso mínimo en el hemisferio frente al TLCAN- las ganancias del MERCOSUR y Chile en el futuro ALCA serían escasas comparadas con los beneficios de acuerdos con la UE, su principal mercado agrícola. Para este grupo de países, desde una perspectiva política y económica, la opción europea parece más atractiva que la norteamericana.
Sin embargo, no se trata de estrategias excluyentes. El ALCA no será una unión aduanera con aranceles externos comunes como el MERCOSUR, sino que tendrá solamente reglas de origen. Esta fórmula le permite a cada socio mantener su propia política comercial hacia terceros, incluyendo la negociación de acuerdos de libre comercio independientes. De hecho, esto ha pasado en el TLCAN en el caso de México y su acuerdo de asociación con la UE. Siempre y cuando el TLCAN no sea una unión aduanera, los productos europeos pueden llegar libres de aranceles a México; las reglas de origen impiden (al menos en teoría) su entrada a EE UU.
No obstante, esta política conlleva una serie de problemas secundarios: surgen conflictos de tipo técnico que finalmente podrían tener también consecuencias políticas. Las empresas mexicanas o norteamericanas radicadas en México tendrán que adoptar normas y estándares diferentes para poder exportar al mercado europeo. Otro ejemplo concreto sería la producción de vinos chilenos, orientada hacia el mercado europeo, el cumplimiento de sus normas y estándares. Si Chile define un acuerdo individual de libre comercio con EE UU o participa en el ALCA, tendrá que adoptar otros estándares vigentes en la zona de producción hemisférica. Estos obstáculos serán también planteados y negociados en la agenda de la OMC, donde la UE y EE UU tienen un papel clave.