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La pesquisa, de Juan José Saer, procede por pliegues: Pichón Garay, quien relata el acontecimiento de las viejecitas de París, también será quien realice el viaje para el descubrimiento del manuscrito; Morvan, el detective que interroga el enigma de los asesinatos, vivirá el espesor de ese enigma en los sueños, en una representación de "pasajes", de "correspondencias" que recorrerá toda la novela. Morvan es, en todo sentido, el sujeto de la ratio: "Ese aspecto singular de su temperamento, la apetencia de lo claro, la inclinación por la verdad, más fuerte que la pasión del placer...". Temperamento que actúa buscando la inteligibilidad de la verdad, "dando por sentado que la zona clara de la existencia es el escenario principal hacia el que debe converger lo quiera o no, la dispersión caótica del mundo". La novela se sostiene en la inflexión del género policiaco, y así, los asesinatos se cometerán con la perfección geométrica que puede ser leída por la racionalidad esclarecedora, como un mapa donde es posible predecir el próximo crimen; y la significación del indicio (el trozo de papel en el lugar del asesinato) es el "signo débil" que permitirá armar el rompecabezas (la carta rota en pequeños pedazos, que debe ser armada por el detective para verificar que el trozo que falta es justamente el encontrado en el sitio del crimen, es la imagen misma del "rompecabezas" que la razón debe "armar"), y de este modo señalar, con certidumbre, la identidad del asesino.
La batalla entre dos racionalidades enfrentadas, termina, como en las novelas policiales clásicas, con el triunfo de la racionalidad de la ley. Sin embargo, la novela, trabada como decíamos en una compleja red de correspondencias, realiza un segundo pliegue: así como en la Guerra de Troya, contada por el manuscrito, Helena es un simulacro de la verdadera Helena (representada en un momento en el contraste de los dos soldados: el Soldado Viejo, quien "posee la verdad de la experiencia", y el Soldado Joven, quien "posee la verdad de la ficción". La verdad se oblitera y pierde sus certezas ontológicas para circular también entre los simulacros; del mismo modo, por arte de las correspondencias, la verdad revelada por Morvan se oblitera para, inesperadamente, transformarse en un simulacro: el indicio era realmente un falso indicio para señalar al detective como culpable y para representar, en una representación de vértigo, la relación del yo con el otro, donde el otro (el Comisario Lautret, su mejor amigo) quiere imitar en todo a Morvan, sólo como paso al signo contrario: Morvan ocupará el lugar de Lautret, en un juego de simulacros y de engaños, donde el simulacro se impone como la verdad. La crueldad y gratuidad de las masacres contribuyen a ese vértigo, a esa resistencia a la inteligibilidad y la claridad finales.El primer tiempo de la ratio (el descubrimiento por parte de Morvan sobre quien es el asesino) es el triunfo de la verdad revelada, pero ésta no es sino una certidumbre equívoca: esta verdad se obliterará para dar paso al triunfo del simulacro (a la ratio del asesino, como en "La muerte y la brújula", de Borges). Se establece un "pasaje" entre verdad y simulacro, y la racionalidad, reveladora de la verdad (y, por tanto, génesis de la promesa de felicidad del hombre, tal como lo anuncia la modernidad) revela una vertiente monstruosa, la del simulacro, la de una estructura de dominio sin sujeciones morales, que existe como una segunda realidad entre los intersticios del orden y lo real. La racionalidad del pacto y la cohesión social, con su orden legitimado y su moral, con su tramado identificatorio y sus interdictos excluyentes, de pronto se oblitera y hace surgir una parte de sí misma que, como lo ominoso freudiano, ha debido quedar oculta: la racionalidad del simulacro y la crueldad, de la fascinación y la gratuidad del asesinato. Morvan y Lautret son las dos vertientes de la misma racionalidad: la de la verdad revelada, uno de los trofeos de la modernidad, y la de la estructura de dominio, capaz de las mayores monstruosidades. La razón, y los sueños de la razón que producen monstruos, para mencionar la famosa expresión de Goya.

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