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El relato policiaco postmoderno: tres novelas argentinas contemporáneas - La fascinación

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Artículo creado por Víctor Bravo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero9/policial.html
23 de Agosto de 2006
Estilos literariosHistoria de la literatura

3 - La fascinación

En Plata quemada, de Ricardo Piglia, el mal alcanza un punto extremo de su representación: la fascinación, más allá de los interdictos morales y de preservación del orden.

Sin duda fue Sade uno de los primeros en mostrar esa fascinación, esa posibilidad de lo humano de desatarse de todo control, del orden que le es constitutivo para su propia preservación, y avanzar hacia esa experiencia absoluta del mal, que brilla en un instante de plenitud, el instante a la vez de su propia destrucción. El hombre es el homo éthicus pues todos sus horrores, hasta los más extremos, tienen su ancla moral; pero existe un momento que anula toda finalidad, toda teleología, toda duración temporal para privilegiar el instante en su intensidad; el mal se presenta entonces en su gratuidad, en su sin razón, en el brillo insoportable de su pura fascinación. Es el momento en que los fundamentos de la existencia y de la sociedad son negados. Heidegger ya ha señalado que Nihil est sine ratione, nada es sin fundamento, y ya Leibniz llamó a la proposición del fundamento, el principium rationis, lo que indica que toda negación del fundamento es la negación de las raíces de la razón misma. Bretón, desde esta perspectiva, saludaba Del asesinato como una de las Bellas Artes(1839), de Thomás de Quincey, quien ve en el asesinato el acto puro por excelencia, aquel que se desprende de toda sujeción moral y brilla –diría De Quincey- estéticamente.

Plata quemada es novela de la representación del acto de la gratuidad, aquel que hace estremecer los cimientos de toda sociedad y todo orden: la representación de la aniquilación –gratuita- de lo que le es constitutivo a la sociedad: la vida y los bienes. Toda representación de la destrucción de lo más preciado va acompañada de una fascinación que parece emerger de lo más oscuro de lo humano, la manifestación de lo que no debió haberse manifestado. El "afuera del género policiaco" donde se sitúa la novela de Piglia se encuentra lejos del diagrama inicial establecido por Poe, y cerca de lo que ha llamado el "relato negro", la representaciòn narrativa del delito, sin el correaje de lo policiaco inventado por Poe. La novela relata, partiendo de un hecho real que se produjo en 1965, entre Buenos Aires y Montevideo, la preparación y realización de un asalto a un banco, la huida del núcleo de la banda, traicionando a sus diversos cómplices, y en una serie incontable de asesinatos, la persecución por parte del Comisario Silva, el acorralamiento de la banda y la resistencia y la quema del botín –la plata quemada- antes de la derrota final. Contada en un múltiple desplazamiento de perspectivas, en un deplazamiento igualmente de los testimonios y del archivo, entre lo subjetivo y lo objetivo, el relato nos va a mostrar, en los múltiples asesinatos, en la ciega y orgiástica resistencia, en la quema de la "plata" , la representación de la gratuidad de la destrucción, el brillo y la fascinación del mal.

El mal es lo ominoso que acecha entre los pliegues del orden; así lo expresa una perspectiva racional de la novela: "Muchas veces Silva se quedaba levantado hasta la madrugada, en su casa, sin poder dormir y miraba la ciudad desde la ventana, a oscuras. Todos trataban de ocultar el mal. Pero la maldad acechaba en las esquinas y dentro de las casas". Lucía Passero, un personaje ocasional, testigo desde la vidriera de una panadería de "una verdadera orgía de sangre", tiene conciencia de la fascinación de lo que observa, "mejor que en el cine", y desde su racionalidad logra identificar las raíces de esa fascinación: "Volvió a experimentar, lo que ella misma llamaba la tentación del mal, un impulso que a veces le daba por hacer daño o ver a alguien que le hacía daño a otro y contra esa tentación luchaba desde chica". Esa tentación se expresa también, de manera confusa, en uno de los criminales: "La maldad ... no es algo que se haga con la voluntad, es una luz que viene y que te lleva". En este relato de robo y persecución las diferentes formas del mal se plantean, siempre en términos de gratuidad, siempre lejos de toda sujeción, todo moralismo y toda ley –incluso lejos de las "leyes" y reglas de juego implícitas entre los criminales-. Lejos incluso del miedo. Y quizás aquí se encuentre uno de los puntos fascinantes de este relato: la representación del vivir las diversas formas del horror y de la aniquilación, sin miedo. ¿No era ésta la fascinación que la orgía producía en Nietzsche?. Los asesinatos gratuitos, como representaciones del mal absoluto, pueden ser atribuidos a la demencia, pero la "quema" del dinero es la aniquilación gratuita del gran símbolo de la riqueza de la sociedad, y ese acto no tiene atribución posible sino lo innombrable y lo no representable del mal.

Marcel Mauss, en su "Ensayo del Don" describe un "comercio" de destrucción de bienes propios, el "potlatch" de los indios del noroeste de América, donde un rival queda desafiado por la destrucción solemne de la propia riqueza, y su respuesta no puede ser sino una destrucción mayor de los propios bienes. Sin embargo, el "potlatch" es una suerte de sacrificio con un sentido, en ese tipo de sociedades. A pesar de que la novela de Piglia menciona expresamente el "potlatch", el acto de destrucción del los dólares, la "plata quemada" carece en la novela de otro sentido que no sea el de la gratuidad absoluta, el absoluto del mal. La novela describe el horror y la parálisis pues ese acto es innombrable. Señala el narrador: "Si la plata es lo único que justificaba las muertes... y ahora la queman, quiere decir que no tienen moral, ni motivos, que actúan y matan gratuitamente, por el gusto del mal, por pura maldad, son asesinos de nacimiento, criminales insensibles, inhumanos".

Ese brillo, acaso inhumano, que de Sade a Baudelaire, de De Quincey a Bretón ha sido colocado en el mismo lugar donde por un instante brilla lo estético, es la más extrema refutación del interdicto, de la ley, de lo que cohesiona realmente a una sociedad y que Nietzsche llamara el instinto de rebaño.

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