Si bien, como señala Cano García, la preocupación política por la educación puede remontarse a tiempos de la Grecia clásica: “la idea de que la educación debe estar garantizada por los poderes públicos aparece ya en Platón y Aristóteles” (Cano Gracia; 1998), es en el período de la Ilustración Francesa cuando surgen los avances más concretos que se traducen en las casas de Enseñanza creadas en 1768 y en la capacitación de maestros a quienes se los consideraba responsables directos de la calidad de la educación. De esta forma, a la preocupación “cuantitativa” respecto a la difusión de escolarización se agrega un interés de tipo “cualitativo” orientado a mejorar los servicios educativos.
La extensión de la escolarización, como todos sabemos, inició un sostenido avance desde entonces. El optimismo pedagógico se ha centrado históricamente, precisamente en una notable confianza en la educación como factor determinante en el desarrollo de las sociedades. Sin embargo, ya ingresado el siglo XX, en los años ’60, pese a la euforia delos organismos internacionales, comienza a detectarse que:
“la educación presenta grandes deficiencias incongruentes con el aumento de las inversiones” (Cano Gracia; 1998).
De esta forma, a medida que la matrícula se extiende y se resuelven los problemas vinculados con lo cuantitativo, aparecen cuestionamientos relacionados con la calidad de los servicios: “En el presente la preocupación central ya no es únicamente cuántos y qué proporción asisten sino quienes aprenden en as escuelas, qué aprenden y en qué condiciones” (Toranzos; 1996)
Por qué preocupa la calidad