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El rostro, la palabra, la comunicación, claves en la resolución de conflictos - Asumir nuestra irresponsabilidad con la palabra en la construcción

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CopyLeft Artículo de Carlos Andres - 17 de Mayo de 2007
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3. Asumir nuestra irresponsabilidad con la palabra en la construcción
El 20 de febrero de 2006 el soldado Jhon Diego Riascos, adscrito a uno de los batallones móviles del Ejército, cuidaba un “cambuche” de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), al que habían entrado las tropas anteriormente. Un “tatú” (petardo) le impactó en la cara y sus heridas fueron tan graves que los médicos daban pocas posibilidades de que sobreviviera. Estuvo 15 días en coma y al borde de la muerte durante mes y medio(…)



La vida del soldado Riascos está marcada por el dolor desde los primeros años, su madre fue asesinada a golpes, al parecer, por su padrastro justo en el momento en que el soldado contaba con apenas 6 años de edad[1].

En su dolorosa condición de “sin rostro” este hombre tiene esperanzas de vivir, se someterá dentro de poco a una cirugía que le permitirá recuperar la cara, aunque no sea la suya y no pueda volver a ver. Este hombre es, como muchos otros que no conocemos, víctima, no solo de una batalla, sino de una vida violenta. Desafortunadamente tanto para él como para todos nosotros en cuanto participantes del tejido social injusto en el que él cayó, se ha materializado la ausencia de su rostro. Ahora es por todos reconocido como una víctima, y sólo vasta verlo para saberlo. Sin embargo, aún puede expresarse, primero que todo porque está vivo, y en segundo lugar, puede hablar, ha manifestado su deseo de perdonar a sus agresores ante los medios de comunicación y ha superado las circunstancias que le quitaron su desmotivación por seguir viviendo.

Entrañablemente nos duele saber que perder el rostro significa perder la identidad, la imagen se nos hace incómoda y a la vez dolorosa, se nos dificulta sostener la mirada y seguramente si estuviéramos cerca de Jhon nos costaría trabajo mantener un diálogo por lo menos tranquilo con él. Pero nos hace falta ser mucho más sensibles para sentir lo mismo con una persona que ha vivido experiencias similares a las de Jhon en su infancia, precisamente porque ese rostro borrado se nos oculta con el rostro que sí se deja ver.

En este mismo sentido, tenemos que reflexionar acerca de la causa de nuestra guerra colombiana, y no es otra que la de una historia de rostros borrados, de palabras anuladas, de maltratos, abusos y demás violencias que se hacen cotidianas en nuestro devenir, convirtiéndose para muchos en algo tolerable, insufriente, olvidado. Específicamente, en el lecho familiar nace la cultura de la violencia colombiana, si ahondamos en este punto no nos parecerán extrañas las conductas de los gestores de la violencia con las armas.

Es justo asumir nuestro papel en el conflicto, reconociendo primero que no sabemos ponernos en presencia del otro, que nos ha faltado reconocer la total diferencia manifestada en el rostro, y además debemos decirnos que no nos sabemos comunicar, o sabiéndolo no lo aplicamos en nuestras relaciones cotidianas, así mismo, estamos en la obligación no sólo de despertar las conciencias de los gestores de la violencia, sino también de aquellos que sin ser protagonistas, hacen crecer y mantienen una cultura violenta por el simple hecho de comunicarse mal.

El origen de nuestros conflictos más sencillos se da por la intención de anular la palabra del otro, de imponer la propia palabra, de violentar el derecho de alguien para expresarse. Pero también en nombre de ese derecho podemos expresar como verdaderas e infalibles nuestras verdades, que sólo se desenmascaran como pretensiones de pasar por encima del reconocimiento del otro. Es por esto que se hace necesario incentivar el ejercicio de una comunicación que respete, que sea responsable con, que sea franca, sincera, a la vez que cordial y afectiva.



[1] En: http://www.canalrcn.com/noticias/index.php?op=info&idC=27748&idP=119&idS=745
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