El mundo ha conocido un sinnúmero de procesos de resolución de conflictos, los medios de comunicación social nos actualizan acerca no sólo de los conflictos actuales, sino de los pasos que las sociedades afectadas dan en los problemas y en sus soluciones; en general todos tenemos una vaga idea de que es necesaria cierta participación mediática que escuche a las partes afectadas. Por otra parte, la educación ética comienza a considerar la importancia del asunto, por ejemplo en el curso de formación humana que da el SENA / Colombia a los estudiantes, se imparte la materia “resolución de conflictos”, indicando con esto que hay una cierta intención en muchos sectores de pasar la barrera que tiene este tema altamente encumbrado como necesario en sociedades que viven enfrentamientos a nivel macro, y pensar que pueden haber estrategias viables para solucionar los problemas cotidianos.
Sin embargo, en el imaginario colectivo hablar de resolución de conflictos implica hablar de guerra, en el caso de Colombia, de paramilitares, de guerrilla, de gobierno, de delegados, de veedores internacionales, ubicando el problema más allá, desconociendo de plano la responsabilidad individual que parte del acontecer histórico en la familia misma, considerada hasta hace poco como núcleo de la sociedad, concepto por demás gastado y sobrepasado, pero que no es objeto en este momento de nuestra consideración.
Este ensayo no pretende plantear su reflexión en el gran apogeo de la resolución de grandes conflictos, por el contrario quiere darle importancia a los conflictos cotidianos y sencillos, mal manejados, mal intervenidos, mal procesados, mal solucionados, y considerarlos como una cadena de errores que nos lleva a vivir el gran problema que hoy queremos enfrentar con políticas estatales y despliegues comunicativos impresionantes. Pretende mostrar a través de una perspectiva diferente, basada en el concepto filosófico de Emmanuel Lévinas, que la solución de los problemas cotidianos mediante el adecuado uso del diálogo, nos hace personas pacíficas y hábiles en el manejo del leguaje, construyendo una cadena que influye positivamente en la formación de un tejido social caracterizado por la noviolencia.