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El triángulo de la historia en Respiración artificial - Imposibilidad del lenguaje

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CopyLeft Artículo de Sonia Remiro Fondevilla - 21 de Octubre de 2006
Temas Relacionados: Historia de la literatura
3. Imposibilidad del lenguaje

La pregunta “¿Cómo narrar los hechos reales?” (Piglia: 2001b, 148) que anteriormente ha citado nombrando a Parnell, su autor, vuelve a relacionar los tres puntos que hemos marcado en la historia y cierra definitivamente la figura triangular. Al plantearse esta pregunta se están poniendo en juego los tres elementos al mismo tiempo, la característica esencial que los une: la narración. Tanto las historias en el seno familiar, como la historia literaria y por último la HISTORIA necesitan narradores que ordenen los hechos y los transmitan. Piglia considera al Estado como uno de los mejores narradores de historias, sabe cómo manipular la memoria de los individuos, pero si nos apartamos de las grandes maquinarias del poder, nos encontramos con la imposibilidad de narrar. Como bien observa Avelar en su ensayo, ante la disyuntiva Joyce / Kafka, el autor elige a Kafka, el autor al que todos los obstáculos le superan. Piglia elige al autor de El proceso, obra en la que no se nos narra cuál ha sido el crimen cometido por K. En RA no se puede narrar lo que le ha sucedido a Maggi. Avelar señala que el autor deja esta empresa al lector, que sea él quien se encargue de transmitir la historia [12]. Esto vendría a confirmar una de las teorías del propio Piglia: la diferencia entre narrar y contar. Si nos alejamos del poder estatal, la única forma a nuestro alcance es contar historias [13]. Más tarde desarrollaremos en profundidad estos dos puntos que hemos señalado, el Estado como maquinaria para contar historias y la distinción que se establece entre narrar / contar. Pero volviendo al epígrafe de este apartado, sería conveniente buscar algunas de las causas de esa imposibilidad del lenguaje para contar. Parece que en esta sociedad posmoderna las nuevas tecnologías son cada vez más poderosas, y entre ellas, destacan las informativas. Tenemos todos los medios a nuestro alcance para conocer lo que está sucediendo y en el momento preciso. El primer escalón fue la guerra televisada del Golfo, pero no solo hay que señalar a los medios de comunicación como posibles culpables de la disminución del poder de la letra impresa. Los acontecimientos bélicos son utilizados por los gobiernos y se pierde la esencia, la verdadera amplitud del hecho al aparecer como teatralizados. Como dice Castillo:

Lo irrepresentable no es aquí la muerte en sí, sino lo que hay detrás de ella. El depósito de cadáveres -la Argentina del general Videla por ejemplo, el Chile de Pinochet, la Alemania de Hitler o los miles de muertos iraquíes que el ojo televisual postindustrial desdibujó en nuestras pantallas- no representa solo el resultado de una política de exterminio sistemático y masivo de diferencias, implica sobre todo la cristalización de una teatralidad tecnológicamente eficaz gracias a la cual la responsabilidad de la muerte del otro pierde toda posibilidad de representación. (Castillo: 2000, 43)

Los medios de comunicación visual relegan al lenguaje, a la literatura a una situación de desventaja. Tiene que buscar nuevos caminos que lleguen al lector; cuenta con algunas ventajas: la literatura supone dedicación, tiempo, con lo que lleva reflexión, cualidades alejadas del sistema actual.

Frente a la reflexión y la imposibilidad en la que se encuentran los escritores para poder narrar los hechos reales, nos encontramos con la maquinaria perfectamente engranada para contar historias del Estado. La novela, RA, trata de buscar una solución a este impedimento, rompe las fronteras entre géneros, adopta la forma de ensayo, novela epistolar, diálogos e intenta desde la ficción establecer teorías de la realidad. Pero la pretensión, el anhelo de establecerse en la realidad partiendo desde un mundo ficticio no solo se queda ahí, sino que toda la historia -narración- tiene como objetivo prioritario transmitir al lector una reinterpretación de la historia, ofrecerle las dudas suficientes para que no se conformen con la verdad oficial.

La verdad oficial es transmitida por el Estado y por el poder. Pero, ¿qué mecanismos utiliza para puedan penetrar tan eficazmente las historias?

Anteriormente hemos citado a Jaimes, en ese fragmento se nos decía que al relacionar unos hechos con otros y al situarlos en un contexto adecuado, la interpretación pasa de ser infinita a finita. Esta forma de narrar es la que utiliza el Estado: aceptamos esa versión y no nos cuestionamos nada. Para que el mensaje sea unívoco, la maquinaria tiene que poner en relación los hechos para no dejar al receptor buscar un punto de fuga. En RA, Piglia puede utilizar como hemos apuntado, la misma estrategia. Traza líneas de relación entre todos los hechos, pero su intención no es la de hacer oficial una única verdad, sino denunciar este mecanismo y alertar al lector sobre su uso. La verdad ofrece múltiples caras y es el lector el que debe buscarlas y ordenarlas. La forma en la que Piglia se va a apartar de esta forma lineal de narrar los acontecimientos es a través de la figura de Arocena.

Arocena es la figura oculta del Estado [14], el censor que paraliza las posibles interpretaciones al margen de lo oficial. En RA se nos descubre este elemento que en nuestra realidad es invisible, Piglia nos alerta de su existencia; la diferencia por lo tanto en el modo de narración entre Estado y novela estriba en que en la literatura no hay un censor, el lector se encuentra con la información dada por el escritor y es él mismo el que deberá decidir sobre la verdad de los hechos. Piglia nos ofrece una novela que exige participación y cierta predisposición por parte de los lectores: la intención de Piglia parece ser la de aproximarnos al papel de historiadores, el autor nos da parte de lo sucedido y nosotros tenemos que reconstruirlo para tener una visión completa. [15]

El estado es el creador del discurso, toda manipulación del lenguaje queda a su alcance:

Lo que se denomina favelas en Brasil, se convertirá en villas-miserias en Argentina y barriadas en el Perú; en este último país, bajo el gobierno del General Velasco Alvarado (1968), se forjó incluso un eufemismo -“pueblos jóvenes”- cuya función tergiversadora dejó una vez más de manifiesto la manipulación discursiva necesaria a todo régimen autoritario en Latinoamérica. (Castillo: 2000, 47)

Esta tendencia queda establecida en Argentina con la obra de Sarmiento, Facundo Quiroga [16].La elección del Facundo por parte de Piglia no parece fortuita. El autor de RA la considera como la obra fundacional de la literatura argentina. Comienza diferenciando dos bloques de población en el país. Al igual que la obra de Sarmiento realiza esta división, las ficciones que plantea el Estado quieren homogeneizar a la población en un mismo bloque, haciéndola fácilmente manejable; pero su poder no llega a todos y eso hará que se creen marginales, personas al margen de la ley, de lo correcto. Este tipo de personajes abunda en la novela: Enrique Ossorio, Tardewski, el propio Maggi...

Castillo sigue analizando la obra de Sarmiento:

La “desaparición” de la huella del sujeto indígena se vio posibilitada gracias a una economía discursiva regida por el uso modelizador y manipulador del estereotipo. El estereotipo, a partir de la obra de Sarmiento, se ubica de este modo como la llave maestra de la modernidad argentina. Enfocado aquí como una expresión del poder instrumentalizador del lenguaje, el estereotipo encierra al Otro en compartimentos estancos que impiden toda relación dialógica; una relación de sujeto a sujeto resulta de este modo imposible. Allí reside el uso modelizador y manipulador a la vez del discurso estereotipante que anima el Facundo de Sarmiento. (2000: 172)

Tenemos de nuevo otra razón, otra luz que nos aclara la presencia tan importante de la novela de Sarmiento en RA. En Facundo están anunciadas muchas de las claves de lo que va a ser la historia latinoamericana. Al igual que Ossorio con su novela utópica vaticina el futuro de la dictadura argentina, Sarmiento parece pronosticar una característica inherente al sentimiento nacional argentino. La separación de la población en dos bloques antagónicos queda prefigurada desde el comienzo de la literatura argentina y anuncia la fisonomía del país. En la época de Sarmiento los poderosos querían librarse el segmento de población que representaba la barbarie y que no dejaba avanzar a las ideas progresistas; en 1979 los militares quieren librarse de los nuevos bárbaros que defienden ideas diferentes a las suyas.

En la posmodernidad muchos autores han reflexionado sobre la importancia del lenguaje, entre ellos Edward Saïd:

Le concept est la première arme dans la soumission d´autrui - car il le transforme en objet (alors que le sujet ne se réduit pas au concept). (1980, 9)

Este pasaje vuelve a incidir en la importancia del lenguaje para la concepción de la realidad -en una ocasión el propio Piglia señala la curiosidad de que el mejor analista de la sociedad actual sea Chomsky, un lingüista. Los estados conocen la importancia del lenguaje y se preocupan por crear conceptos que desvirtúan la realidad y hacen que pierda toda la carga semántica y real. Un ejemplo pertinente para la novela es el de los “desaparecidos”, un eufemismo que parece querer suavizar la realidad de la barbarie de la dictadura.

Pero el poder y la manipulación del Estado no solo queda restringida a las relaciones del lenguaje sino que su campo de actuación es amplio:

[...] Le pouvoir est présent dans les mécanismes les plus fins de l´échange social: non seulment dans l´État, les classes, les groupes, mais encore dans les modes, les opinions courantes, les spectacles, les jeux, les sports, les informations, les relations familiales et privées, et jusque dans les pousées libératrices qui essayent de le contester: j´appelle discours de pouvoir tout discours qui engendre la faute, et partant la culpabilité, de celui qui le reçoit. (Barthes: 1978, 11)

Piglia en RA confirma esta tesis. La influencia del poder es sutil, no aparece a la vista dirigido desde instancias superiores, sino que sus órganos de acción se ramifican, penetran en todos los huecos permeables de la sociedad. El tipo de libros, de autores predominantes en una época van a imponer de cierta manera su dictadura, haciendo imposible la aparición o popularización de otros géneros o escritores. El poder como señala Barthes también aparece en las relaciones familiares, y ese pensamiento también se demuestra en la novela de Piglia; las relaciones que se establecen entre los miembros de las familias no son inocentes: tenemos una primera afirmación por la que se relaciona literatura y familia cuando Renzi, citando a Tiniánov, afirma que la literatura se hereda de tío a sobrino [17]. Maggi ocupa un lugar marginal en la familia, después de abandonar a su mujer e irse con otra, las versiones sobre su vida se van alternando hasta que llegan a Renzi, su sobrino. Las manipulaciones, los silencios de estas pequeñas historias familiares nos dan ejemplo de las grandes tergiversaciones de la historia universal [18]. Con estas últimas relaciones volvemos a trazar una línea que unen los tres aspectos de la historia elegidos, la manipulación del lenguaje llevada a cabo por el poder, no solo se adscribe a la parcela política, sino que se extiende y afecta a las concepciones literarias y a los núcleos familiares.

Por último apuntaremos algunas de las diferencias entre contar y narrar que se pueden apreciar al leer la novela y al seguir las reflexiones del propio autor, la diferencia semántica entre ellas también provoca una división entre los sujetos actantes. Las historias creadas por el Estado no solo difieren de las literarias por el objeto que pretenden y los medios que utilizan para extenderlas. Una de las diferencias es su forma de difusión. El Estado tiene la maquinaria suficiente para narrar, pero la verdad de los perdedores solo puede ser escuchada de persona a persona, hay que contarla.

Piglia en la conferencia de Casa de las Américas reflexiona sobre los relatos del Gobierno y los del pueblo y pone a Walsh como ejemplo de lucha contra la manipulación y de escucha al pueblo. El Estado siempre intenta borrar las pruebas que ofrecen alternativas a la versión unívoca, pero siempre hay alguien [19], un testigo de la historia. Como dice Piglia en la misma conferencia, encontramos réplicas por parte del pueblo a la versión oficial:

En ese momento, cuando toda la experiencia de la represión estaba presente y al mismo tiempo estaba esta idea de ir a buscar al sur un conflicto para provocar una guerra, en la ciudad empezó a circular una historia, un relato anónimo, popular, que se contaba y del que había versiones múltiples. Se decía que alguien conocía a alguien que en una estación de tren del suburbio, desierta, a la madrugada, había visto pasar un tren con féretros que iba hacia el sur. Un tren de carga que alguien había visto pasar lento, fantasmal, cargado de ataúdes vacíos, que iba hacia el sur, en el silencio de la noche. Una imagen muy fuerte, una historia que condensaba toda una época. Estos féretros vacíos remitían a los desaparecidos, a los cuerpos sin sepultura. Y al mismo tiempo era un relato que anticipaba la guerra de las Malvinas. Porque, sin duda, esos féretros, esos ataúdes en ese tren imaginario iban hacia las Malvinas, iban hacia donde los soldados morirían y donde tendrían que ser enterrados. (Piglia: 2001c)

Las narraciones del Estado aparecen por escrito, se convierten en la historia oficial que se transmite generación tras generación. Encontramos relación aquí con las ideas de Habermas que siguiendo el aviso de Nietzsche nos alerta de que la historia ya no existe como hechos sino como textos -lo que permanece escrito va a moldear el futuro de la historia. El escritor ante las narraciones criminales del Estado parece erigirse en el testigo para contar y configurar la narración de los hechos. Kafka aparece en RA como el escritor que supo escuchar los murmullos de la historia; Piglia toma aquí el relevo y se convierte en ese testigo que siempre existe después de cada acto. Reivindica la función social del escritor, él debe poner voz a aquellos que no pueden manifestar su experiencia.

En RA muchas veces la narración da paso a largas conversaciones, a retazos de cartas entre Maggi y Renzi, cartas de la novela utópica. La lengua oral ocupa un lugar preeminente en la novela, parece que Piglia ha querido llevar hasta las últimas consecuencias ese ofrecimiento de voz a los que normalmente no tienen posibilidad.

Autor y licencia de 'El triángulo de la historia en Respiración artificial - Imposibilidad del lenguaje'
Sonia Remiro Fondevilla Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/triangul.html CopyLeft
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