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Emma Zunz o el laberinto psicótico - El laberinto psicótico de Borges (II)

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CopyLeft Artículo de Guillermo Tedio - 14 de Septiembre de 2006
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2. El laberinto psicótico de Borges (II)

La historia de “Ema Zunz” se ubica entre 1916 y 1922, dos fechas claves que corresponden alternativamente al desfalco y al suicidio de Emanuel Zunz. Sin embargo, la historia va un poco hacia atrás -en una mínima analepsis que habla de la violación a la madre y de la época feliz en la casita de Lanús y el veraneo en una chacra- y un poco hacia delante -en una también mínima prolepsis que se refiere al hoy de la enunciación del relato, tiempo en que Emma repudia y confunde los hechos vividos.

Históricamente, vemos que se trata de una época entre guerra y posguerra. La primera guerra mundial (1914-1918) produce -por supuesto, mucho más la segunda- una fuerte corriente inmigratoria europea hacia América Latina. Muchos judíos llegan a Argentina y se asientan allí, sobre todo en Buenos Aires. Detrás de esta diáspora, está igualmente el imaginario del judío errante, que remite a la permanente movilización, voluntaria o involuntaria (por antisemitismo), de este pueblo. Sin embargo, como se puede observar, en toda América Latina y en otras partes del mundo, los judíos conforman una de las comunidades menos proclives a dejarse asimilar por las culturas receptoras, de tal manera que a donde llegan, mantienen sus ghettos, círculos en los que la religión resulta un fuerte factor aglutinante. El dinero y los bienes, conservados y aumentados entre ellos, a partir del elemento cohesivo de la dote otorgada en matrimonios endogámicos, colabora, como sus rituales y preceptos rabínicos, en la conservación de un círculo cerrado donde no entran extraños. Con la sola compañía de un gran perro, Loewenthal, temeroso de los ladrones, vive en lo alto de la propia fábrica ubicada en un desmantelado arrabal.

Como ya vimos, todos los personajes de esta historia parecen ser judíos, incluso el compañero de pensión de Emanuel Zunz, el tal Fein o Fain. Emma, por su parte, teme faltar a la sacralidad del Schabbath, y Loewenthal, a la hora de morir, injuria a Emma en español y en ídisch o yiddish (lengua germánica -judeoalemán- hablada por las comunidades judías de Europa central y oriental), y aunque quizás sea un estereotipo racista, el hombre es mostrado como un avaro, es decir, goza no con el gasto del dinero sino con su acumulación, como se percibe en la frase:

Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo.

El elemento de la dote, bienes o riquezas que la mujer aporta al matrimonio, es una de las costumbres más arraigadas entre los judíos, de allí que Loewenthal haya recibido de su mujer Gauss (judía) una buena dote, y el relato, maliciosamente, deja entrever que aunque “Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer”, tenía por “verdadera pasión” el dinero. Por otra parte, en la llamada revisación, muchos judíos tuvieron que cambiar de nombre. Tal situación explica por qué Emanuel Zunz es después Manuel Maier. Así, al inscribirse en el club de mujeres, Emma

Tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido; tuvo que festejar las bromas vulgares que comentaban la revisación.

A todas estas, preguntémonos si es real el sentimiento de amor filial que Emma muestra tener por su padre. La acusación del desfalco de la tesorería en la fábrica de tejidos se dio en 1916. Y es 1922 el año en que Emanuel muere en el Brasil y Emma decide ejecutar su venganza. Nos preguntamos: Si Emma quería tanto a su padre, hasta el extremo de vengar su suicidio provocado o inducido, entregándose sexualmente a un extraño, ¿por qué ha estado separada de él tanto tiempo -seis años? El mismo suicidio queda en entredicho. ¿Por qué venirse a suicidar después de tanto tiempo, cuando ya ha pasado la tormenta de ira e intenso dolor, como dicen los juristas? La carta que recibe Emma en Buenos aires, desde Brasil, firmada por el tal Fein o Fain, no habla de suicidio sino de que “el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido [...]”. Es Emma la que saca la conclusión de que su padre se ha suicidado por el oprobio a que lo sometió Loewenthal con la acusación del desfalco. Beatriz Sarlo anota que quizás sea el narrador el que realiza la hiperinterpretación10. De cualquier manera, es ese el momento en que, reprimida sexualmente por la sombra de la violación de su madre, encuentra un motivo para soltar sus amarras sicóticas y alcanzar la unión con Thanatos y Eros -entrega dolorosa al marino y muerte de Loewenthal-, íconos de su atracción y repulsión por el padre. Ella misma muere, en parte, al entregarse al desconocido marino y violentar, de varias maneras, en día sábado, la ley mosaica que la rige.

Considero que Emma, bajo ninguna circunstancia, ha podido olvidar la violación que sufrió su madre, mucho menos, si existe la posibilidad de que el producto de ese acto canallesco sea ella misma. Así que la supuesta felicidad que se insinúa con los veraneos en una chacra y la casita de Lanús, es seguramente desconstruida por la presencia de “la cosa horrible que su padre le había hecho a su madre”. En ese ajedrez wittgensteiniano de correspondencias simétricas y símbolos que le gusta jugar a Borges con el lenguaje, encontramos que Emma recuerda los amarillos losanges (rombos, figuras de cuatro ángulos) de una ventana en la casita de Lanús y luego, cuando se produce la violación del marinero, se dice que en la casa de prostitución a donde han entrado, hay “una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús”. De un modo implícito, con estas correspondencias, Borges, a través de un objeto (los losanges), establece entre los dos sitios un paralelismo que interpretado a un nivel paradigmático, enlaza un mismo hecho (la violación) a dos presencias que se identifican: la madre y la hija.

Aparte del laberinto mental, hay un laberinto espacial que Emma, en su viaje de aprendizaje al prostíbulo, recorre dolorosamente. Borges emplea allí parte de su conocido léxico de la abominación:

Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, [...]

Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres.

Y una vez escogido el marino, el relato informa:

El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró.

Los sintagmas “infame Paseo de Julio”, “turbio zaguán” y “escalera tortuosa” ubican, con su modalización peyorativa, el infierno en el que ha entrado Emma. Recordemos los losanges o rombos que deja el asesino Red Scharlach en los escenarios de sus crímenes en “La muerte y la Brújula”11, semiótica cuyos signos son interpretados -correctamente- por el detective Lönnrot, como el mapa de un territorio romboidal en cuyos cuatro vértices se cometerán sendos asesinatos. Creo que estos losanges repetidos en dos oportunidades (casa de Lanús y vidriera del prostíbulo) en “Emma Zunz”, tienen el mismo sentido indiciario: alertar al lector sobre la existencia de cuatro elementos que él mismo, en su juego hermenéutico, debe encontrar y que, a mi entender, son las cuatro violaciones -ya comentadas- que ocupan la psiquis de Emma.

Al leer la carta,

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas. [Enfasis agregado]

¿Por qué se produce este malestar precisamente en el vientre y las rodillas? Es como si el recuerdo del padre que de pronto le trae la carta, pesara más como una amenaza somático-sexual (la violación) que como sufrimiento nostálgico. Por lo demás, en el momento en que llega al prostíbulo con el marino, el narrador nos dice que Emma pensó una sola vez -énfasis en el original- en el muerto (el padre) y que al recordar la violación de la madre, “peligró su desesperado propósito”, es decir, Emma, en ese instante, llega a la conclusión de que su padre no merece aquel sacrificio.

El hombre “más bajo que ella y grosero” que Emma elige para perder su virginidad, a partir de la información portuaria que lee en La Prensa, es un marino sueco o noruego del barco Nordstjärnan, de Malmlö, en fin, un extranjero -ni siquiera habla español- que haría su trabajo y se iría en un barco que zarparía “esa misma noche del dique 3”. Este hecho, aparte de servirle perfectamente a Emma para sus propósitos atroces pues el hombre no podría ser testigo ante posibles investigaciones, liga al marino a cierta condición de extranjero y distante, que el padre ha ido tomando frente a la hija, desde hace seis años, cuando viajó a Brasil, a raíz de la trampa del desfalco que le tendió Loewenthal.

El sicótico le da al objeto de sus pulsiones un valor ético, en una especie de sublimación. Emma decide no reprimirse más, solo que, como ya lo anotamos, lo hace de modo desviado o degradado. Y para realizar su entrega (al marino, a Loewenthal, al padre), utiliza la mampara ética de la justicia divina contra la justicia humana, del sacrificio para castigar al culpable de la muerte de su padre, así, el marino es simplemente el instrumento del hacer justiciero en que la guía Dios. En este sentido, dice Rafael Gutiérrez Girardot: “Borges juega con el concepto del honor, principal motivo del asesinato, y juega con las circunstancias que son falsas, pero que tienen la apariencia de verdad. Es decir, él juega con la relación de falso y verdadero, de realidad y ficción y borra los límites entre unos y otros”12.

Los delirios paranoicos llevan al sujeto a tomar ideas falsas como verdades y valores. De precarias interpretaciones sacan profundas convicciones. Emma cree fielmente que el padre se ha suicidado. En realidad es una manera de defenderse del anárquico mundo interior que la escinde.

Producto de esa sobreinterpretación que los sicóticos realizan de los signos propuestos por la realidad, es la larga serie de impostaciones que efectúa Emma. Tal juego de simulacros le sirve para probar y justificar sus verdades. Así, en una especie de abanico de personalidades múltiples, Emma se calza varias máscaras entre las cuales se destacan las tres más importantes: prostituta ante el marinero, mujer violada por Loewenthal ante la sociedad, vengadora del padre ante sí misma.

En “El barril de Amontillado”, de Poe, dos son los requisitos que requiere una venganza plena, según se desprende de la reflexión de Montresor ante Fortunato: “Un agravio queda sin reparación cuando su justo castigo alcanza también al vengador. E igualmente queda sin reparar cuando el vengador deja de mostrarse como tal a quien le ha agraviado”13. Al final, Emma logra la primera condición pues no será castigada por la muerte de Loewenthal, pero ante el cadáver, se siente molesta por el hecho de que el hombre haya muerto sin escuchar las palabras preparadas para notificarle que lo mataba en venganza por el suicidio provocado de su padre. El hombre muere antes que ella pueda articular su discurso. Tal vez Borges, la inteligencia que mueve los hilos del destino de Emma, lo haya dispuesto así porque no es Loewenthal realmente el destinatario de ese discurso sino el padre. Está claro que si Emma mata en el patrón al violador de su madre, -es decir, al padre-, no tiene sentido que Loewental escuche la explicación de su muerte. El deseo de decírselo es apenas una justificación moral a la que Emma quiere aferrarse porque el reconocimiento del significado recóndito y monstruoso escapa a su racionalidad. Así, el tercer disparo que propina al judío en la boca, después de darle dos en el pecho, ocurre porque ella quiere acallar las obscenidades en español y en ídisch, la voz de aquel hombre que -solo lo sabe la Emma interior- no se merece tal muerte ni aquella injuria póstuma de abusador.

Al final, la palabra increíble salta dos veces, primero en boca de Emma, por teléfono, y luego, en un comentario del narrador:

Ha ocurrido una cosa increíble...

Lo increíble no es tanto que haya matado a Loewenthal sino que él, con el pretexto de la huelga, la haya hecho venir para abusar de ella. Aceptada esa incredulidad, ya la muerte deja de serlo pues se produce en defensa propia y como resultado de la ira y el intenso dolor. Por lo demás, es común que un hecho sea aceptado cuando el propio ejecutor lo reconoce como increíble. Sin embargo, en el juego interpretativo que venimos proponiendo, el término parece decirlo Emma no tanto a los extraños (la policía, la sociedad) sino a ella misma: Increíble que haya usado a Loewenthal como chivo expiatorio para resolver una deuda solo pendiente con el padre.

Como punto final de este trabajo, quiero referirme a la instancia del narrador que, en mi parecer, presenta ciertos problemas imposibles de resolver. Borges elude el uso de la narración en primera persona, es decir, desde la propia conciencia de Emma. Y la verdad es que en ciertos momentos del relato, uno siente la necesidad técnica narrativa de que los hechos hubieran sido contados o pensados por Emma, dado que en la historia, nadie, salvo ella, conoce los acontecimientos y estos deben permanecer en secreto para los demás personajes. Sin embargo, ella no puede hacerlo pues en el ahora (hoy) de la enunciación, no recuerda lo que hizo, y en el momento de la ejecución, tampoco podía pues toda narración exige un proceso de organización y racionalización que ella, como sicótica, no podía efectuar, en bien de la verosimilitud de la historia. El narrador se ubica como extra-heterodiegético, más exactamente, como omnisciente, en la terminología tradicional, aunque en dos momentos nos ponga a dudar sobre su ser de entelequia. Esos dos momentos se producen cuando dice:

nos consta que esa tarde fue al puerto.


Yo tengo para mí que pensó una vez [..., énfasis agregado]

Esa materialización del narrador en un personaje, más en la segunda frase que en la primera, pone en duda que se trate de una instancia omnisciente. De hecho, “Emma Zunz” se estructura como un cuento policíaco y aunque no tiene corporeidad de detective, el narrador va dándonos la apariencia de los hechos que engañarán al mundo y la esencia de los realmente ocurridos, las dos premisas que rigen todo relato policíaco, según la línea clásica de Poe, oscilante entre el ser y el parecer. Otra explicación -poco convincente- para comprender las veleidades de este extraño narrador, sería la de admitir que es Emma Zunz la que está narrando los hechos, dado que es la única que los sabe, valiéndose de una tercera persona como pantalla narrativa, con el fin de mitigar el oprobio, como hace el irlandés del cuento “La forma de la espada”14, al contar su propia traición, usando la tercera persona, pero no hay en el relato marcas indiciarias del desdoblamiento gramatical de Emma.

Autor y licencia de 'Emma Zunz o el laberinto psicótico - El laberinto psicótico de Borges (II)'
Guillermo Tedio Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/e_zunz.html CopyLeft
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