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En común de Edgar Bayley: propuesta de un nosotros - Nosotros y los otros en En común

Artículo creado por María Amelia Arancet Ruda. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/bayley.html
26 de Septiembre de 2006
Historia de la literatura

2 - Nosotros y los otros en En común

En común es un libro pleno de entusiasmo que, como exponente del neohumanismo del 50, brega por recuperar lo propio del ser humano. En consonancia con este anhelo de poner en primer lugar al hombre, el objeto textual de En común parece ser un “algo” característico de él. Para designar esa propiedad no es casual la ausencia de sustantivo en el título, ya que el acento no está puesto en qué cosa debe ser idéntica para todos. Si se determinara ese qué, se estaría dictando una norma. Lo que importa es que ese algo iguala indiscutiblemente.

Ubicado el poemario en la perspectiva que hemos elegido, cabe preguntarse cómo es el nosotros que se perfila en la obra. El sujeto de En común no se clausura en un individuo, pretende ser plural. Por otra parte, podemos considerar desde qué encrucijada habla el sujeto, ya que, lo que aglutina a este nosotros no son los caracteres esenciales, sino los existenciales. Hablamos, entonces, de su circunstancia, claramente determinada en el poema “Aquí”, cada una de cuyas dos estrofas comienza con el sintagma “es tiempo de”:

es tiempo de cambiar el sueño
de librar las mañanas
la transparencia renovada
de vivir entre todos

es tiempo de perder las llanuras
de volver al eco de nuestra luz semejante
tiempo de razonar
bajo el horizonte ganado por el amor y el mundo

El tiempo y el espacio de la enunciación están marcados por un fuerte requerimiento, el de una renovación profunda. Desde ese aquí y ese ahora el sujeto formula su invitación al cambio. Desde esa actitud motivadora busca construir un nosotros básicamente abierto, en tanto que quiere adeptos. La enunciación de que “es tiempo [...]/ de vivir entre todos” y “de volver al eco de nuestra luz semejante” muestra un nosotros dispuesto a la comunicación y consciente de que la época reclama un cambio y un esfuerzo aunado.

De los veinte poemas que componen el poemario que nos ocupa casi todos hacen presente al nosotros. Y este nosotros es inclusivo5 (Kerbrat-Orecchioni, 1993, 52), ya que se plantea como la suma ‘yo + tú’, por lo que el alocutario y el lector concreto siempre son incluidos en el discurso. En la mayoría de los poemas está subrayado ese afán de contención (se habla de “nuestra unión”, “nuestra amistad”, “nuestro amor”). Este reconocimiento de que nada humano es ajeno, se destaca también en que, cuando hallamos propiedades del nosotros, suelen mencionarse opuestos: “tu alegría/ tu tristeza” (poema 2), “nuestra constancia y nuestra inconstancia” (“La poesía”). La consigna parece ser no dejar nada al margen.

Sin duda el nosotros que estamos investigando encierra mucho de expresión de deseo; así lo atestiguan el abundante uso de los términos ‘futuro/a’, ‘horizonte’, ‘frontera’, el empleo del tiempo futuro y la presencia de verbos como ‘venir’ (sobre todo en 3° del singular), ‘hacer’, ‘construir’, etc.6 Estos elementos denotan unos y connotan otros el mismo sentido de una voluntad proyectada hacia adelante. Este nosotros se percibe a sí mismo como una realidad presente y al mismo tiempo como una meta a lograr.

Por otro lado, el de En común es un nosotros que se pretende numeroso; frecuentemente leemos “Todos nosotros” (en el poema del mismo nombre), “somos millones” (“La poesía”), “estamos por millares” (poema 8). Y este nosotros planteado como multitudinario, y por lo mismo representativo, quiere definirse a partir de lo cotidiano, según lo atestiguan las enumeraciones, por ejemplo ésta del poema 4:

[...]
en el ámbito del roble
en el rostro del alba
en el paso contraído de la lluvia
en la cita secreta
en la cita pública
en el comienzo y ahora
en la hierba húmeda
en la fría violencia y el arrojo del azar
[...]

El nosotros de En común se concibe digno y merecedor de adhesión, bienes que el sujeto le tributa en “Poema en homenaje”. Esta composición está constituida por una larga tirada de proposiciones causales a las que les falta la oración principal. Su hermetismo inicial se va aclarando a medida que avanza la poesía. Es un himno a este nosotros compuesto por “la voz más numerosa y la confianza más encendida”; a su vez está ligado a un comienzo y a todo el entusiasmo propio de tal instancia, por lo que se refiere “el calor seguro del comienzo”, “[...] el fuego [que] afirma esta noche su comienzo”, “el aire naciente”, etc.

A lo largo del poema se detectan dos isotopías, una bélica7 (“combate”, “enemigos”, “acuciar”, “avance”) y otra que revela una voluntad decidida y valerosa (“sueño”, “intrepidez”, “arrojo”, “libertad”, “riesgo”, “empeño”, “propósito”). Ambas isotopías se condensan en el último verso, ahora pleno de sentido: “nos hemos encontrado en el mismo desafío y en la misma batalla”. Son estas dos circunstancias del nosotros, la de estar dispuesto a entrar en guerra y la de afrontar un reto, las que unen lo disperso, y son vistas como meritorias.

En “Los hombres y los años” nuevamente encontramos a ese nosotros identificado con la humanidad. En la primera estrofa se sienta el punto de partida: “a uno y otro lado de la muralla” (es decir, más allá de divisiones) todos, la vida entera, persigue un único fin, que está asociado al origen: “los años quedan clausurados en su primer regazo/ en los ojos abiertos hacia el amanecer”. Luego, de la estrofa dos a la cinco inclusive, se repite el sintagma “hablo de”, expresión coloquial mediante la cual el sujeto introduce enumeraciones que intentarán explicar la tensión “hacia el amanecer” enunciada en la estrofa inicial:

[...]
hablo de la sed y el sueño líquido del hombre
de los deseos la esperanza el insomnio en el extremo del valle
del enjambre de la memoria y nuestras mandíbulas fuertes
del temblor la ronca membrana de los rieles
y el humo del poblado
[...]

Cada momento, cada actitud, cada estado, cada trance de la vida humana que leemos e interpretamos en los versos anteriores cobra peso en función de un inicio (aquel “amanecer”), tal vez un paraíso perdido.

La estrofa sexta se relaciona con el poema “Aquí” por la exhortación al cambio. Aquel “tiempo de cambiar el sueño” se corresponde con esta necesidad de “inventar el mundo”:

[...]
es necesario inventar el mundo
iluminar los ojos
ver la extensión abierta a nuestro impulso
una rama en la luz
acunada por las voces de los héroes anónimos
castigada por el peso muerto de los consuelos
[...]

Encontramos en este fragmento una bellísima imagen, condensadora del nosotros propuesto: “una rama en la luz”. Esta imagen inventada, verdadero hallazgo estético por su simpleza, nace del verso anterior, “la extensión abierta a nuestro impulso”, que conceptualmente transmite la misma idea de tener delante un vasto campo de posibilidades. Asimismo los dos versos siguientes especifican esa “rama en la luz” en el sentido de un nosotros que recibe el favor de los hombres comunes (“acunada por las voces de los héroes anónimos”) y que debe soportar la carga de lo pasado y de lo preestablecido (“castigada por el peso muerto de los consuelos”).

“una rama” inevitablemente hace pensar en un tronco común; a su vez, denotativamente, rama es la parte del árbol de donde salen los brotes, las hojas, las flores y los frutos. Por el mismo mecanismo significativo se hacen presentes las nociones de vegetalidad, de renacimiento, de florecimiento. A ello se agrega el sintagma circunstancial “en la luz”, que viene a constituir su ámbito de expansión y dice un espacio abierto, sin límites perceptibles. Por medio de esta imagen entendemos que el nosotros se ve a sí mismo creciendo sin obstáculos, en una amplitud promisoria, pleno de vitalidad.

En el poema en prosa “Los años en libertad”, “Decir es el potro de la invasión”, según enuncia su primera frase: ésa (decir) es la fuerza y la acción del nosotros. Asimismo el sintagma de cierre resulta clave, “Decir es la noche que rechaza tu desierto, la civilización que desvasta8 los números”: vemos que decir no es desierto (léase barbarie, que rechaza), ni civilización. Es -será- algo nuevo, quizá la fusión de ambas. Esta frase final refiere la destrucción por sí mismos tanto del desierto como de la civilización. En definitiva “decir”, imagen de la nuevo y suprema posibilidad y manifestación del nosotros, anula la vieja dicotomía civilización y barbarie.

En cuanto a los otros9 -sabemos que la identidad se forma de manera relacional10 - la facultad que les es adjudicada a los otros es la de juzgar (poema 8), contraria a las de igualar e incorporar, propias del nosotros. Luego vemos que los otros, bajo el rótulo de “los enemigos”, están lejos del nosotros porque se ubican “lejos del fervor en la caravana interna del desprecio” (en “Poema en homenaje”). En “La poesía” más que en ninguna otra composición se enfrentan nosotros y los otros: “[...] No, vuestra opacidad no alcanzará a destruirla [la poesía]”. Frente a la entrega generosa, a la frescura, a la fertilidad, a la inocencia, al valor del nosotros, tenemos la mediocridad, la docilidad y la cobardía de los otros.

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