En las orillas de los siglos. Historiografía. Un retrato a mano alzada - Conclusión
5 - Conclusión
Acepto que muchas de las argumentaciones vertidas en esta disertación yacen erguidas en un suelo movedizo, pero, ¿Acaso no son ambiguas las posiciones del pensamiento social y de la historiografía contemporánea? Hay sin embargo asideros que hace medio siglo hubieran sido impensables. Sabemos hoy que los conceptos referenciales de los discursos políticos al igual que los autoreferenciales empleados en la poética de la construcción histórica, nos hablan directamente de la historicidad de las propias representaciones, de su capacidad de transformarse en procesos de relectura, reinterpretación y resignificación, de ahí el sentido que le asociamos en la historiografía al texto.
Ello es una muestra clara de esta búsqueda ontológica que yace en el ánimo del comprender. Otra más lo constituye sin duda, el discurso performativo de las fronteras híbridas en la filosofía contemporánea, que utiliza encadenamientos fonéticos que no
son lo que representan ni lo que describen, algo radicalmente distinto al discurso racional disciplinario, pero que invariablemente comunica experiencia. Esto ha sido posible, como hemos dejado claro, gracias a la apertura disciplinaria a los análisis de la escuela semiótica, de la cual, en Jacques Derrida tenemos un vívido aporte del impulso que ha tomado esa escuela en nuestros días.Narrativa histórica y relato historiográfico son elementos que crean significados y con ellos identidad. Reconociendo lo propio ante lo que no lo es compartimos. Ello nos lleva a inscribirnos en una visión del mundo que es parte de experiencias distintas, pero no de modelos ajenos a nuestro ámbito del conocer, lo que fuera ya inadecuado. Ante la globalización que niega o borra la diferencia entre comunidades, las formas de la nueva historiografía que inauguran el siglo, no proponen la fragmentación de identidades y discursos sino reconocernos en la convivencia diferenciada, lo que permite recrear por siempre los significados, el sentido de nuestro paso por el tiempo.
La globalidad que da la bienvenida al nuevo siglo, la homogenización que ésta abandera, no nos curará por fortuna del sentimiento de caída; no otorgará certidumbre a la identidad, a la existencia, a la vida cotidiana, a la política y de ahí que tampoco una respuesta pertinente a la vida social cotidiana y a las prácticas culturales. Podemos esperar entonces, que en un mundo donde sigamos persiguiendo la cura de la angustia, continuaremos construyendo evidencias para fundamentar significados. En ese orden que viviremos a un ritmo distinto, la historia, la historiografía y la cultura serán parte de un estado en movimiento, inestable e indeterminado, inscrito en un mundo dominado por la cifra, veredas de guarismos donde volveremos, espero ferviente, a retornar a Tebas y mirar, cada vez más febril, cada vez más enigmático, el antiguo rostro de la esfinge.
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