



Una serie de preguntas vienen finalmente ligadas a la obra historiográfica de fines y principios de siglos. Estas son en parte ya conocidas: ¿Qué tanta evidencia será requerida desde ahora para desplazar un modo predominante de comprensión del pasado por otro? ¿Cuál será la prueba de validación que habrá de otorgar superioridad a un nuevo enfoque historiográfico sobre otro pretendidamente obsoleto? ¿Podemos seguir aceptando en la historiografía del siglo XXI, criterios de certidumbre sujetos a la validación material, la rigurosidad de un método antes cierto y pretensiones de objetividad como las que dominaron los relatos el siglo pasado? Estas son para mi, tan sólo algunas de las más importantes interrogantes que habremos de responder y consensuar los primeros años de este siglo.
La respuesta a las anteriores preguntas podrían reorganizar desde mi punto de vista, no sólo el campo de comprensión del pasado, sino el sentido mismo de nuestra posibilidad futura de entendimiento dentro de la tradición historiográfica. Uno de los primeros elementos sujetos a revisión sería a mi parecer, el papel que asignamos a la narratividad.
En nuestros días, dos corrientes de opinión parecen dominar dicho ámbito historiográfico; éstas suponen por un lado, que la narrativa tiene la capacidad privilegiada de constituir conocimiento; y, por el otro, que la narratividad posee tan sólo la capacidad de organizar el mismo8. Frente a esta situación excluyente, deseo proponer una tercera actitud, donde el carácter constitutivo y organizativo de la narrativa se concilie con la más original de sus funciones. Esta consiste en entender a la narrativa (ya sea científica, social, literaria o histórica), cual vía de realización existenciaria, donde aspectos como la objetividad, la ficción y el gusto por el relato identitario, sean reconocidos epistemológicamente, así como se reconoce en nuestros días la capacidad de la metáfora para representar el mundo de la acción9.
La apuesta que hacemos va encaminada a la promoción de la autoreferencialidad en la historia, lo que implica a la larga, desde la revalorización del archivo como apego al discurso de lo real, hasta el rompimiento de los antiguos consensos disciplinarios; al costo sí, de ganar más libertad en la creación y en la realización individual y colectiva que se alcanza sólo el la ficción poética de los relatos narrados. Se puede opinar en contra de esta proposición, argumentando el peso de las modalidades tradicionales de argumentación, parte de la identidad que nosotros mismos hemos reconocido necesaria.
Sin embargo, es aquí donde debemos dejar claro el papel que la nueva narrativa histórica empieza a demandar en el siglo XXI y especialmente su función de ruptura con lo establecido.
Algo similar a lo propuesto cimbró los muros del formalismo matemático en la tercera década del siglo pasado. En ese entonces, Kurt Gödel, matemático de origen austríaco, especializado en lógica, planteó contra todo consenso, en una serie de teoremas, el inacabamiento inherente a todos los sistemas formales y finitos de argumentación aritmética. De acuerdo con éstos teoremas, se establecía que aún, si todas las herramientas de formalización aritmética eran consideradas válidas ad infinitum, ello no dejaba de ser insuficiente para probar la consistencia del sistema formal empleado.
Desde Gödel, existe en todo universo lógico, una proposición formalmente indeterminada e irracional en su interior que demanda, para la comprobación de la validez general del sistema empleado, el apoyo de otro sistema de teoremas, lo que no desmerece en lo absoluto la potencialidad analítica del mismo 10.
Sin un vínculo aparente, cuarenta años más tarde, otra serie de aportes han demostrado que es precisamente en la labor de la transgresión de lo establecido, de los consensos disciplinarios, donde radica parte del sentido de la cura que conlleva la labor de búsqueda de conocimiento. El campo del conocer, es también un lugar de encuentro de quien interroga las formas de saber con su propio yo; coincidiendo, cual afortunada casualidad, con el lugar del avance de la ciencia, del saberse. Hacia allá se dirigía Against the Method: Outline of Anarchistic Theory of Knowledge11, tratado donde Paul K. Feyerabend explicaba junto a Karl. R. Popper, cómo el racionalismo está lejos de ser comprehensivo o completo en sí mismo. La pregunta que adquiere petinencia no es ya la de si existen límites en nuestra razón sino dónde están situados éstos. Feyerabend establece de esta forma que la lección para la epistemología consiste en no trabajar con conceptos estables: “No dejarse seducir pensando que por fin hemos encontrado la descripción correcta de los hechos, cuando todo lo que ha ocurrido es que algunas categorías nuevas han sido adaptadas a algunas formas viejas de pensmiento, las cuales son tan familiares que tomamos sus contornos por los contornos del mundo mismo”12.
Método científico e irracionalidad. Historia e imaginación poética. Suena sugerente el vínculo, ¿No es así? Feyerabend nos recuerda que: “los ingredientes ideológicos de nuestro conocimiento y, más especialmente de nuestras observaciones, se descubren con la ayuda de teorías que están refutadas por ellos”13. Si estás teorías están fuera de nuestro universo de interpretación, ¿no estamos acaso en los linderos trazados por Gödel hacía casi cuarenta años antes? La analogía no deja de ser atractiva y nos sugiere la siguiente pregunta: ¿El objetivo de aproximarse cada vez más a la verdad puede alcanzarse de una forma completamente racional, o es también accesible para aquellos quienes, como nosotros, deciden confiar solamente en la representación metafórica de la realidad?
Contesto para mi mismo esta pregunta que se vuelve apremiante. Si bien puede no ser necesariamente en la transgresión del orden y del consenso, el espacio donde se resuelva el sentimiento de la caída en cura, es más ingenuo pensar que en la sola futilidad de un método científico pueda encontrar la persona que indaga alguna resolución a su situación existencial. Creo más bien, siguiendo a Gödel, que es en el espacio del dominio irracional de todo sistema formal y coherente de comprensión, donde tenemos la oportunidad de ser en cuanto individuos en busca de respuestas. El ejercicio poético de la escritura de la historia sana en los linderos dominados por la no racionalidad, espacio de creación y representación de nuestro ser en el mundo, que no refleja necesariamente el caos que una mente ordinaria pueda asociarle al terreno de lo no sujeto a leyes generales de comprensión.
De esta forma, celebro de Kurt Gödel y Paul K. Feyereabend la confirmación de un ámbito en el saber donde la experiencia puede aún ser posible, experiencia que implica siempre revolución en las formas de saber y del comprendernos; algo más digno que el mundo anodino y banal que una inteligencia tan poco comprometida como la del señor Francis Fukuyama nos otorga.
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