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En las orillas de los siglos. Historiografía. Un retrato a mano alzada - La postmodernidad

Artículo creado por Aarón Grageda Bustamante. Extraido de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html
11 de Junio de 2006

2 - La postmodernidad

En el corto espacio de cincuenta años, una serie de sucesos cercanos al conocimiento de realidad, nos indujo a revisar nuestras formas de conocer, no sólo en la Historiografía sino en el seno mismo del pensamiento social. Después del cierre traumático de los sucesos del mayo parisino, a fines de la década de los sesenta, se comenzó a ensayar la carencia de neutralidad en la narrativa de corte histórico y se proclamó, con toda la fortaleza febril de esos años, un repliegue a la textualidad. Lo que comenzara como un análisis de las estructuras discursivas dominantes, en clara respuesta al ejercicio y función del poder, se volcó en pocos años en una crítica a la representación de “lo real”; es decir, se puso en duda la correspondencia entre un relato que daba cuenta del pasado y ese pasado mismo, cual acontecimiento fuera del texto.

Poco a poco habría de ponerse en duda las certezas heredadas, negándose con ello también, la principal característica de la modernidad, a saber: su capacidad para resolver dentro de sí misma las contradicciones generadas al interior de su sistema 1. Aunque no es el objeto de esta disertación describir profundamente el tono que tomara el debate sobre la muerte de la modernidad, una nueva generación de filósofos postmodernos, académicos y demás pensadores sociales, supeditando todo axioma de verdad a la posición del enunciante, transformaban sus afirmaciones en una verdad efímera, dependiente de la tradición que lo acogiera en el espacio de lo social 2. Frente a esas posturas relativizantes, se denunciaba que el pasado podía reducirse sólo a una construcción ideológica al servicio de intereses particulares, transformando a la historia en una serie de mitos fundadores o robustecedores de ciertas identidades grupales y de poder.

Es fácil entender de esta manera, cómo el ataque de la crítica postmoderna se dirigió específicamente a trastocar la fortaleza epistemológica de las ciencias sociales, entendida desde entonces como una efigie de oro con pies de barro. Entre los elementos importantes que esta actitud del conocer acarreó al campo de lo histórico, fue una vuelta al texto y una revaloración de la experiencia particular de las comunidades al momento de hacer el relato de su existencia política en el presente.

Deconstruyendo los antiguos relatos, la postmodernidad cual "ismo" cultural y político, se constituyó como una experiencia más de construcción discursiva en la historia. Sin embargo, desde el momento en que empezó a socabar los fundamentos epistemológicos del pensamiento social, no garantizó el momento de su cabal llegada. Si la postmodernidad deconstruyó los relatos históricos, es muy a pesar suyo una nueva etapa de construcción discursiva que yace entre nosotros sin poder definirse del todo, lo que no dudo sea su principal carácterística.

Sería poco ético negar el peso que en el nivel disciplinario tuvo la crítica postmoderna al orden del entender establecido en ese entonces; sin embargo ello no fue el único ataque al estado de la cuestión en las Ciencias Sociales antes de concluir el siglo XX.

En un segundo momento de ese cierre crítico finisecular, la caída de los modelos alternativos del orden gubernativo global, repercutió en la forma como nos entendíamos en un mundo observado cada vez más por la telemática y la comunicación remota.

Aunque sin dirigirse a la constitución misma del conocimiento, el derrumbe del Muro de Berlín y la disolución del aparato central de gobierno en la antigua Unión Soviética, abrieron el debate sobre las escasas alternativas posibles al orden del capitalismo de corte liberal y postindustrial.

El dedo en la llaga lo pondría un artículo publicado por el entonces polemista conservador (que desde entonces retoma el papel de intelectual público), Francis Fukuyama, en 1989. En “The End of History?”, aparecido en The National Interest Review, el autor anunciaba la buena nueva, a saber: que la democracia liberal era el punto final de arribo de la evolución ideológica del género humano; así como el modo más superior de su gobierno3. Anegado hasta el cuello en un hegelianismo mal entendido e ideológicamente orientado, argumentaba que el progreso tecnológico garantizaba también la creciente homogeneización de todas las sociedades. La humanidad, al encontrarse sin más modelos válidos de organización social, llegaba a la tierra prometida donde la Historia, cual disciplina, era entendida como la práctica de un simple proceso evolutivo y coherente.

Para Fukuyama, asesor del presidente Bush e importante ideólogo conservador en la época del Tatcherismo, la historia no es dada como un mero catálogo de sucesos dispersos en el pasado, sino un deliberado esfuerzo de abstracción en el cual separamos los eventos importantes de los irrelevantes. En vez de buscar los aspectos particulares de cada sociedad como medida de valor en la historia, la Historia Universal se constituía como la garantía de inteligibilidad, por la cual era comprensible el papel de cada individuo, cada comunidad o cada nación; en el orden siempre de la democracia liberal mundial. Los eventos particulares en la historia son simplemente significativos respecto a la meta superior, la realización global brinda así el valor a lo de otro modo insignificante. El punto de vista de Fukuyama insistía en que el fin de la Historia traía consigo al “último hombre”, el que surgiría de una democracia liberal, un capitalismo de mercado, jerarquías sociales, inequidad e injusticia, familia y religión; condiciones todas necesarias para que emergiera el primer hombre del nuevo orden.

La implicación de esta lectura del mundo repercutía directamente, no sólo en la vida social sino también en la práctica histórica. Los estándares universales se encontraban fuera de la historia, eran valores del mercado global que no habían sido previstos por la observación racional de los historiadores; una verdad universal provenía del racionalismo económico protestante y su filosofía correspondiente, el trabajo de los historiadores se convertiría así en una explicación de cómo la religión protestante y su comunidad, fomentaron la llegada del orden final donde el comunismo, socialismo y demás experimentos de gobierno fallaron frente al capitalismo liberal. En la nueva tarea de la historiografía quedaba claro entonces, la identificación de éstas corrientes erradas de interpretación del mundo, así como la lectura de los signos, huellas e indicios que nos remitieran a la génesis del nuevo orden.

A la par de las objeciones anotadas anteriormente, debemos añadir que el punto de vista de Francis Fukuyama implicaba el aniquilamiento de la expresividad: decretar el fin de la historia será siempre decretar la cancelación misma de la experiencia de la comprensión. El fin de la posibilidad de transformaciones en el tiempo significaría una ausencia de la temporalidad y, lo que es peor, la cancelación del momento en el que el ser individual busca plasmarse a los objetos esquivos de lo que transcurre: el aniquilamiento de las artes y la estética. Tal vez no se detuviera a pensarlo, pero la buena nueva de Fukuyama anunciaba el más lato e insípido de los mundos concebibles.

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Autor y licencia de 'En las orillas de los siglos. Historiografía. Un retrato a mano alzada - La postmodernidad'
Aarón Grageda Bustamante Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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