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"(...) reconstruía cruda y sin atenuantes la historia de un agravio, de una herida" (de: La Violencia del Tiempo, vol.II, p.314)
"(...) un agravio que se había consustanciado con la conciencia de todos los Villar del mundo" (ob. cit., vol.II, p.322)
"(...) él -él y su sombra- quería cubrir toda la ruta a pie, sufriendo y gozando a plenitud de los parajes de médanos ardientes, rojos y púrpuras a la hora del ocaso" (ob.cit. , vol.II, p.518)
La obra de este escritor peruano -y, en especial, la novela que aquí nos ocupa- aguarda todavía un análisis crítico que esté a su altura, así como una mayor divulgación en otros países. Lo siguiente sólo son algunos comentarios a propósito de mi lectura emocionada de "La Violencia del Tiempo" (1991; edit. Milla Batres -Lima, Perú; volúmenes I y II; 1058 pp.), aunque lleguen siete años después de su publicación.
Para aquel análisis, arriba aludido, ayudaría considerar las múltiples historias que sabiamente se yuxtaponen en "La Violencia...". Asimismo, indagar en la lograda construcción de personajes y en lo que ellos simbolizan; algunos de los cuales resultan inolvidables, como la genial Primorosa Villar, el desmesurado e incorruptible Santos Villar, el irreverente cura Azcárate, el esperpéntico Francois Boulanger de Chorié, el socialista francés Bauman de Metz o el propio Martín Villar que es sobre quien recae el peso de esta novela. Por otro lado, cabría considerar qué significados se encierran en ese constante paisaje desértico; con esas dunas, presenciadas -de día o de noche- con sentimiento religioso tal si de huacas se tratasen: suerte de ombligo nutricio de la creatividad, en esta prosa, y de donde viene, de donde parte, y adonde finalmente vuelve Martín Villar para hacer su mejor obra: su novela. Este paisaje suele ser, asimismo, no sólo el escenario preferido de la mística sino, en general, de la introspección individual dentro de cierto arte contemporáneo imbuido del llamado sentimiento postmoderno (C.f. "La era del vacío", de Gilles Lipovetsky; edit. Anagrama, 1986).
Un asunto central, por supuesto, es la confrontación con el tema principal; lo que suele ser el corazón y otorga el espíritu a toda creación. Como anuncian las citas iniciales de este artículo, y como ha reconocido el propio autor en su ensayo "Celebración de la novela" (1996, Lima-Perú; c.f: p.173), se trata de un agravio "familiar y nacional". Aquel agravio familiar inicialmente remite a la compra que hace el blanco Odar Benalcázar León y Seminario (el hacendado más poderoso de la región piurana) de Primorosa Villar, "la más bella potranca" de Congará, con el consentimiento e intermediación de su autoritario padre, Cruz Villar, quien cree obedecer así a las voces divinas convocadas por el San Pedro, el cactus alucinógeno con que droga a sus pequeños hijos a fin de conocer el pasado. En estas prácticas, Cruz Villar busca en realidad al alma de su padre: "el derrotado soldado godo Miguel Francisco Villar", quien, hacia fines del virreinato, se había unido a la india Sacramento Chira, descendiente del clan del cacique La Chira, calmando así su sed de venganza ejercida contra los indios del lugar. Con su voluntario sacrificio, la india Sacramento detiene el genocidio y crea una prole; pero finalmente el español parte, abandonando su familia. Tiempo después, Cruz Villar renegará de su sangre materna y buscará obsesivamente, por contra, el alma de su padre; lo que es a fin de cuentas la búsqueda de un mundo perdido: el mundo occidental y cristiano, la Arcadia de la civilización moderna, simbolizado todo ello en un personaje de la conquista española.
Este es el origen de la conciencia atormentada de Cruz Villar. No hay que ser demasiado perspicaz para ver que ésta es, ni más ni menos, la historia de América Latina; o más especifícamente la historia del mestizaje en el Perú. Pueblos e imperios indios cortados en su proceso histórico por la conquista española; simultáneamente sojuzgados por ésta. En nuestro caso, el Inca Garcilaso ha devenido en el paradigma de esa conciencia atormentada por esta fractura sico-social. El Inca Garcilaso buscó en su propia persona, sin conseguirla jamás, la reconciliación -sesgada, por su sentimiento elitista- de los dos mundos: el indígena-cusqueño y el europeo-español.
Dicha fractura se reproduce a escala, en Congará, cuando Cruz vende su única hija al blanco Odar. Una clase, una cultura, se apropia de otra. De ahí que, en la venganza de Odar (provocada porque Primorosa lo abandona y huye con un circo itinerante), mientras azota a Cruz Villar éste lo confunda con su padre. Según el relato de Martín Villar, la escena fue así: "Dijo que en un arrebato de luz consideró la cara de Benalcázar, y él (Benalcázar) como que entendía y no entendía, pero alguna trama debió punzar porque el blanco esforzándose por afrentarlo: `¿Qué habla, so viejo cojudo? ¿Yo, Miguel Villar? ¡Váyase a la puta que lo parió!'. Sin embargo él (mi bisabuelo) continuó con lo recién aprendido y poco importaba la derrota o la deserción o la perniciosa índole, el soldado godo Miguel Villar llegó a esta tierra y engendró vástagos de su sangre y llenó con su estampa y su ley el hogar y señoreó (`¡Ah, y cómo ejerció alta potestad', dijo él), y un día desapareció. Desapareció. Y desde entonces su alimento fue la añoranza (...), y desconsuelo y aborrecimiento y desamor (...)" (de "La Violencia...", vol. II, p.173). Y este pasaje esencial, aún continúa de este modo en torno al martirio de Cruz: "(...) y su culpa (`Al fin entendí, paisanos, hijos míos') fue vivir en embeleso huyendo del natural y las raíces y esta ley quiso amonestarle al blanco que antes partió en tropel y desapareció altanero entre grandes polvaredas como Miguel Villar redivivo (...)" (ob. cit., p.174).
No es aventurado afirmar, pues, que la historia del Perú, de esa fractura original que hace tan difícil hablar de una nación (si la entendemos como unidad e identidad sobre un territorio común), está cifrada mediante la alegoría en la historia y avatares de esta familia del campo piurano: los Villar. En concreto, está cifrada en esa historia dramática de la venta de Primorosa y en el azote ejemplarizador dado por el blanco Odar al padre del clan, que los diez hijos de Cruz acuerdan censurar en su memoria familiar (1). Un agravio que también llevara al protagonista, Martín Villar, bisnieto de aquél, a renegar por algún tiempo de su sangre, y que a punto de perderse irremediablemente en los brazos de la burguesía limeña corrige y decide volver a su ombligo: a Congará, como profesor de una humilde escuela y con el plan de escribir una novela sobre los acontecimientos de su familia. La trayectoria de Martín no es, pues, la de Garcilaso. Está acaso más cerca de la de Guamán Poma, el cronista indio que a diferencia del célebre mestizo no animó sus días por la fama o por el reconocimiento de la metrópoli española de sus títulos nobiliarios. Y, sin embargo, Martín también es un mestizo, y a su modo reproduce las dudas hamletianas que sobre su propia identidad tuvo su bisabuelo; como muestra el siguiente pasaje, donde dialoga con su joven amante, la india Zoila Chira: "Y yo vine a esta región, a este pueblo, pensando que era un retorno, diciéndome: Seré una comunidad. Pero no fue más que una huida, aunque en sentido inverso, semejante a la de mi bisabuelo Cruz Villar, pues no soy una comunidad y quizá nunca lo sea, de cualquier manera no soy más que un conglomerado de voces disímiles y antagónicas y me pregunto si pretender recuperarlas no solo es vanidad y empresa imposible y dispendiosa como el contar las infinitas estrellas del señor, sino tarea inútil y vacua, pues para memoria sobran las vastas necrópolis y ellas tampoco nos han de salvar (...). Y vine y me asenté en este pueblo y abusé de la hospitalidad que se me brindó y te seduje y te obligué a escuchar la historia de los míos y a compartir el viejo rencor y la desesperación (...)" (ob. cit., p.176). Mientras dura ese recorrido en el tiempo, que es la vuelta (o la recuperación de la memoria) a su pasado familiar y social, Martín tampoco tendrá descanso sino más bien una conciencia asaltada por preguntas e incertidumbres sin fondo, que finalmente lo retrotraen a aquel cordón umbilical roto violentamente por la figura del padre ancestral: origen de esa enfermedad que es la melancolía.
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