



Como para potenciar los significados simbólicos, ese sumo hacendado piurano, Odar Benalcázar León y Seminario, en realidad proviene de un linaje bastardo (C.f: el capítulo El gran secreto, en vol. I de "La Violencia..."). A semejanza de Francisco Pizarro, el fundador del Perú, el primer antepasado de Odar no fue un personaje de la elite española sino un hombre del pueblo que, sin embargo, por los avatares y la violencia de la historia llegó -él y su descendencia- a tener un gran poder; el cual utilizó, en la región piurana, para vengar sus resentimientos y frustraciones. Aquel primer Benalcázar fue caballerizo del corregidor Faldrique Ontaneda, y llegó a Piura en el s.XVIII (Un oficio vecino de aquél tuvo Pizarro: criador de puercos). Y tomó bajo su custodia y nombre, luego de un arreglo propiamente mercantil, al hijo que el tal Faldrique tuvo con una joven criolla, en aventura extramarital. Todo ello evoca, mutatis mutandis, la entrada del Perú en la civilización occidental: tierra de escarnio para sujetos venidos de lejos (déspotas del poder y provenientes de familias e historias oscuras, inconfesables), cuyo principal objetivo ha sido el enriquecimiento individual y la vendetta, sin banderas auténticas, ni férreos principios morales ni ideales colectivos que estorbasen dicha empresa. Y ésa fue una de las principales semillas aquí dejadas.
De esa misma laya es el primer antepasado del clan Villar: Miguel Francisco Villar.
No es forzado deducir, de esta línea de personajes masculinos, el esquema de un "padre-patrón", alegoría del Estado peruano, semifeudal y semicolonial, como tempranamente lo caracterizara José Carlos Mariátegui, político e ideólogo de principios de siglo, fundador del Partido Comunista del Perú y de la revista de vanguardia AMAUTA.
En general, y es otro aspecto a resaltar, en esta novela las mujeres tienen un rol constructivo. Quiero agregar un dato curioso: la primera matriz de los Villar, Sacramento Chira, y asimismo la muchacha con quien Martín mantiene una relación que cobija el nacimiento de su novela y de su propia redención, ambas provienen de la cultura indígena tallán. Cuál sería mi sorpresa al leer, en "La generación del 50" -el ensayo de Gutiérrez- lo siguiente: "Mariátegui quizá fuera hijo `ilegítimo' de un hombre con patronímico sonoro dentro de la historia del Perú, con una mujer modesta, de apellido Lachira, quizá de estirpe tallán (...)" (p.253).
De acuerdo a todo lo dicho, queden aquí sentadas las discrepancias con dos opiniones vertidas por Tulio Mora en su crítica a "La Violencia..." (La República, 23/1/1994). Ni estamos ante una novela con páginas de más; ni tiene ella algo que ver -o hubiera tenido que ver- con la llamada "izquierda peruana" de mediados de los 80: no con ésa que gobernada por el oportunismo cayó en bancarrota y que ha reducido su caudal electoral a su mínima expresión. A esa izquierda, caracterizada benévolamente por Mora como "en repliegue", pertenecen comentarios como los que cierran el artículo: Narración, a veinte años del fin, del joven sanmarquino Jorge Coaguila (en: La República, 13/11/1994); donde, para desacreditar la línea adoptada por el colectivo NARRACION, se repiten algunos argumentos dentro de la onda desencantada, escéptica y conciliadora con el orden establecido: típico del espíritu que ha invadido a muchos izquierdistas de ayer.
En el segundo número de la revista, en 1971, y bajo el nombre de Nueva Crónica y Buen Gobierno (tomado del libro homónimo, de Guamán Poma, en suerte de homenaje y filiación), se publicó la primera crónica de factura colectiva de este grupo. En total, fueron tres: "Los sucesos de Huanta y Ayacucho / Por la gratuidad de la enseñanza", "Cobriza, Cobriza / 1971" y "Luchas del Magisterio / de Mariátegui al SUTEP". Roberto Reyes aceptó definirlas como "literatura de no ficción".
No por vanidad erudita, sino porque sobre estos temas lo considero de singular utilidad, quiero recomendar la lectura del ensayo "Escribir en el aire", de Antonio Cornejo Polar, cuya temprana muerte lamento.
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