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Ensayo sobre el Terror - Ciencia y Terror

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Creative Commons Artículo de Carlos Javier Blanco - 05 de Junio de 2006
Temas Relacionados: FilosofíaPensamiento y política
5. Ciencia y Terror

Vivimos en un cosmos inmenso. A las orillas de un océano de estrellas, galaxias y cúmulos de galaxias, la especie humana ya es capaz de preguntarse si verdaderamente hay un cosmos, o sólo es la parte ínfima de una inmensidad mayor aún. La potencia de nuestros instrumentos cognitivos, la física y la matemática, la eficacia –en definitiva- de nuestros cerebros, parecen confirmar las más viejas intuiciones del pensamiento occidental desde los tiempos de los filósofos presocráticos. Universo. Todo deviene unidad. Los mismos elementos químicos aquí y en los confines. El átomo de Carbono que forma mi cuerpo es idéntico al átomo de Carbono de algún ignoto planeta al otro lado de la galaxia. Las mismas fuerzas fundamentales de la física gobiernan tozudamente en esa unidad inmensa, y no saben nada de particularidades regionales, nada de localismos. Esas fuerzas, día a día

unificadas en las teorías sintéticas de nuestra cosmología, cierran con un broche de

oro el inmenso tesoro de astros, cuerpos, seres, agrupaciones de materia variadísima.

Pues unas reducidas formas aglutinan abigarradas y casi infinitas posibilidades

combinatorias de organización material.

El panorama que nos ofrece la cosmología moderna es altamente estimulante y

coincide en el tiempo con los primeros paseos humanos por las calles adyacentes a

nuestra casa, la Tierra. Fuera, nos aguarda toda la ciudad: el sistema solar, aún

explorado incompletamente. Tenemos por delante, además, el ancho océano que

separa nuestra estrella de las más próximas, salto que aún parece lejano para nuestras posibilidades técnicas. Pero la conciencia puede siempre adelantarse a éstas. La conciencia de tipo cosmológico que contiene en sí la irrefrenable ampliación del concepto de mundo-entorno (Umwelt) siempre que dicha ampliación sea compartida por todas las culturas humanas, y por todos los estratos de la sociedad, tarea que aún parece lejana.

Esta ampliación subjetiva de nuestro entorno es una de las consecuencias más

palmarias de los avances en física y astronomía que dan pábulo a la cosmología como “ciencia especulativa”. La divulgación de las consecuencias humanas de dicha apertura perceptiva tiene que señalar necesariamente un antes y un después en la historia espiritual de la especie humana. El localismo de nuestros problemas humanos, demasiado humanos, debe ser re-dimensionado en orden a un mundo-entorno que, casi de golpe, se nos aparece ahora como inmenso, variado y –posiblementehabitado por otros no humanos. Nada sabemos sobre este punto (a la fecha en que estoy escribiendo) ¿Hay alguien ahí fuera? De nuevo, la mera capacidad de formularse la pregunta con cierta seriedad y con instrumentos cognitivos adecuados, señala también una marca en la historia de nuestra evolución mental como especie interrogante. Lo decisivo es saber hacerse la pregunta. Ajenos a la impaciencia, la conciencia de una posible alteridad, de otro que vive y evoluciona allá lejos, en otro sistema solar a años luz del nuestro puede engendrar nuevos lazos morales de unidad humana supra-cultural, y de vinculación al medio terrestre (La naturaleza, hasta ayer,

era exclusivamente pensada a escala planetaria). Muy lejos estamos de unificar pueblos, estados e ideas, unificar a los hombres en torno a una nueva y amplísima percepción: todo eso que hay fuera de casa; una inmensidad que debe ser también nuestra casa. La percepción nunca se disocia de la acción. Cobrar conciencia del cosmos inmenso es también dar los pasos para explorarlo. Las posibilidades de hacerlo a gran escala, volcando en ello la mayor parte de nuestras energías, técnicas y mentales, parece ahora un pensamiento utópico y distante. La NASA y las otras agencias supranacionales de exploración hacen sus propias campañas de propaganda y popularización. Las obras televisivas y los libros divulgativos de ciencia no disimulan bien esa finalidad inmediata: captar adeptos entre el público, ganan eco social para una necesaria ampliación de los fondos inversores destinados a la exploración espacial ¿Sólo propaganda, pues? No deberíamos confundir los fines subjetivos con los objetivos. Estos últimos envuelven a los primeros. Que el hombre se lance al espacio en radios crecientes de distancia, y en periodos también crecientes de recorrido y permanencia es hecho imparable en términos evolutivos, si bien pueden darse baches momentáneos y crisis políticas, financieras y técnicas en la épica de la exploración.

Sería algo así como pensar que, ya entrada Europa en el siglo XVI no surgiese

ningún Colón y que las carabelas, ni ninguna otra embarcación mejorada sobre esta

base, se atrevieran a cruzar el Atlántico, acaso por culpa de ciertos obstáculos

psicológicos. Esos límites, al final, siempre caen, y la tecnología mejorada ayuda

mucho en su derrumbe. Las campañas divulgativas que emprenden ciertos científicos

comprometidos con agencias y centros de investigación espacial pueden alcanzar muy

distinto valor pedagógico. El rigor científico de esa difusión no siempre va en

consonancia con la acreditación académica ni con los logros objetivos del hombre que

pone su firma en ellas. El elevado grado de calidad, estética y científica a un tiempo,

que en su día alcanzó la serie televisiva (y después, la obra en papel) Cosmos, de Carl

Sagan es un ejemplo a emular en este tipo de producciones. Hay proselitismo en

nombre de una “ciencia” un tanto monolítica y omniabarcante que se autopresenta

como emancipadora de la especie humana y adversaria natural de la superstición

oprimente. Es cierto. Algo de eso encontramos en Sagan y en muchos otros buenos

divulgadores que son, sin duda la enésima generación de los ilustrados. Estos seres

hambrientos de buenas relaciones con el pueblo, buscan en la opinión pública un

número creciente de adeptos y, con ello, entre los políticos que han de seguir la ola del

sentir común, y por ende, incentivar medidas jurídicas e inversiones multimillonarias

aceptadas por fin por todo el electorado. Con todo, la mera faz sobria, pero elegante

en su estética de un proyecto eficazmente educativo, contrasta con la muy abundante

producción sensacionalista y neomística que caracteriza a la gran masa de

divulgadores.

En efecto: una nueva mística ha nacido entre los títulos de mejores ventas de

la divulgación. Asomarse a este inmenso océano cósmico exalta el sentimiento de

divinidad y profundidad en más de uno. Y no pocos escritores venden religión con el

disfraz de ciencia. La línea, al mismo tiempo sobria y atea, del Cosmos de Sagan no

es seguida por todos. La visión didáctica se pierde en el marasmo de la producción

periodística y amiga de lo sensacional. Las “emociones fuertes” que suscitan los

“marcianos, la vida en el más allá y los poderes desconocidos de la mente se mezclan con los datos reales, de por sí sorprendentes, y las teorías serias, en sí fascinantes, que a veces produce la ciencia de verdad.

La “comunidad” científica no tiene por qué estar representada en un solo

bloque por este tipo de neomísticos y mercachifles que pugnan por mezclar ciencia y

religión. Esa comunidad, en rigor ¿qué es? Cualquier coa menos un monolito. Como

ocurre en la Iglesia Católica o en la manzana de casas donde vivo, prefiero pensar que

en esa “comunidad” hay una derecha, ateos y creyentes, y de entre éstos, místicos y

mil clases más de individuos. La mayoría deben estar comprometidos en una campaña

internacional por la difusión de sus conocimientos, por la defensa del medio ambiente,

la lucha con el hambre y a favor del reparto equitativo de bienes y servicios. Deben

estar comprometidos y enfrentados contra la irracionalidad, el fanatismo y el

embrutecimiento por obra de la superstición. Que esta militancia no se pueda

comprobar estadísticamente, en los hechos, reduce la cuestión sobre esta

“comunidad” científica a la de puro ente ideal. Hablamos de lo que debería ser, aunque

en este planeta, salvo honrosas excepciones individuales y pocos grupos activistas,

por casi ningún lado encontramos.

Frente a la mejor divulgación comprometida –política y moralmente- los

neomísticos hurgan entre los temas “excitantes” para el gran público aunque ellos

supongan un extravío grosero de las preocupaciones acuciantes de la sociedad.

Uno de ellos es el de la vida extraterrestre, a ser posible inteligente. El carácter

sustitutivo que esos seres hipotéticos están tomando en las vidas (cuasi-religiosas) de

millones de individuos es cosa de sobra conocida por sociólogos, antropólogos y

expertos en las ciencias de la religión. Los extraterrestres de la ciencia-ficción, con sus

platillos volantes, sus visitas supuestas y toda su morfología humanoide (o en todo

caso corpórea), pueden ser entendidos cómodamente como una cierta vuelta al

paganismo. Los démones antiguos de la cuenca mediterránea tardo-antigua poseían a

veces este carácter corpóreo y humanoide. Omnipresentes, a veces hostiles, o quizá

ambiguos en cuanto a intencionalidad, servían de espejo al propio yo humano. Este

podía verse “poseído”, disociado y confrontado con “personas” no humanas peor aún

así vinculadas a su propia mente individual.

Así son vistos por P. Brown, como protagonistas del cambio cultural que supuso la llegada del cristianismo:

Los demonios eran las “estrellas” del drama religioso de la Antigüedad tardía,

pero necesitaban un empresario. Y lo encontraron en la iglesia cristiana. Fuera del

cristianismo los demonios habían permanecido como seres ambivalentes (más bien

como fantasmas). Se les invocaba para explicar desgracias repentinas e irracionales,

o desviaciones del comportamiento normal, tales como revoluciones, epidemias o

turbios asuntos amorosos; se apelaba a ellos tan ampliamente –y por lo tanto

causaban tan poca ansiedad- como los microbios de hoy en día. El cristianismo, sin

embargo, hizo de los demonios un punto central de su cosmovisión. La iglesia cristiana

había heredado a través del judaísmo tardío el legado más funesto del zoroastrismo

persa al mundo occidental, a saber: una creencia en la absoluta división del mundo

espiritual entre poderes buenos y malos, entre ángeles y demonios. Para hombres

cada vez más preocupados con el problema del mal la actitud cristiana hacia los

diablos proporcionaba una respuesta orientada a aliviar una angustia sin nombre:

concentraba esta ansiedad sobre los demonios y al mismo tiempo ofrecía un remedio

para ella”.4

La pluralidad de cada ser humano, podría, de esta manera, verse gestionada

así (a falta de otros recursos, terapéuticos, salvíficos, etc.). La demonología clásica –

complemento y ampliación del politeísmo- se ve fuertemente moralizada por el impacto

de lo oriental, y en especial, de lo maniqueo en este periodo terminal de la civilización

clásica- démones buenos y malos, la lucha cósmica entre ejércitos (de ángeles, o sea,

demonios) en medio de la cual está envuelta la historia y la escatología del hombre.

El cristianismo habría necesitado del demonio, como el psiquiatra requiere de una clientela con patologías suficientemente hipostáticas. En referencia a la fama creciente de los monjes como clase de “luchadores” contra los demonios:

Ellos mantuvieron la malevolencia satánica a raya, y fueron capaces –como

nunca lo había sido el hombre corriente con todos los amuletos y remedios contra la

magia- de reírse del demonio en sus narices. Los poderes del hombre santo se

manifestaban en sus relaciones con el reino animal, quien había simbolizado siempre

el salvajismo y el ansia destructiva de los malos espíritus: ahuyentaba a las serpientes

y a las aves de presa, y podía sentarse tranquilamente como pacífico señor de

chacales y leones”. 5

Esa es la misma lucha en la que sigue envuelto hoy el hombre-masa, espectador del sí mismo idealizado cuando ve a los héroes humanos como protagonistas de una Guerra de las Galaxias. Alienígenas proteicos y robots combaten, los hay bueno y malos, pero tú, hombre, estás en medio. A veces, como se dejó ver en la primera ciencia-ficción, el argumento de la historia es evidentemente racista: ellos, los extraños, frente a nosotros, los héroes bellamente humanos (en sus cuerpos) y emocionalmente reconocibles. La demonología clásica y oriental procedían de estratos profundos y arcaicos de la religiosidad. Puede ser una operación básica de nuestro cerebro la de atribuir intencionalidad o volición a una clase de seres no clasificables ni en cuanto a humanidad ni en cuanto a animalidad: seres que habitan en una especie de “limbo” taxonómico, sin perjuicio de que su primitiva construcción mental no esté tomada a partir de las más variadas criaturas biológicas reales. En el siglo XX , y para largo, en el XXI, los estraterrestres están aquí, fenomenológicamente,

como entes con los que se cuenta –aunque su existencia rigurosa sea una materia

hipotética. El científico divulgador sustituye a menudo el ojo de Dios por las antenas de

unos seres así ¿Qué pensarían de nuestra especie- se pregunta- al ver nuestras

señales de radio y TV? ¿Disfrutarían con nuestra producción cultural? ¿Y qué acerca

de nuestro despilfarro de recursos naturales? Los observadores hipotéticos de los

cielos algún día nos juzgarán. Nos urge contactar cuanto antes, según el proyecto

SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence). Y, de advertirse, más bien el proyecto

exige unos millones de dólares para “estar atento” a las revelaciones. El desierto

bíblico era un espacio gratuito de comunicaciones divinidad-hombre, pero los tiempos

han pasado y la ciencia habla de unos años-luz que hacen de este Yahvé espacial un

ser hipotético todavía más distante.

Ludwig Feuerbach trató este punto de las “otras” inteligencias en una época

temprana como la suya. Su tesis antropológica al respecto puede leerse en el párrafo

que sigue:

El hombre no puede ir más allá de su verdadera esencia. Puede,

perfectamente, imaginarse por medio de la fantasía otros individuos de una clase

supuestamente más elevada, pero no podrá jamás prescindir de su género, de su

esencia. Las determinaciones que atribuye a esos otros individuos están siempre

sacadas de las determinaciones de su propia esencia; determinaciones por medio de las cuales se refleja y se objetiva a sí mismo. En los cuerpos celestes pueden existir,

ciertamente, seres pensantes además del hombre; pero aunque admitamos la

existencia de tales seres, no por eso debemos cambiar nuestro punto de vista; lo

enriquecemos cuantitativa, no cualitativamente; pues así como son válidas allí

nuestras leyes del movimiento, así también son válidas las leyes de la sensación y del

pensamiento que nos rigen. En efecto, no suponemos que haya vida en los demás

cuerpos celestes con el objeto de encontrar allí seres diferentes a nosotros, sino con el

propósito de encontrar seres iguales o semejantes6.

Démones, revelaciones, contactos cósmicos. El náufrago humano piensa en todo ello cuando ve la noche estrellada ante sí como la costa de un océano inalcanzable que deseará cruzar alguna vez ese océano de puntos de luz, soles de hogares habitados y millones de maravillas ocultas, levanta los ánimos hacia lo más sublime. Ese sentimiento de sublime es el que se sobreexplota con justicia y fortuna, unas veces, con descaro irracional, otras, en la literatura científico-popular. Kant asociaba a este sentimiento la inefabilidad e inconmensurabilidad. Lo sublime no tiene nada que ver con lo bello, y más bien, con el efecto que provoca una magnitud incalculable o la multitud inabarcable. Este sentimiento, gran místico primero, gran romántico después, es el verdadero motor de miles de vocaciones científicas juveniles que un día notaron en su interior cierta “conexión”, mezcla de curiosidad insaciable, maravilla y empequeñecimiento, vinculación por sobre todas las escalas de lo cósmico. Pronto se verán defraudadas esas jóvenes mentes por planes de estudios aberrantes, profesores incompetentes, jergas, rutinarias investigaciones al servicio de no se sabe qué espantosos intereses, y la indigestión de una pseudociencia

académica en lugar de un verdadero conocimiento. Nada de verdad, sino pura “praxis”

y técnica, y el sentimiento de lo sublime ya por siempre sepultado.

Genuinamente considerado, y antes de echarse a perder por nuestra ciencia

domesticada, ese sentimiento sublime no debería ser tomado en sí mismo como algo

que tuviera que ver con lo místico ni lo confesional. Si en nuestros raptos más

especulativos al contemplar una noche de estrellas en verano, se nos va el corazón

detrás de los ojos, y pensamos en la probable (o posible) vida que hay allí, un allí que

en el más amplio sentido ya forma parte de nuestro aquí, ese sentimiento –que en sí

mismo no es racional- no debería caer en el pozo sin fondo del misticismo teológico.

Cabe una teoría digna a la ciencia futura: que emancipe al hombre de su perruna sed

de Dios, que también es ansia de Amos y Collares. Esta tarea racional es conforme a

la propia dignidad de la especie del hombre, animal racional. Precisamente por ello,

por racional, pero paralelamente dotado para lo sublime. Llegar a imaginar (y si acaso

contactar) con Otro comprensible, cuya eventual superioridad técnica o intelectiva

nunca nos hiciera caer en la postración abyecta ni en la tentación de caer en dulces

servidumbres, como son todos los proyectos de colonización o mediatización por parte

del Otro. Sabremos siempre vernos como fines en nosotros mismos, y el respeto –de

siempre es sabido- ha de ganárselo cada uno. Pero las perspectivas de futuro no son

nada buenas. La ciencia divulgada hoy no siempre es buena, seria, ni moralmente

edificante. El sujeto de conocimiento es, a lo sumo, una especie de niño boquiabierto

siempre hambriento de novedades que le fascinen. Y cuando el niño llega a mayor, la

mediatización de nuestra economía mundial capitalista ha hecho de él carne de cañón:

obrero más o menos cualificado, apéndice de una máquina ciega y programada por

distantes “expertos” que ya se han encargado de despojar al género humano de su

“ciencia” a cambio de rutinas esclavizadoras. El conocimiento, lo ve ya el hombre

maduro, ha volado y nadie sabe cómo ha sido. Sólo unos pocos le poseen, y están

muy escondidos. Diríamos que son también los nuevos dioses tras la tramoya. No habitan tampoco en lejanas galaxias. Son invisible demiurgos que piensan por nosotros. A veces hay que pensar que este Saber Supremo –los dioses, los extraterrestres- están ocultos entre nosotros.

Autor y licencia de 'Ensayo sobre el Terror - Ciencia y Terror'
Carlos Javier Blanco Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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