



Vivimos en un cosmos inmenso. A las orillas de un océano de estrellas, galaxias y cúmulos de galaxias, la especie humana ya es capaz de preguntarse si verdaderamente hay un cosmos, o sólo es la parte ínfima de una inmensidad mayor aún. La potencia de nuestros instrumentos cognitivos, la física y la matemática, la eficacia –en definitiva- de nuestros cerebros, parecen confirmar las más viejas intuiciones del pensamiento occidental desde los tiempos de los filósofos presocráticos. Universo. Todo deviene unidad. Los mismos elementos químicos aquí y en los confines. El átomo de Carbono que forma mi cuerpo es idéntico al átomo de Carbono de algún ignoto planeta al otro lado de la galaxia. Las mismas fuerzas fundamentales de la física gobiernan tozudamente en esa unidad inmensa, y no saben nada de particularidades regionales, nada de localismos. Esas fuerzas, día a día
unificadas en las teorías sintéticas de nuestra cosmología, cierran con un broche de
oro el inmenso tesoro de astros, cuerpos, seres, agrupaciones de materia variadísima.
Pues unas reducidas formas aglutinan abigarradas y casi infinitas posibilidades
combinatorias de organización material.
El panorama que nos ofrece la cosmología moderna es altamente estimulante y
coincide en el tiempo con los primeros paseos humanos por las calles adyacentes a
nuestra casa, la Tierra. Fuera, nos aguarda toda la ciudad: el sistema solar, aún
explorado incompletamente. Tenemos por delante, además, el ancho océano que
separa nuestra estrella de las más próximas, salto que aún parece lejano para nuestras posibilidades técnicas. Pero la conciencia puede siempre adelantarse a éstas. La conciencia de tipo cosmológico que contiene en sí la irrefrenable ampliación del concepto de mundo-entorno (Umwelt) siempre que dicha ampliación sea compartida por todas las culturas humanas, y por todos los estratos de la sociedad, tarea que aún parece lejana.
Esta ampliación subjetiva de nuestro entorno es una de las consecuencias más
palmarias de los avances en física y astronomía que dan pábulo a la cosmología como “ciencia especulativa”. La divulgación de las consecuencias humanas de dicha apertura perceptiva tiene que señalar necesariamente un antes y un después en la historia espiritual de la especie humana. El localismo de nuestros problemas humanos, demasiado humanos, debe ser re-dimensionado en orden a un mundo-entorno que, casi de golpe, se nos aparece ahora como inmenso, variado y –posiblementehabitado por otros no humanos. Nada sabemos sobre este punto (a la fecha en que estoy escribiendo) ¿Hay alguien ahí fuera? De nuevo, la mera capacidad de formularse la pregunta con cierta seriedad y con instrumentos cognitivos adecuados, señala también una marca en la historia de nuestra evolución mental como especie interrogante. Lo decisivo es saber hacerse la pregunta. Ajenos a la impaciencia, la conciencia de una posible alteridad, de otro que vive y evoluciona allá lejos, en otro sistema solar a años luz del nuestro puede engendrar nuevos lazos morales de unidad humana supra-cultural, y de vinculación al medio terrestre (La naturaleza, hasta ayer,
era exclusivamente pensada a escala planetaria). Muy lejos estamos de unificar pueblos, estados e ideas, unificar a los hombres en torno a una nueva y amplísima percepción: todo eso que hay fuera de casa; una inmensidad que debe ser también nuestra casa. La percepción nunca se disocia de la acción. Cobrar conciencia del cosmos inmenso es también dar los pasos para explorarlo. Las posibilidades de hacerlo a gran escala, volcando en ello la mayor parte de nuestras energías, técnicas y mentales, parece ahora un pensamiento utópico y distante. La NASA y las otras agencias supranacionales de exploración hacen sus propias campañas de propaganda y popularización. Las obras televisivas y los libros divulgativos de ciencia no disimulan bien esa finalidad inmediata: captar adeptos entre el público, ganan eco social para una necesaria ampliación de los fondos inversores destinados a la exploración espacial ¿Sólo propaganda, pues? No deberíamos confundir los fines subjetivos con los objetivos. Estos últimos envuelven a los primeros. Que el hombre se lance al espacio en radios crecientes de distancia, y en periodos también crecientes de recorrido y permanencia es hecho imparable en términos evolutivos, si bien pueden darse baches momentáneos y crisis políticas, financieras y técnicas en la épica de la exploración.
Sería algo así como pensar que, ya entrada Europa en el siglo XVI no surgiese
ningún Colón y que las carabelas, ni ninguna otra embarcación mejorada sobre esta
base, se atrevieran a cruzar el Atlántico, acaso por culpa de ciertos obstáculos
psicológicos. Esos límites, al final, siempre caen, y la tecnología mejorada ayuda
mucho en su derrumbe. Las campañas divulgativas que emprenden ciertos científicos
comprometidos con agencias y centros de investigación espacial pueden alcanzar muy
distinto valor pedagógico. El rigor científico de esa difusión no siempre va en
consonancia con la acreditación académica ni con los logros objetivos del hombre que
pone su firma en ellas. El elevado grado de calidad, estética y científica a un tiempo,
que en su día alcanzó la serie televisiva (y después, la obra en papel) Cosmos, de Carl
Sagan es un ejemplo a emular en este tipo de producciones. Hay proselitismo en
nombre de una “ciencia” un tanto monolítica y omniabarcante que se autopresenta
como emancipadora de la especie humana y adversaria natural de la superstición
oprimente. Es cierto. Algo de eso encontramos en Sagan y en muchos otros buenos
divulgadores que son, sin duda la enésima generación de los ilustrados. Estos seres
hambrientos de buenas relaciones con el pueblo, buscan en la opinión pública un
número creciente de adeptos y, con ello, entre los políticos que han de seguir la ola del
sentir común, y por ende, incentivar medidas jurídicas e inversiones multimillonarias
aceptadas por fin por todo el electorado. Con todo, la mera faz sobria, pero elegante
en su estética de un proyecto eficazmente educativo, contrasta con la muy abundante
producción sensacionalista y neomística que caracteriza a la gran masa de
divulgadores.
En efecto: una nueva mística ha nacido entre los títulos de mejores ventas de
la divulgación. Asomarse a este inmenso océano cósmico exalta el sentimiento de
divinidad y profundidad en más de uno. Y no pocos escritores venden religión con el
disfraz de ciencia. La línea, al mismo tiempo sobria y atea, del Cosmos de Sagan no
es seguida por todos. La visión didáctica se pierde en el marasmo de la producción
periodística y amiga de lo sensacional. Las “emociones fuertes” que suscitan los
“marcianos, la vida en el más allá y los poderes desconocidos de la mente se mezclan con los datos reales, de por sí sorprendentes, y las teorías serias, en sí fascinantes, que a veces produce la ciencia de verdad.
La “comunidad” científica no tiene por qué estar representada en un solo
bloque por este tipo de neomísticos y mercachifles que pugnan por mezclar ciencia y
religión. Esa comunidad, en rigor ¿qué es? Cualquier coa menos un monolito. Como
ocurre en la Iglesia Católica o en la manzana de casas donde vivo, prefiero pensar que
en esa “comunidad” hay una derecha, ateos y creyentes, y de entre éstos, místicos y
mil clases más de individuos. La mayoría deben estar comprometidos en una campaña
internacional por la difusión de sus conocimientos, por la defensa del medio ambiente,
la lucha con el hambre y a favor del reparto equitativo de bienes y servicios. Deben
estar comprometidos y enfrentados contra la irracionalidad, el fanatismo y el
embrutecimiento por obra de la superstición. Que esta militancia no se pueda
comprobar estadísticamente, en los hechos, reduce la cuestión sobre esta
“comunidad” científica a la de puro ente ideal. Hablamos de lo que debería ser, aunque
en este planeta, salvo honrosas excepciones individuales y pocos grupos activistas,
por casi ningún lado encontramos.
Frente a la mejor divulgación comprometida –política y moralmente- los
neomísticos hurgan entre los temas “excitantes” para el gran público aunque ellos
supongan un extravío grosero de las preocupaciones acuciantes de la sociedad.
Uno de ellos es el de la vida extraterrestre, a ser posible inteligente. El carácter
sustitutivo que esos seres hipotéticos están tomando en las vidas (cuasi-religiosas) de
millones de individuos es cosa de sobra conocida por sociólogos, antropólogos y
expertos en las ciencias de la religión. Los extraterrestres de la ciencia-ficción, con sus
platillos volantes, sus visitas supuestas y toda su morfología humanoide (o en todo
caso corpórea), pueden ser entendidos cómodamente como una cierta vuelta al
paganismo. Los démones antiguos de la cuenca mediterránea tardo-antigua poseían a
veces este carácter corpóreo y humanoide. Omnipresentes, a veces hostiles, o quizá
ambiguos en cuanto a intencionalidad, servían de espejo al propio yo humano. Este
podía verse “poseído”, disociado y confrontado con “personas” no humanas peor aún
así vinculadas a su propia mente individual.
Así son vistos por P. Brown, como protagonistas del cambio cultural que supuso la llegada del cristianismo:
“Los demonios eran las “estrellas” del drama religioso de la Antigüedad tardía,
pero necesitaban un empresario. Y lo encontraron en la iglesia cristiana. Fuera del
cristianismo los demonios habían permanecido como seres ambivalentes (más bien
como fantasmas). Se les invocaba para explicar desgracias repentinas e irracionales,
o desviaciones del comportamiento normal, tales como revoluciones, epidemias o
turbios asuntos amorosos; se apelaba a ellos tan ampliamente –y por lo tanto
causaban tan poca ansiedad- como los microbios de hoy en día. El cristianismo, sin
embargo, hizo de los demonios un punto central de su cosmovisión. La iglesia cristiana
había heredado a través del judaísmo tardío el legado más funesto del zoroastrismo
persa al mundo occidental, a saber: una creencia en la absoluta división del mundo
espiritual entre poderes buenos y malos, entre ángeles y demonios. Para hombres
cada vez más preocupados con el problema del mal la actitud cristiana hacia los
diablos proporcionaba una respuesta orientada a aliviar una angustia sin nombre:
concentraba esta ansiedad sobre los demonios y al mismo tiempo ofrecía un remedio
para ella”.4
La pluralidad de cada ser humano, podría, de esta manera, verse gestionada
así (a falta de otros recursos, terapéuticos, salvíficos, etc.). La demonología clásica –
complemento y ampliación del politeísmo- se ve fuertemente moralizada por el impacto
de lo oriental, y en especial, de lo maniqueo en este periodo terminal de la civilización
clásica- démones buenos y malos, la lucha cósmica entre ejércitos (de ángeles, o sea,
demonios) en medio de la cual está envuelta la historia y la escatología del hombre.
El cristianismo habría necesitado del demonio, como el psiquiatra requiere de una clientela con patologías suficientemente hipostáticas. En referencia a la fama creciente de los monjes como clase de “luchadores” contra los demonios:
“Ellos mantuvieron la malevolencia satánica a raya, y fueron capaces –como
nunca lo había sido el hombre corriente con todos los amuletos y remedios contra la
magia- de reírse del demonio en sus narices. Los poderes del hombre santo se
manifestaban en sus relaciones con el reino animal, quien había simbolizado siempre
el salvajismo y el ansia destructiva de los malos espíritus: ahuyentaba a las serpientes
y a las aves de presa, y podía sentarse tranquilamente como pacífico señor de
chacales y leones”. 5
Esa es la misma lucha en la que sigue envuelto hoy el hombre-masa, espectador del sí mismo idealizado cuando ve a los héroes humanos como protagonistas de una Guerra de las Galaxias. Alienígenas proteicos y robots combaten, los hay bueno y malos, pero tú, hombre, estás en medio. A veces, como se dejó ver en la primera ciencia-ficción, el argumento de la historia es evidentemente racista: ellos, los extraños, frente a nosotros, los héroes bellamente humanos (en sus cuerpos) y emocionalmente reconocibles. La demonología clásica y oriental procedían de estratos profundos y arcaicos de la religiosidad. Puede ser una operación básica de nuestro cerebro la de atribuir intencionalidad o volición a una clase de seres no clasificables ni en cuanto a humanidad ni en cuanto a animalidad: seres que habitan en una especie de “limbo” taxonómico, sin perjuicio de que su primitiva construcción mental no esté tomada a partir de las más variadas criaturas biológicas reales. En el siglo XX , y para largo, en el XXI, los estraterrestres están aquí, fenomenológicamente,
como entes con los que se cuenta –aunque su existencia rigurosa sea una materia
hipotética. El científico divulgador sustituye a menudo el ojo de Dios por las antenas de
unos seres así ¿Qué pensarían de nuestra especie- se pregunta- al ver nuestras
señales de radio y TV? ¿Disfrutarían con nuestra producción cultural? ¿Y qué acerca
de nuestro despilfarro de recursos naturales? Los observadores hipotéticos de los
cielos algún día nos juzgarán. Nos urge contactar cuanto antes, según el proyecto
SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence). Y, de advertirse, más bien el proyecto
exige unos millones de dólares para “estar atento” a las revelaciones. El desierto
bíblico era un espacio gratuito de comunicaciones divinidad-hombre, pero los tiempos
han pasado y la ciencia habla de unos años-luz que hacen de este Yahvé espacial un
ser hipotético todavía más distante.
Ludwig Feuerbach trató este punto de las “otras” inteligencias en una época
temprana como la suya. Su tesis antropológica al respecto puede leerse en el párrafo
que sigue:
“El hombre no puede ir más allá de su verdadera esencia. Puede,
perfectamente, imaginarse por medio de la fantasía otros individuos de una clase
supuestamente más elevada, pero no podrá jamás prescindir de su género, de su
esencia. Las determinaciones que atribuye a esos otros individuos están siempre
sacadas de las determinaciones de su propia esencia; determinaciones por medio de las cuales se refleja y se objetiva a sí mismo. En los cuerpos celestes pueden existir,
ciertamente, seres pensantes además del hombre; pero aunque admitamos la
existencia de tales seres, no por eso debemos cambiar nuestro punto de vista; lo
enriquecemos cuantitativa, no cualitativamente; pues así como son válidas allí
nuestras leyes del movimiento, así también son válidas las leyes de la sensación y del
pensamiento que nos rigen. En efecto, no suponemos que haya vida en los demás
cuerpos celestes con el objeto de encontrar allí seres diferentes a nosotros, sino con el
propósito de encontrar seres iguales o semejantes”6.
Démones, revelaciones, contactos cósmicos. El náufrago humano piensa en todo ello cuando ve la noche estrellada ante sí como la costa de un océano inalcanzable que deseará cruzar alguna vez ese océano de puntos de luz, soles de hogares habitados y millones de maravillas ocultas, levanta los ánimos hacia lo más sublime. Ese sentimiento de sublime es el que se sobreexplota con justicia y fortuna, unas veces, con descaro irracional, otras, en la literatura científico-popular. Kant asociaba a este sentimiento la inefabilidad e inconmensurabilidad. Lo sublime no tiene nada que ver con lo bello, y más bien, con el efecto que provoca una magnitud incalculable o la multitud inabarcable. Este sentimiento, gran místico primero, gran romántico después, es el verdadero motor de miles de vocaciones científicas juveniles que un día notaron en su interior cierta “conexión”, mezcla de curiosidad insaciable, maravilla y empequeñecimiento, vinculación por sobre todas las escalas de lo cósmico. Pronto se verán defraudadas esas jóvenes mentes por planes de estudios aberrantes, profesores incompetentes, jergas, rutinarias investigaciones al servicio de no se sabe qué espantosos intereses, y la indigestión de una pseudociencia
académica en lugar de un verdadero conocimiento. Nada de verdad, sino pura “praxis”
y técnica, y el sentimiento de lo sublime ya por siempre sepultado.
Genuinamente considerado, y antes de echarse a perder por nuestra ciencia
domesticada, ese sentimiento sublime no debería ser tomado en sí mismo como algo
que tuviera que ver con lo místico ni lo confesional. Si en nuestros raptos más
especulativos al contemplar una noche de estrellas en verano, se nos va el corazón
detrás de los ojos, y pensamos en la probable (o posible) vida que hay allí, un allí que
en el más amplio sentido ya forma parte de nuestro aquí, ese sentimiento –que en sí
mismo no es racional- no debería caer en el pozo sin fondo del misticismo teológico.
Cabe una teoría digna a la ciencia futura: que emancipe al hombre de su perruna sed
de Dios, que también es ansia de Amos y Collares. Esta tarea racional es conforme a
la propia dignidad de la especie del hombre, animal racional. Precisamente por ello,
por racional, pero paralelamente dotado para lo sublime. Llegar a imaginar (y si acaso
contactar) con Otro comprensible, cuya eventual superioridad técnica o intelectiva
nunca nos hiciera caer en la postración abyecta ni en la tentación de caer en dulces
servidumbres, como son todos los proyectos de colonización o mediatización por parte
del Otro. Sabremos siempre vernos como fines en nosotros mismos, y el respeto –de
siempre es sabido- ha de ganárselo cada uno. Pero las perspectivas de futuro no son
nada buenas. La ciencia divulgada hoy no siempre es buena, seria, ni moralmente
edificante. El sujeto de conocimiento es, a lo sumo, una especie de niño boquiabierto
siempre hambriento de novedades que le fascinen. Y cuando el niño llega a mayor, la
mediatización de nuestra economía mundial capitalista ha hecho de él carne de cañón:
obrero más o menos cualificado, apéndice de una máquina ciega y programada por
distantes “expertos” que ya se han encargado de despojar al género humano de su
“ciencia” a cambio de rutinas esclavizadoras. El conocimiento, lo ve ya el hombre
maduro, ha volado y nadie sabe cómo ha sido. Sólo unos pocos le poseen, y están
muy escondidos. Diríamos que son también los nuevos dioses tras la tramoya. No habitan tampoco en lejanas galaxias. Son invisible demiurgos que piensan por nosotros. A veces hay que pensar que este Saber Supremo –los dioses, los extraterrestres- están ocultos entre nosotros.
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