Ensayo sobre el Terror - El mito gnóstico y el mito clasico
2 - El mito gnóstico y el mito clasico
El mito gnóstico introduce nombres, personajes extraños que desean restar
soledad al Dios único. Esa unicidad bíblica de un dios resentido y mezquino queda
desdoblada por la preexistencia de un Dios creador (Marción). Un Dios creador no es
un dios salvador. Y el Demiurgo flota en una espesa niebla oscura, contaminado del
propio caos desde el que se destaca, paradójicamente, como negador de ese caos o
de esa nada, como creador malvado.
Los elementos fundamentamentales de la Gnosis los tomamos de Markschies3:
“...entenderemos por “Gnosis” aquellos movimientos que fijan su especial
interés en la captación racional de realidades objetivas por medio de la intelección
(“conocimiento”) depositada en sistemas teológicos, que de ordinario están
caracterizados en los textos por un determinado conjunto de ideas o motivos:
1. La experiencia de un Dios supremo, situado completamente en el más allá y
lejano.
2. La introducción, determinada por ello, entre otras cosas, de ulteriores figuras
divinas o la escisión de las figuras. Existentes en figuras que están más
próximas al hombre que el Dios lejano y supremo.
3. La estimación del mundo y de la materia como creación maligna y una
experiencia, determinada por ello por la que el gnóstico se siente como extraño
con respecto al mundo.
4. La introducción de un propio Dios Creador o Asistente; es designado según la
tradición platónica como “artesano” –en griego: demiourgos-, y en parte es
descrito simplemente como ignorante, pero en parte es descrito también como
malvado.
5. La explicación de este estado mediante un drama mitológico, en el que un
elemento divino, que desde su esfera cae en un mundo malvado, dormita como
chispa divina en una clase de seres humanos y puede ser liberado de allí.
6. Un conocimiento (gnosis) sobre este estado, pero un conocimiento que sólo
puede lograrse mediante la figura de un redentor del más allá, que desciende
de una esfera superior y vuelve a ascender a ella.
7. La redención mediante el conocimiento del hombre de que “Dios (o la chispa)
está en él” (...), y finamente:
8. Una tendencia (diferentemente marcada) al dualismo que puede manifestarse
en el concepto acerca de Dios, en la oposición entre el espíritu y la materia y
en la antropología”.
Los nombres, las extrañas potencias que el hombre desconoce o ha olvidado,
forman linajes de ascendencia y ejércitos que pretenden poblar el espacio de lo
inefable. Se puebla de nombres aquello que en la Biblia no se puede decir, y
permanece en una oscuridad que, o bien se exorciza, o bien queda ironizada. La
gnosis parece a veces una gran ironía “poiética” contra el laconismo de los principales
mitos (por ende, no dogmas) del texto bíblico, en especial del relato genesíaco sobre
la creación del mundo, del hombre y su expulsión del paraíso. Pero Dios, desdoblado
o no, se vuelve aún más numinoso y terrible en la nueva producción gnóstica. Cargado
de simbología helenística, maniquea, aunando mil retazos importados desde un
Levante desconcertante, ese poder numinoso puede metamorfosearse en sus
opuestos, y es capaz de distribuirse en potencias subordinadas (ángeles o demonios)
que, en jerarquías potencialmente infinitas, producen aún más terror a un alma
desgarrada del mundo, en ebullición de imágenes, que es el alma gnóstica. Esas
jerarquías de potencias, toda vez que son parcialmente ciegas (no como el Dios único,
sino como las más furiosas bestias, como el hombre mismo) y siempre son
limitaciones en sí mismas, y negaciones al poder omnímodo del Dios del monoteísmo
estricto. Las potencias se tornan aún menos acogedoras que Él, y son la base
narrativa de toda la demonología. Son los adversarios demoníacos. Y es que ante un
Dios Malvado de infinita competencia, el hombre nada puede hacer para detener sus
proyectos. Pero ante las batallas cósmicas entre luz y tinieblas que el hombre debe –
tan solo- sospechar y barruntar, los miedos se multiplican en relación directa con el
número y la difícil identidad de los “adversarios”. Que el propio diablo y la misma
serpiente fueran Dios metamorfoseado, otorga potencia plena al mito gnóstico, y con
sus peculiaridades, le entronca de lleno con la gran corriente mitogónica que cuenta,
como recurso constante, con esta capacidad proteica de sus personajes, con este
recurso a los cambios de forma como regla de transformación ineludible en el curso
episódico de los mitos. De ahí, la sempiterna presencia de la forma animal con que, a
la par de los dioses griegos del clasicismo, los becerros y baales bíblicos aparecen en
esta otra corriente (presuntamente monoteísta e iconoclasta) de la mítica de Occidente, que es la bíblica. Como númenes, esos dioses y potencias tienen que aparecer, al menos, como estados transitorios de la teofanía, como recursos representativos capaces de imprimir su causalidad “sui generis” a la peculiar lógica narrativa del mito.
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