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Ensayo sobre el Terror - Mito y Terror

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Creative Commons Artículo de Carlos Javier Blanco - 05 de Junio de 2006
Temas Relacionados: FilosofíaPensamiento y política
1. Mito y Terror

Una de las misiones que el mito ha de cumplir en la historia es la de repetirse.

La esencia del mito es revivir (revival). Lo hace, aunque parezca revestirse de

esteticismo y de emblemas que parecen vacíos. El neo-clasicismo ha podido ser

porque ya hubo previamente clasicismo. Y en éste lo mítico vivía en la letra y en la

plástica de un modo altamente formalizado, como convención. La Medusa o la

Gorgona representadas plásticamente en el templo, ya hacían las veces de

recordatorio y de emblema. Pero el contenido originario, preliterario y prehistórico, se

difuminaba en una terrible niebla que, para todo “clásico” ya resultaba difícil de

entender. El poder inicial del mito consistía en “estremecer” (mysterium tremendum) y

la poesía (el canto, la música) sólo es el anverso necesario de este estremecimiento y

la autoafirmación de lo humano en una niebla, o en una noche, prehistóricas que,

radicalmente, son alteridad para lo humano.

El tremendo misterio puede ser sentido de varias maneras. Puede penetrar

con suave flujo en el ánimo, en la forma del sentimiento sosegado de la devoción

absorta. Puede pasar como una corriente fluida que dura algún tiempo y después se

ahíla y tiembla, y al fin se apaga, y deja desembocar de nuevo el espíritu en lo

profano. Puede estallar de súbito en el espíritu, entre embates y convulsiones. Puede

llevar a la embriaguez, al arrobo, al éxtasis. Se presenta en formas feroces y

demoníacas. Puede hundir al alma en horrores y espantos casi brujescos. Tiene

manifestaciones y grados elementales, toscos y bárbaros, y evoluciona hacia los

estados más refinados, más puros y transfigurados. En fin, puede convertirse en el

suspenso y humilde temblor, en la mudez de la criatura ante... -sí ¿ante quién?-, ante

aquello que en el indecible misterio se cierne sobre todas las criaturas.”1

El hombre “clásico” quizá tuvo conciencia indirecta de serlo, pero no ya ante un

futuro que lo reconociera como tal, escasamente representado en la antigüedad salvo

por símbolos no obstante presentes (“nuestros hijos”) o lógicamente predecibles sobre

lo presente (“los hijos de nuestros hijos”). Un clásico se siente tal en cuanto se

autoafirma como ser antropológico racional y dominador de alteridades. Entre éstas, figura no sólo la naturaleza animal no humana, la ferocidad de las bestias, los

meteoros y fenómenos terrestres, etc., sino también la barbarie humana circundante.

La multiplicidad de las teorías históricas acumuladas en torno al origen de la

religión queda resumida, para una mirada retrospectiva en dos tipos fundamentales:

uno está representado por Fueuerbach, para quien la divinidad no es otra cosa que la

autoproyección del hombre en el cielo, su pasajera forma de expresarse en un medio

extraño, mediante el cual se ve enriquecido su concepto de sí mismo, que entonces se

hace capaz de retirar su proyección de ser interino; el otro está representado por

Rudolf Otto, para quien el dios o los dioses surgen a partir de una sensación

primigenia, apriorística y homogénea de lo “santo”, en donde va vinculados,

secundariamente, el horror y el miedo, la fascinación y la angustia cósmica, lo

inquietante y lo extraño. ¡No hay que contar con que ambas teorías tienen, cada una

de ellas, sus propios fenómenos, no diferenciados en su descripción únicamente por

utilizarse el mismo nombre de “religión?”.2

En la edad clásica, ya habían quedado muy atrás las atrocidades a las que el

ser humano se había visto obligado a entregarse en virtud de su radical “naturalidad”

inicial. Que un hombre caiga devorado por una bestia, o que exista el deseo o la

posibilidad misma de acoplarse con ella, o bien la huella de los antiguos sacrificios

humanos, constituyen ejemplos de atrocidad recogida por los mitos, que devienen en

“clásicos” precisamente cuando ya se ha cobrado conciencia de la codificación de una

transición hacia la vida civilizada. Los dioses vencedores, Zeus a la cabeza, han

limpiado la realidad de todo género de monstruosidades prehumanas, ellas mismas

divinas en parte, pero no completamente por el carácter de eterno que contenía todo

aquello de primigenio, preternatural y vestigio de lejana bestialidad.

La luminosidad del Olimpo inclina el ánimo del hombre civilizado más del lado

de la fascinación (mysterium fascinans) que del lado del estremecimiento (mysterium

tremendum). Son dioses que atraen, y que sólo en la decadencia clásica, esteticista,

necesitan ser esculpidos, pues antaño les bastaba visualizarse como en luz la

naturaleza, o mejor, en la experiencia, y posesión en el poeta. Su representación

plástica sigue siendo “fascinante” para el occidental añorante de sus –ya no del todoesencias conscientes. Sabedor de que sus deidades atrayentes poseen un poder de

identificación (el alma del hombre “civilizado” se queda prendada a ellas y quiere ser

ellas) le simbolizan sin ruptura alguna con la naturaleza: esa belleza corporal de los

dioses paganos, esa astucia amoral y ligera, el poderío irresistible de sus actos...Todo

esto son proyecciones de la más vieja alma del europeo. Ellas poseen aún en nuestro

tiempo un poder neutralizador y apotropaico. Ser “así”, olímpicos y apolíneos, nos

inocula todas las tensiones necesarias para evitar la disolución relajada, la

“orientalización”. Detrás de la serenidad de las estatuas clásicas y de la amoral guerra

de los héroes homéricos (y célticos y germánicos) se esconde el riesgo de la relajación

absoluta en el estadio anterior a la victoria de Zeus: el revival disgregador, entrópico,

de la orientalización y del sustrato. Las deidades vencidas, mediterráneas y afrosemíticas,

regresan en toda fase decadente con sus rituales matriarcales. Ellas, soñando conquistar un futuro, quieren volver a la civilización hacia un regazo prehistórico, neolítico, a una paz o dis-tensión de retorno a la vieja promiscuidad del hombre con lo ctónico y enterrado. Los neofeminismos metafísicos, tras la estela romántica de Bachofen y la nueva religión maternal, unen su ansia disolutoria con las nuevas utopías anti-olímpicas, ahora, enemigas de la técnica, de la ascesis capitalista y del espíritu de macho dominador. La “vuelta a la tierra” es parte de un (ya no tan) soterrado retorno del mito, que se autopresenta como verdaderamente civilizado: agricultor y pacífico, maternal y acogedor.

Es evidente el poder de los mitos para codificar transiciones traumáticas. Hans

Blumenberg repasa alguna de ellas. El bosque da paso a la sabana, y siempre hay

pérdidas de confort y seguridad en los pasos iniciales hacia lo nuevo.

Transiciones dolorosas fueron también el paso de una naturaleza virginal –y

pródiga- a una dura agricultura cada vez más basada en la explotación de la

naturaleza y, agotada ésta, en la explotación del hombre. El paso de un igualitarismo

tribal o comunal a una dominación a cargo de parásitos, vale decir, de señores

portadores de armas de metal que un día fueron bárbaros y luego fueron erigidos

como reyes conquistadores. Trasniciones dolorosas como el último desgarro del

hombre europeo al pasar –súbita y recientemente en el caso de España- de una

mentalidad mágico-agraria a una proletarización suburbana y consumista.

De todo ello toma nota la mitología productiva y aprovecha para representar,

siempre en nuevos entornos, y siempre feraz a resultas precisamente del nuevo

contexto. El material mítico cobra vida con ese desplazamiento contextual. La figura

cobra vida sobre el fondo y, al destacarse, el mito se hace perenne, luego existe. La

mitogonía, desde un punto de vista psicológico, es reconocible como proceso en

aquellos momentos en que se asoman los contenidos, cada uno como verdadero dejá

. El reconocimiento de un arquetipo se hace patente ante lo inesperado del contexto

en que ha tenido lugar: una película, un suelo, la conversación más trivial. Carl G.

Jung equiparaba este proceso con la revelación religiosa. Y es que en el más prosaico

desierto de la vida urbana y cotidiana nos encontramos en presencia de la zarza

ardiendo. Ella, por ejemplo, es manifestación física sensible de algo que nos sale al

paso, una nimiedad natural. Pero el re-conocimiento de su carácter especial y

prodigioso, hic et nunc inesperado y “significativo”, pero esperable, hace alusión a

algún viejo evento que no sabemos situar muy bien, y que es de por sí inefable. El

tiempo deja de ser homogéneo si hay acontecimientos significativos. Jung situó la

experiencia de esto inefable en las nieblas de la filogénesis. Pero en sus últimos

tramos cabría incluir el recorrido de la propia Historia humana teniendo en cuenta que

ésta contiene algunos de los desgarros más terribles del pasado humano.

Psíquicamente son más importantes que muchas de las mutaciones somáticas decisivas por las que ha pasado el hombre.

Autor y licencia de 'Ensayo sobre el Terror - Mito y Terror'
Carlos Javier Blanco Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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