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Ensayo sobre el Terror - Religion, Filosofia y Terror

(2 opiniones)
Artículo creado por Carlos Javier Blanco. Extraido de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html
05 de Junio de 2006
FilosofíaPensamiento y política

3 - Religion, Filosofia y Terror

Muerte de Dios. La filosofía contemporánea quisiera volver a ser cruel.

Mas esto no puede hacerlo tras la resaca dejada por los últimos pensadores

crudelísimos. Marx, Nietzsche y Freud desnudan a los santones y quitan la máscara a

los fantoches. ¿Quién pudiera hoy seguir en la misma estela? Un Dios muerto o

asesinado ha dejado paso, bien se ve en la escena editorial y profesoral, al cuchicheo

de meros comentadores de la resaca. Los infinitos libros sobre estos tres antidioses

devuelven a la filosofía a su vieja y desvirtuada labor: comentario de textos,

divinización de figuras, ensayo hermeneútico, psicobiografía. En verdad se pierde

mucho tiempo leyendo a autores que escriben sobre autores, y bien poco se halla

digno de valor sobre las cosas mismas. La cosa misma sigue viva, si bien Dios se ha

muerto. Y un hombrecillo dando gritos, tras de su candil lo anunciaba. Dios fuera opio

de las masas, la Ciencia y los Valores, la figura del Padre represor. Dios, que ya había

mudado de su condición de Idea (trascendente, fundamentadora de una Teología) a la

de muñeco de paja para asestar golpes contra los Poderes Establecidos, el Capital, la

Técnica, la Beatería de la Ciencia o de la Moral, la Familia Represora, El Estado. Los

tres deicidas no quisieron reconocerse del todo en el espejo de la filosofía. Ultimos

ilustrados terribles, demolieron el pilar de la Cultura Occidental rompiendo en añicos el

espejo en que tantos racionalistas querían ver su destrucción tras descubrir las cosas

mismas: esencias. La sustitución de la vieja Esencia fundamentadora de la Cultura,

Dios, por otras escurridizas luchas de clases o de pulsiones, todas ellas dinámicas, y

sólo esenciales en el recortado y platónico sentido de estar agazapadas: este fue su

mérito. Pero ya no queda pensamiento cruel. Es la realidad misma, ese plexo de

luchas y treguas, la que vuelve densa toda crueldad, y los tres vaticinadores

descifrando, todo esto, aquello que ya se torna innecesario. Los comentaristas siguen

con lo mismo. Buscan y rebuscan en la trastienda de libros, entrelíneas de los papeles.

Pero el Horror está aquí para quedarse, y no por mentado es, por ello, objeto de

análisis ni mucho menos concepto comprendido en su completa profundidad.

 

El Horror. La cultura occidental va haciéndose cada vez menos griega.

En el periodo clásico ¿qué cosa más horrible fuera imaginar lo irracional en el sentido

matemático del término? Pensemos en la infinitud. Sólo una nueva alquimia de ideas

lo ha consentido hasta hacerlo central en la metafísica. De una parte, la raíz romántica

e idealista de este concepto de “in-finito”. La transposición de la teología a la

metafísica del idealismo alemán se dio aquí como en tantos conceptos anticlásicos. De

otra parte, estaban las nuevas matemáticas, las de Leibniz, dinámicas e infinitas hasta

en sus perspectivas, matemáticas que Spengler llamó “faústicas”. La sed de infinito y

un ansia por albergar en conceptos aquello que de por sí los desborda y les hace

estallar. Por ello la nueva teología es, por vía substitutiva, metafísica romántica y arte.

Desde el Kant de la Crítica del Juicio, el horror debe ser tematizado, aunque al punto

parezca vano atraparlo en conceptos. Piénsese en lo muy grande e inabarcable en su

aspecto cuantitativo. ¿Qué otras cosas no podrían equipararse con los viejos dioses

de las religiones, sino los espectáculos horribles de supernovas agitándose en el vacío

cósmico, o agujeros negros que un día atraparán a la realidad toda? Spengler hizo

buena psicología cuando comparaba los electrones, átomos y fuerzas físicas con los viejos démones de la antigüedad grecorromana. Entes muy grandes o muy pequeños,

cuya existencia sólo tangencialmente toca la vida de los hombres y que con ellos

guardan relaciones no del todo racionales (proporcionadas) ni controlables, salvo por

medio de una técnica, igualmente demoníaca. Esta es la faz científica y tecnológica

del horror que, cerrando un círculo, recubre de lleno la cara estética del sentimiento de

lo sublime. Algo tan lejano, inabarcable, inmensurable, incontrolable, esa cosa-en-sí

que viola todo sano pragmatismo, es objeto de la nueva demonología. Con ella trata la

ciencia puramente teorética de alto nivel (cosmología, microfísica, matemáticas noclásicas),

así como aquellas disciplinas artísticas que se inspiran o se enmaridan

fácilmente con este tipo de ciencia (ciencia-ficción, horror). Nada que ver, sin embargo,

con la ciencia “aplicada”, el salchichón cotidiano de los laboratorios o el cretinismo

tecnológico que tanto abunda, y que sólo da “horror” en un sentido moralizante del

término.

 

Una filosofía del Horror. Ha sido Rudolf Otto el sagaz autor que supo tematizar el Horror como concepto central para una filosofía (¿psicología?) fenomenológica de la Religión. El Horror es aquello que fascina (atrae) y al mismo tiempo repele. El Horror, sea un ente, un acontecimiento, un mero planteamiento imaginario, no puede enmarcarse en un concepto, y su aprehensión activa unas estructuras subjetuales a priori, que todo individuo hereda (nosotros diríamos por herencia biológica tanto como social). La verdadera esencia del núcleo fontal del Horror, si tal cosa la hay, no interesa salvo al seguidor de un determinado credo. Ella se buscará sólo en el caminar de un sujeto adherente a un determinado sistema de fe.

Su única materialidad, ajena a la fuente de donde procede, estriba en el desarrollo

implicado desde su aparición para un sujeto preparado a priori para captar su radical

inadecuación con el objeto. En tal sentido, no es tanto un ente o un suceso lo que

causa el horror, sino más bien la percepción de la falta de toda adecuación posible con

el sujeto lo que verdaderamente desemboca en reacciones somáticas y nerviosas del

organismo. Estas son previsibles, y forman parte del equipamiento de toda especie. Su

inventario puede explicarse por la misma zoología: sudoración, palpitaciones,

inhibición o excitación, angustia. Pero ¿qué las causa? El prejuicio objetivista

(racionalizador, ilustrado) puede dar resultados decepcionantes en este punto.

Animales muy grandes o peligrosos son llamados “monstruos”. Tal palabra también se

emplea en el caso de personas deshumanizadas, crueles o poco previsibles en su

comportamiento. La propia estructura racional de la vida cotidiana, si de repente se

viera trastocada, entra en el capítulo del horror. Lo mismo vale para las situaciones

límite en las cuales la capacidad operatoria de respuesta del individuo sobrepasa los

límites orgánicos o mentales, y entonces el abatimiento y la indefensión se apoderan

de él, como quien se ve –de pronto- derrotado en el combate que se libra por la mera

supervivencia. La mera incertidumbre sobre qué es, o quién se esconde tras el velo

habitual de la vida cotidiana, el qué pasará a continuación si nuestras expectativas

acostumbradas fallan, etc., todo este tipo de situaciones se pueden esclarecer objetivamente, adoptando el punto de vista hiperrealista del narrador-dios, que sabe de los entresijos de un truco o trampa, el deus ex machina que aparece al final, como para aliviar la angustia del lector de malas novelas góticas del siglo XVIII y principios del XIX. Hay un algo explicable o narrable, que se había mantenido oculto a los efectos psicológicos de mantenimiento del interés y la ansiedad en una historia de terror con mecanismos. El horror verdadero destruye los mecanismos, se torna verdadera fenomenología. El algo es una fuente de la que nada sabe nadie y que, como el Dios de la vieja Teología, se mantiene en una distancia ontológica, en una sublimidad, en una posición infinita o inabarcable, y por

ello mismo resulta horrible. Se siente horror por esa posición al margen de toda

consideración sobre su sustancia. Horroroso no por el esquema que nos hacemos de ello. No por las expectativas incumplidas, no por lo que ese Ello realmente sea, sino

por la imposible relación que se establece con el sujeto que lo “aprehende”. Y sus

descripciones, teñidas estarán para siempre de su a priori. Los espíritus religiosos

verán ángeles y vírgenes de luz en el cielo, pero el público demónico-paciente de

nuestros días también percibe naves del espacio exterior o emisarios del mundo del

más allá. El démon, para más señas y dicho de manera sencilla, puede incluso ser

inefable, ajeno a cualquier categoría humana. Como a veces los describe H.P.

Lovecraft en sus relatos, cuando ciertos seres y sucesos desbordan su plástica

corporeidad, resultan “enloquecedores”. Esto es, su mero ser provoca un efecto fatal y

a veces irreversible sobre la mente humana. El efecto tan sólo recae sobre personas

cuyo heroísmo, su excepcionalidad, estriba en convertirse en espectadores místicos

de unas entidades demoníacas o numinosas a las que un humano sólo le cabe –en

muchos casos- la obligada unión de los místicos, que se consuma extáticamente, no

haciendo ya nada o dejándose hacer (tras unas experiencias iniciáticas y unas ciertas

predisposiciones de carácter o constitución). La unión misma, entre humano y no-sesabe-

qué revienta desde dentro las categorías humanas, pues éstas son vasijas de

frágil barro que no pueden contener algo que, para colmo, no es “superior”, sino tan

solo sobrehumano y desconocido.

 

Beaterías de la modernidad, y la nueva piedad del Horror. El beato de la ciencia no cuestiona su fe, pues una entrega laboral-intelectual a esa Verdad, desvía del horror, esta vez, quizá para soportarse a sí mismo. Los deicidas supieron decirnos qué monstruo se agazapa detrás de la tan buscada Verdad. Como violencia que fue del gusto de tantos destructores ilustrados, la estatua del ídolo cae, y los eruditos son arrancados de sus máscaras. El sacerdote trueca su rosario y escolástica por el matraz y el microscopio. El profesor “da un servicio” con su resentida voluntad de poder zaherida. Todos los intelectuales parecen enanos impotentes, pequeños burgueses que infunden narcótico a las masas, insectos infrahumanos que escapan de su demonio interior parloteando en torno a la Verdad, señora muy falsa que suple a Dios y que, como él, en verdad no existe. Las beaterías de la modernidad fueron eliminadas por los tres grandes deicidas, Marx, Nietzsche, Freud. Pero a ellas les siguen muy de cerca las beatas de la postmodernidad. Sus démones post-metafísicos son, por un lado, una grosera energética: fuerzas (espirituales, productivas, dionisíacas). La beatería de la razón ahora es cinismo y su especialidad buscar golpe de efecto, es decir, retórica. Ninguno de los postmodernos sabe, sin embargo, en qué mundo vive.

Los tres deicidas vieron el Horror cara a cara. Este demonio habita en las mismas relaciones sociales entre los hombres que, cuando no son directamente cosificadoras (Marx) como en el esclavismo y la relación asalariada, deviene en organización del mundo tendencialmente destructora y oclusiva de las potencialidades humanas, hasta el punto de devenir en bestialización del hombre, que siempre es más terrorífica en el extremo límite del canibalismo organizado, la prostitución generalizada, el autoconsumo y aprovechamiento industrial del hombre por el propio hombre (Auschwitz). El demonio interior, insufrible para quien lucha por una humanización sana de la especie (Freud), es bestia desconocida, sólo concebible como fuerza natural y necesaria, libido o Tánatos, que en cada uno mora y a la que cada uno sirve, o también sombra que acompaña y a veces crece dominando (Jung), un demonio siempre dentro, en dialéctica con lo noble que mora en nosotros. Finalmente, el

abismo (Nietzsche), un pozo sin fondo, para quien verlo ya casi es dar un paso o tirón

definitivo y conocerlo en su recorrido. No hay siquiera suelo para estrellarse. Lo peor

de nuestro abismo es su misma infinitud. Verlo es una gran crueldad para uno mismo.

Ningún postmoderno, epígonos o cínicos, autores que escriben sobre autores, ninguno de éstos cumple la última misión ilustrada, acaso deducir las últimas consecuencias de una “racionalización de la vida” y ponerlas sobre la mesa, contradictoriamente, de manera rebelde y –en consecuencia- filosófica. Los tres deicidas no han sido superados. Sus beatos ya no buscan emancipación y juegan a ser terribles. El fin de los “grandes relatos” y su anti-humanismo cínico, nihilista, postmetafísico, es todavía ñoño, esto es, humanismo puesto del revés. Los tres grandes deicidas superaron al mismo Prometeo. Su labor fue titánica, su meta siempre fue el hombre.

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