En el año 1655, cuando aún la legendaria manzana no había caído ante la dubitativa mirada del joven Isaac Newton, surgieron las primeras publicaciones seriadas para reflejar los avances de la comunidad científica internacional: Journal des Savantes (Francia) y Philosophical Transaction (Inglaterra). A partir de entonces, la información publicada se convirtió en uno de los pilares del proceso de comunicación en la ciencia, que impulsa el crecimiento y desarrollo de las disciplinas científicas.1
Tres siglos más tarde, el crecimiento exponencial de la producción de información científico-técnica cimentó las bases para un cambio de paradigma, donde las tecnologías ocuparían un lugar prominente.2 A finales del siglo XX, el desarrollo de la computación y las telecomunicaciones, así como la difusión alcanzada por Internet como nueva vía de tránsito de todo el caudal de información generada por el hombre, convirtieron a las tecnologías de la información y las comunicaciones (TICs) en protagonistas del nuevo paradigma. Como nunca antes en la historia, el cambio produjo transformaciones medulares, tanto en la formación de la personalidad como en la organización de la vida de las personas, y muy especialmente en el quehacer de la actividad científica.3
Con el advenimiento del siglo XXI, los tradicionales métodos de comunicación científica transitan hacia los novedosos caminos abiertos por las TICs, sobre todo desde el punto de vista económico. Sin embargo, nuevas concepciones han comenzado a cuestionarse la política editorial de las revistas de prestigio internacional en el marco de la ciencia, y a destacar los inconvenientes que enfrentan los científicos, tanto en la difusión como en el uso de esta información, particularmente para aquellos que habitan los países en desarrollo.4
Para muchos actualmente, el acceso abierto -libre de cualquier tipo de restricción económica o política- a la información científica debe considerarse una meta a lograr en el ámbito académico, en aras de facilitar el acceso a las fuentes de información y a las personas que la generan, para contribuir a la disminución de la brecha tecnológica existente entre los países desarrollados y aquellos que no poseen suficientes recursos para llevar adelante políticas exitosas de ciencia y tecnología.