El hombre, desde la antigüedad, ha querido siempre adivinar, ver, interpretar de alguna manera cuál era el futuro que le esperaba y por eso siempre elaboró alguna técnica. Por ejemplo, en la época Shang de los chinos, hacia el 1700 a.C. echaban caparazones de tortuga al fuego e interpretaban las diferentes rajaduras que se hacían. En Babilonia las profetisas poseían unas piedras que parecían ser aerolitos, cuyo contacto despertaba la visión profética. En Grecia y en Roma son de todos conocidas las visitas a los oráculos para conocer el destino, como el famoso de Delfos, que se decía que había sido construido por el propio Apolo, tras haber dado muerte a la serpiente Pitón. Este oráculo desempeñó un papel vital en los asuntos griegos. Los romanos tomaron muchas de sus prácticas de la antigua cultura etrusca, como la aruspicia, que consistía en la inspección de las entrañas de animales sacrificados para conocer en ellas el porvenir.
En el mundo actual utilizamos multitud de métodos y técnicas heredadas la mayoría de ellas de la antigüedad, como el tarot, el I ching, la quiromancia, las runas, la bola de cristal o la propia astrología. Pero también las hay muy sofisticadas y extravagantes como la tiromancia, que es la adivinación mediante la coagulación del queso, o la codonomancia, adivinación a través de las campanas. En muchas de estas técnicas sus nombres terminan en “mancia”, es un sufijo derivado de la palabra griega mantis, que significa “adivino” o “profeta”.
De todo lo dicho hasta ahora deducimos que la historia parece corroborar la existencia de la adivinación. Entonces, si existe la adivinación, ¿es que el futuro ya está escrito y es inexorable?