



Faciendi plures libros nullus est finis.
‘Escribir muchos libros es tarea sin fin’
Eclesiastés, XII, 12.
Los solipsistas afirman
que nadie más existe,
pero siguen escribiendo... para otros.
Los conductistas sostienen
que los que piensan no aprenden,
pero siguen pensando... sin desanimarse.
Los subjetivistas descubren
que todo está en la mente,
pero siguen sentándose... en sillas de verdad.
Los seguidores de Popper niegan
la posibilidad de probar,
pero siguen buscando... la verdad.
Los existencialistas afirman
que están completamente desesperados,
pero... siguen escribiendo.
W. H. Auden
Bastante se ha escrito, no poco aún se está escribiendo y todavía mucho más se escribirá, ahora que se celebra en todo el mundo el cuatricentenario de su edición, sobre una obra de importancia tan denotada como la primera parte de Don Quijote y, ante la sospecha de que no poco será digno de alimentar una hoguera, será lo mejor poner coto a cualquier divagación encomiástica y entrar a matar apaladinando alguna cuestión inédita que pondere, más con hechos que con farfolla, el mérito de una novela que todavía hoy sigue generando una increíble cantidad de glosa.
Y es que si una obra clásica es un patrón que sirve de guía consciente o inconsciente para engendrar una literatura de imitaciones más o menos visibles, incluso a traves de la creación de nuevos géneros, también es verdad que, inversamente, no es menos Don Quijote una obra anticlásica y anticanónica que no engendra nuevos textos sino que los destruye. Si por un lado engendra la novela polifónica, por otro asesina los libros de caballerías, esos sueños literarios o literatura soñada de naturaleza fantástica y plana que fueron elección preferente en los predios nórdicos de la tradición occidental y que pasaron por obra y gracia (mucha) de Don Quijote al desván del desdén, vuelta su pasión una fogata que puebla los anales diáfanos del viento.
Es esta antinomia la que Umberto Eco quiso ver reflejada en su división entre escritores integrados y apocalípticos, entre la letra del recuerdo y el fuego del olvido en el penúltimo capítulo de El nombre de la rosa, representando ambos principios en Jorge de Burgos, siniestro travestimiento borgesiano del cura cervantino, fe que no cree en nada, y de Guillermo de Baskerville, holmesca y wittgensteniana personificación de una razón que duda de todo menos de sí misma. Y todo se resuelve al fin a favor de la existencia real con la destrucción de la mayoría de los libros (salvo los fragmentos que logra salvar Adso) y en Don Quijote con la consunción del último ejemplar de su propia biblioteca, él mismo, víctima mortal del más terrible de los desengaños y de la más asesina de las desilusiones.1
“Libro es el que enseña, no el que sabe”, afirma Lope de Vega en un soneto sobre los libros de Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé Burguillos2. Esa personificación de la letra impresa, y con ello de una cultura es precisamente una de las metáforas que se acuñarán a lo largo de mi exposición, que pretende estudiar la metaliteratura engendrada por un solo capítulo, la intertextualidad que se ha tramado teniendo por hipotexto uno de los capítulos liminares de la obra, aquel en que precisamente se realiza un bibliocausto, paradoja auténtica en sí misma en tanto que los nombres de unas obras, como en El nombre de la rosa, han sido salvados del olvido por el recuerdo mismo de su extinción. Me propongo revelar la estela del donoso escrutinio de Cervantes en la literatura universal desde su tiempo hasta acá y estudiar cómo ese verbo se encarna en una metáfora de la autodestrucción del creador con sus distintos matices, entre ellos las parábolas sobre el control ideológico del poder que suscita y uno de sus aspectos menos observados, la apreciación de la insuficiencia intelectual del hombre moderno ante la enormidad del conocimiento, que en cierta manera encarna el último mito que ha engendrado la cultura europea, Fausto3. ¡Ardua parece la empresa, quizá quijotesca, pero cumple acometerla ya que no ha sido realizada por ahora! Así, y para resumir lo que sobrevendrá, empezaré por evocar los bibliocaustos históricos, para interpretar luego el capítulo cervantino y analizar los donosos escrutinios de los románticos Alfred de Vigny y Henri Murger; las parábolas metafísicas de Gustave Flaubert y Miguel de Unamuno; el antiescrutinio de Pío Baroja; el escrutinio de folletinistas de Azorín; el fáustico de Lorenzo Vilallonga; el humanista de William Saroyan; el kafkiano de Jorge Luis Borges; el postmarxista de Julio Cortázar y Manuel Vázquez Montalbán; el clásico de Ray Bradbury; el ontológico de Enrique Vila Matas; el metaliterario de Carlos Ruiz Zafón y el semiótico del ya citado Eco.
¿Qué es un bibliocausto? La quema de libros por cualquier motivo. Este puede ser, como ocurre con Cervantes, por simple sentido crítico de salvar lo mejor, por más que Plinio nos recuerde que no hay libro malo que no tenga algo bueno. La crítica literaria es una constante en la obra de Cervantes, y nace del amor a los buenos libros; la crítica literaria del alcalaíno no trata, por tanto, de realizar un bibliocausto total: éste se alcanza, sin embargo, cuando se destruye el hombre desesperado que es cifra y resumen de toda esa literatura, Don Quijote. De hecho, en la crítica cervantina se salvan no pocos libros, incluso aquellos que condena, pues de ellos nos conserva al menos el nombre; un bibliocausto propiamente dicho, por el contrario, no es una obra de amor a la literatura, sino todo lo contrario: es un acto desordenado de vandalismo, un extraño impulso atávico de irracionalidad animal y aborrecimiento que atenta contra todo lo que de más noble ha producido el espíritu humano, la capacidad de reconocer lo otro y, en suma, lo que nuestro espíritu más íntimo se niega a aceptar: la tradición, la memoria, la eternidad, el tiempo, la decadencia, la muerte que se constituye en fin de Don Quijote. La mayoría de estos bibliocaustos son reales e históricos y están desprovistos de humanismo, no asumen una tradición cultural de la que sean consecuencia. Yo me ciño a los que por el contrario la presuponen, porque son un acto constrictivo de autoafirmación artística, de reducción a la pura identidad de lo que se considera excesivo o indigesto para las proporciones humanas, los bibliocaustos que en suma salvan al ser humano de esa destrucción..
El bibliocausto o biblioclasmo, la destrucción de libros por odio hacia lo que contienen y más en concreto a las personas que los hicieron, es un reflejo literario de hechos históricos reales4. Los faraones egipcios y los emperadores romanos solían borrar higiénicamente los nombres de quienes habían sido una peste o una calamidad para ellos mismos o sus pueblos. Sin embargo, el más antiguo bibliocausto documentado fue tal vez uno de los más dañinos y esterilizadores, una auténtica abolición del pasado: la quema del todos los libros del imperio chino por el primer emperador del reino unificado, Qin Shih Huang Ti (213 a.C.), grande por muchos conceptos, su gran muralla y su gran tumba, pero no precisamente por su respeto hacia la cultura escrita, ya que como político quería refundir en una sola nación otras muy diversas y para ello necesitaba destruir su memoria y su cultura. El primer bibliocausto es, pues, también uno de los primeros actos de manipulación ideológica. Con similar propósito y en diferentes épocas los políticos repitieron tan dudosa hazaña hasta los tiempos actuales, en que se quemaron las bibliotecas musulmanas de Sarajevo y Bagdad; más o menos lo mismo hicieron los musulmanes con la Biblioteca de Alejandría o la iglesia católica asegurando con su Index librorum prohibitorum la difusión de las ideas que le convenían y proscribiendo de las mentes católicas a toda una serie de glorias de la ciencia y de la humanidad, porque no lo eran de la divinidad: no reconocían al hombre los mismos derechos que a Dios. El cardenal Cisneros hizo humo de las bibliotecas musulmanas granadinas. No menos hicieron los secuaces de la ignorancia al querer extirpar o reducir hasta la insignificancia instrumental las humanidades del sistema educativo. Numerosos manuscritos perecieron en Alejandría, quemada en parte por César y más tarde por sus conquistadores árabes, así como en Constantinopla. Los aztecas y mayas, que disponían de escritura, vieron destruidos todos sus códices por Fray Diego de Landa (y aun los mismos indios hicieron lo mismo, como el emperador azteca Itzcóatl, quien antes de morir en 1440, a semejanza del emperador chino, hizo una pira para fundar la historia a partir de su reinado); a la muerte en diciembre de 1434 de don Enrique de Villena, pariente del rey Juan II de Castilla y con fama entre el pueblo de hombre diabólico por sus conocimientos, el propio rey ordenó la quema de sus libros para impedir la difusión de ideas que consideraba peligrosas; que eso escoció a los humanistas de la época, lo demuestra Juan de Mena en su Laberinto de Fortuna5. Si hicieron algo infatigables perseguidores de manuscritos como Poggio Bracchiolini, que consiguieron salvar no poco de Cicerón y otros autores, entre ellos Lucrecio, y si hubo reyes bibliófilos como Sisebuto o Alfonso X, ello no empeció que por ejemplo el primero, siendo como era un personaje culto, librara la primera persecución hispánica contra los judíos después de las habidas en el Imperio Romano. Son también bien conocidas las hogueras inquisitoriales de libros y sus expurgos y versiones censuradas, la hoguera hecha por los nazis con autores judíos, comunistas o decadentes (1933)6, la quema por los aliados de la biblioteca del monasterio siciliano de Montecasino y los ya mentados memoricidios efectuados por los serbios (1993) y los norteamericanos en Irak (2004), acontecimientos cuya contemporaneidad no anuncia nada bueno para el futuro. Por referir algo sólo de este último, los bombardeos acabaron no sólo con miles de vidas, sino con los manuscritos de las primeras traducciones al árabe de Aristóteles, tratados irreemplazables de matemáticas del también poeta Omar Khayyam y alrededor de un millón de libros que ya nadie leerá, por no mencionar la desaparición de las antiquísimas tabletas sumerias y de archivos de todo género. Por otra parte, y junto a estos bibliocaustos colectivos7, existen también las bibliocaustos individuales: autores que han quemado o querido quemar sus obras. Todos recordarán, en ese sentido, las órdenes de Virgilio y de Kafka en sus lechos de muerte de destruir todas sus obras. En el primer caso, el tema del bibliocausto constituye de hecho el pretexto de casi toda la obra maestra de Hermann Broch, La muerte de Virgilio, publicada en 1945, muy significativamente al término de la II Guerra Mundial; en ella se cuestiona el “valor” del arte y la desintegración de los valores en un mundo que es básicamente injusto (¿es posible escribir poesía después de Auchwitz?), tema que hubiera agradado a Cervantes, por medio del discurso alucinado del moribundo poeta latino. Por otra parte, también existen los autores que persiguen con el fuego las obras de los otros8. Más recientemente, los surrealistas, que no asumen tradición cultural alguna, destruyen los libros que leen; Luis Buñuel, por caso, arrancaba las páginas de los libros después de leerlas. Un comportamiento similar parece haber asumido Francisco Umbral, al que no se puede acusar de no apreciarse a sí mismo en su obra, pero que no tiene empacho de, en vez de quemar los libros ajenos que no le gustan, arrojarlos a la piscina de su dacha.
Un psicoanalista aventuraría que la destrucción de la memoria es un procedimiento de higiene con el que el atormentado quiere rejuvenecer o destruir el tiempo y, con él, la muerte, o borrar un pasado que ofende; pero se ve más autorizada la interpretación sociológica del control político o de las fuerzas económicas que controlan el poder político, como lo ha sido siempre el control de la información, del cual depende toda libertad de opción; ¿no ha indicado acaso Luis Rosales que la libertad, por la que tanto luchó Cervantes, es uno de los temas principales de Don Quijote? Juan Bautista Avalle Arce afirma algo parecido9. Pero yo no voy a entrar ahora en esta cuestión, pues mi objetivo en primer lugar es examinar, al principio de una larga lista, el bibliocausto de Cervantes en El ingenioso hidalgo.
Hay un aspecto de la personalidad de Don Quijote que se ha solido soslayar o evitar: era un bibliómano que leía día y noche y a veces se encontraba con la aurora ante él. Un bibliómano que intentaba liberarse de su obsesión llevando los libros a la realidad, o convirtiéndolos en realidad de una forma teatral, pues no en vano Cervantes era un autor teatral frustrado por Lope de Vega y en la génesis de Don Quijote tuvo no poco que ver la crítica hacia este personaje, autor y personaje de su propio romancero y marchado a luchar contra los molinos tormentosos del Canal de la Mancha y los ingleses. Sabemos de Cervantes, porque él mismo lo cuenta, que se detenía en las calles a leer los papeles arrojados al suelo. ¿Cuántos libros tenía Don Quijote? Por Daniel Eisenberg sabemos al menos los que tenía Cervantes, más de doscientos10. Pero el personaje poseía muchos más. Al comienzo del capítulo VI, en que se realiza el donoso escrutinio, se refiere que el ingenioso hidalgo contaba con “más de cien cuerpos de libros grandes muy bien encuadernados, y otros pequeños”, si bien luego Don Quijote triplica su número cuando escucha la historia de Cardenio: «Allí [en su innominada aldea] le podré dar más de trecientos libros que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida» (I, XXIV)11. Era una biblioteca costosa, pues se dice también que vendió fanegas de sembradura para comprarse tantos libros, y que por leerlos dejó de administrar su hacienda y casi llegó a condiciones menesterosas, lo que se deduce de su sobria forma de vida. Una historia muy parecida a la de Walter Scott, noble escocés venido a menos y creador de novelas históricas protagonizadas por pomposos caballeros medievales, que declaró más de una vez considerarse a sí mismo un Quijote escribiente.
Cura y Barbero empiezan su escrutinio cuando el primer libro que toman resulta ser el más famoso, de lo cual se sorprende mucho el cura:
Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura: -Parece cosa de misterio ésta; porque según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin excusa alguna, condenar al fuego».
Y, según lo que oyó decir el barbero,
Es el mejor de todos los libros de este género que se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.
El cura se pasma porque con esta casualidad la naturaleza ha venido a imitar al arte, ya que encontrar a la cabeza del género a la obra más importante es un topos literario clásico: ab Jove principium12, por más que el modelo directo de Cervantes sea claramente el catálogo de autores del libro X de las Institutiones de Quintiliano, donde éste comenta que se debe siempre empezar siguiendo un orden jerárquico cuando se trata de enumerar autores:
Pues así como Arato cree que por Júpiter debe comenzarse la astrología, así me parece que nosotros debemos comenzar según la norma por Homero. Porque este, así como dice él mismo que la abundancia de aguas de las fuentes y ríos tiene su principio en el Océano, sirvió de ejemplo y de modelo a toda parte de que se compone la elocuencia. Nadie le ha sobrepujado ni en sublimidad tratando de cosas grandes, ni en propiedad hablando de cosas pequeñas.13
Cervantes habría leído a Quintiliano en el texto latino o en la traducción italiana de Toscanella (Venecia, 1566); es posible también, como quiere Arturo Marasso, que tuviera presente la Subasta de filósofos de Luciano14. El caso es que, como señalan los críticos, en todo el donoso escrutinio se excluyen los libros de devoción -la vida contemplativa no es algo que fuera mucho con Quijano-, así como los de historia y la novela picaresca, seguramente porque el realismo no sintonizaba con las mentiras ficticias que ilusionaban al enjuto hidalgo; hay poesía heroica, libros pastoriles y libros caballerescos, nada más, así como las disparatadas fantasías de Torquemada.
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