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Estela de los bibliocaustos generados por un capítulo de Don Quijote - Escrutinio de donosos escrutinios (II)

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CopyLeft Artículo de Ángel Romera - 20 de Octubre de 2006
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2. Escrutinio de donosos escrutinios (II)

La clave para interpretar el capítulo sexto la da, sin duda, el capítulo cuadragésimo séptimo del cuarto volumen, donde el cura hace un análisis comparativo entre lo que es buena y mala narrativa, evocando precisamente el capítulo sexto; pero hay que matizar además que del clerical escrutinio se salvan únicamente los arquetipos, los que destacan por su singularidad o “invención”; Cervantes se ufanaba de originalidad como narrador y sus novelas eran doblemente “ejemplares” no ya por su virtud, sino por su carácter único y primigenio: no eran “imitadas ni hurtadas” como las del Patrañuelo de Timoneda; su mismo hidalgo era “ingenioso”, esto es, creativo, novedoso no sólo en la acepción que a ese adjetivo quiso darle el doctor Huarte de San Juan. En consecuencia, se salvan los arquetipos, los modelos de series de novelas: el Amadís de Gaula como primero de los amadises, el Palmerín de Inglaterra como cabeza de los Palmerines y el Tirante el Blanco como único y excepcional libro realista, al que se reprocha sin embargo cierta indecencia. De la misma manera, si existe un original italiano del poema del Ariosto, lo prefiere el cura mejor que una traducción: todo es cuestión de “originalidad”. El personaje protagonista además lo proclama: es un arquetipo viviendo en el país de las reminiscencias, y debían suprimirse la copias:

«Yo sé quién soy, y sé que puedo ser no sólo los que he dicho [Valdovinos, el moro Abindarráez], sino todos los doce Pares de Francia y aun todos los nueve de la Fama...» I, 5.

El Renacimiento había multiplicado el número de los libros y se hacía necesario escoger lo mejor: decae pues el argumento y principio de autoridad medieval y surge el sentido crítico racionalista, precisamente para restablecer ese principio sobre más firme base. Ese sentido crítico es consecuencia del cada vez más intenso sentimiento de la insuficiencia de la razón humana, postura que conduce al escepticismo o al nihilismo y que causará la “desilusión”, “desencanto” o desencantamiento y muerte de Don Quijote. El prólogo de Don Quijote es una burla de la erudición pedantesca que acumula citas de forma pedregosa, sin selección, sin establecer una jerarquía desde la idea; de esa manera, Cervantes, que era discípulo del erasmista López de Hoyos, se decanta por la imitación ecléctica erasmista frente a la imitación ciceroniana, que todo lo limita a un solo autor. Don Quijote imita varios modelos, pero no solamente uno, su escritura es, según sus palabras, una escritura libre, “desatada”:

Porque la escritura desatada [...] da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria.

Podría decirse que, como asegura el gran narrador Paul Auster, desdoblado en personaje de su novela La ciudad de cristal, primera de su Trilogía de Nueva York, que el verdadero autor de Don Quijote es Don Quijote, que elige a sus propios narradores en el Cura, Sancho y el Bachiller y se disfraza de Cide Hamete Benengeli para que ellos le cuenten la historia a fin de que sirva de efecto curativo de su manía al pobre hidalgo cuando se lea así retratado. Esa amalgama de diversos puntos de vista es lo que confiere la originalidad a la novela cervantina para Auster, quien declara en una entrevista incluida en su El arte del hambre que Cervantes le impresionó profundamente. La inclinación metaficcional de su última narrativa (y en concreto de La noche del oráculo) parece derivar en parte de esta raíz cervantina y de esa reflexión incluida en esta obra inicial, primero de sus grandes éxitos.

Pero, volviendo a este famoso capítulo, que resulta fundamental en tanto que la crítica ha afirmado que es el verdadero umbral de la decisión de Cervantes de prolongar lo que en principio iba a ser una novela ejemplar, sostengo que es la imitatio eclectica la verdadera raíz de la estructura paródica de Don Quijote, que es a la vez una parodia del romancero, de los libros de caballerías y una más ocasional de los libros pastoriles y del teatro de Lope de Vega, sin contar por otra parte la inclusión de discursos, novelas intercaladas, entremeses, chistes, cuentecillos, refranes y poemas. Por esa razón El licenciado Vidriera es de hecho un precedente del Don Quijote menos por el personaje protagonista, el “loco sabio” Tomás Rodaja, que por constituir un variopinto centón de chistes, y pertenece más bien, salvo mejor parecer, al usitado género de las misceláneas o silvas de varia lección que hacía furor en la época, habida cuenta de que la mayor parte de su contenido central es ese y su leve esquema narrativo es un paréntesis que se limita a ofrecer principio y final. Como precedente, pues, de la primera parte de Don Quijote, ha de contarse no sólo por ofrecer un modelo de personaje, sino por poseer una estructura de formas encajadas y heterogéneas típicamente manierista similar a la gran narración quijotesca posterior.

Por otra parte, hay que tener en cuenta el bibliocausto como la hábil triquiñuela de un escritor que sabía que los hechos poco importantes tenían que ser tratados como si lo fueran e,. inversamente, los importantes no (de ahí, entre otras cosas, la simplicidad que caracteriza al capítulo en que muere Don Quijote). El hecho de que sea un personaje libresco el que quema un libro es en realidad un artificio narrativo que sirve para consolidar una nueva estética: el Realismo. Con la quema de los libros se concede a una realidad ficticia el status de realidad verdadera desarmando toda posible crítica en el pacto narrativo autor-lector.

Por otra parte, a lo largo del episodio, es evidente el paralelismo que hace Cervantes con un auto de fe: “El brazo seglar” del ama utiliza la fórmula con que la Inquisición entregaba a los reos al fuego. ¿Se encuentra aquí alguna crítica a los autos de fe? El caso es que dos frases hechas más pueden inclinar el juicio por ese camino: “tras la cruz se halla el diablo” y “pagan justos por pecadores” cuando se deja al resto de los libros que sean condenados al fuego sin remisión. Sea lo que piense Américo Castro, ni sí ni no. Cervantes se compadece de algunos libros “que esperan pacientemente el fuego”, pero no hay elementos textuales suficientes para suponer nada, cuando tampoco lo supusieron sus quisquillosos contemporáneos: Cervantes criticaba a la Inquisición tal y como la sociedad de su tiempo permitía esa crítica, amparado en el anonimato de las frases hechas y los refranes.

¿Cuál fue el primer eco de este capítulo en la literatura universal? Hay que esperar hasta el siglo XIX con los albores del Romanticismo. Un militar retirado y desilusionado como Alfred de Vigny se identifica con un caballero desencantado como Don Quijote. Para aquél la labor del artista es tan inútil como la del manchego. Es famosa la anécdota que se inventa Vigny: cuando le preguntan a Cervantes en su lecho de muerte a quién ha querido representar en Don Quijote, responde: “A mí”. La botella al mar del francés es lo mismo que Don Quijote contra el molino de viento, algo tan “condenado” al fracaso como Eloa, la lágrima de Dios que intenta redimir a Satán o como Chatterton el poeta, quien, ahogado por el aburguesado y vulgar materialismo orleanista representado en Talbot y Bell, quema sus libros y se suicida, y es a lo que voy. Es el Chatterton de Alfred de Vigny15. Al igual que Don Quijote, Vigny centra toda su obra en un concepto de honor militar anticuado, que entiende como imperativo categórico para la vida, y su lírica, de naturaleza romántica y metafísica, indaga en la inutilidad y soledad de la obra de arte como comunicación. El genio es fundamentalmente incomprendido, o no lo sería. Ese es el sentido de su famosa Bouteille à la mer, y ese es el sentido también del sacrificio del poeta juvenil Chatterton, quien quema sus manuscritos y se envenena. Quizá haya que aclarar que Thomas Chatterton existió realmente entre 1752 y 1770 y resultó ser el falsario más joven de la historia. Aprendió a leer por sí mismo a los siete años y como lector voraz leía todo el día en el altillo de su casa. Admirador de Macpherson, creó un heterónimo, cual Pessoa los suyos, con apenas 18 años, personas, linajes, biografías y autobiografías. Hizo que sus propias creaciones se cartearan entre ellos y no le tembló el pulso en mezclarlos entre sucesos y personajes reales. Es un personaje de su propio texto, como Don Quijote, que habita degradado en un extraño libro de caballerías, pero no engendró un caballero medieval, sino un monje medieval, Thomas Rowley, cuyo lenguaje antiguo llegó a engañar a ilustres escritores como Horace Walpole, si bien los especialistas descubrieron al cabo la superchería y el muchacho, que sólo pretendía ganar dinero para su madre pobre, se suicidó, como el propio Macpherson, otro ilustre falsario creador del bardo Ossian, del rey Fingal y de toda su cosmogonía céltica. En su pieza literaria sobre Chatterton, Vigny encuentra un Don Quijote adolescente que como el Werther de Goethe se enamora de una mujer, Kitty Bell, casada con una auténtica vulgaridad burguesa, que transfigura en una pura Dulcinea. Lord Talbot es incapaz de encontrar “utilidad” a la poesía que escribe el joven, y exige que reniegue de ella y que además sea una apostasía pública para convertirse en humilde ayuda de cámara. Es una renuncia a los ideales semejante a la que realizó don Quijote. La postura de desesperación resignada de Vigny es similar a la que refleja Alonso Quijano en los capítulos finales de su novela, pero eso, para quien reduce la vida al honor, equivale a la muerte. Vigny, mientras la esperaba, se refugió en el silencio; el refugio para Cervantes fue, sin embargo, la sonrisa.

¡Oh, Muerte, ángel de libertad, qué dulce es tu paz! Tenía razón en adorarte, pero no tenía la fuerza, de hacerte mía. Sé que tus pasos serán lentos y seguros. Mírame, ángel severo, quitarles a todos la huella de mis pasos en esta tierra.

(Echa al fuego todos sus papeles.)

¡Andad, nobles pensamientos, escritos para todos esos ingratos desdeñosos, purificaos en las llamas y subid al cielo conmigo!

(Levanta los ojos al cielo, y desgarra lentamente sus poemas, con la actitud grave y exaltada de un hombre que hace un sacrificio solemne.)16

En Stello, donde se contiene un borrador del Chatterton, deja bien claro que las armas y las letras no pueden ir unidas, ni la vida activa con la contemplativa. Ciertamente, reflexionó mucho sobre los bibliocaustos. En una novelita póstuma suya, Dafnis, recoge el siguiente borrador, que alude a los desórdenes revolucionarios que agitaron Francia tras 1830:

Marchaba el pueblo a orillas del río, divirtiéndose con la alegría de los muchachos sacrificadores, y veíanse flotar en el agua un infinito número de libros grandes y pequeños. Rollos de papiro antiguo, pergaminos medievales y hojas hebreas chocaban como cáscaras de nueces abandonadas, y su vista regocijaba a los niños pequeños que jugaban en la orilla.

El Doctor Negro y Stello se acercaron al río y compraron a un niño uno de aquellos grandes libros. Apenas le hubieren recorrido con los ojos cuando reconocieron una emocionante lamentación del sabio Gregorio Bas, Hebraeus, Abulfaraj, sobre la pérdida de la Biblioteca de Alejandría, incendiada por los bárbaros.

El Doctor Negro sonrió; Stello suspiró.

Leyeron ambos ávidamente aquellas bellas palabras escritas en el siglo XIII sobre un acontecimiento de los bárbaros del VII. Pero no pudieron seguir leyendo porque faltaban trescientas páginas, que habían sido arrancadas por los bárbaros de Paris del siglo XIX, entre los que hemos caído hoy.

En la versión que había de ser definitiva este episodio ocupa el segundo capítulo, mucho más ampliado; aparece aquí el desdén aristocrático de Vigny y su simétrico desprecio por lo antiguo y lo moderno:

-Veamos qué es lo que hace rodar bajo sus pezuñas-dijo el Doctor Negro, agachándose para coger uno de los grandes pergaminos; y leyendo en voz baja las primeras palabras que encontró-:

¡Sangrienta broma!-dijo el eterno menospreciador del azar-. El incendio de la Biblioteca de Alejandría por Omar.

-He ahí uno-dijo el obrero riendo burlona mente-al que ya le he arrancado la mitad. ¿Quieren lo que queda? Es del Arzobispado.17

El Doctor Negro estuvo un rato sin responder, mientras indagaba en los rasgos de aquel hombre si corría por sus venas sangre de árabes o de hunos. Luego, saliendo de su distracción, súbitamente:

-Es aún demasiado grueso-dijo-. Arrancadle otro poco para reanimar los faroles que se apagan

-Sí, sí-dijo el hombre-; os hacéis el indiferente para llevároslo entero. ¡Pero no! ¡Otro puñado do palabras-dijo-al río!

E hizo saltar las letras griegas con la mano más vigorosa que haya destrozado jamás las hojas de un libro despreciado y sublime.

-¡Duro, duro!-dijo el Doctor Negro con mayor sangre fría que nunca-. Cree molestarnos -prosiguió mirando a Stello-, ¡Como si alguien supiese mejor que nosotros la inutilidad de las ideas, dichas o escritas!. ¡Duro, duro, amigo! ¡Destrocemos y ahoguemos los libros, esos enemigos de la libertad de cada uno, esos enemigos del ocio, que pretenden obligarnos a pensar, cosa odiosa, fatigosa y maldita; obligarnos a saber lo que se ha sentido antes de nosotros y hacernos creer que ganamos algo con conocernos! ¡Fuera! ¡Hoy estamos muy por encima del pasado!

El hombre ya no comprendía nada, y cuando vio al mismo Doctor arrancar las hojas y arrojarlas al agua se quedó estupefacto.

-Quedaos con el resto si queréis-dijo.

Y por unas monedas de plata abandonó los manuscritos, sus enemigos, como hueso que ya no es agradable roer.

-Después de todo-dijo alzando los hombros y mirando a sus tres hijos- nos importa todo esto a nosotros? Lo que quieren no lo sabemos; pero sabemos muy bien lo que nos quitan.

En parte inspirada en el episodio del Chatterton de Vigny, aparece una clásica pieza operística, La Bohème de Giacomo Puccini. El libreto se debe a sus pacientes letristas habituales, Giuseppe Giacosa, monologuista, y Luigi Illica, dialoguista. Ahí el aterido poeta protagonista quema su propia obra teatral para calentarse en el gélido ático-buhardilla que habita, pero la pieza se inspira en una novela autobiográfica de Henri Murger, Scènes de la vie de Bohème (1851), que popularizó el término bohemio y creó la leyenda del Barrio Latino en París. Ahí también hay un poeta, Rodolphe, que quema una obra para calentarse imitando a Chatterton. Uno de los personajes es un bibliómano, Gustave Colline, que gasta todo lo que gana al dar clases en viejos libros comprados a los bouquinistes del Sena; porta un frac negro en cuyos bolsillos, de fondos reventados, alberga una biblioteca entera:

Este frac célebre tenía una forma particular, la más extraña que se pudiese ver: los faldones, muy largos, pendientes de un talle muy corto, poseían dos bolsillos, verdaderos abismos, en los que Colline tenía la costumbre de alojar una treintena de volúmenes que llevaba eternamente consigo, lo que hacía decir a sus amigos que, durante las vacaciones de las bibliotecas, los sabios y los literatos podían ir a buscar datos en los faldones del frac de Coline, biblioteca siempre abierta a los lectores.

Aquel día, por caso extraordinario, el frac de Colime no contenía más que un volumen en cuarto de Bayle; un tratado de las facultades hiperfísicas, en tres volúmenes; un tomo de Condillac; dos volúmenes de Swedenborg, y el Ensayo sobre el hombre, de Pope. Cuando hubo desembarazado su frac biblioteca, permitió a Rodolfo vestirse con él.

-Mira -dijo éste-, el bolsillo izquierdo pesa mucho todavía; te has dejado algo.

- Coline-. Es verdad; he olvidado vaciar el bolsillo de las lenguas extranjeras.

Y sacó de él dos gramáticas árabes, un diccionario malayo y un Perfecto vaquero, en chino, su lectura favorita.

Murger caracteriza a su bohemio bibliómano como un Don Quijote; es más, le pone el yelmo de Mambrino de la filosofía moderna, “l' armet de Mambrin de la philosophie moderne”:

Colline iba cargado, como siempre, de una docena de libros viejos. Vestido con el inmortal abrigo color avellana, cuya solidez hace creer que haya sido construido por los romanos, y tocado con su famoso sombrero de alas anchas, cúpula de castor bajo la que se cobijaba el enjambre de los ensueños hiperfísicos, y que fue apodado el yelmo de Mambrino de la filosofía moderna, Gustavo Colline andaba a pasos lentos y rumiaba en voz baja el prefacio de una obra que estaba desde hace tres meses en prensa... en su imaginación.

Los amigos artistas y sus amantes pasan un hambre extraordinaria (lo que aprovecha Murger para comparar cualquier comida pobretona con la pitanza de unas “Bodas de Camacho”) y unas penurias indescriptibles. El frío que atraviesa el poeta del grupo, Rodolphe, es devastador. Le han encargado un epitafio, pero hace tanto frío que no puede escribir:

En el acto se puso a trabajar. Pero no tardó en advertir que, si su cuerpo estaba preservado casi del frío, sus manos no lo estaban; no había escrito dos versos de su epitafio cuando un entumecimiento feroz vino a morderle los dedos, que soltaron la pluma.

-El hombre más valeroso no puede luchar contra los elementos -dijo Rodolfo cayendo anonadado sobre una silla- César pasó el Rubicón, pero no hubiera pasado el Beresina.

De pronto el poeta lanzó un grito de alegría del fondo de su pecho de oso, y se levantó tan bruscamente que vertió parte de la tinta sobre la blancura de su piel: había tenido una idea renovada de Chatterton.

Rodolfo sacó de debajo de su cama un montón considerable de papeles, entre los que se encontraban una docena de manuscritos enormes de su famoso drama El vengador. Este drama, en el que había trabajado dos años, había sido hecho, rehecho y vuelto a hacer tantas veces que, reunidas las copias, formaban un peso de siete kilos. Rodolfo puso aparte el manuscrito más reciente y arrastró los otros ante la chimenea.

-Estaba seguro de que les encontraría colocación -exclamó-, con paciencia. ¡He aquí, ciertamente, un bonito leño de prosa! ¡Ah! Si hubiese podido prever lo que ocurre, habría hecho un prólogo y hoy tendría más combustible. Pero, ¡bah!, no se puede prever todo.

Y encendió en su chimenea algunas hojas del manuscrito, a cuya llama se desentumeció las manos. Al cabo de cinco minutos el primer acto de El vengador estaba “representado” y Rodolfo había escrito tres versos de su epitafio. Nadie en el mundo podría pintar la sorpresa de los cuatro vientos cardinales al advertir fuego en la chimenea.

-Es una ilusión-sopló el viento del Norte, que se divertía en alborotar el pelo de Rodolfo.

-Si fuéramos a soplar en el tubo-replicó otro viento-, haría humo la chimenea.

Pero cuando iban a comenzar a importunar al pobre Rodolfo, el viento del Sur vio al señor Arago en una ventana del Observatorio, donde el sabio hacía con el dedo una amenaza al cuarteto de aquilones.

El viento del Sur gritó entonces a sus cofrades: “Escapémonos muy de prisa; el almanaque marca un tiempo de calma para esta noche; nos encontramos en contradicción con el Observatorio, y si no hemos vuelto a casa a media noche el señor Arago nos hará detener.”

Durante este tiempo el segundo acto de El vengador ardía con el mayor éxito y Rodolfo había escrito diez versos. Pero no pudo escribir más que dos durante el tercer acto.

-Había pensado siempre que este acto era demasiado corto -murmuró Rodolfo-; pero sólo viéndolo representar advierte uno los defectos. Felizmente, éste va a durar más tiempo: tiene veintitrés escenas, con la escena del trono, que debía ser la de mi gloria...

La última tirada de la escena del trono revoloteaba en llamitas cuando Rodolfo tenía todavía una estancia que escribir.

-Pasemos al cuarto acto-dijo tomando un aire fogoso-. Durará sus cinco minutos, es todo monólogo.

Pasó al desenlace, que no hizo más que flamear y extinguirse. En este momento Rodolfo encuadraba en un magnífico arranque de lirismo las últimas palabras del difunto en cuyo honor acababa de trabajar.

-Todavía queda para una segunda representación-dijo empujando bajo su cama algunos otros manuscritos.

Como vemos, también en esta obra se encuentra un bibliocausto, si bien se inspira en el de Chatterton de De Vigny, recontaminado con elementos cervantinos. El pasaje tendrá larga descendencia a través de los distintos libretos de ópera que se inspiraron en la obra de Murger, y no me refiero solamente a La Bohème de Puccini. Continuando con autores franceses, en Gustave Flaubert encontramos seguramente a uno de los más marcados por la lectura de Don Quijote18. Pespuntea su correspondencia literaria ese fervor. Su Emma Bovary es, en realidad, una señora que enloquece leyendo literatura sentimentaloide y que, al igual que el autor y que el hidalgo manchego, quiere escapar de la vulgaridad, que es la forma que toma de ser del tiempo mientras se espera la muerte. Para ello lleva a la realidad sus fantasías de evasión mediante aventuras amorosas como sus heroínas; mas una interpretación sociológica nos hablará de cómo sacude el aburrimiento al sexo femenino en una edad en que la enseñanza se ha extendido al presunto sexo débil, pero sin embargo eso no se corresponde con un papel activo en el mundo del trabajo ni con una independencia intelectual y unos derechos políticos o educativos efectivos que la lleven, por ejemplo, a la Universidad. Al cabo, las aventuras amorosas de Emma son tan ridículas, torpes y estúpidas como las que refleja Sthendal. Mas la aparición del donoso escrutinio intuyo que debía coronar la obra final del escritor, Bouvard et Pécuchet, desgraciadamente inacabada. Allí los ecos cervantinos son abrumadores. Por ejemplo, todos recordarán aquel famoso pasaje del primer capítulo de Don Quijote en que se abomina de la absurda lógica de lo imposible de los libros de caballerías:

Aquellas intrincadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza». Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello.

Autor y licencia de 'Estela de los bibliocaustos generados por un capítulo de Don Quijote - Escrutinio de donosos escrutinios (II)'
Ángel Romera Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/escrutin.html CopyLeft
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