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Estela de los bibliocaustos generados por un capítulo de Don Quijote - Escrutinio de donosos escrutinios (III)

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CopyLeft Artículo de Ángel Romera - 20 de Octubre de 2006
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3. Escrutinio de donosos escrutinios (III)

Flaubert pone a sus dos mediocres funcionarios, que han recibido una cuantiosa cantidad de dinero gastada casi en su integridad en libros, a estudiar la totalidad del conocimiento humano, con lo que termina por conducirlos al escepticismo, y no a la desesperanza ontológica del manchego; es de imaginar que la inacabada novela terminaría en un auto de fe papelero, pues los paralelismos con Don Quijote son demasiado evidentes. Bouvard y Pecuchet pierden el juicio haciendo resúmenes paradójicos de toda disciplina, por ejemplo, la estética:

Hay que observar las conveniencias; pero las conveniencias varían y por perfecta que sea una obra, no será siempre irreprochable. Hay, sin embargo, lo Bello indestructible, de lo cual ignoramos las leyes, pues su génesis es misteriosa.

Puesto que una idea no puede expresarse por todas las formas, hemos de reconocer límites entre las artes, y en cada una de las artes varios géneros. Pero surgen combinaciones en las que el estilo de una entrará en otra so pena de desviarse de su finalidad, de no ser verdadera.

La aplicación demasiado exacta de lo Verdadero perjudica a la Belleza, y la preocupación por la Belleza impide lo Verdadero. Sin embargo, sin ideal no hay lo Verdadero; es por esto que los tipos son de una realidad más permanente que los retratos. El Arte, por otra parte, no trata sino de lo Verosímil, pero lo Verosímil depende de quien observa y es una cosa relativa, pasajera.

Así se perdían en razonamientos y Bouvard creía cada vez menos en la estética.

-Si no es una broma, su rigor se demostrará con ejemplos. Ahora escucha.

Y leyó una nota que le había costado no pocas búsquedas.

-Bouhours acusa a Tácito de no tener la simplicidad que reclama la Historia. El señor Droz, un profesor, censura a Shakespeare por su mezcla de lo serio con lo bufo. Nisard, otro profesor, piensa que André Chemier, como poeta, está por debajo del siglo XVII. Blair, un inglés, deplora en Virgilio el cuadro de las Arpías. Marmontel lamenta las licencias de Homero. Lamotte no admite la inmoralidad de sus héroes, a Vida le indignan sus comparaciones. En una palabra ¡todos los hacedores de retóricas, de poéticas y de estéticas me parecen unos imbéciles!

-¡Exageras! -dijo Pécuchet.

Las dudas los agitaban, porque si los espíritus mediocres (como observa Longín) son incapaces de cometer errores, los errores son propios de los maestros y ¿habrá que admirarlos? ¡Es demasiado! No obstante ¡los maestros son los maestros! El hubiera querido que estuviesen de acuerdo obras y doctrina, los críticos y los poetas, aprehender la esencia de lo Bello; y esas cuestiones lo preocupaban de tal modo que le revolvían la bilis. Lo que ganó fue una ictericia.

Los ecos del bibliocausto cervantino son, como cabe esperar, más claros en la literatura española. Eso es especialmente significativo en la llamada Generación del 98. Unamuno, por ejemplo, evocó el bibliocausto cervantino en dos pasajes. En primer lugar, en su Vida de Don Quijote y Sancho, publicado precisamente el año del tricentenario, en 1905:

Aquí inserta Cervantes aquel capítulo VI en que nos cuenta «el donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo», todo lo cual es crítica literaria que debe importarnos muy poco. Trata de libros y no de vida. Pasémoslo por alto.

Aparece aquí la típica insistencia unamuniana en la vida frente a la razón; dos realidades que no se pueden entremezclar, como el agua y el aceite, fruto de su lectura de Kierkegaard. Pero donde realmente aborda el tema es en uno de los mejores cuentos de su producción narrativa, “La revolución en la biblioteca de ciudamuerta”, publicado en la revista madrileña Nuevo Mundo, el 28 de septiembre de 1917, cuando ya estaba claro que la huelga revolucionaria de Asturias había fracasado. Entre líneas parece evidente que se alude a esos hechos, aunque en realidad el cuento tiene un contenido metafísico muy profundo. Este breve, pero muy enjundioso cuento, es en realidad una parábola o relato simbólico muy cercano a las obras de Kafka y prefigura un cuento posterior de Borges, La biblioteca de Babel, que parece haberse inspirado en esta pieza de Unamuno. Éste lo venía gestando desde antiguo: en el prólogo de Amor y pedagogía el escritor vasco ya contaba su experiencia con un librero que quería que todas las obras se publicaran con el mismo tamaño, inspiración para el personaje de su joven y quijotesco bibliotecario que, enfrentado con los que prefieren la clasificación por materias o lenguas, y harto de “la tontería más que la mala intención, la inepcia y la incapacidad, fueran la fuente del enorme montón de menudas injusticias -como una montaña de granos de arena- que produce el general descontento público”, enloquece derribando todas las estanterías de la biblioteca y encarnando así de forma dramática la agónica “alterutralidad” de la filosofía unamuniana. La alusión al episodio cervantino aparece en la denuncia que realiza del robo de uno de los libros de caballerías mencionados en tal capítulo:

“Aquí ha ocurrido caso como aquel del ejemplar de uno de los libros de caballerías que figuran en el escrutinio del Quijote que faltaba para la colección que de ellos hizo el marqués de Salamanca, que se hallaba en la Biblioteca Municipal de Oporto, y que un embajador de España en Portugal logró sacarlo de allí para trasladarlo, y se dijo por entonces que no desinteresadamente, a la librería del dicho marqués”.

Nueva sensación en el concurso al oír, acaso por vez primera, esta tan conocida anécdota histórica, y que se la cuentan a cualquier visitante de la Biblioteca Municipal de Oporto.

Pero merece la pena reproducir el cuento aquí, ya que es breve:

Había en la biblioteca pública de Ciudámuerta dos bibliotecarios que, como apenas tenían nada que hacer, se pasaban el tiempo discutiendo si los libros debían estar ordenados por las materias de que tratasen o por las lenguas en que estuviesen escritos. Y al cabo de mucho bregar vinieron a ponerse de acuerdo en ordenarlos según materias, y, dentro de éstas, según lenguas, en vez de ordenarlos según lenguas y, dentro de éstas, según materias. Venció, pues, el materialista al lingüista. Pero luego se acomodaron ambos a la rutina, aprendieron el lugar que cada volumen ocupaba entre los demás, y nada les molestaba ya sino que el público se los hiciera servir. Echaban las grandes siestas, rendían culto al balduque y remoloneaban cuando había que catalogar nuevas adquisiciones.

Y hete aquí que, no se sabe cómo, viene a meterse entre ellos un tercer bibliotecario, joven, entusiasta, innovador y, según los viejos, revolucionario. ¿Pues no les salió con la andrómina de que los libros no deben estar ordenados ni por materias ni por las lenguas en que están escritos, sino por tamaños? ¡Habrase oído disparate mayor! ¡Estos jóvenes utópicos y modernistas...!

Pero el joven bibliotecario no se rindió y, prevaliéndose de que su charla divertía a los dos viejos ordenancistas y sesteadores, al materialista y al lingüista, emprendió la tarea de demostrarles que, artificio por artificio, el de ordenar los libros según tamaño era el más cómodo y el que mayor economía de espacio procuraba, aprovechando estantes de todas alturas. Era como quedaban menos huecos desaprovechados. Y, a la vez, les convenció de otras reformas que había que introducir en la catalogación. Mas para esto era preciso ponerse a trabajar, y aquellos dos respetables funcionarios no estaban por el trabajo excesivo. Se contentaban con lo que se llama cumplir con la obligación, que, como es sabido, suele consistir en no hacer nada.

No se oponían, no -¡qué iban a oponerse!-, a las reformas que el joven revolucionario propugnaba; lo que hacían es irlas siempre difiriendo. Y más que por otra cosa, por haraganería. Faltábales tiempo, que lo necesitaban para hacer cálculos y más cálculos sobre el escalafón del Cuerpo, para leer los periódicos y para pedir recomendaciones para sus hijos, yernos y nietos. Y para jugar al dominó o al tute además. La haraganería y la rutina eran allí, como en todas partes, el mayor obstáculo a todo progreso.

Harto el joven de que le oyeran y le diesen la razón, sin hacerle más caso, amenazoles un día con echar abajo todos los volúmenes, para obligarlos así a reordenarlos debidamente.

-¡Ah, eso sí que no! -exclamó, indignado, el materialista-. Con amenazas, ¿eh, mocito? ¡Pues ahora sí que no se les toca a los libros!

-¡Pues no faltaba más! -agregó el lingüista-. A buenas se logra todo con nosotros; pero lo que es a malas...

-Pero es que voy perdiendo la paciencia... -arguyó el joven.

-Pues no perderla -le contestó el materialista-. ¿Qué se ha creído usted, que eso era cosa de coser y cantar? Hay que meditar mucho las cosas antes de hacerlas...- dijo el revolucionario-. Será sestear...

Y la discusión acabó de mala manera y muy satisfechos los dos viejos de tener un pretexto para seguir no haciendo nada. Porque eso de «a mí no se me viene con imposiciones y malos modos» es el recurso a que apelan los que jamás atienden a razones moderadas ni están nunca dispuestos sino a no hacer caso.

Y un día sucedió una cosa pavorosa, y fue que el joven bibliotecario, harto de la senil tozudez de aquellos dos megaterios humanos, aburrido de su indomable voluntad de no salirse de la rutina y del balduque, fue y empezó a echar todos los libros por el suelo. ¡La que se armó, cielo santo! Iban rodando por el suelo, en medio de una gran polvareda, mamotreto tras mamotreto; los incunables se mezclaban con los miserables folletos en rústica; aquello era una confusión espantosa. Un tomo de una obra yacía por acá, y tres metros más allá otro tomo de la misma obra. Los dos viejos quedaron aterrados. Y tuvo el joven que comparecer ante el Consejo Superior del Cuerpo de Bibliotecarios a dar cuenta de su acto.

Y habló así:

-Se me acusa, señores bibliotecarios, de haber introducido el desorden, de haber turbado la normalidad, de haber armado una verdadera revolución en la biblioteca de Ciudámuerta. Pero, vamos a ver: ¿a qué llaman mis dos colegas orden? ¿Al que ellos habían establecido, el de materias y lenguas, o al que iba a establecer yo, el de tamaños? ¿Qué es orden? ¿Qué es desorden?

«Yo quise, señores, pasar de un orden a otro gradualmente poco a poco, por secciones; pero estos dos sujetos, aunque me daban buenas palabras, no estaban dispuestos a renunciar a sus siestas, a sus cálculos cabalísticos sobre el escalafón, a las intrigas para colocar a sus hijos, yernos y nietos, que tanto tiempo les ocupaban; a sus partidas de dominó o de tute, a sus tertulias. Son rutinarios, son haraganes, y además presuntuosos. Y hasta sospecho que si se oponían a la nueva ordenación es para que no se descubriese los volúmenes que faltan y que ellos han dejado perderse por desidia o por soborno”.

Al decir el joven esto, prodújose en la concurrencia eso que en la innoble jerga parlamentaria se conoce con el nombre técnico de sensación. Los dos viejos acusados protestaron airadamente.

-“Sí, señores -prosiguió el joven con más energía-; a favor de esa ordenada desidia, de esa normal haraganería, aquí han podido hacer los bibliómanos lo que les ha dado la gana. Los más preciosos códices de nuestra biblioteca han desaparecido de ella. Figuran hoy en las librerías privadas de distinguidos próceres. Aquí ha ocurrido caso como aquel del ejemplar de uno de los libros de caballerías que figuran en el escrutinio del Quijote que faltaba para la colección que de ellos hizo el marqués de Salamanca, que se hallaba en la Biblioteca Municipal de Oporto, y que un embajador de España en Portugal logró sacarlo de allí para trasladarlo, y se dijo por entonces que no desinteresadamente, a la librería del dicho marqués”.

Nueva sensación en el concurso al oír, acaso por vez primera, esta tan conocida anécdota histórica, y que se la cuentan a cualquier visitante de la Biblioteca Municipal de Oporto.

Y así continuó el joven bibliotecario contando todas las pequeñas cosas -¡y tan pequeñas!- que aquellos dos testarudos haraganes, sólo cuidadosos de cobrar su sueldo, arrellanarse en sus poltronas y colocar a los suyos, habían dejado pasar. Y probó de la manera más clara que aquel orden no había sido orden, sino estancamiento y rutina y ociosidad. Y luego probó que el balduque puede llegar a ser un cordel de horca y un dogal para entorpecer todo progreso, y que el reglamento del Cuerpo era un conjunto de tonterías mayores que las que forman las ordenanzas esas de Carlos III. El escándalo que se armó fue indescriptible.

Y entonces, exaltándose, el joven bibliotecario pasó a sostener que la tontería, más que la mala intención, que la ineptitud y la incapacidad, son la fuente del enorme montón de menudas injusticias -como una montaña de granos de arena- que produce el general descontento público. Y habló del partido de los imbéciles, que, manejados por cuatro pícaros, actúa en nuestra patria. Y, exaltándose cada vez más, divagó y divagó. Hasta que le atajaron diciéndole: «Bueno, ¿y qué tiene que ver todo esto con los libros?» A lo que contestó: “Todo tiene que ver con todo”.

Y ahora, mis queridos lectores, Dios nos libre de que a cualquier loco se le ocurra ordenarnos por tamaños.19

Son muchas las interpretaciones posibles de este cuento (“todo tiene que ver con todo”); por un lado está la política: personificados en los dos pasivos bibliotecarios están los partidos alternantes de la Restauración, el de Cánovas y el de Sagasta, que corrompieron la presunta representatividad política ganada por la revolución de 1868. Se deja temer que la solución a esa crisis venga por parte de una revolución social que ha venido a anunciar la reciente huelga de Asturias, una dictadura o una simple guerra civil como las carlistas del siglo XIX. Por otra parte, una interpretación filosófica: ¿existe un orden en el mundo o no? Es la gran pregunta idealista de Cervantes en su obra maestra, que es respondida con la desilusión del héroe manchego y la negación de la existencia de una justicia poética: podrá existir el heroísmo, pero no existen los héroes. La acción, la neutralidad activa o alterutralidad, la agitación quijotesca de las conciencias es la salida unamuniana a esa situación angustiosa del marasmo o estolidez de esa tradición eterna encarnada no por los libros, sino por la rutina de los libros. Para el humanismo de Unamuno, que es de hecho un unahumanismo, los libros son menos importantes que los seres humanos que aparecen reflejados en ellos y que tienen más existencia que ellos mismos: Don Quijote pasa a asumir en su vida lo que no puede asumir como personaje literario o pasivo lector. Don Quijote pasa a estar vivo como el mismo Augusto Pérez de Niebla porque solamente la vida es lo que importa.

José Martínez Ruiz, “Azorín”, es un gran lector; gran parte de su obra es una glosa impresionista al margen de los clásicos y, como no podía ser menos, también ofrece su juicio sobre el clásico castellano por excelencia. En esta ocasión realiza una de sus habituales superposiciones temporales, que de alguna forma reactualizan al clásico:

Don Quijote ama sus libros; sobre este punto no cabe discusión. El día y la noche de Don Quijote son para los libros; le sorprende muchos días la aurora -la aurora con el consabido rosicler- inclinado sobre un libro. ¿Tiene encuadernados todos sus libros Don Quijote? Fueron estos libros encuadernados en el momento en que podían ser, encuadernados. ¿Cómo en el momento en que podían ser encuadernados? ¿Acaso todos los libros no pueden ser encuadernados en el momento que se quiera? Sí y no; muchos sí y muchos no. Estos de Don Quijote desde luego que no. Los ángeles de la tierra, de Pérez Escrich20, por ejemplo, ¿cómo hubiera podido ser encuadernado antes de que se repartiesen todas las entregas y de que la obra quedara así cabal? Acabamos de citar uno de los autores predilectos de don Quijote. Merecen también su predilección -es de justicia añadirlo- don Ramón Ortega y Frías, con su Abelardo y Eloísa1; Tárrago y Mateos, con su Carlos IV el Bondadoso22; Ayguals de Izco, con María o la hija de un jornalero23. Ayguals de Izco es el patriarca del entreguismo: Don Quijote pone sobre su cabeza, es un decir, María o la hija de un jornalero; libro europeo, libro fundamental en la entreguería. Otros autores de los que figuran en la biblioteca son: Julián Castellanos, Pedro Escamilla, el Vizconde de San Javier, San Martín, Florencio Luis Parreño, Luis de Val.24

Hay en todo momento, en la historia de un pueblo, un cierto volumen de imaginación baldía, mostrenca, lleca, como las tierras sin romper, que espera el beneficio, el cultivo. Ese volumen puede ser más o menos grande, pero la calidad de la imaginación es siempre igual. Con mayor o menor extensión y peso, la imaginación no varía. La calidad es siempre la misma, la misma en los libros de caballerías que en las novelas por entregas. Lo que habría que examinar es el uso que en cada época se hace de tal volumen de imaginación. No supone menos imaginación María o la hija de un jornalero que el Amadís de Gaula: no es menos imaginativo Ayguals de Izco que Ordóñez de Montalvo. ¿Cómo se emplea el volumen de imaginación que nos corresponde? ¿Cómo se empleará mañana?25

Evidentemente, Azorín aprovecha para criticar la mediocre literatura de su tiempo y definirla como el paisaje de fondo que nutre el genio de las figuras literarias sobresalientes, al modo de la intrahistoria unamuniana.

No menos interesante y caracterizada es la evocación barojiana del episodio cervantino. Se encuentra en una de las novelas que integran las Memorias de un hombre de acción. Se trata de Con la pluma y con el sable, que narra los revueltos tiempos del Trienio Liberal. Allí encontramos a su antepasado Aviraneta con la misión encargada por el gobierno de realizar el inventario de un monasterio previo a una de las leves desamortizaciones que precedieron a las más conocidas de Mendizábal y Madoz, durante el Trienio Liberal:

Una noche, que hacía más frío que de ordinario, los milicianos intentaron encender la chimenea del archivo. Habían ya quemado toda la leña y las astillas en una cocina de la portería, donde se hacía la comida, y no querían gastar la paja que tenían para las camas.

-Pues aquí no nos puede faltar papel-murmuró Aviraneta.

Y echó mano del primer tomo que tuvo a mano en la estantería del archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los capítulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.

-Esto no arderá- murmuró Aviraneta-. ¡Eh, muchachos!

-¿Qué manda usted?

-A ver si encontráis por ahí tomos en papel.

Jazmín, el Lebrel y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron cada uno una espuerta de libros.

-Buena remesa - dijo Aviraneta. Usted, Diamante, que ha sido cura.

- ¿Yo cura? -preguntó el aludido con indignación.

-O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qué se puede quemar de ahí. Una advertencia. Si alguno desea un libro de éstos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por mí, patrocina la cultura... He dicho.

Diamante cogió el primer volumen al azar.

-Aurelius Augustinus -leyó- De Civitate Dei. Argumentum operis totius ex-libro retractationum.

-San Agustín-exclamó Aviraneta-. Santo de primera clase. ¿No lo quiere nadie?-preguntó-. ¿ Nadie? Bueno, al fuego. Adelante, licenciado.

-San Jerónimo: Epístolas.

-¿Nadie está por las epístolas? Al fuego también.

-Santo Tomás: Summa contra Gentiles.

-Santo Tomás -dijo Aviraneta, con solemnidad-, el gran teólogo de... (no sé de dónde fue). ¿Nadie quiere a Santo Tomás? Son ustedes unos paganos. ¡A ver esos papeles!

-Carta de Alfonso VII, el Emperador -leyó Diamante-, otorgada en unión de su hijo Don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores la propiedad del lugar que se llama Vide, entre el término de Penna Aranda y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos, con la condición de que ibi sub beati augustini regula comniorantes abbatiam constituatis.

-Bueno; eso se puede dejar, por si acaso-dijo Aviraneta- Sigamos.

-Fray Juan Nieto: Manojito de flores, cuya fragancia descifra los misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos, enseña a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...

-Don Eugenio-dijo uno de los milicianos, sonriendo.

-¿Qué hay, amigo?

-Que yo me quedaría con ese Manojito.

-Dadle a este ciudadano el Manojito-exclamó Aviraneta.

-¿Para qué quiere esa majadería? -Preguntó Diamante.

-Es un deseo laudable que tiene de instruirse con el Manojito. ¡A ver el Manojito! Necesitamos el Manojito. La patria es bastante rica para regalar a este ciudadano ese Manojito.

Se entregó al miliciano el libro, y Diamante siguió leyendo:

-Aquí tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San Anselmo.

-¿No las quiere nadie?-preguntó Aviraneta.

-Tienen buen papel, buenas hojas -advirtió Diamante.

-A la una. ., a las dos..., a las tres. ¿Nadie?... Al fuego.

-Otra carta de donación otorgada por el rey Alfonso VIII al monasterio de Santa María, de La Vid, y a su abad Domingo de meam villam que dicitur Guma, con todas sus pertenencias y términos de una y otra parte del Duero, et inter vado de Condes et Sozuar.

-Dejémoslo. Adelante, licenciado.

-Fray Feliciano de Sevilla: Racional campana de fuego, que toca a que acudan todos los fieles con agua de sufragios a mitigar el incendio del Purgatorio, en que se queman vivas las benditas ánimas que allí penan.

-Al fuego inmediatamente.

-Otra donación de Alfonso VIII y de su mujer Leonor al monasterio de La Vid, de la Torre del Rey, Salinas de Bonella, y varias fincas, y marcando los límites de Vadocondes y Guma.

-Diablo con los frailes, ¡cómo tragaban! -exclamó Aviraneta.

-Otra donación de Alfonso VIII al monasterio y a su abad don Nuño, de las villas (le Torilla y de Fruela, a cambio de mil morabetinos alfonsinos.

-Esto de los morabetinos sospecho que no le debió hacer mucha gracia a don Nuño-dijo Aviraneta.

-Augustinus: De predestinatione sanctorum.

-¡Al fuego! Siga usted, licenciado.

-Confirmación de una concordia sobre la división de los términos de Vadocondes y Guzna, hecha «en el anno que don Odoart fijo primero e heredero del Rey Henrric de Inglaterra rrecibio cavalleria en Burgos. Estuvieron presentes en la confirmación don Aboabdille Abenazar Rey de Granada, don Mahomat Aben-Mahomat Rey de Murcia, don Abenanfort Rey de Niebla, y otros vasallos del Rey

- ¿Tenemos moros en la costa? Bueno; eso también hay que dejarlo.

-Un censo al Concejo y vecinos de Cruña de la granja de Brazacosta, mediante el canon de doscientas fanegas de pan terciado por la medida toledana “e un yantar de pan e vino e carne e pescado e cebada para las bestias que traire el dicho Abad con los frailes que con él viniesen».

-Siempre comiendo esa gente-dijo Aviraneta.

-Otro censo-leyó Diamante-a los vasallos de la granja llamada de Guma, con la condición de morar en ella, pagar cien fanegas de pan terciado, doscientos maravedises, juntamente con los diezmos, ochenta maravedises de martiniega y una pitanza al abad y monjes.

-Bueno; basta ya-exclamó Aviraneta-; nos vamos a empachar. Todo lo que esté manuscrito dejadlo, y lo que esté impreso, ya sea un libro sencillo de oraciones o de Teología, puede servir para calentarnos.

Así se hizo, y montones de papel llenaban el hogar de la chimenea todas las noches.26

Es evidente que Baroja despacha a gusto su anticlericalismo, rechaza el tradicional catolicidad de la tradición española y elabora en cierta manera, sabedor de la deliberada exclusión que realizó Cervantes de libros de devoción en el episodio, un contrafactum del donoso escrutinio: lo que le parece disparatado y absurdo al escritor vasco son las obras de teología, la escolástica en general y la moral antivitalista y embustera que va contra su profunda fe en los beneficios civilizadores de la acción representada por los libros de caballerías. El paralelismo con el episodio cervantino es evidente en todo momento en el pasaje transcrito.

Autor y licencia de 'Estela de los bibliocaustos generados por un capítulo de Don Quijote - Escrutinio de donosos escrutinios (III)'
Ángel Romera Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero29/escrutin.html CopyLeft
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