Estela de los bibliocaustos generados por un capítulo de Don Quijote - Escrutinio de donosos escrutinios (IV)
La siguiente evolución del tópico del bibliocausto, en la reelaboración decimonónica de Murger, hay que ir a buscarla en Norteamérica. William Saroyan (1908-1981) es uno de los escritores norteamericanos que creo más influidos por Cervantes, y a él se parece mucho, no sólo en que fue un voraz lector, sino en su interés por los valores humanos de sus personajes, lo que le convierte en un narrador profundamente realista por contenido y estilo; es más, a él también le marcó la experiencia de una guerra. De origen armenio muy humilde, abandonó pronto la escuela para ganarse la vida y tuvo una formación autodidacta de escritor bohemio; como su contemporáneo Ray Bradbury, a quien tanto se parece, puede decirse que su patria fue una biblioteca pública, según se ve en su Autobiografía, recientemente publicada en Península. En uno de sus libros más famosos, El joven audaz del trapecio volante (The Daring Young Man of the Flying Trapeze, 1964)27, que es una de sus gavillas de relatos, hay uno autobiográfico que resulta significativo para nuestro examen. Se titula “Un día de frío”. Tiene forma de carta, y en ella cuenta, a un amigo, que le escribe solamente para entretenerse y olvidarse del tremendo frío que pasa en un crudo invierno de San Francisco. Asume la pobreza como causa esa penuria y no la lamenta. Pero hace tanto frío que incluso le resulta imposible escribir, porque se le agarrotan las manos:
En una ocasión, mientras estaba escribiendo, pensé en conseguir una bañera y encender una hoguera dentro. Lo que quería hacer era quemar media docena de libros míos para calentarme y así poder escribir mi relato. Encontré una vieja bañera y me la llevé a mi cuarto, pero cuando me puse a buscar libros que quemar, no encontré ninguno. Todos mis libros eran viejos y baratos. Tengo unos quinientos y la mayoría me han costado unos cinco centavos, pero cuando me puse a buscar títulos para quemar, no pude encontrar ninguno.
Empieza entonces el donoso escrutinio de William Saroyan por un libro de anatomía en alemán de mil páginas que apenas le costó cinco ochavos. No entiende una palabra del idioma, pero tiene un respeto reverencial por una lengua de la que a veces paladea alguna frase, y le gustan sus magníficas ilustraciones.
Cuando pensé en toda aquella letra borrada por el fuego y en todo aquel lenguaje exacto eliminado de mi biblioteca, me vi incapaz de hacerlo, así que aún conservo el libro.
Pasa pues a buscar novela barata “sin ningún valor, materia inorgánica” y escoge seis libros que pesaban más o menos lo que el libro en alemán. El primero es Tom Brown en Oxford28, un libro que no ha leído; antes de eliminarlo, lee un párrafo y, aunque no le parece una maravilla de prosa, tampoco le parece tan malo, y lo indulta. El segundo es una novela romántica de las que les prohíben a las muchachas29, y hace la misma operación, sin decir quién es la autora:
Aquello era tan malo que acababa por ser bueno, así que decidí que en cuanto pudiera leería el libro entero. Un joven escritor puede aprender mucho de nuestros peores escritores. Resulta muy destructivo quemar libros malos, casi más destructivo que quemar libros buenos.
Con lo que evoca sin nombrarlo el famoso consejo de Plinio de que “no hay libro malo que no tenga algo de bueno”. El siguiente es Diez noches en un bar, y qué vi allí, de T. S. Arthur, (1809-1885), una novelita costumbrista del siglo XIX contra el consumo del alcohol. Pero “incluso este libro era demasiado bueno para consumirse en una hoguera”. De los otros tres libros no llega a decir más, sino que eran de Hall Caine30, Brander Matthews31 y Upton Sinclair.
Sólo había leído el del señor Sinclair, y si bien no me entusiasmaba como obra literaria, no pude quemarlo porque la impresión era exquisita y estaba muy bien encuadernado. Desde el punto de vista tipográfico era uno de los mejores libros de mi biblioteca.
De modo que el pobre escritor protagonista no puede quemar ni una sola página de un solo libro y de vez en cuando deja extinguirse el fuego de una cerilla cada vez que fuma, “para acordarme del aspecto de una llama, por pequeña que fuera”, asociación extratextual al cuento de la cerillera de Andersen, sin duda. Pero hay que aclarar la alusión a Sinclair, porque eso de que sea un libro muy bien encuadernado desdice la misma condición de Sinclair, que era un escritor socialista que denunciaba precisamente la pobreza y la explotación de la clase obrera norteamericana. Con ello el autor insinúa que sostiene las mismas ideas que Sinclair y que está dispuesto a pagar mucho por ellas, pero que no le satisface su escaso contenido humano. Al fin, Saroyan acepta que es incapaz de quemar libros, y evoca sin mencionarlas las palabras de Heine32:
La conclusión es sencilla: si uno respeta la mera idea de los libros, de lo que estos representan en la vida, si uno cree en el papel y en la letra, no puede quemar ni una sola página de ningún libro. Aunque se esté muriendo de frío. Aunque él también esté intentando escribir algo. No puede hacerlo. Eso es pedir demasiado.
Pero no termina ahí el asunto; Saroyan declara poco después cuál es su ideal literario:
Ve a una sola persona y vive con ella, dentro de ella, con amor, intentando entender el milagro de su ser, y expresa la verdad de su existencia y revela el esplendor del mero hecho de que esté viva, y dilo con gran prosa, poderosa y sencilla, demuestra que pertenece al tiempo, al tiempo y a las máquinas y al fuego y al humo y a los periódicos y al ruido. Ve con ella hacia su secreto y habla de él con cuidado, demuestra que el suyo es el secreto humano. No engañes. No inventes mentiras para complacer a nadie. No hace falta que nadie muera en tu historia. Tú sólo relata lo que es el gran acontecimiento de la historia, de todos los tiempos, la verdad humilde y desnuda del simple hecho de ser. No hay tema más importante que ese: no hace falta que nadie sea violento para ayudarte con tu arte. La violencia ya existe por sí sola. Menciónala, por supuesto, cuando sea el momento de mencionarla. Menciona la guerra. Menciona toda la fealdad, todos los desechos. Y esto hazlo con amor. Pero resalta la verdad gloriosa del mero ser. Ese es el tema fundamental. No hace falta que crees un clímax triunfal. El hombre del que escribes no necesita llevar a cabo ningún acto heroico o atroz para que tu prosa sea poderosa. Deja que haga lo que siempre ha hecho, un día y otro, seguir viviendo. Deja que camine y hable y piense y duerma y sueñe y se despierte y vuelva a caminar y a hablar y a moverse y a estar vivo. Con eso ya es suficiente. No hay nada más de lo que escribir. Tú no has visto nunca un relato. Los acontecimientos de tu vida nunca han adoptado forma de relato, ni de poema, ni ninguna obra forma. Tu propia conciencia es la única forma que necesitas. Tu propio conocimiento es la única acción que necesitas. Habla de ese hombre, reconoce su existencia. Habla del hombre.
Luego ofrece su opinión sobre la literatura satírica:
A veces, cuando me ponen furioso los partidos y los tejemanejes políticos, me siento y me burlo de este gran país que tenemos. Me pongo de mal humor y pinto al hombre como algo repugnante, despreciable, sucio. Lo que así describo en realidad no es el hombre, pero yo doy a entender que sí lo es. Es otra cosa, algo menos tangible, pero para que la burla resulte es más conveniente hacer creer que su objeto es el hombre. Lo que yo quiero es llegar a la verdad, pero cuando uno empieza a burlarse dice “a la mierda la verdad”. Si nadie dice la verdad, ¿por qué voy a hacerlo yo? Todo el mundo cuenta bonitas mentiras, escribe bonitos relatos y novelas, ¿para qué voy yo a preocuparme por la verdad? No hay verdad que valga. Sólo gramática, puntuación y toda esa basura. Pero no merece la pena. En el mejor de los casos, todo este asunto resulta bastante triste, bastante patético.
Evidentemente, Saroyan es un humanista, como el mismo Cervantes, y posee su mismo sentido del humor lleno de respeto por los seres humanos, sin distanciarse, al dramático modo de Shakespeare, de lo que no le es ajeno.
Pero quizá la síntesis más curiosa entre el mito de Fausto y el tópico del bibliocausto, sin pasar por la dramática reelaboración romántica de Murger, sea la de Llorenç, o Lorenzo, Villalonga (1897-1980), autor de una de las novelas canónicas de la literatura peninsular, Bearn o La sala de las muñecas, redactada en catalán entre 1952 y 1954, reescrita en castellano y publicada en 1956. La novela ilustra la convicción proustiana del autor de que “no hay más paraísos que los paraísos perdidos”, está ambientada en el siglo XIX y protagonizada por dos personajes míticos, don Antonio, un curioso personaje que representa el racionalismo revolucionario de la ilustración, incluso en su indumento (se cubre con una peluca empolvada) y María Antonia, su mujer, que representa todo lo contrario, la tradición y la fe, y que abandona a su marido a causa de la aventura que este tuvo en Paris con Xima, durante el estreno del Fausto de Gounod (y a ello corresponde el resto de la indumentaria de Don Antonio, el hábito franciscano que viste desde que le dejó María Antonia). Además hay dos personajes que resultan ser como los dos polos ideológicos de la acción, o más bien inacción, de la novela: Juan y Xima, que encarnan el tradicionalismo convencionalizador y castrante y la vida original y fecundadora, respectivamente, y que vienen a ser como dos versiones juveniles de los dos personajes principales. Doña María Antonia accede a volver con don Antonio a cambio de que este queme su biblioteca, llena de libros no permitidos por la iglesia; esa es la misma pretensión del párroco del pueblo y amigo del señor de Bearn, don Andrés, pese a que don Antonio ha pedido un permiso para leer libros prohibidos que se demora mucho en venir. Don Antonio accede y el bibliocausto tiene lugar en el cap. XIX.
Doña María Antonia, aun cuando no podía comprender ciertos aspectos de su marido, tenía el tacto de olvidar y dejar, en caso necesario, las cuestiones en el aire. Poseía verdaderas condiciones diplomáticas y 1o que pudiera llamarse el talento de la permuta. La negativa del esposo restaba en el equívoco porque doña María Antonia proponía «arrepentirse y olvidar» y él había contestado que “no podía olvidar nada”, como si lo importante fuese la segunda parte de la cuestión en lugar de la primera. Parecía bastante claro que no se arrepentía, pero el instinto práctico de la señora, para no tener que admitir una realidad tan dolorosa, corrió un velo sobre aquel equívoco y empezó a negociar, seguidamente, otros aspectos. Era necesario quemar algunos libros ¿Por qué esperar la decisión del Obispado? ¿No se sabía que Voltaire era malo, que Diderot fue ateo? Se había acercado al hogar y apoyaba una mano sobre la espalda del señor.
-Quema estas cosas, Tonet. ¿Lo quieres? Mira éste al menos. Voltaire... Figúrate ¿Y éste? Renan. «Vida de Jesús»... 0h, éste...
-Si ha de darte gusto..:
Sin replicar, el señor iba arrojando al fuego los libros indicado Aquella docilidad halagaba a la esposa, que sonreía ante la hoguera, «Asimismo» -pensaba-, “Tonet es muy bueno. Tiene cosas raras y reacciones a veces un poco bruscas, como los niños, pero le agrada complacer. No hay que hacer caso de pequeñeces cuando se muestra tan transigente en lo fundamental”. Tales razonamientos no eran hijos del análisis ni del amor a la exactitud, pero le tranquilizaban y los empleaba para su uso como podía haberse valido de un paraguas, no porque el paraguas nos revela ninguna verdad, sino porque nos defiende de la lluvia. A mí, que seguía detrás del ventano (ahora, en cierta manera, legítimamente, ya que el mismo señor me había invitado a ello), no me engañaba la docilidad de don Antonio. Años después, él mismo me especificó la poca importancia que para él tenían ya aquellos libros.
-Es natural -me decía- que el hombre lea hasta la mitad de su vida, pero llega un momento, cuando la personalidad se halla formada, en que le conviene escribir. 0 tener hijos. Si nos ilustramos, es para ilustrar alguna vez, para perpetuar lo aprendido.
Hubo un instante en que ella se sintió conmovida ante la condescendencia del señor.
-Pobre Tonet -exclamó- ¿Que harás ahora sin libros?
-Te tendré a ti. Tú quedas a cambio de los libros. Cuidado, que estás quemando el Kempis.
-Oh -se lamentó doña María Antonia- ¿Por qué no me lo decías?
¿Eso qué es?
-La Enciclopedia. Pero estos tomos son El Año Cristiano. Es que están encuadernados igual.
-No debiste encuadernarlos igual. ¡Qué hoguera tan hermosa! -añadió, satisfecha,
El señor sonrió con malicia.
-¿Qué dirá don Andrés? Ahora le estropeas la canonjía...
Ella le miró curiosamente y entonces mi protector le colocó una historia, probablemente inventada por él, de que si don Andrés hubiera podido presentarse al Señor Obispo como autor del auto de fe, Su Ilustrísimo lo hubiera nombrado canónigo. Ella se detuvo,
-¿Quién te ha dicho lo de la canonjía? ¿Hablas formalmente? -Son ideas mías.
-Ah...
La señora siguió arrojando libros al fuego, aunque más despacio.
Al fin se detuvo.
-¿Pero, si fuera cierto?
Creo que sentía en aquel instante una especie de remordimientos. E1 señor le inspiraba lástima, y buscaba pretextos para dilatar aquella sentencia que ella misma había exigido.
El paralelismo con el episodio cervantino es aún más evidente que en el caso de Baroja. En realidad, don Antonio ha encarnado ya la racionalidad en su mismo ser: ya él mismo son sus libros, que representan en cierta medida el pecado original del conocimiento, el árbol de la ciencia, y nada le importa ya la existencia física de éstos. Encarnan la memoria al igual que el pecado, y por eso declara que “no podía olvidar nada”.
Pocas semanas después, comentando la quema de los libros, me, decía riendo -Aunque no seas cura todavía, Juan, te confieso que he engañado a la señora. Ella se ha quedado conmigo a cambio de quemar la biblioteca, y yo no he tenido necesidad, corno el califa de la Edad Media, de hacerla copiar antes de destruirla. El gran Gutemberg, con la invención de la imprenta, aseguró la libertad del pensamiento humano de tal manera que hoy quemar libros equivale a difundirlos. Cuantas más ediciones se destruyan en Bearn, más se imprimirán en París.
Primo avulso non déficit alter33, escribe Virgilio en el capítulo VI de la Eneida. La diferencia estriba, pero, en que el poeta se refiere a un ramo precioso, pero don Antonio aludía a los frutos envenenados de la Filosofía.
En efecto, la novela se articula en torno al mito de Fausto, en que se ha querido ver cómo la cultura occidental vende su alma a cambio de un conocimiento insaciable y condenado por tanto al dolor de la insatisfacción, a la falta de una plenitud que sólo puede darle el sentimiento y la grandeza moral que se hallan en la pobreza y en la miseria material:
-Pobre Tonet -Continuó-. ¿Qué harás ahora sin libros?
-Ahora todo tendré que sacarlo de mí. Goethe era un primitivo. ¿A quién se le ocurre que Fausto se redima conquistando terrenos al mar? Está bien que una jornalera de Bearit crea que la dicha es heredar cien mil duros, pero Goethe tenía el deber de profundizar un poco más.
El bibliocausto se hace ontológico cuando hablamos de un autor como Enrique Vila-Matas, cuya obsesión es no escribir. Sus obras son, de hecho, críticas literarias y filosóficas a las obras que le hubiera gustado escribir realmente o a las que no escribieron otros; constituyen una glosa a la historia de la cultura, de la misma manera que la obra de Kitaj constituye una glosa a la historia de la pintura. Algo así hizo Stanislaw Lem en algunos cuentos, inspirándose en la fecunda idea de Borges, que se encuentra puesta en obra en el cuento Pierre Menard, autor del Quijote, de que vale más que escribir un libro escribir la crítica de ese libro que le hubiera gustado a uno escribir. En el caso del falso Pierre Menard, constituye de hecho una “superposición” de Menard sobre el texto cervantino, que se justifica genéticamente por una trayectoria cultural. Lo clásico viene a ser, así, un arquetipo de todo tipo de glosa imperfecta. Pero el mejor comentario sobre las “novelas” de Vila-Matas es su propia lectura, empezando por los que son quizá los libros más representativos de su obsesión y sus acomplejados protagonistas: Bartleby y compañía (2000) y El mal de Motano (2002)
Entre los biblioclastas españoles hay que conceder un alto lugar a un personaje de Manuel Vázquez Montalbán, el detective Pepe Carvalho. En cada una de las novelas en que aparece el personaje, este desguaza uno o varios libros con la pragmática intención de encender su chimenea. Los demás personajes asisten consternados a la ceremonia y le preguntan por qué. Otras veces, el rito se enriquece con el propio personaje o uno de sus acompañantes que lee un pasaje significativo. Carvalho se excusa habitualmente de esa schadenfreude diciendo que los libros no le enseñaron a vivir y todo el tiempo usado con ellos en su juventud, en la que llegó a reunir diez mil libros, fue un desperdicio. Así desacraliza el autor, entre otras cosas, la cultura encarnada en ellos, aunque este acto simbólico y nihilista no es único, pues Vázquez Montalbán toma en sí mismo el género de la novela negra como un punto de vista para deconstruir de forma posmoderna el riguroso orden burgués no sólo en la esfera de la cultura, sino en el de las relaciones sociales, la ética individual y las costumbres.
El inventario de libros arreados al infierno comienza, significativamente, por España como problema, de Laín Entralgo, uno de los intelectuales del régimen franquista. De El oficial prusiano y otras historias de D. H. Lawrence sobrevive semichamuscada esta cita, que recoge la amante del detective, Charo:
Con el tiempo los Lindley perdieron todo dominio de la vida y se pasaban las horas, las semanas y los años simplemente regateando para poder vivir, reprimiendo y puliendo amargamente a sus hijos para convertirles a la nobleza, empujándolos a la ambición y recargándolos de deberes.34
Charo lamenta que las manías de Pepe le impidan conocer cómo empezaba y acababa la historia. Carvalho se defiende con este pensamiento:
Sólo tiene sentido que lean los que escriben libros, porque de hecho se escribe porque antes se han leído otros libros. Pero los demás no deberían leer. Los únicos lectores de los escritores deberían ser los mismos escritores.
En otra ocasión, en Los pájaros de Bangkok, el detective quema dos libros; uno de versos de Justo Jorge Padrón y otro con dos piezas teatrales de Samuel Beckett: La última cinta y Acto sin palabras. Un personaje hace la consabida pregunta; esta vez la respuesta es que lo hace “primero porque son libros y luego por que sí”. A quién es Justo Jorge Padrón, que recogió el premio Nobel en lugar de Aleixandre a causa de su delicado estado de salud, explica un poco más:
-Un poeta hispanosueco que tradujo a Vicente Aleixandre al canario y se hizo famoso.
-¿Por qué quemas el otro?
-No he nacido para crítico literario. Digamos que lo quemo porque me gustó en su tiempo y porque a medida que me hago viejo me da miedo sentir algún día la tentación de volver a leerlo.
Fuster selecciona un párrafo de La última cinta y lee con grandilocuencia cómica:
-"Quizá mis mejores años han pasado. Cuando tenía alguna probabilidad de ser feliz. Pero ya no deseo más probabilidades. Y menos ahora que tengo ese fuego en mí. No, no deseo más probabilidades. (Krapp permanece inmóvil, con los ojos fijos en el vacío. El carrete continúa rodando en silencio)”.
Vemos pues que en un caso quema a uno por ser un aprovechado y al otro porque desea ser quemado y comparte la misma ideología, pero en sentido opuesto. En La rosa de Alejandría la víctima es esta vez Las buenas conciencias de Carlos Fuentes. Esta animadversión se explica en un artículo del autor; era un libro que apreciaba, pero al conocer a su autor en Nueva Cork se llevó una desagradable impresión del mismo, pues le dejó de lado y plantado sin apenas mirarle tras haber sido presentado. En consecuencia, trasluce un episodio autobiográfico y el mexicano paga el pato de una particular inquina del escritor barcelonés, quien, explica, quería unirle a su colección de grandes amistades literarias hispanoamericanas, sabedor de que su ideología era semejante a la suya:
Carlos Fuentes, un escritor mexicano al que había conocido casualmente en Nueva York en su etapa de agente de la CIA, le pareció un intelectual que vivía de perfil, al menos saludaba de perfil. Le había dado la mano mientras miraba hacia el oeste. Tan displicente trato lo había recibido Carvalho sin que aquel charro supiera que era de la CIA, conocimiento que al menos habría justificado su actitud por motivos ideológicos. Pero Carlos Fuentes no tenía ningún motivo para tenderle escasamente una mano y seguir mirando hacia el oeste. Estaban en casa de una escritora judía hispanista que se llamaba Bárbara a la que vigilaba por orden del Departamento de Estado, porque se sospechaba que en su casa se preparaba un desembarco clandestino en España para secuestrar a Franco y sustituirlo por Juan Goytisolo.
Al margen de ironías, la tal escritora es la hispanista Barbara Probst Solomon, y en esa cena estaba además Lilian Helmann. Carvalho continúa las bromas un poco más, y mientras condena el teatro de Lorca, es incapaz de quemar el libro de versos que más le gusta de él, Poeta en Nueva York:
Mientras crecía el fuego censaba con el rabillo del ojo los libros que le quedaban. Suficientes para ir quemando uno a uno libros que había necesitado o amado cuando creía que las palabras tenían algo que ver con la realidad y con la vida. Suficiente material combustible para lo que le quedara de existencia o de fuerzas para encender su propia chimenea. Un día se caería por la calle o en esta misma sala y le llevarían a un depósito de viejos como castigo por haberse dejado envejecer y ni siquiera podría encender el fuego con la ayuda de aquellos libros tramposos, por ejemplo, con el Teatro completo de García Lorca. Un día de éstos quemaría el Teatro completo de Lorca, antes de que la muerte los separara.
Ya había intentado quemar en cierta ocasión Poeta en Nueva York, pero se entretuvo releyéndolo camino de la chimenea y se topó con unos versos que le parecieron demasiado cargados de verdad:
Son mentira los aires. Sólo existe una cunita en el desván que recuerda todas las cosas.
Tenía la cabeza llena de cunas que le recordaban todas las cosas. He de quemar ese libro antes de morir. O él o yo. Pero hoy no. Ya tenía suficiente con el de Carlos Fuentes, y la lucha del hígado por empapar todo el alcohol que había tomado promovía en su interior movimientos celulares titánicos que le obligaron a tumbarse en el sofá, sin otro horizonte visual que el recuento de las grietas del techo. Un día de éstos se caerá la casa. También la casa. O la casa o yo. Si se cae la casa los libros se salvarán, no tienen huesos, ni músculos, ni cerebro, ni hígado, ni corazón, son un producto de taxidermista, están más muertos que carracuca. En cambio yo la palmaré bajo los cascotes. Si al menos hubiera un incendio. A mí me gustaría que me incineraran.
Ni tampoco era suya esta frase, era de un escritor suizo antisuizo que estuvo de moda entre dos guerras mundiales o entre dos guerras civiles, qué guerras no importan
Es esta una referencia al famoso poema de Gil de Biedma, otro nihilista. En La muchacha que pudo ser Emmanuelle, ahonda Carvalho en su filosofía nihilista:
-Usted quemó una vez un libro sobre judíos que se llamaba Muschnick.
-Era el apellido del editor, y lo quemé simplemente porque era un libro. Necesito saber qué se hizo de ella. Fue novia de juventud, casi de adolescencia, de un tal Rocco, y es posible que sea él quien la estuviera buscando, de ahí la participación de Dorotea Samuelson.
Dorotea se permitió inicialmente tomar un vasito, sólo un vasito de vino, pero dejó de autocontenerse y le dio a la botella como si se preparara para cantar un corrido. Carvalho decidió encender la chimenea y se sentó ante la arquitectura de la leña. Tenía un libro entre las manos. Era Tahipí, paraíso de los mares del sur de Melville.
- ¿De que va hoy?- Fuster.
-Sobre la mentira del sur. No lo sé. Quemo como un bárbaro, ni me preocupo de la selección. Antes era diferente. Los quemaba porque los había leído, muchos años después de haberlos leído.
- ¿Cuántos libros tenías?
- Diez mil.
-¿Diez mil?- a Dorotea le gustaba sentirse sorprendida, pero casi lanzó un alarido de avestruz degollado cuando Carvalho destrozó el libro y lo situó en el centro de la futura fogata. Prendió fuego al papel y las llamas subieron hacia el tiro de la chimenea, poniendo sombras discontinuas en el rostro aun pasmado de la mujer que miraba el fuego y luego pedía respuestas a Fuster , desentendido o a Carvalho sólo pendiente del buenhacer de las llamas. Dorotea se dedicó a examinar los libros supervivientes, acariciándolos con las yemas de los dedos, como si les animara a resistir las pruebas que les esperaban.
- Diez mil libros. Veo que tiene un libro que hoy poca gente conoce La imaginación liberal, de Trilling
Carvalho asintió.
- Debí haberlo quemado hace tiempo. Déjelo a la vista porque lo usaré en la próxima fogata.
- ¿Me lo da?
-No. Aprecio sus buenos sentimientos indultadores pero , no. El que quemé de Trilling fue La mitad del camino, una novela . Era el retrato del miedo de los materialistas dialécticos e históricos al fracaso. Recuerdo que los comunistas nunca aceptábamos los fracasos, eran sólo errores. ¿Cómo íbamos a aceptar entonces la muerte?
Dorotea parecía desconcertada por el desvelamiento cultural de Carvalho.
- La muerte, ahí está el fracaso, la evidencia de la estafa- continuó Carvalho.
-¿Y qué tiene que ver todo ese discurso con la quema de libros?. La cultura es el único consuelo frente a la muerte.
-¿Tú también, Fuster, me traicionas por la espalda?. Carvalho quiso explicarse. A la hora de la verdad es preferible hacer caso a boleros, a los tangos. Los libros no enseñan a vivir. Sólo te ayudan a enmascararte.
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