



En resumen, el personaje, que no el autor, asume la única cultura válida que al parecer ha engendrado la civilización, la epicúrea y detesta cualquier forma de desvirtuarla. El incurable romántico que late en su fondo, sin embargo, le hace batallar a menudo con ese antiintelectual aniquilador de bibliotecas que está representando: ese es el caso de la temporal absolución, muy a su pesar, de Poeta en Nueva York de Lorca. En la muy exitosa novela La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, ambientada en la Barcelona de mediados del siglo XX, se habla de un mítico “Cementerio de libros olvidados” que simboliza la destrucción de la historia y de la memoria que se produce en nuestra sociedad, rendida a los medios audiovisuales y a la cultura comercial. El bibliocausto es llevado a cabo por un siniestro personaje, sin cara, como algunos de los fantasmas mitológicos de Japón, que seguramente personifica el olvido. Es una cara que ha sido quemada por el fuego, y se le da un nombre, Laín Coubert, y se le identifica con el diablo. Su única actividad es quemar todos los ejemplares que existen de un extraño escritor, Julián Carax, cuyo libro La sombra del viento, con el mismo título de la novela de Zafón, ha salvado el protagonista de ese misterioso cementerio para seguir la costumbre que le revela su padre, que le ha guiado a él:
Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?
Mi mirada se perdió en la inmensidad de aquel lugar, en su luz encantada. Asentí y mi padre sonrió.
-¿Y sabes lo mejor? -preguntó.
Negué en silencio.
-La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que escoger un libro, el que prefiera, y adoptarlo, asegurándose de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante. De por vida -explicó mi padre-. Hoy es tu turno.
Se evoca con esta adopción del libro el texto de una de las obras clásicas de la ficción científica norteamericana, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury; al final de esa obra los llamados “hombres libro” memorizan el texto de su libro preferido para salvaguardar su existencia. De ser muy ortodoxos habría que decir que Bradbury se sale frecuentemente de lo científico, pues no en vano dijo Isaac Asimov que lo que hacía el autor no era ficción científica35, sino ficción social; pero sería demasiado entrar en la cuestión de las relaciones de este género, que también podría llamarse fantástico, con la mitología y la novela histórica, y antes de pasar a este autor habrá que tratar a uno de sus más ilustres cultivadores, en su rama de ficción metafísica36, Jorge Luis Borges.
He aquí a un bibliotecario y bibliómano tan obsesionado con la letra impresa como Cervantes, quizá más. Don Quijote fue una de sus más tempranas lecturas y a él dedicó algún trabajo, “Magias parciales del Quijote”, en su libro Otras inquisiciones, su discurso de aceptación del premio homónimo y algunos poemas, como “Sueña Alonso Quijano”, no logro recordar en qué otro. Incluso puede decirse que es una particularidad de su estilo la costumbre de hacer escrutinios o catálogos y más concretamente la enumeración caótica o heterológica o catálogo desordenado, costumbre que ya apercibió la atención de Foucault en Las palabras y las cosas y que imitó Jude Stéfan en sus Letanías del escriba, otra reducción al absurdo de una tradición cultural, teniendo a la vista el Otro poema de los dones del argentino. El orden le obsesionaba, no ya porque sea algo necesario en la vida de un invidente, sino por mera cuestión de trabajo; es convicción mía que el cuento La biblioteca de Babel se inspira directamente en Revolución en la biblioteca de Ciudamuerta de Unamuno, y la cronología de Emir Rodríguez Monegal no lo desmiente. Es más, Unamuno colaboraba en La Nación de Buenos Aires y un cuento sobre bibliotecarios no podía por menos que llamar la atención del director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, no en vano Borges siempre confesó su admiración por el gran vasco, de la que dejó prueba escrita en Inquisiciones, libro que se obstinó hasta su muerte en no reeditar. Pero leamos la alusión a los biblioclastas del cuento antecitado, recogido en Ficciones:
Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz. Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
Encontramos aquí el mismo desasosiego fáustico, el mismo “malestar en la cultura” freudiano que en muchos otros textos sobre bibliocaustos, incluso del propio Borges sobre el símbolo del laberinto (presente también en la biblioteca de El nombre de la rosa de Eco), cual es La casa de Asterión. En todos los casos, la solución es siempre la muerte, como en el propio Don Quijote.
Julio Cortázar también realiza su propio bibliocausto. En su relato Fantomas contra los vampiros multinacionales (1977) imagina una conspiración contra la literatura universal: las bibliotecas arden y los incunables son robados o destruidos sin que nadie sepa por qué o sea capaz de impedirlo. Para desenmascarar qué se esconde tras esto, desenmascarar al malo e impedir la desaparición de la cultura, Cortázar intenta contactar con el famoso héroe Fantomas para que resuelva el entuerto. Pero primero debe luchar con el desaliento:
¿Qué son los libros al lado de quienes los leen, Julio? ¿De qué nos sirven las bibliotecas enteritas si sólo les están dadas a unos pocos? También esto es una trampa para intelectuales. La pérdida de un solo libro nos agita más que el hambre en Etiopía, es lógico y comprensible y monstruoso al mismo tiempo.
Cortázar lucha contra la ideología unidimensional norteamericana, expandida por toda Latinoamérica, utilizando además el lenguaje del cómic (viñetas) y sus arquetipos (el héroe Fantomas). Para ello mezcla además realidad y ficción, como Don Quijote: en esta narración aparecen también personajes y lugares reales, no sólo él mismo, Cortázar, sino intelectuales como Susan Sontag u Octavio Paz, y se alude a la participación del autor en un hecho contemporáneo como el tribunal Russell II37 de Bruselas, donde se intentan desvelar los atropellos cometidos por Estados Unidos en Latinoamérica. Y este ejemplo de literatura comprometida no sólo es una fuerte admonición contra los príncipes de este mundo, sino también un mea culpa de los intelectuales, más preocupados por el arte y la cultura que por las penurias cotidianas de los pueblos. Hasta cierto punto, Cortázar da la razón a los biblioclastas y son palabras de peso, que valen algo y que no pueden pasarse por alto.
El profesor de Bolonia Umberto Eco, creador del thriller cultural, género seguido después por espabilados escritores entre los cuales mencionaré sólo a Philip Vanderberg y Arturo Pérez-Reverte, es mi próxima parada. El bibliocausto constituye la escena culminante de su obra más exitosa y comentada, El nombre de la rosa (1982). Como el propio autor ha servido la exégesis de la misma en sus Apostillas (1986) y en otros escritos, no me voy a extender más en un trabajo que ya se pasa de extenso. Sólo me limitaré a señalar que la interpretación que se arriesga a dar es de cuño posmoderno y por lo tanto metacultural y semiótica, lo que le sirve para integrar eclécticamente toda una pluralidad de interpretaciones:
Por primera y última vez en mi vida me atreví a extraer una conclusión teológica:
-¿Pero cómo puede existir.un ser necesario totalmente penetrado de posibilidad? ¿Qué diferencia hay entonces entre Dios y el caos primigenio? Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto de sus propias opciones, ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?
Guillermo me miró sin que sus facciones expresaran el más mínimo sentimiento, y dijo:
-¿Córno podría un sabio seguir comunicando su saber si respondiese afirmativamente a tu pregunta?
No entendí el sentido de sus palabras:
-¿Queréis decir -pregunté- que ya no habría saber posible y comunicable si faltase el criterio mismo de verdad, o bien que ya no podríais comunicar lo que sabéis porque los otros no os lo permitirían?
En aquel momento un sector del techo de los dormitorios se desplomó produciendo un estruendo enorme y lanzando una nube de chispas hacia el cielo. Una parte de las ovejas y las cabras que vagaban por la explanada pasó junto a nosotros emitiendo atroces balidos. También pasó a nuestro lado un grupo de sirvientes que gritaban, y que casi nos pisotearon.
-Hay demasiada confusión aquí -dijo Guillermo-. Non in commotione, non in commotione Dominus.
Hurgando entre los escombros, encontré aquí y allá jirones de pergamino, caídos del scriptorium y la biblioteca, que habían sobrevivido como tesoros sepultados en la tierra. Y empecé a recogerlos, como si tuviese que reconstruir los folios de un libro.
Patrick Suskind hace también su propio bibliocausto en uno de sus cuentos más interesantes, Amnesia in litteris. No se necesita ya el fuego para escenificar aquello de que se trata, sino de la propia memoria: el pobre protagonista, que se identifica con el autor, es incapaz de recordar nada de lo que ha leído sino muy vagamente, lo que convierte a la cultura en una neblina impotente que no puede descargar ningún rayo. ¿Otra vez el afán fáustico de conocimiento, esta vez por un alemán? Veamos:
¿Cómo era la pregunta? ¡Ah!, sí: qué libro me había impresionado, marcado, señalado, sacudido o incluso conducido en una dirección o apartado de ella. Pero eso suena a vivencia perturbadora o a experiencia traumática, y el afectado revive eso a lo sumo en las pesadillas, pero no cuando está despierto y menos por escrito y públicamente, como apuntó ya, según creo, un psicólogo austriaco, cuyo nombre he olvidado en este momento, en un ensayo muy digno de ser leído, cuyo título no recuerdo ya exactamente, pero que apareció en un pequeño volumen bajo el título antológico Yo y tú, o El, ello y nosotros, o Yo individual, o algo parecido (no sabría decir si ha sido reeditado recientemente por Rowohlt, Fischer, DTV o Suhrkamp, pero sí que las tapas eran verdes y blancas, o azules y amarillentas, si no eran de un gris azulado verdoso).
Ahora bien, la pregunta no se refiere quizá a las experiencias lectoras neurotraumáticas, sino a aquella vivencia artística exaltadora que encuentra en el famoso poema Hermoso Apolo... no, creo que no era Hermoso Apolo, el título era distinto, tenía algo arcaico, Torso joven o Hermoso Apolo primigenio o algo parecido, pero eso no hace al caso... o sea, encuentra en ese famoso poema de... de... , no recuerdo ahora mismo su nombre, pero era de verdad un poeta muy célebre, con ojos de carnero y un gran bigote, y compró a ese escultor gordo francés ¿cómo se llamaba? una casa en la Rue de Varenne (lo de casa es un decir, más bien es un palacio con un parque que no se atraviesa en 10 minutos) (uno se pregunta, dicho sea de paso, cómo se las arreglaba la gente entonces para pagar todas esas cosas) , encuentra, en todo caso, su expresión en ese magnífico poema que yo no podría citar ya entero, pero cuya última línea permanece grabada en mi memoria de manera indeleble como imperativo moral permanente y que dice: "Tienes que cambiar tu vida".
¿Cuáles son, pues, aquellos libros de los que podría decir que su lectura haya cambiado mi vida? [...] Me dejo caer sobre la silla de mi escritorio. Es una verguenza, es un escándalo. Sé leer desde hace 30 años, he leído, no mucho, pero sí algo, y todo lo que me queda es el recuerdo muy aproximado de que en el segundo tomo de una novela de 1.000 páginas alguien se pega un tiro. ¡He leído 30 años en balde! Miles de horas de mi niñez, de mis años de joven y de adulto dedicadas a la lectura y no he retenido más que un gran olvido. Y este mal no mejora; al contrario, se agrava. Ahora cuando leo un libro, olvido el principio antes de llegar al final. A veces la fuerza de mi memoria no basta siquiera para retener la lectura de una página. Y así me voy descolgando de un párrafo a otro, de una frase a otra, y pronto sólo podré captar con mi mente las palabras sueltas que vuelven hacia mí desde la oscuridad de un texto siempre desconocido, reluciendo como estrellas fugaces durante el momento en que las leo para desaparecer seguidamente en el tenebroso Leteo del olvido total. En las discusiones literarias hace tiempo que no puedo abrir la boca sin caer en el más espantoso ridículo, confundo a Morike con Hofmannsthal, a Rilke con Hölderlin, a Beckett con Joyce, a Italo Calvino con Italo Svevo, a Baudelaire con Chopin, a George Sand con Madame de Staël, etcétera. Cuando busco una cita, que recuerdo de manera imprecisa, paso días consultando por qué he olvidado el autor y por qué durante la búsqueda en textos desconocidos de autores extraños me pierdo hasta que por fin olvido lo que buscaba al principio. ¿Qué podría contestar en este estado mental caótico a la pregunta de qué libro ha cambiado mi vida? ¿Ninguno? ¿Todos? ¿Algunos? No lo sé. [...] ¡Qué lata! Ahora he olvidado las palabras exactas. Pero no importa, todavía tengo perfectamente presente el sentido. Era algo así como: "¡Tienes que cambiar tu vida!".
Un escritor escribe un libro sobre un escritor que escribe dos libros sobre dos escritores, de los cuales uno escribe porque ama la libertad, el otro porque le es indiferente. Esos dos escritores escriben en total 22 libros que tratan de 22 escritores, de los cuales algunos mienten, pero no lo saben, mientras que otros mienten a sabiendas, otros buscan la verdad, pero saben que no pueden encontrarla, mientras que otros ya creían haberla encontrado.
Evidentemente esa sed fáustica de conocimiento obliga a cambiar de vida, transforma al intelectual en un aventurero, en un hombre de acción... en un Don Quijote.
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