[1] La depresión final de Don Quijote, su desesperanzada cordura, se deja ver también en la interpretación del mito que hace Rubén Darío en su cuento “DQ”, compuesto en 1899, tras la derrota de España en la guerra contra Estados Unidos, en línea con las posteriores “Letanías de nuestro señor Don Quijote” de sus Cantos de vida y esperanza, publicadas el año del tricentenario, 1905.
[2] Es el soneto “Fabio, notable autoridad se saca...”, en realidad una burla de la falsa y presuntuosa erudición, al estilo de la que hizo Quevedo en su soneto 589, donde opone las “almas de cuerpos muchos” a los “cuerpos sin almas”, es decir, el alma que tiene libros leídos y asumidos al hombre que los colecciona sin leerlos y presume de poseerlos. Lope de Vega trató el tema ya anteriormente en La Filomela, en su soneto “Libros, quien os conoce y os entiende...”, donde identifica su vida con la letra impresa: “Pues todo muere, si el sujeto muere. / ¡Oh estudio liberal, discreto amigo, / que sólo hablas lo que un hombre quiere / por ti he vivido, moriré contigo!”.
[3] Como suele repetir George Steiner, el último hombre que pudo abarcar la totalidad del conocimiento humano fue Leibniz; tras él no fue posible la utopía humanista enciclopédica de la Ilustración y el conocimiento unificado se convirtió en labor conjunta de especialistas o en vana especulación de eruditos a la violeta. Emerson pensaba que lo ensencial de toda civilización podía contenerse en la obra de cuatro o cinco autores y, por ejemplo, aducía que Grecia entera podía reconstruirse con solamente las obras de Homero, Plutarco y Platón. Un reflejo de esto aparece en El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, cuando el abate Faria enseña a su joven discípulo que la cultura puede reducirse a unos cuantos libros.
[4] Una excelente y documentada panorámica la ofrece Fernando Báez en su Historia universal de la destrucción de los libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak, Barcelona, Destino, 2004.
[5] “¡O ínclito sabio, autor muy çïente, / otra y aún vegada yo lloro / porque Castilla perdió tal thesoro, / non conosçido delante la gente! / Perdió los tus libros sin ser conosçidos, / e cómo en esequia te fueron ya luego / unos metidos al ávido fuego, / otros sin orden non bien repartidos; / çierto en Athenas los libros fengidos / que de Pitágoras se reprobaron / con çerimonia mayor se quemaron, / quando al senado le fueron leídos!”
[6] Según Fernando Báez, la nómina de autores quemados y censurados incluía a Freud, Marx, Remarque, Brecht, Kafka, Heine, Einstein, Buber, Broch, Mann, Musil, Proust, Zola, Wells, Zweig o London, por citar los autores más conocidos.
[7] Los comunistas destruyen decenas de bibliotecas en Hungría en 1945 y cuatro décadas después la caída de Ceacescu en Rumanía se acompaña con la destrucción de medio millón de libros de la Universidad de Bucarest. La biblioclastia prosigue, contumaz, con la Revolución Cultural maoísta, las dictaduras chilena y argentina, Cuba, el régimen talibán... Ni siquiera se libra Harry Potter, porque los fundamentalistas norteamericanos destruyen sus libros por considerarlos inductores del satanismo.
[8] Por señalar solamente algunos, Platón fue acusado de quemar los libros de Demócrito, pero también diseñó una república ideal donde los poetas no serían aceptados. David Hume pedía que se destruyeran todos los libros de metafísica. Martin Heidegger entregó ejemplares a sus alumnos para que los quemaran en 1933, una vez que se había incorporado al partido nazi.
[9] “En el orden simbólico los significados del libro se multiplican y enriquecen en gran manera. Para todo el mundo el libro es el símbolo de la cultura, de la difusión de ideas. [...] Para el cristiano el Libro de la Naturaleza (Liber Naturae) era símbolo de la Creación, y una adecuada práctica del método exegético llevaba a revelar la influencia divina desde el mundo natural hasta las más empinadas alturas. Quemar un libro, por consiguiente, adquiere el remontado valor simbólico de un atentado contra la Creación. Como no se puede matar la Idea -platónica o no-, se trata de matar las ideas, y la forma más expeditiva es eliminar sus medios de difusión, o sea quemar los libros”.
[10] Daniel Eisenberg, “La biblioteca de Cervantes. Una reconstrucción.” Studia in honorem prof. Martín de Riquer II Barcelona: Quaderns Crema, 1987, pp. 271-328.
[11] Arturo Pérez Reverte hace decir a su bibliófilo personaje Víctor Farias que la biblioteca de Don Quijote contenía noventa y cinco libros (El club Dumas, cap. VII)
[12] Virgilio, Bucólicas, III, v. 60.
[13] Igitur, ut Aratus ab Iove incipiendum putat, ita nos rite coepturi ab Homero videmur. Hic enim, quem ad modum ex Oceano dicit ipse amnium fontiumque cursus initium capere, omnibus eloquentiae partibus exemplum et ortum dedit. hunc nemo in magnis rebus sublimitate, in parvis proprietate superaverit. (Marco Fabio Quintiliano, Institutiones, X, 46).
[14] Arturo Marasso, Cervantes, 1946.
[15] Citaré por la traducción de José Robles para la editorial Calpe (1920), que es lo que tengo.
[16] Victor-Alfred de Vigny, Chatterton, Madrid: Calpe, 1920, p. 132.
[17] La escena descrita es el saco del Arzobispado el 14 de febrero de 1831.
[18] Cfr. Emilio Alarcos Llorach, “"La interpretación de Bouvard et Pécuchet y su quijotismo", Ensayos y estudios literarios. Madrid: Ediciones Júcar, 1976, p. 61-98. El trabajo original se publicó en 1948.
[19] Miguel de Unamuno, “La revolución en la biblioteca de Ciudamuerta”, Cuentos de mí mismo. Madrid, 1997, pp. 207-212
[20] El escritor y dramaturgo valenciano Enrique Pérez Escrich (1829-1897), famoso por sus “novelas por entregas” de intención cristiana y moralizadora. Murió pobre, dirigiendo un asilo.
[21] Ramón Ortega y Frías (1825-1883), novelista por entregas granadino seguidor del gran maestro del género de las novelas por entregas, Fernández y González, pero con menos talento que éste. Escribió ciento cincuenta, de nulo valor literario y en las que recurre a lo truculento y espeluznante. Abelardo y Eloísa (1867) fue su mayor éxito.
[22] Torcuato Tárrago y Mateos (1822-1889) fue un fecundo periodista, escritor y músico accitano que compuso novelas históricas y libros de viajes; escribió en El Independiente y fundó El Eco de Occidente en Granada junto a su paisano Pedro Antonio de Alarcón; también dirigió El Popular en Madrid; algunas de sus obras se siguen reeditando, como Historia de un sombrero blanco o A doce mil pies de altura. A veces toma como modelo a Julio Verne. Conocía muy bien el mundo eslavo, lo que aprovecha para ambientar ahí algunas de sus obras, y fue el primero en escribir un cuento sobre la Guerra de Independencia de Bulgaria.
[23] Wenceslao Ayguals de Izco, (1801-1873), escritor de inspiración satírica y social que cultivó asiduamente la novela por entregas o folletín como medio para acceder a concienciar al proletariado. María o La hija de un jornalero es su obra más famosa y traducida al italiano, francés y portugués.
[24] Azorín ignoraba que “Pedro Escamilla” es un seudónimo de Julián Castellanos y Velasco, un escritor de folletines sensacionalistas y piezas teatrales de escaso valor literario fallecido en 1891. Más importancia tuvo el historiador y jurista José Muñoz Maldonado, (1807-1875), conde de Fabraquer y vizconde de San Javier, ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, que dirigió la revista El Museo de las Familias; colaboró en El Panorama, Periódico de Literatura y Arte y aquí figura como habitual traductor de folletines franceses de Paul de Kock; también tradujo Los Miserables de V. Hugo. Antonio de San Martín (1841-1887). Coruñés, de ideología progresista, autor de algunas poesías y un vastísimo conjunto de novelas folletinescas de inspiración histórica, tales como Horrores del feudalismo: la torre de los vampiros (1871), La Edad del Hierro (1874), La sacerdotisa de Vesta (1874), La esposa enterrada en vida (1876), Los misterios de la calle de Panaderos (1880), Desde la timba al timo. Novela original de malas costumbres contemporáneas, consecuencia de los vicios en la sociedad, (1880), Nerón, (1875) etc... Si hubiera que destacar algunas, serían las cinco consagradas a Quevedo, a cuya lectura era muy aficionado. Florencio Luis Parreño (1822-1897) compuso novelas históricas y de aventuras de intención moralizadora y católica en la línea de Fernández y González y Ortega y Frías, donde ensalza patrióticamente las hazañas guerreras de los españoles. Rechaza el naturalismo francés y de vez en cuando salpica sus obras de reflexiones moralizantes. El valenciano Luis de Val (1867-1930) es el más moderno de estos autores. Revelan el tono de su obra los títulos de algunas de sus novelas: Los ángeles del arroyo (un libro para los padres), El Calvario de un ángel o El manuscrito de una monja, El hijo de la obrera, El Honor o La riqueza de los pobres, El triunfo del trabajo, La explotación humana, La honra del hogar, La mujer de ellos, Sola en el mundo o El manuscrito de una huérfana...
[25] José Martínez Ruiz, “La biblioteca de Don Quijote”, en Con permiso de los cervantistas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948, pp. 181-182.
[26] Pío Baroja, “Auto de fe”, en su Con la pluma y con el sable, Obras completas III, Madrid: Biblioteca Nueva, 1979 (2.º ed.), pp. 436-438
[27] Hay traducción moderna en Barcelona: Acantilado, 2004, por la cual cito.
[28] Es una de las obras clásicas en que Thomas Hughes narra su educación; es más conocida la primera parte, que transcurre en la escuela preparatoria de Rugby y que ha sido llevada a la pantalla varias veces. Con esta elección revela Saroyan su conciencia de no haber tenido una educación completa y su deseo de superarlo.
[29] Augusta Jane Evans Wilson, Inez: A Tale of the Alamo, (1855); se trata de una novela primeriza, sentimental y anticatólica en que se contrapone un seductor byroniano a las virtudes tradicionales de una heroína.
[30] Hall Caine (1853-1931) fue secretario de Dante Gabriel Rosetti y como autor de novelas populares logró éxitos de venta asombrosos. Seguramente Saroyan escoge su nombre por ser autor de una novela significativa, El chivo expiatorio.
[31] James Brander Matthews, (1852-1929) fue uno de los primeros teóricos en literatura dramática. Con esta elección, Saroyan, que era también un exitoso autor dramático, caracteriza su interés por el teatro.
[32] ''Sólo fue un preludio. Allí donde se queman libros, se queman finalmente también hombres.".La frase pertenece a su tragedia Almansor, escrita en 1820 y se ha considerado una profecía del destino de Alemania en el siglo XX.
[33] Primo avulso non deficit alter aureus, et simili frondescit virga metallo. “Al faltar el primero no falta otro de oro, y echa hojas el tallo del mismo metal”, Virgilio, Eneida, VI, v. 143. Es la rama de oro que ha dado nombre a la famosa obra de Frazer, consagrada a Proserpina que la Sibila le dice a Eneas que debe recoger para poder caminar por el Infierno. Con ello alude Vilallonga, a través del texto clásico pagano, al famoso mito bíblico del árbol de la ciencia del bien y del mal sobre el que diserta Nietzsche en El Anticristo.
[34] De Manuel Vázquez Montalbán, Historias de política ficción. 1987
[35] Uso ficción científica en vez del anglicismo “ciencia-ficción” y en vez de ese equivalente pero excluyente marbete de “anticipación” con que han querido rotular este género los bibliotecarios.
[36] Dentro de esta ficción metafísica, prevalida con relativa frecuencia del mecanismo de la parábola o narración simbólica, pueden contarse también autores como Calderón, Melville, Kafka, Unamuno, Beckett, Calvino o Bergman.
[37] El tribunal Russell II de Bruselas estaba conformado por intelectuales y realizó denuncias sobre la violación de derechos humanos en América Latina; se llamó así en memoria del auspiciado por el filósofo y matemático inglés Bertrand Russell en denuncia de la Guerra de Vietnam, y actuó como vicepresidente del mismo Gabriel García Márquez.
[38] Los cuentos Bonfire, Bright Phoenix, The Exiles, Usher H y El peatón, de los cuales sólo me consta estar traducido el último.
[]39 Op. cit.
[40] Ibidem.