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Felisberto Hernández: Escritor maldito o poeta de la materia - Vida y obra de Felisberto Hernandez (I)

(1 opiniones)
Artículo creado por Claudio Paolini. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/paolini.html
17 de Septiembre de 2006
Poesía

1 - Vida y obra de Felisberto Hernandez (I)

En el año 2002 se cumplieron cien años del nacimiento del escritor uruguayo Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964). Investigar actualmente sobre la crítica de su obra, significa explorar los análisis de una narrativa singular que desde hace varias décadas se ha convertido en motivo de estudio en casi todas las Universidades de Occidente. Pero, esa singularidad no fue siempre reconocida.

Si bien, el microcorpus de sus primeros cuatro libros (Fulano de tal, 1925; Libro sin tapas, 1929; La cara de Ana, 1930; y La envenenada, 1931) mereció, a través de un pequeño grupo de escritores y cronistas muy cercano al autor,1 una opinión positiva; a partir de la crítica literaria que emergió hacia 1945, la apreciación de su obra cambió sustancialmente.

Con la aparición de este conjunto de críticos surgidos a través del semanario Marcha y algunas revistas literarias, como Clinamen y Número, la posterior obra de Hernández se verá abordada durante un largo período por dos sectores: uno que lo valora desfavorablemente (promovido por Emir Rodríguez Monegal), y otro de forma positiva (encabezado por Ángel Rama), que a través de sus alternancias en espacios de poder defenderán su postura. A lo largo de varias décadas, fueron innumerables las polémicas en que intervinieron los integrantes de estos grupos; de este modo resulta interesante observar, desde una perspectiva actual, un panorama de la crítica sobre la obra de Hernández, a través del enfrentamiento entre sus dos principales figuras.

El primero de estos críticos que escribió sobre el autor fue Rodríguez Monegal, poco después de asumir la dirección de la página literaria de Marcha.2 Por medio de un artículo titulado “Nota sobre Felisberto Hernández”, intenta aproximarse al análisis de tres obras: Por los tiempos de Clemente Colling,3 El caballo perdido4 y “Las dos historias”.5 Decimos que es un intento, ya que el crítico se limita a enumerar los errores estilísticos y de sintaxis que en su opinión poseen dichos relatos. De esta forma, acerca del primero señala que

cada página de la narración reconstruye con paciencia un momento pasado, pero esa delicada reconstrucción no significa recuperación; significa sólo esfuerzo tenaz. La imposibilidad de lograr la posesión viva del recuerdo otorga una suerte de solitaria y quieta angustia al tono sencillo, apenas irónico, y a la descuidada sintaxis en que están dichas estas experiencias humanas. (Rodríguez Monegal, 1945: 15).

Con respecto al sentido de las evocaciones que el escritor intenta darles en El caballo perdido, observa que “ese misterio no arranca de las cosas ni se logra al desnudarlas de apariencias, sino que es producido por la impotencia del creador al no penetrar la anhelada desnudez, al vestirla de prejuicios y palabras desvaídas. Es un misterio falsificado” (1945: 15). También señala que los procedimientos estilísticos de Hernández se caracterizan por “las ambigüedades en la exposición lógica y la imprecisión en la sintaxis -un estilo pleno de incorrecciones y coloquialismos” (1945: 15).

Acerca de estas irregularidades sintácticas, que Rodríguez Monegal retomará en sus siguientes artículos, Nicasio Perera San Martín sugiere que pueden deberse a “la concreción de un rasgo estilístico trabajosamente elaborado” (Perera San Martín, 1977: 246), mediante el cual se justificarían esas supuestas torpezas que ya no serían producto del descuido o la escasa formación del escritor. Esta tesis a favor de una disposición estilística intencionada y realizada con rigor, también es apoyada por algunas declaraciones de quienes lo conocieron con profundidad,6 que destacan su permanente preocupación por releer y corregir sus textos con persistencia.

Más adelante, el crítico realiza un juicio valorativo, pero antes de citarlo, resulta interesante observar lo que le expresara en una entrevista a Roger Mirza,7 en noviembre de 1985: “Yo escribí una nota sobre Felisberto en «Marcha» que nadie va a leer porque en este país se habla sin leer. Esa nota dice que Felisberto es un escritor de la categoría de Kafka y de Joyce.8 Y si usted tiene alguna duda vaya a consultar la colección de «Marcha»”. (Mirza, 1985 c: 10). La cita a la que se refiere Rodríguez Monegal es la siguiente: “Sería interesante indicar los contactos superficiales y las diferencias radicales con Proust, Kafka y Rilke” (1945: 15). Es evidente, que decir que la obra de Hernández tiene contactos superficiales y diferencias radicales con Proust, Kafka y Rilke (no Joyce), no es lo mismo que decir que Hernández tenga la categoría de aquellos. Es indudable que, en el año 1945, Rodríguez Monegal había leído la crítica realizada con anterioridad sobre la obra de Hernández; de esta forma, tenemos la sospecha que en aquella nota, lo que estaba haciendo era una alusión indirecta a los artículos en los que se comparaba la obra de Hernández con alguno de estos escritores.9 En cierta medida, la intención del crítico era desautorizar dichas comparaciones, de ahí el señalamiento previo y reiterado de los supuestos fallos estilísticos y el fracaso en el logro de ciertas imágenes. Paradójicamente, la nota finaliza anotando “que nuestra literatura actual proporciona pocos textos tan interesantes, tan vivos como estos de Felisberto Hernández” (1945:15).

En agosto de 1947 Rodríguez Monegal inaugura en Marcha una sección sobre reseñas de revistas literarias. La primera que aparece es sobre Alfar,10 en la que figura el cuento “Mi primer concierto”, de Hernández. Como confirmando lo contradictorio del juicio final de la nota anterior, aquí señala escuetamente que se trata de un “relato laxo, que se recobra algo al final. La descripción, como siempre, vacilante, insegura. Algunos rasgos de humor que nadie agradecerá: «Era el (espíritu) de Bach y debía estar muy lejano»” (Rodríguez Monegal, 1947: 15).

Ese año se edita en Buenos Aires Nadie encendía las lámparas.11 El volumen, según expresa Hernández en su Autobiografía,12 “figura en el «Libro del Mes» y en «La Cámara del libro Argentina» entre los mejores de 1947” (Hernández, 1987: 74).13 La revista Sur, de la vecina orilla, en su sección “Revista de libros”, presenta una serie de breves reseñas firmadas por Arturo Sánchez Riva. Entre ellas se destacan los comentarios sobre Viaje al corazón de Quevedo, de Pablo Neruda; Gran Chaco, de Raúl Larra; Nueve dramas, de Eugene O´Neill; y Nadie encendía las lámparas, de Hernández. La reseña de este último libro figura en primer lugar. Allí, el periodista destaca las “llamativas imágenes y prosa esmerada” (Sánchez Riva, 1947: 132), y finaliza señalando que “este libro de cuentos se impone a fuerza de talento literario”. En contraposición a estos hechos, las páginas literarias de Marcha no dan cuenta de la edición de este volumen, y en el “Panorama bibliográfico” correspondiente a ese fin de año, Rodríguez Monegal en el breve espacio que destina a las letras nacionales, tampoco lo menciona.

Habrá que esperar unos meses y fuera del semanario,14 para que este crítico escriba una nota sobre dicho libro. En el Nº 5 de la revista Clinamen, de mayo-junio de 1948, Rodríguez Monegal no sólo arremete contra la obra de Hernández, sino que también se refiere a cuestiones personales del autor. Allí, sostiene que

el escritor no se reconoce límites, ni siquiera los impuestos por la sobriedad o el ingenio. La mano o el ojo, ven, tactan todo. Y al abalanzarse sobre las formas más mezquinas de lo material, abundan también en lo malsano. Ya el muchacho de El caballo perdido (1943) levantaba las fundas o polleras de las sillas para mirarles las patas o el asiento. Aquí este mismo niño, crecido pero ostentando una soltería infeliz e impotente (o si se prefiere, contaminado por una solterona), sigue levantando otras fundas o fisgoneando por las puertas. (…)

Es claro, debí haber empezado por decir que hay un niño detrás de este relator. Ese niño está ahí, fijado irremediablemente en su infancia, encadenado a sus recuerdos por la voluntad de Hernández, y forzado a repetir -abandonada toda inocencia- sus agudezas, sus precocidades de antaño. (…)

Porque ese niño no maduró más. No maduró para la vida ni para el pensamiento, no maduró para el arte ni para lo sexual. No maduró para el habla. Es cierto que es precoz y puede tocar con sus palabras (después que los ojos vieron o la mano palpó), la forma instantánea de las cosas. (Alguien afirmará que esto es poesía). Pero no puede organizar sus experiencias, ni la comunicación de las mismas; no puede regular la fluencia de la palabra. Toda su inmadurez, su absurda precocidad, se manifiesta en esa inagotable cháchara, cruzada (a ratos), por alguna expresión feliz, pero imprecisa siempre, fláccida siempre, abrumada de vulgaridades, pleonasmos, incorrecciones. (Rodríguez Monegal, 1948: 51-52).

Se observa, que la intención de Rodríguez Monegal hasta aquí, es realizar un análisis de la personalidad del escritor que está por detrás de esas páginas, y no del contenido del libro. Un estudio, que se intenta construir a través de algunos conceptos que denotan proximidad con el psicoanálisis. El artículo termina con una “nota”, en la que el crítico pretende indicar algunas incorrecciones estilísticas que, en algunos casos, llegan al extremo de lo puntilloso. Veamos algunos ejemplos:

En la página 10 escribe: «todos estábamos parados» por «todos estabamos de pie». (…) En la página de enfrente cuenta: «Cuando estaba por dormirme, arrollé sin querer los dedos de los pies» por «encogí sin querer». (…) En la página 116 calcula: «Deseaba que hubiera poca gente porque así el dessastre [sic] se comentaría menos; además habría un promedio menor de entendidos». (Quiere decir, es claro, un número menor, etc.). (1948: 52).

En un artículo publicado en Marcha el 1º de octubre de 1954, en respuesta a una carta de un lector, Rodríguez Monegal se refiere a la función social de la crítica, señalando que el crítico “escribe para el público. No escribe para corregir defectos o ensalzar virtudes (quemar incienso o arrojar vitriolo). Escribe sí, para fijar patrones estéticos, para marcar niveles con ejemplos concretos, para llamar la atención sobre una obra valiosa y no advertida, o para denunciar una obra importante pero errónea” (Rodríguez Monegal, 1954: 14). Es evidente, que estos conceptos no son los mismos que los empleados en el artículo publicado en la revista Clinamen. En aquel, sí se escribió para corregir defectos y apenas se fijaron patrones estéticos. El artículo que se refería a la función de la crítica, lo escribió siete años después de la nota sobre Nadie encendía las lámparas. Se podrá decir que el crítico pudo haber cambiado de idea en el interludio. Cuando se observe el siguiente escrito sobre Hernández, de 1961, se podrá apreciar por cuál postura se decidió Rodríguez Monegal, por lo menos, en lo que se refiere a la obra de este escritor.

Una circunstancia azarosa a señalar, es que en la misma página en donde finaliza el artículo de Clinamen, comienza otro titulado “Generación va y generación viene”. Se trata de uno de los primeros artículos escritos por Ángel Rama,15 en el que expresa su opinión sobre el debate generacional.16

Es interesante recordar que unos meses atrás, Rodríguez Monegal había escrito en Marcha un breve comentario sobre el primer artículo que había publicado Rama,17 en el que se puede descubrir el germen de una rivalidad que no tendrá fin. Allí, Rodríguez Monegal sostiene que es un “examen valioso, aunque demasiado esquemático” (Rodríguez Monegal, 1947: 15). Finalizando que “sería de desear que Rama ampliase su estudio”.

En 1948, Hernández regresa a Montevideo luego de usufructuar una beca en Francia y, según informa José Pedro Díaz, tiene “la alegría de ver publicado en la revista Asir y aún en un periódico, La Mañana, un juicio laudatorio de quien era por esas fechas el maestro de la crítica literaria del Uruguay, don Alberto Zum Felde”18 (Díaz, 2000: 131). Como contrapartida, se entera de la última nota de Rodríguez Monegal. Al respecto, María Inés Silva Vila en su libro Cuarenta y cinco por uno, recuerda sus encuentros con Hernández, y

la manera casi despavorida que tenía de comentar las cosas, sobre todo los artículos de Emir Rodríguez, a partir de una mentada crítica que le hizo. Emir … con Felisberto se equivocó. … Por lo que recuerdo, más que hacer una crítica de su obra, intentó sicoanalizarlo y se lo perdió. Las manos cortitas de Felisberto se aturullaban más que nunca al hablar del episodio. (Silva Vila, 1993: 66).

En octubre de 1949, con motivo de una pausa de Rodríguez Monegal en Marcha, se hacen cargo de la dirección de la página literaria Rama y Manuel Flores Mora. Un mes más tarde se desata una intensa polémica con motivo del fallo del “Concurso de remuneraciones a la labor literaria” correspondiente a 1948 y otorgado por el Ministerio de Instrucción Pública. Por un lado está Rodríguez Monegal, integrante del jurado, y por otro Rama y Flores Mora cuestionando la capacidad de algunos miembros del jurado y catalogando de vergonzoso el fallo, en el que señalan, entre otras cuestiones, la omisión de una “elemental mención para Felisberto Hernández” (Flores Mora - Rama, 1949: 15). El debate se prolonga hasta el mes siguiente, en el que Rama aprovecha para publicar “El cocodrilo”,19 como reafirmando el concepto anteriormente citado.20 Este desafío está acompañado por la revista Escritura, que pocos meses después publica el relato “Las Hortensias”,21 escrito por Hernández durante su estadía en Francia. Este hecho es anunciado por Rama en la sección “Gaceta” de Marcha del 10 de marzo siguiente y será el motivo de su primer texto sobre la obra de Hernández, publicado el 28 de abril de 1950. Allí sostiene provocativamente que “sus libros, y muy especialmente la estupenda colección Nadie encendía las lámparas señalaron -esto es preciso repetirlo porque a los críticos mentecatos las anteojeras no le permitieron notarlo- una modificación sustancial en nuestra narrativa” (Rama, 1950 b: 15), en clara alusión a las palabras de Rodríguez Monegal. Y continúa expresando que “después de repetir durante años con poco o mucho acierto los moldes novelescos que en nuestras letras acuñara un Acevedo Díaz, entre otros, Felisberto Hernández presenta de pronto una materia y una forma distintas, absolutamente originales” (1950 b: 15).

En 1959, en un número especial de Marcha con motivo de los veinte años desde su publicación, mientras Rama realiza un extenso artículo en el que la obra de Hernández es la más destacada, junto a la de Juan Carlos Onetti;22 Rodríguez Monegal se limita a dar un panorama histórico-literario del período, sin realizar destaque de escritores.23

En 1960, editorial Alfa publica el libro La casa inundada.24 El relato homónimo obtiene una mención en el Concurso literario de ANCAP (Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland).

Con Rodríguez Monegal definitivamente alejado de Marcha, Rama reasume la tutela de la página literaria y no demora en marcar un perfil distinto. Inmerso en un período fuertemente influido por el triunfo de la Revolución cubana, la sección realiza un giro hacia el continente mestizo. Esto trae como resultado una jerarquización de las letras latinoamericanas y una atención especial en las nuevas promociones literarias de nuestro país. De este modo, se dejan de lado varios aspectos destacados por la gestión de Rodríguez Monegal, como el culto a la civilización sajona, y la aplicación de la estilística y el psicoanálisis como instrumentos para la crítica. Rama se inclina por una apertura hacia la sociología, la antropología y el marxismo. Este cambio, además, se refleja en la edición del 11 de noviembre de 1960, en que el semanario dedica tres páginas para homenajear a Hernández, con motivo de sus treinta y cinco años de escritor, a través de textos de Rama, Lucien Mercier y José Pedro Díaz.25

Unas semanas después, Rama revela una encuesta titulada “¿Qué leen los uruguayos?”,26 realizada a algunos editores y libreros de Montevideo, en la que Benito Milla señala que ya lleva vendidos setecientos ejemplares de La casa inundada, de Hernández.

Inmediatamente, Rodríguez Monegal, desde la dirección de la página literaria del diario El País, publica un artículo sobre la obra de Hernández, titulado “Uno de nuestros escritores malditos”. Haciéndose eco de la encuesta publicada en Marcha en la que se informaba la cantidad de ejemplares vendidos del último libro del escritor, el crítico se pregunta: “¿Habrá llegado la hora de la fama para este narrador maldito?” (Rodríguez Monegal, 1961: 8). Y, a continuación responde: “Sí, a juzgar por lo que escriben sus apologistas: obra maestra, creación artística de perfecto rigor en la línea de Proust, de Kafka, del mejor superrealismo. No, de acuerdo con otros críticos. En estas mismas páginas, Ruben Cotelo reiteró a propósito de La casa inundada los reproches que se hicieron a Nadie encendía las lámparas en 1948…” (1961: 8).27 De este modo, el crítico nos revela que su juicio sobre la obra de Hernández no ha cambiado, y que ahora se siente respaldado por un cómplice en la persona de Cotelo.28 Al mismo tiempo, continúa refutando sus declaraciones, ya citadas, en las entrevistas de Mirza y Campodónico, acerca de las proximidades del autor con Kafka y otros, desde el momento que señala que esa tesis es la que sostienen los apologistas de Hernández, y no Cotelo que reitera los reparos que él ya hiciera. Mas adelante, observamos que el articulista inicia un leve reconocimiento de la obra de Hernández, sosteniendo que “con la perspectiva del tiempo, no es difícil reconocerle virtudes. Ha mejorado increíblemente su sintaxis o ha mejorado la sintaxis de sus amigos. Administra mucho mejor el humor y la poesía. Usa y generalmente no abusa del tono socarrón, de pobre inocente, que es su marca de fábrica” (1961: 8). Pero, todo ello en un tono irónico y despectivo. Además, a continuación nos damos cuenta que este reconocimiento forma parte de una estrategia retórica, en la que primero se ponderan algunos aspectos menores, para después intentar destruir otros más importantes. Ya que de inmediato declara que para ser el gran autor que sus amigos proclaman le falta a Hernández estatura y profundidad. Sus hallazgos son de detalle. Cada cuento se basa en una intuición que daría para un aforismo, para el resumen de un apunte, de esos que los poetas hacen en altas horas de la mañana. De allí no pasa Hernández. Esa intuición no se ahonda, ese apunte no se integra, el cuento no camina. Frases aisladas, aquí y allí, demuestran que hay una sensibilidad, alguna obsesión y muchas frustraciones. (1961: 8).

Unas líneas más abajo, renueva esa estrategia aceptando que “la materia prima existe. En la obsesión por personajes débiles, absorbidos o domados por mujeres viejas y gordas, en los excesos sentimentales de sus criaturas, en sus fantasías eróticas con muñecas, en sus moderados caprichos de voyeur literario, hay un tema” (1961: 8). Pero, enseguida reanuda el ataque sosteniendo que el aplauso a coro de sus admiradores no logra disimular “que no se organice jamás, que no consiga sino chispazos de poesía, que quede siempre en deuda con la invención” (1961: 8). Queda claro que en este artículo no se nota la intención de psicoanalizar al escritor, ni dar cátedra sobre posibles errores estilísticos, como había sucedido en el anterior. Pero, sí se mantiene la misma disposición irónica y despreciativa.

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Claudio Paolini Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/paolini.html CopyLeft
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