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Felisberto Hernández: Escritor maldito o poeta de la materia - Vida y obra de Felisberto Hernandez (II)

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Artículo creado por Claudio Paolini. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/paolini.html
17 de Septiembre de 2006
Poesía

2 - Vida y obra de Felisberto Hernandez (II)

Hernández fallece en la madrugada del 13 de enero de 1964. Varios son los críticos que despiden al escritor.29

En Marcha, Rama también lo homenajea con el artículo “Burlón poeta de la materia”, en el que realiza un panorama de la vida y obra del autor. Lamentándose por el suceso, señala que

familiares, algunos escritores, artistas y filósofos, lo despedían. Roberto Ibáñez, a nombre de ellos, dijo su fe en el reconocimiento de su obra literaria para dentro de veinte años, y nada más triste que esta exacta referencia a la situación de Felisberto Hernández en nuestras jerarquías culturales. Resulta casi increíble que sobre su cadáver todavía deba pelearse esta afirmación: ha muerto uno de los grandes narradores del Uruguay, de los más originales, auténticos y talentosos. Tener que decirlo así, en tono polémico, o, como Ibáñez, tener que remitirse al reconocimiento futuro, es comprobar la inercia del país para percibir el arte cuando no nace en el mundillo agitado y frívolo de los que se creen dueños de la cultura, cuando nace fuera del trillo convencional que esos mismos han decretado para la literatura, sin que nadie sepa con qué autoridad o conocimiento. (Rama, 1964: 30).

Y más adelante, destacando la capacidad del autor para cosificar el mundo circundante, expresa que “en ningún escritor nuestro, ni siquiera en aquellos sensuales, como Onetti, he encontrado un tan intenso e interior regusto de la vida material, como en Felisberto, aunque claro está que no en las formas naturales sino en aquellas íntimas e insólitas que esta materia puede esconder. Se le podría definir como el poeta de la materia” (1964: 30).

Nueve días después del artículo de Rama, también lo despide Rodríguez Monegal, desde las páginas del diario El País, con el artículo “Un escritor original”. Ya desde el título se trasluce un cambio en la actitud del crítico, debido seguramente al característico respeto que se impone cuando se está hablando de alguien recientemente desaparecido. Debemos convenir que aquí sí, Rodríguez Monegal se aproxima a las pautas que apuntara en aquel artículo ya citado, sobre la función social de la crítica. Uno de los primeros conceptos que señala, es el que Hernández contaba con pocos lectores, pero algunos “tan calificados como Carlos Vaz Ferreira, tan leales como Esther de Cáceres, tan elocuentes como Jules Supervielle” (Rodríguez Monegal, 1964: 8). El resto de la nota, consiste en realizar un breve repaso de la obra del autor. Llegado el momento de referirse a Nadie encendía las lámparas, el crítico explica que se había animado a

escribir una reseña para la revista Clinamen en que analizaba algunas … obsesiones. Eso bastó para que la capilla me contara, inmerecidamente, entre los peores enemigos de Hernández y para que el propio autor (con un sentido del grotesco que era envidiable) fingiera ante mí un terror sacrosanto. La verdad era menos espectacular: siempre pensé que había en Hernández un escritor de grandes dotes pero malogrado por la adulación de los amigos. (1964: 8)

Es indudable, por lo que ya señalamos en relación con los artículos anteriores, que las razones para que se tuviera a Rodríguez Monegal como uno de los peores, sino el peor enemigo del autor, no habían sido tan inmerecidas como expresa ahora el crítico. Y, el que Hernández fuera un escritor de grandes dotes, no fue un juicio que se reflejara en ninguno de los artículos anteriormente citados. En relación con La casa inundada, el crítico sostiene que dicho relato “sirvió para demostrar que Hernández seguía produciendo su obra extraña, personal, cómica y a la vez profundamente neurótica. Asimismo demostró que una nueva generación de lectores podía sentirse atraída por él pero nunca entusiasmada, como ante Espínola, ante Morosoli, ante Onetti, escritores que realmente tocan la sustancia humana más general” (1964: 8). Y más adelante agrega que “una visión puramente crítica de Hernández debe subrayar ante todo su carácter de creador fuera de serie, lo que no significa de ninguna manera un genio”. Finalmente, declara que

lo increíble es que limitado por estos gustos (Las Hortensias es la crónica delirante del amor del protagonista por unas mujeres de goma, con circulación de agua caliente en sus venas falsas) Hernández haya sido capaz de escribir algunos relatos que se levantan sobre lo meramente morboso e introducen una visión cómica, irónica y hasta poética del Uruguay de los años veinte y treinta que es el momento de su mayor felicidad de cronista. Por esos cuentos y por las evocaciones de Clemente Colling se conservará en nuestra literatura el nombre de Felisberto Hernández.

Al morir, aliviado del desdén de las masas lectoras y del incienso de la capillita. Hernández puede ingresar en la literatura uruguaya junto a un Isidoro de María, un Daniel Muñoz, un Roberto de las Carreras, es decir: junto a esos escritores que no están en la gran corriente creadora nacional pero alimentan zonas marginales y fecundan tierras desconocidas (1964: 8).

Es evidente que aquel tono pesadamente burlón y agresivo de los artículos anteriores, deja su lugar a un estilo más parco, más respetuoso si se quiere.

Tres meses después de estos artículos se produce otra polémica en la que participan ambos críticos. En esta oportunidad Rodríguez Monegal se sirve de la novela El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, para vislumbrar una semejanza entre lo allí narrado y la revolución cubana, y de ese modo atacar a ésta. En contraposición, Rama descarta dicha relación en forma documentada y oficia de defensor de Carpentier y la isla.30

En 1965, editorial Arca publica póstumamente el volumen Tierras de la memoria.31

La década del sesenta también está impregnada por el debate siempre latente acerca de los rasgos literarios de la generación, que Rodríguez Monegal denomina del 45, y Rama crítica. Esto se verá plasmado, primeramente con la publicación del libro Literatura uruguaya del medio siglo (1966), de Rodríguez Monegal; y después La generación crítica (1972), de Rama.

En lo que respecta a Hernández, Rodríguez Monegal en su libro avanza un poco más en el reconocimiento del escritor. En el apartado que menciona a la generación cuya fecha central de gestación ubica en 1932, el crítico señala que ésta “cuenta con algunos escritores muy importantes, como Morosoli, Hernández y Espínola” (Rodríguez Monegal, 1966: 50), ubicándolos en un mismo nivel. Acerca de esto, recordemos que en su última nota, Rodríguez Monegal había expresado, como ya citamos, que los lectores de Hernández nunca podrían entusiasmarse del mismo modo que lo harían ante la obra de Espínola, Morosoli y Onetti. Juicio distinto del anotado en este libro. En cuanto a Rama, también se refiere a él en el capítulo sobre el ensayo. Allí señala que su doble postura de crítico y practicante lo “ha llevado en estos últimos años a una exasperación del juicio cuando trata autores nacionales contemporáneos que no beneficia su autoridad como juez literario” (1966: 373). No obstante, enseguida reconoce que “su obra de recuperación del pasado nacional, aunque todavía escasa y dispersa, es en cambio mucho más valiosa y ya contiene páginas recordables” (1966: 373). Pero a continuación, y refiriéndose al compromiso de Rama con la Revolución cubana, vuelve a emplear su estilo irónico sosteniendo que el crítico

se ha transformado en nuestro medio en el portavoz del oficialismo cubano. Su ardor monocorde, su tendencia rocambolesca a denunciar las peores motivaciones en quienes no acatan sus oscilantes decretos, su asunción permanente del tono de voz más chirriante (para él el alarido parece la forma natural del discurso), han terminado por fijar la imagen de un obseso que a la larga hace sospechosa la causa que pretende representar. Un McCarthy provinciano es su mejor caracterización. (1966: 373).

Sus opiniones sobre este crítico no variaron demasiado hasta el final, dado que en la entrevista concedida a Mirza, ya mencionada, sostiene mordazmente que entre ellos no habían tenido “una polémica seria sobre nada, porque yo soy un especialista en crítica literaria y Rama un publicista. Rama como crítico para mí no existe, nunca existió” (Mirza, 1985 b: 9). Pero, a continuación reconoce que Rama “es una de las personas que ha hecho una obra más grande para la difusión de nuestra literatura. La Enciclopedia Uruguaya, por ejemplo, es admirable y fuera del país la Biblioteca Ayacucho que es una gran obra” (1985: 9). En cuanto al libro La generación crítica, sentenció de forma despectiva que “es la guía de teléfonos del Uruguay. Es un libro brillante para leer, pero usted se encuentra con 780 escritores en Uruguay y nadie se va a tomar en serio un libro crítico que hable de 780 escritores en dos o tres puntos” (1985: 9).

Mientras se publica el libro de Rodríguez Monegal, se desata otra controversia a raíz de la invitación que este crítico realiza al escritor cubano Roberto Fernández Ratamar, para colaborar en la revista Mundo Nuevo que aquel dirigirá desde París. La negativa del escritor, por considerar que la revista está vinculada al Congreso por la Libertad de la Cultura, ente financiado por la CIA, desencadena un largo cruce de cartas y artículos que se publican en Marcha y en otros medios americanos, a favor y en contra de esta tesis, en el que intervienen los ya citados escritores, más Rama, Aldo Solari, Benito Milla, Hugo García Robles y Mario Vargas Llosa, entre otros.

A propósito de Vargas Llosa, y con la intención de representar aún más la rivalidad que existió entre los dos críticos uruguayos, resulta oportuno evocar lo que expresara poco después de la muerte de Rama:


Todo organizador de simposios, mesas redondas, congresos, conferencias y conspiraciones literarias, del Río Grande a Magallanes, sabía que conseguir la asistencia de Ángel y de Emir era asegurar el éxito de la reunión: con ellos presentes habría calidad intelectual y pugilismo virtuoso. (…) las diferencias entre ambos uruguayos fueron providenciales, el origen de los más estimulantes torneos intelectuales a los que me ha tocado asistir, una confrontación en que, gracias a la destreza dialéctica, la elegancia y la cultura de los adversarios, no había nunca un derrotado y resultaban ganando, siempre, el público y la literatura.32

En 1968, Rama prepara el fascículo número 29 de la colección Capítulo Oriental dedicado exclusivamente a Hernández, y acompañado por el libro El cocodrilo y otros cuentos.33 Es una edición con profusa cantidad de fotos del autor, algunos textos inéditos y un extenso artículo sobre su labor literaria.34 Acerca de las características de la obra hernandiana, Rama señala, entre otras consideraciones, que a través de la construcción de sus narraciones intentó siempre abarcar un mundo poético, y aclara:

Entendámonos: no intentó agregar poesía a la prosa narrativa, como del otro lado del Plata hizo Ricardo Güiraldes; sino que, un poco a imagen de la conducta de los ultraístas (piénsese en Ramón Gómez de la Serna) se desentendió de las reglas convencionales acerca de los géneros literarios y consideró que la obra de arte era una invención de poesía. (Rama, 1968: 452).

La década del 70 encuentra a la obra de Hernández en pleno reconocimiento. Esto queda reflejado en la publicación de sus Obras Completas; la traducción de varios de sus textos al francés, italiano, portugués y alemán; la inclusión de muchos de sus cuentos en antologías hispanoamericanas; la profundización del análisis de su obra en el ámbito internacional, a partir del libro editado por Alain Sicard;35 y la ponderación de su narrativa por parte de escritores reconocidos mundialmente, como Julio Cortázar, Italo Calvino, Onetti y Gabriel García Márquez, entre otros.

Asimismo, esta década y el inicio de la siguiente encuentran a Rodríguez Monegal y a Rama en el exilio, y desempeñándose, entre otras actividades, como docentes universitarios.36 Acerca de un Encuentro académico en el Mont Clair College, en marzo de 1980, Rama comenta en su Diario 1974 - 1983 una intervención de Rodríguez Monegal, describiéndola como “discurso laxo e incoherente repitiendo, en inglés, lugares comunes y comentarios irrelevantes; asombrosa decadencia de un hombre que fue allá en nuestro país un scholar que trabajaba con muy escaso horizonte intelectual pero con alguna seriedad académica” (Rama, 2001: 141).

El último texto sobre Hernández publicado por estos dos paradigmas de la crítica uruguaya del 45, también es de Rama. Se trata de un artículo aparecido en un número especial de la revista Escritura, consagrado al escritor.37

Rama fallece el 27 de noviembre de 1983, y dos años después Rodríguez Monegal, el 14 de noviembre de 1985. Pocos días antes de morir, este último crítico, en la ya citada entrevista a Mirza, avanza aún más en su reconocimiento del escritor, al punto de manifestar insólitamente: “A Felisberto Hernández lo descubrí yo” (Mirza, 1985 c: 10). También, expresa que cuando había escrito sobre el autor “sabía perfectamente lo que decía. Rama, con su enorme talento para la intriga y la superchería desde ese momento me acusó. Felisberto se lo creyó y entonces me convertí en el enemigo de Felisberto. Nunca he escrito ninguna línea contra Felisberto” (1985 c: 10). Como ya hemos visto, esta visión tan simplista de los hechos no se condice con lo que sucedió. Más adelante, sostiene que desempeñándose como profesor en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, en un número de homenaje al semanario Marcha organizado por la revista Fiction, había logrado la inclusión de “El cocodrilo”;38 y que tiempo después, con la realización de una antología en dos tomos sobre literatura latinoamericana, en inglés, quiso incluir dos cuentos de Hernández, pero una de las hijas del escritor no lo autorizó.

De este modo, estas declaraciones demuestran su intención por dejar enterrado en el pasado aquel tono irónico, y constituyen la aceptación definitiva de la obra de Hernández por parte de su mayor disidente. En conclusión, representan el reconocimiento de un escritor que, como expresara Jules Supervielle en 1943,39 “tiene el sentido innato de lo que será clásico un día” (Supervielle, 1943: 5). Una frase premonitoria, si se tiene en cuenta la recepción de la obra de Hernández en las últimas décadas.

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