La tensión entre comunidades orales y escritas y la supremacía de las segundas sobre las primeras se inicia en América Latina con la llegada de los europeos y la posterior imposición del idioma, que era empleado como estandarte de poder:
La escritura corresponde a la vez a una práctica político-religiosa (la toma de posesión con vistas a su evangelización) y otra jurídica o notarial (dar fe de las responsabilidades individuales implicadas)... La conquista o toma de posesión no se apoya, desde la perspectiva de sus actores, en la supremacía político-militar de los europeos, sino en el prestigio y la eficacia casi mágica que ellos atribuyen a la escritura. A los ojos de los conquistadores la escritura simboliza, actualiza o evoca -en el sentido mágico primitivo- la autoridad de los reyes españoles, legitimada por los privilegios que les concedió, a raíz de la reconquista cristiana de la península ibérica, el poder papal (Lienhard. 1990: 29).
Martín Lienhard llama a la preeminencia de la escritura en la mentalidad de los españoles "fetichización de la escritura" y explica cómo, por medio de ésta, lograron vencer física y psicológicamente a los mexicanos; "La cultura gráfica europea, suplantará, en términos de dominación, la predominantemente oral de los indios, sin que éstos -en su inmensa mayoría- tengan acceso a la primera" (Lienhard. 1990: 35). No es difícil observar cómo este esquema se reproduce desde la conquista hasta hoy y que todavía, a pesar de tener un poco de conciencia del valor de las culturas orales, las comunidades letradas se sienten superiores a éstas en relación con capacidades intelectuales, principalmente.
Durante la conquista, según Todorov, los mexicanos tenían suficientes razones para vencer a los españoles, lo que les falló fue la comprensión de los códigos comunicativos de los adversarios tanto como la idea de mundo, naturaleza e individuo interiorizada por éstos. El triunfo de Cortés se consolidó gracias a su destreza mental para ponerse al mismo nivel de los mexicanos (a través del conocimiento y la reproducción de algunos de sus imaginarios) para, de esta manera, dominar a toda la comunidad con mayor efectividad.
El mundo imaginado por los españoles era diferente al imaginado por los aztecas:
Toda la historia de los aztecas, tal como se cuenta en sus propias crónicas, está llena de profecías cumplidas como si el hecho no pudiera suceder si no ha sido anunciado previamente... el mundo se plantea de entrada como algo sobredeterminado; los hombres responden a esta situación reglamentando minuciosamente su vida social. Todo es previsible y por lo tanto todo está previsto, y la palabra clave de la sociedad mesoamericana es: orden... En la sociedad india de antaño, el individuo no representaba en sí mismo una totalidad social, sino que sólo es el elemento constitutivo de esa otra totalidad, la colectividad... el porvenir del individuo está ordenado por el pasado colectivo: el individuo no construye su porvenir, sino que éste se revela (Todorov. 1987: 75).
Cuando la comunidad se fragmenta el grupo se desestabiliza, esta es la estrategia empleada por Cortés para lograr la victoria: conocer las categorías cosmogónicas de los aztecas y luego desintegrarlas.
Otra ventaja de Cortés -según Todorov- fue aprovecharse del manejo del tiempo de los aztecas, que también era diferente al de los europeos: mientras que para los aztecas el tiempo se medía por ciclos relativamente cortos y cada uno debía realizarse de acuerdo con presagios ya establecidos, el tiempo para los españoles transcurría de manera lineal. "Es la conquista una vez más, la que confirma la concepción cristiana del tiempo, que no es un retorno incesante, sino una progresión infinita hacia la victoria final del espíritu cristiano" (Todorov. 1987: 102).