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Formas literarias del compromiso en la narrativa mexicana del fin del milenio - La literatura mexicana de fin de milenio (II)

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CopyLeft Artículo de María del Mar Paúl Arranz - 17 de Septiembre de 2006
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2. La literatura mexicana de fin de milenio (II)

Unos años antes, este autor se había ocupado en Guerra en el paraíso del movimiento armado encabezado por Lucio Cabañas en el estado de Guerrero en los años 70. En la novela, como él mismo reconoce, se escenifican las ideas que luego habría de plantear en Chiapas a propósito de la rebelión del ejército zapatista. Aquí, sostiene, por ejemplo, que estos grupos armados están apoyados por intensas redes familiares y que esto es, a la postre, lo que dificulta su desarticulación. “Por ello -dice- deben verse dos facetas. Una, el surgimiento de un grupo de formación militar; otra, el descontento popular de la comarca indígena o campesina en que ese grupo se desenvuelve. El primero depende siempre del segundo. Pero la respuesta oficial desde la época de la Colonia ha sido desviar la atención pública hacia causas artificiales” (Chiapas, 50). Ésta es una de las tesis que se puede encontrar en Guerra en el paraíso, al leer sobre los avatares del grupo guerrillero y las posiciones que defienden las fuerzas gubernamentales representadas por las voces de los generales13.

Montemayor proclama su absoluta independencia política e intelectual para adoptar una posición de francotirador o de guerrillero -los términos son suyos-14 y poder practicar en sus dos últimas novelas una auténtica literatura de combate, que adopta, como hemos visto, la forma de ensayo historiográfico en Chiapas. Del mismo modo lo hace, aunque a otra escala más personal, más familiar -por el parentesco que liga al autor de la novela con el protagonista-, Hernán Lara Zavala en Charras, en la que reconstruye -también en la atribución de responsabilidades que apuntan directamente al gobernador del Estado- el asesinato, en 1974, de quien fuera líder estudiantil en Yucatán, Efraín Calderón Lara. En ella, utiliza diferentes voces narrativas, incluidas la del ejecutor del crimen y la de la propia víctima, recortes de prensa y fragmentos de las memorias de Loret de Mola, el gobernador.

Estas tres son las que procuran ceñirse lo más rigurosamente posible al discurrir de los hechos tal como acontecieron. La inclusión de cartas, de declaraciones judiciales, de manifiestos, de artículos periodísticos, la estructuración cronológica así como la absoluta fidelidad a los nombres de los protagonistas son una apelación constante al verismo de lo narrado. En general, la documentación no se ha puesto al servicio de las novelas sino que forma parte de ellas y se nos presenta sin aparente manipulación, como para ahuyentar toda sospecha de ficcionalidad. En muchas ocasiones se diría el novelista renuncia a narrar y se limita a transcribir (En Charras, hay tres capítulos titulados “La prensa” que recogen los artículos que trataron del secuestro del protagonista, incluso con sus erratas). Charras y Huatulqueños, además, adjuntan un epílogo y un apéndice histórico.

Esto no quiere decir que estas obras nos estén pensadas y construidas como objetos literarios (con mejor o peor fortuna), antes al contrario. Ya sea a través procedimientos narrativos para dotar de verosimilitud sus historias (la primera persona, el narrador-editor), o ya sea a través de complejos juegos metaficcionales -o metahistóricos- procuran hacer ostensible ese carácter novelesco. En algunos casos combinan y exhiben abrumadoramente el manejo de los procedimientos técnicos más característicos de la novela del siglo XX, como si fueran un ejercicio literario con el que probar destrezas, aunque eso no lleva aparejado necesariamente la construcción de una trama capaz de involucrar al lector en el mundo que se le presenta15.

Y es que, aunque tratan de hacer una reconstrucción cronológica muy minuciosa, asistimos a una constante dislocación espacio-temporal que recrea la simultaneidad y las múltiples perspectivas. En Charras, por ejemplo, se alternan, en ocasiones sin transición alguna, las personas narrativas y los tiempos de la narración, de tal suerte que los capítulos se suceden como interpolaciones sin apenas ensamble hasta componer una especie de mosaico. En Guerra en el paraíso la acción se fragmenta en infinidad de cuadros o escenas separadas por largos guiones y se acude a tipografías diferentes para marcar tiempos o escenarios distintos. La fragmentación de la historia es posible que no sólo responda a una pretensión de objetividad sino de hiperrealismo, no en vano la ordenación lineal es la forma más elemental de manipulación con que la ficción se distanciaba de la realidad, pero lo que hay que preguntarse es si este fragmentarismo excesivo, que obliga a cambiar de escena y de voces constantemente, tiene consecuencias para la comprensión del relato por parte del lector.

Otras veces, tratan de borrar los signos del código narrativo, pues Los informes secretos, se nos da, sin marco ficcional alguno, como una sucesión de informes burocráticos que a su vez contienen otros informes. La sensación de verdad es tal que, a no llevar la etiqueta del género [novela] en la portada, cabría más de una duda sobre su carácter. De este modo la verdad está injertada en la mentira y la mentira se vende comercialmente como verdad, quizá para llevar al límite el juego borgeano. La trampa se ha trazado con ingenio, pero desde luego no es tarea fácil enfrentar la maraña de datos, nombres y referencias cruzadas que se plantean.

Y otras veces, la abrupta ruptura del marco ficcional, como sucede en Huatulqueños nos obliga a contrastar el sentido de lo leído con la tesis expuesta explícitamente en un añadido historiográfico que se remonta a las crónicas de los conquistadores: «Si Oaxaca es sinónimo de magia y arte, Huatulco es su representación tropical» (331). Dividida en tres partes apenas conectadas (el ahora, el presente y el pasado) Huatulqueños nos ofrece, tal vez la última “crónica” de una comunidad antes de que el desarrollismo turístico arrase con sus modos de vida y su visión del mundo. Pero, después de mostrarnos incesantemente los comportamientos atrabiliarios de sus pobladores, los odios tantas veces sangrientos entre caciques y jefes políticos, la pobreza irredenta, la ignorancia ciega, esa palabras finales nos siembran la duda sobre lo que vale la pena conservar o dejar que irremisiblemente se pierda, si es que el cambio económico acaba con ello16.

No sé si los propósitos que las animan, motivan también en algunos casos la disolución del personaje (Charras, Guerra en el paraíso, Los informes secretos, Huatulqueños), pues aunque tengan nombre, y muchos sean reales, resultan una masa informe, seres desprovistos de antecedentes, que aparecen o desaparecen sin que nos hayan sido presentados. Ni siquiera los parlamentos nos permiten habituarnos a sus voces. Y es que el modo de la narración que sirve para fabricar una mirada objetivadora y múltiple de la realidad apunta, creo yo, a un tipo de lector necesariamente cercano e informado, porque no es posible prescindir del cúmulo de datos de la realidad social, política y hasta geográfica, ni hacer abstracción de la existencia extraliteraria de los personajes, ya que es su calidad de referentes reales lo que confiere valor a sus palabras y permite obtener «una comprensión más abarcante de la historia», la historia entendida, en efecto, como un espacio en el que convergen múltiples discursos que se oponen. Incluso cuando el componente referencial se mantiene en un segundo término, en los nombres pseudocifrados de los personajes, parte de la complicidad buscada, está basada en el reconocimiento de las identidades.

No es ésta una cuestión menor cuando además de levantar acta se pretende ejercer la denuncia y la crítica. Porque confinadas a un ámbito de difusión muy local ¿cuáles son los efectos de su rebelión? ¿cuáles las repercusiones de su combate? Tampoco conviene que nos engañemos. A este respecto no me resisto a citar una palabras de María Luisa Puga que me parecen extraordinariamente atinadas: “La novela sabe ya que su denuncia es parte del gran ritual vacío. Los libros mas certeros en contra del sistema son al mismo tiempo las cartas fuertes culturales que el sistema prodiga a la población en ejemplares económicos y con tirajes masivos. Ese libro en el puesto de periódicos, al alcance del lector más humilde, forma parte del paisaje retórico que ha engendrado la indiferencia en la gente”(174). Con un reducido umbral de lectores y con la experiencia de un sistema que al menos hasta ahora, ha sabido asimilar la discrepancia como justificación de su necesidad, pueden convertirse en banderas de una conciencia histórica que a nadie afecte. Tremenda paradoja ésta y de ser cierta e irresoluble, la evidencia de un fracaso.

En fin, muchas veces antes la ficción ha sido tomada como mero vehículo de representación, el revestimiento que no impide tratar en términos de verdad aquello de lo que se habla y donde, a menudo lo novelesco, vale decir, la trama, los personajes, y el argumento, se han supeditado al rigor documental o se han reducido a su mínima expresión, cuando no eliminado, para no inducir al lector a creer que se encuentran ante una simple novela17. Pero como señala Díaz Migoyo “el carácter ficticio de la narrativa novelesca radica no en lo que tiene de verdad o de mentira, sino en lo que tiene de verdad evidentemente falsa o de mentira cuya transparencia la anula como tal mentira”(17). Si no aceptamos este principio, que nos permitiría referirnos a ellas como novelas, habremos de buscar otro nombre para designarlas. Si lo aceptamos, su dimensión testimonial, y sobre todo documental, no debe ensombrecer su consideración de productos estéticos hasta el punto de desvirtuarla. La documentación en la novela no implica convertirla en documento. Los artificios narrativos no sólo pueden aportar múltiples puntos de vista y penetrar en las capas más profundas de la conciencia individual y social, sino que es posible también desvelar motivaciones o aventurar juicios, más o menos implícitos, que serían inadmisibles en otro tipo de discursos, porque sólo al novelista, en cuanto hacedor de ficciones, se le exime de justificaciones sobre lo narrado. Lo real se opone a lo ficticio o a lo supuesto porque en lo ficticio nada está sujeto a prueba de verdad, ni a pruebas de contraste siquiera. Por eso, aunque los sucesos, los escenarios y los personajes sean comprobables, literariamente esto no tiene importancia. Y desde este supuesto se ha ficcionalizado muchas veces la experiencia personal, como un recurso de salvaguarda, y se ha renunciado a otras formas literarias memorialísticas. Por eso, y porque el tratamiento propiamente novelesco, posee unas condiciones de universalidad de las que están exentos el reportaje periodístico y el ensayo, cuando se refieren a hechos singulares.

Autor y licencia de 'Formas literarias del compromiso en la narrativa mexicana del fin del milenio - La literatura mexicana de fin de milenio (II)'
María del Mar Paúl Arranz Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/mexicana.html CopyLeft
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