



[1] Estas denominaciones pueden encontrarse en su mayoría en Kohut, Karl (ed.), Literatura mexicana hoy. Del 68 al ocaso de la revolución I (1991) y Literatura mexicana hoy. Los de fin de siglo II (1993). Publicaciones del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Católica de Eichstätt. Serie Actas 9-10.
[2] George Steiner,”El género pitagórico”, en Lenguaje y silencio, Barcelona, Gedisa, 2000, (pp.106-122) p. 114. Desde su nacimiento hace más de dos siglos el periodismo ha estado ligado a la literatura, tanto en espacios como en técnicas. En el siglo XX autores como John Dos Passos, Ernest Hemingway o Truman Capote, entre otros muchos, plasmaron esta simbiosis.
[3] Si aceptamos que el carácter ficcional es definitorio de lo que llamamos novela, muchas de las obras denominadas entre la crítica más reciente como “literatura de hechos” o “novelas de la no ficción”, en las que se encontrarían algunas de las aquí mencionadas, no lo serían. Como ya he dicho en otro lugar para mi la cuestión del género y, por tanto, del nombre del género -retomando la idea de Jauss- es en estas obras especialmente pertinente, en la medida que afecta a las convenciones que acepta el lector y que le imponen un modo de lectura determinado. En mi artículo “La nueva novela histórica y el pacto de la ficción”, recogido en la Memoria del XVII Coloquio de las literaturas mexicanas, 2001, pp. 183-195 he realizado la primera aproximación al tema. También, aparte de otros estudios, puede verse al respecto el de Julio Rodríguez-Luis, El enfoque documental en la narrativa hispanoamericana. Estudio taxonómico, México, FCE, 1997.
[4] Véase Carlos Monsiváis,“De algunas características de la literatura mexicana contemporánea, en Literatura mexicana hoy. Del 68 al ocaso de la revolución (1991), pp.23-36. Publicaciones del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Católica de Eichstätt. Serie Actas, 9-10, p.24. Afirmación que repite más recientemente en su ensayo Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina, Barcelona, Anagrama, 2000, p.24.
[5] Véase mi artículo sobre “La novela de la Revolución y la Revolución en la novela”, en Revista Iberoamericana, LXV (enero-marzo, 1999), 49-57.
[6] La cita más completa es como sigue: “Las declaraciones despectivas y tontas, el silencio y las evasivas ya hubiesen en 17 años sepultado el recuerdo de aquel movimiento popular estudiantil de no haber sido por la literatura producida desde el momento mismo de los hechos, hasta el presente. [...] la literatura propagó entonces y desde entonces lo que la crónica periodística amordazada por la autocensura convencional no pudo consignar en las páginas de la historia”, en Gonzalo Martré, El movimiento popular estudiantil de 1968 en la novela mexicana, México, UNAM, 1986, pp. 7-8.
[7] Citado por Miguel Rodríguez Lozano, en su artículo “Entre la historia y la ficción: un acercamiento a Guerra en el paraíso de Carlos Montemayor” (11-21) incluido en Desde afuera: narrativa mexicana contemporánea, p.13. La cita la toma de la obra de Montemayor, El oficio literario, Xalapa, Veracruz, Universidad Veracruzana, 1986, p.17, a la que desgraciadamente yo no he podido acceder.
[8] Las palabras exactas de Carlos Montemayor son: “En ocasiones entendemos la historia como el pasado. En otras como las obras de los historiadores. En otras más como la disciplina que se supone los historiadores estudian o ejercen. También creemos que el pasado existe, que esta ahí, en algún lugar. Nos confundimos aún más cuando la consideramos un maestro juez en expresiones como “la Historia nos enseña” o “el juicio de la historia”(sic). La versión oficial de un conflicto parte de una realidad que no acepta cuestionamiento alguno”.(Chiapas, la rebelión indígena de México, Madrid, Espasa Calpe, 1998. p. 73). También se recogen en Los informes secretos, en la que añadirá: “Para entender el asesinato de César necesitamos conocer valores como república, monarquía, aristocracia, legalidad, dictador, senado, nobilitas (sic), conspiración, ambición, ingratitud, libertad. Sin estas nociones, los “hechos” se convierten en una imagen mutilada de la realidad humana”. (Los informes secretos, México, Joaquín Mortiz, 1999, p. 187).
[9] Véase su artículo “Historia de una novela”, en Las caricaturas me hacen llorar, México, Joaquín Mortiz, 1996, 205-210, p. 208, en el que cuenta la génesis de esta obra. En efecto, desde antiguo los historiadores o los periodistas se han convertido a menudo en novelistas -Aguilar Camín es uno de ellos-, pero aquí me interesa el fenómeno inverso.
[10] El personaje está inspirado -dice- en el crítico de arte Alfonso de Neuvillate, que en 1986 intercaló en un artículo de Novedades varias mentadas a De la Madrid”, Las caricaturas me hacen llorar, p. 206.
[11] Intención que reconoce tuvo su autor en la realidad, según declara en el artículo anterior.
[12] Lo hace también en sus artículos y ensayos con igual contundencia: “El valor estimativo que sólo el tiempo y el consenso de los lectores pueden conceder a una obra se quiere obtener a priori por medio del alpinismo cultural, que es una variante del alpinismo social. Hay una gran urgencia por obtener espaldarazos de autores consagrados, una lucha casi rastrera por publicar en editoriales que los muertos hicieron respetables, y en contraste, un desinterés absoluto por el público ajeno al cogollo literario. Los trepadores de la bellas letras no aspiran a ser leídos por nadie, se conforman con hacerle creer a sus colegas que son importantes. Entre compradores de libros encandilados por el prestigio y escritores que se desviven por él, la literatura formará parte de las artes decorativas” (“La función decorativa de la cultura”, p.132) en Las caricaturas, pp.131-140.
[13] Una confirmación de hasta qué punto la novela puede ser considerada como documento nos la da Hugo Esteve Díaz en su ensayo, Las armas de la utopía, (México, Instituto de Proposiciones Estratégicas, s.f.e, p. 81) donde cita las palabras de uno de los generales que aparecen en Guerra en el paraíso, sin que explique por qué las utiliza, si les concede valor de verdad o simplemente le sirven de apoyo, aunque pertenezcan a una novela, para exponer su propio discurso; o si, sabedor, de que, en efecto, fueron dichas por el general -lo que sería una prueba del rigor de la documentación utilizada por Montemayor- piensa que esta fuente literaria es tan válida como la que hubiera obtenido en los archivos o en la hemeroteca para realizar su trabajo de análisis.
[14] “Guerrillero es aquel que no puede estar integrado a un ejército regular. Y yo no puedo estar integrado en un ejército intelectual regular. No formo parte de grupos ni de capillas, no soy parte del stablishment intelectual de México. Soy un francotirador y así me desplazo con la libertad que necesito. No dependo de oficinas públicas ni de nadie, y creo que esto se parece, en las buenas y en las malas, al papel de un guerrillero”. Citado por Miguel Rodríguez Lozano, (ob. cit. p. 11) que él toma de “Carlos Montemayor: literatura y realidad” Macrópolis, núm. 5, p. 17.
[15] Creo que esto es así especialmente en Charras y Huatulqueños. Uno que soñaba que era rey, también contiene algo de ejercicio literario en el que se combinan registros, géneros y puntos de vista distintos (capítulos enteramente dialogados, largos fragmentos de monólogo interior, formas de guión cinematográfico) para mostrar un fresco de la sociedad mexicana en sus diversas capas, aunque el resultado de ellos es una narración de extraordinaria agilidad con humor corrosivo que no decae nunca.
[16] Tesis que completa con estas palabras finales: “Ahora, ante la perspectiva profanadora y antirritual que inaugura, la llegada del turismo, cabría recordar el agudo señalamiento que hacia finales del siglo XX hacía el visionario Gay: «Si la felicidad es posible sobre la tierra, los indios eran felices a finales del siglo pasado. Algunos los han llamado bárbaros por estas costumbres sombrías y sencillas; mas si el bien que ha de traer la civilización es multiplicar las necesidades, fomentar los vicios y hacernos desgraciados, preferible sería la barbarie». Hasta aquí estos fragmentos historiográficos; lo demás es literatura” (341-342). El prologuista, Enrique Mercado, que presenta la colección que edita Huatulqueños confirma lo que venimos diciendo y apunta cómo la obra de Da Jandra realiza “el salvamento narrativo -a la manera de la «historia mínima» que se practica ya en muchas zonas de México e imbuido de una genuina preocupación por el resguardo de nuestros recursos naturales- cumple la extraordinaria función, tan olvidada en la literatura mexicana reciente, de expresar una memoria civil heroicamente colectiva”.
[17] Noé Jitrik dice que las novelas históricas son el resultado de una ecuación equilibrada entre dos cualidades que se dan por ciertas: la de veracidad de un documento y la de reinterpretación de una retórica o de ciertas reglas de una práctica. “En esta relación puede pensarse que la expresión literaria que se conoce como «novela histórica» es algo así como la «forma» que asume el triunfo absoluto del «tema» por sobre la estructura”, en “De la historia a la escritura: Predominios Disimetrías, Acuerdos en la novela histórica latinoamericana”, en The historical novel in Latin American, Gaithersburg, Ediciones Hispamérica, 1986, p. 22.
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