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Funcionalidad de la épica en el sistema gnoseológico de Jorge Luis Borges - La claudicación

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CopyLeft Artículo de José Manuel González Álvarez - 17 de Septiembre de 2006
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3. La claudicación

Como se ha consignado al inicio de nuestra exposición, Borges no dispensa al motivo épico un tratamiento unidimensional. En efecto, tal huida del monolitismo se materializa en aquellas piezas donde el pulso trepidante de la épica se desvanece. En “El instante”18, la épica ya no es garante de ese acceso a lo absoluto, se disuelve y se escora hacia las áreas de lo relativo, de lo ignoto: el yo poético se desmorona e impugna los últimos estertores de pundonor que reivindica en otros poemas, volcando su dicción hacia un tono que cabría catalogar como pirroniano. Las espadas son integradas en el falaz devenir temporal:

¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron, [...]
El presente está solo. La memoria
Erige el tiempo. Sucesión y engaño
Es la rutina del reloj. El año
No es menos vano que la vana historia.

He aquí el reverso de la épica, que sucumbe ante la fluyente realidad. Un parangón con textos anteriores nos revela la fluctuación perceptible en el discurso, o, mejor, en la noética borgesiana, una suerte de vaivén aun dentro de la recurrencia a ese orbe de espadas y aceros. En “Odisea”19, la figura de Ulises sirve a Borges para proferir su repulsa hacia el reposo acomodaticio, remedando -y aun exigiendo- la vuelta a esa etapa de desarraigo y errancia, fase que, pese a la crudeza con que nos es caracterizada, representaría la faz más ennoblecedora del hombre; la aparente exaltación deviene, en última instancia, lamento.

Ya en el amor del compartido lecho
duerme la clara reina sobre el pecho
de su rey, pero ¿ dónde está aquel hombre
que en los días y noches del destierro
erraba por el mundo como un perro
y decía que nadie era su nombre?

El arribo de Ulises encierra una capitulación, toda vez que es en la anónima y procelosa singladura vital donde reposaría la quintaesencia de lo trascendente. En el poema “A Carlos XII”20 se advierte ya un decidido viraje hacia el desaliento, en tanto se vehicula una lacerante certeza: la esterilidad de la épica para superar la asechanza de la muerte. Es de justicia reseñar que nos hallamos tal vez ante el texto que determina más atinadamente el desenvolvimiento de la salida épica en la axialidad del pensamiento borgesiano. No faltan palabras ensalzadoras para esa pose litigante del héroe,

Supiste que vencer o ser vencido
son caras de un Azar indiferente,
que no hay otra virtud que ser valiente

actitud loable que, no obstante, no podrá contrarrestar la vacuidad que la muerte porta:

...y que el mármol, al fin, será el olvido.

Idéntica conclusión extraemos en “Un soldado de Lee (1862)”21, si bien es cierto que la formulación última cobra unos ribetes más acibarados.

No hay un mármol que guarde tu memoria;
seis pies de tierra son tu oscura gloria.

La disolución del coraje en la idea de corruptibilidad resulta ahora incontrovertible. Ninguno de los textos abordados invalida la centralidad del espíritu épico en la producción poética del porteño, pero sí despuntan por su cariz ubicativo: como la transmutación poética, el desdoblamiento o la reversibilidad dentro del caos, también el talante batallador poseería, pese a su versatilidad, un punto de anclaje: el de su inserción siempre en un estrato inmediatamente inferior al del “ Juez”, al de lo incognoscible. Quizá nunca el ejercicio de transfiguración poética haya alentado tan certeramente una identificación entre nuestro sujeto lírico y el inefable Alonso Quijano, (“Ni siquiera soy polvo”)22 cuya voz clama por el advenimiento -mejor, por el retorno- de una épica que revitalice esa “ mañana / que, prometiendo el hoy, nos da la víspera”. El fuste literario del hidalgo borgesiano languidece conforme discurre el poema, aflorando ahora su evanescencia, una laxitud que no alcanza la categoría del polvo. Se activa así el sueño, núcleo temático sobre el que nuestro “hidalgo bonaerense” va a edificar sus disquisiciones metafísicas. Cuando don Alonso manifiesta su adhesión a ese heroísmo venidero, nos obsequia con un sustancial “Seré mi sueño”; versos después él mismo nos revela su génesis onírica:

Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño
que entreteje en el sueño y la vigilia
mi hermano y padre, el capitán Cervantes…

aseveración merced a la cual se colige que lo épico consistiría en la ideación de una entidad que a su vez es soñada por otra, el sueño de un sueño. Esta nueva pose de Borges -la del solapamiento con Don Quijote- destila un idealismo que alberga una buena dosis de desaliento, una vez constatada la posición subsidiaria que ocupa el sentimiento de lo heroico respecto a ese “ Dios soñador” del último verso. De modo más clarividente, podríamos afirmar que el sujeto lírico urde un entramado jerárquico donde la cristalización del sueño épico emancipador queda supeditado a la voluntad de instancias superiores en rango.

Para que yo pueda soñar al otro
cuya verde memoria será parte
de los días del hombre, te suplico:
mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.

Por ello, lo que hemos bautizado como “salida épica” ante la inaprehensión del absoluto cobra en esta textualización sus tintes más desazonadores23. Manteniéndonos fieles a nuestra línea expositiva ( de la sublimidad al desvaimiento épico), desembarcamos ahora en “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell”24, poema descollante cuyo demoledor mensaje habilita una nueva cala -acaso la última- en la vivencia borgesiana de la visceralidad. Si en piezas anteriores -pese al vasallaje que la épica rinde a la contingencia- sorprendemos aún rescoldos operantes de lo que otrora fuera la pujante salida épica, el presente texto nos hace privilegiados testigos de cómo la potencialidad del coraje ha sido mellada de pleno. Los versos hablan por sí solos:

Capitán, los afanes son engaños,
Vano el arnés y vana la porfía
Del hombre, cuyo término es un día;
Todo ha concluido hace ya muchos años.
El hierro que ha de herirte se ha herrumbrado:
Estás (como nosotros) condenado.

El tratamiento del discurrir temporal propicia un dramático pulso entre el afán por reverdecer el espíritu pugnaz y la consunción del tiempo, que hace de la suya una tentativa estéril. La delusión ha obturado por siempre toda reacción liberadora. El último verso, penoso, inapelable, marca, en su concisión punzante, el desmantelamiento del recurso épico: el yo poético transporta, sin hacer distingos, al languideciente capitán quien, junto al poeta y a los propios receptores, pasa a habitar bajo el manto de la mutabilidad25. Valgan las palabras del maestro para ir poniendo término a nuestra andadura: “El hecho estético es la inminencia de una revelación que no se produce. La riqueza de la literatura, si alguna tiene, se funda en esa continua privación”26. Dicha privación sería trasvasable al orbe de la épica: el acceso a la irreductibilidad estaría vedado.

No ha sido otro nuestro objetivo que el de reivindicar la épica pero a la vez relativizar su operatividad, ubicarla como recurso consolatorio27 ante las limitaciones gnoseológicas que cercan al hombre. La región literaria de exaltación -que engrosa el primer bloque de nuestro estudio- debe integrarse en un marco más vasto de desaliento y claudicación: el absoluto es engullido por el tiempo y a la par el tiempo es mutilado en cantidad innúmera de células, de las cuales sólo una habrá de portar la esencialidad del existir. En consonancia con ello, se nos aparece la épica como solución atomizada, como esa esquirla redentora (fulgor de acero) que habrá de catapultar al hombre al área de lo inmutable, si bien siempre bajo la gravosa rémora del escepticismo, del trocamiento de la épica en una vía delicuescente e inoperante para la intelección del absoluto.

Autor y licencia de 'Funcionalidad de la épica en el sistema gnoseológico de Jorge Luis Borges - La claudicación'
José Manuel González Álvarez Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/b_epica.html CopyLeft
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