



Todo asedio a la obra de Jorge Luis Borges1, sea cual fuere su foco de atención, pasa ineludiblemente por reseñar los presupuestos epistemológicos tocantes a la idea de absoluto. La aprehensión de esta noción tan etérea resulta gnoseológicamente inviable: lenguaje, espacio y tiempo cercenan el cosmos y tratan de galvanizarlo de modo unilateral. Ante esta tesitura, Borges ensaya unas vías de acercamiento, asumiendo que el caos posee una organización capciosa y parcelada a través de una coordenada como el tiempo, vituperada inicialmente y retomada luego en múltiples poemas que bien podrían catalogarse como de consolación. El tiempo impide el ideal de simultaneidad pero es cíclico y la revivencia le permite contemplar una mínima cohesión dentro del caos (“mi soledad se alegra con esa elegante esperanza”). Precisamente otro de esos filones recurrentes, el de la épica, concitará nuestra atención en adelante, constituyendo nuestro objeto de estudio. Se trataría de determinar la funcionalidad de la épica en el intrincado engranaje filosófico del autor:
Hoy es polvo de tiempo y de planeta;
Nombres no quedan, pero el nombre dura.
Fue tantos otros y hoy es una quieta
Pieza que mueve la literatura.
A buen seguro, este cuarteto perteneciente a “El gaucho”2 textualiza nuestra tesis de lo épico como “mal menor”, como instancia que habilitaría una incursión parcial en lo absoluto.
Sólo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.
(“Eternidades”3)
El tiempo se nos aparece como rémora para la perdurabilidad, y aquí es donde el concurso de la épica ( “la salida épica” ) se nos antoja crucial a fin de neutralizar tal idea de acabamiento. Borges incardina su noción de lo épico en vectores muy heterogéneos, que oscilan desde la reciedumbre del caballero germánico a la humildad de ese cuchillero del arrabal cuya suerte se dirime en un lance súbito. Advertimos cómo una constante temática se difracta y cómo a su vez bajo el ramaje de la diversificación subyace una matriz épica primaria. Estaríamos, pues, ante una verbalización multiforme, ante una serie de estampas disímiles que concurren en la unidad de lo épico.
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