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Generadores de Conocimiento: El Filosofo en la Era del Texto Digital - El conocimiento y la cultura del texto

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11 de Junio de 2006
FilosofíaArte

La sociedad del conocimiento se caracteriza por la velocidad en la producción y transmisión de la información, por la no localización que crea un mundo globalizado, por la desmaterialización de la realidad física sustituida por redes de información, y, en fin, por la creación, de una nueva forma de realidad virtual en la que se desarrolla ya nuestra existencia. Cuál puede ser el papel de la filosofía y del filósofo en este nuevo escenario no es en modo alguno evidente. Estas pocas páginas estarán dedicadas a esbozar algunas líneas de pensamiento que pueden ayudar a resolver la cuestión.

El nacimiento de la filosofía, y en general del saber occidental, está vinculado al desarrollo de la escritura alfabética con una estructura gramatical que asegura la presencia en el fondo del ser como cópula o unión común entre cualquier sujeto y los predicados que se le atribuyen. El verbo ser reúne, por tanto, desde el comienzo mismo de la reflexión racional en occidente, las dos características que habrán de determinar la investigación filosófica y, por consiguiente, el modo en que afrontarán su tarea los pensadores de todas las épocas. El ser, en efecto, es, por un lado universal, común, siempre presente en cualquier acto lingüístico cognoscitivo. Pero, además, el ser está oculto, pues, se exprese o no, hay que suponerlo como nexo necesario entre las cosas y sus cualidades.

El hecho de que la forma racional de conocimiento que nos es propia haya surgido de la evolución en el lenguaje escrito no significa, sin embargo, que la lectura o la escritura sean determinantes para comprender este proceso. La cultura griega clásica en que se dieron los primeros monumentos literarios homéricos es una cultura oral. Lo que la caracteriza es que la transmisión cultural se efectúa comunitariamente mediante la palabra, la danza, el oído y la memoria. Las primeras formas culturales tradicionales crean una sociedad de la sabiduría espiritual. En ella el saber se considera ya completo, inserto en las tradiciones que se atribuyen a figuras en que se confunde la realidad que hoy denominaríamos histórica con la mitología. La tarea cultural por excelencia consiste, únicamente, en la conservación de ese saber ya definitivamente dado y que corre el riesgo de perderse o verse corrompido por el olvido. Sin un ámbito de la intimidad que sólo será posible por la lectura solitaria de lo escrito, el saber se guarda en la memoria del rapsoda que canta ante la comunidad oyente las hazañas de los héroes y hace el catálogo de los conocimientos que han de transmitirse de generación en generación.

En un periodo más avanzado de la cultura griega, hacia el siglo V a.C. nacen formas filosóficas rigurosamente científicas, donde se encuentra en germen lo que hoy denominamos el conocimiento científico. Estas nuevas formas de saber se hacen posibles con la liberación de la memoria y el consiguiente desarrollo del intelecto que está abierto hacia el futuro. Los diálogos platónicos son aún la última manifestación de la espiritualidad antigua en la que la mirada se lanza al pasado, pero en su propia estructura literaria se observa ya la aparición de un nuevo elemento, el diálogo, que sólo fue posible por la peculiar estructura social de la Atenas clásica. El diálogo como forma de transmisión cultural hace la transmisión transitiva, pues, ya no hay una línea unidireccional que va del rapsoda a los oyentes, sino que los interlocutores que participan en él se retroalimentan haciendo avanzar el conocimiento respecto del punto en que se inició. Y si en Platón aún se conservan muchos rasgos de la antigua sabiduría espiritual del pueblo griego, que no podía progresar, sino que estaba en un riesgo continuo de perderse a causa de la ausencia de memoria, en cambio con Aristóteles nacerá el conocimiento como ciencia rigurosa que puede construir algo nuevo sobre fundamentos sólidamente asentados.

La Edad Media vivirá agudamente el conflicto entre sabiduría y conocimiento, entre espiritualidad y ciencia, como puede apreciarse en la nueva técnica filosófica, la disputa (disputatio), que sustituye al diálogo antiguo por un intercambio ritualizado de argumentaciones sobre un guión lógico rígidamente establecido. La autoridad (auctoritas) de los maestros espirituales del pasado convivió con el libre pensamiento científico de origen aristotélico, unas veces de un modo apacible, como en el caso de Santo Tomás , y otras violentamente como en los nominalistas del siglo XIV. Sólo con la escolástica el texto comenzó a alcanzar verdadera importancia, al servir como referencia para la lectura (lectio) y el comentario, que no era una mera paráfrasis de lo escrito, sino el motivo para una reflexión original y el motivo para la justificación de las nuevas ideas.

El texto, en su sentido moderno es, evidentemente, el resultado del descubrimiento de la imprenta.

El valor real para la cultura escrita de la difusión de los libros que tuvo lugar en los primeros siglos de la modernidad es a menudo exagerado, pues siguió siendo corriente durante mucho tiempo la lectura en voz alta en común de los pocos ejemplares existentes las obras literarias científicas o filosóficas, de modo que la oralidad mantuvo su predominio durante mucho tiempo. Más que por la posibilidad material que ofrece la imprenta para la producción en masa de ejemplares, la importancia de este medio de impresión textual se debe a su influencia en la conformación estructural del pensamiento. El texto moderno es un ejemplo de la analogía entre dos medios, el pensamiento y la materialidad del lenguaje escrito. La dinámica del pensamiento y, por tanto, la esencia del conocimiento en tanto que producto de aquel, adquieren en gran medida su peculiar configuración debido a la lectura mecánica que va asociada a la introducción de los tipos de imprenta. El proceso de la lectura es lineal y homogéneo, sin sorpresas ni saltos (borrones, tachaduras, tipos de letra heterogéneos). Esta clase de lectura facilita la creación de una nueva forma de pensamiento mecanicista que caracteriza al nacimiento de la modernidad. La fuerza de las ideas se transmite en el mecanicismo por contactos lineales geométricos. Cada letra está separada de la anterior como lo están los cuerpos y las ideas en el mundo moderno que estaba renunciando a la noción antigua de un cosmos común compartido por todos los seres. Se genera entonces un espacio geométrico, abstracto, homogéneo, indiferente, como el espacio vacío del plano cortado por las coordenadas cartesianas. El discurrir del conocimiento conduce así, sin interrupciones, sin estridencias, desde los axiomas a los postulados o a los teoremas, desde las premisas a las conclusiones, desde las hipótesis a su verificación.

Una lectura lineal, mecánica es la condición necesaria para el surgimiento de la modernidad, en que la cultura europea se siente liberada de la tradición y puede comenzar a escribir sobre una superficie vacía de tradiciones e ideas heredadas. Aunque suela considerarse al Renacimiento como el punto de arranque de los procesos que darán lugar al mundo tal como hoy lo conocemos, lo cierto es que el carácter contradictorio de la cultura renacentista la llevará a buscar sus fuentes de inspiración en un pasado aún más remoto que el inmediato medieval, considerado como el origen del oscurantismo y la opresión por los nuevos profesionales de las cancillerías que ansiaban ocupar parte del poder reservado a las castas eclesiales. Sólo en la primera mitad del XVII, tendrá lugar la franca ruptura con el pasado, cuando Descartes afirma que “es preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea de deshacerme de todas las opiniones a las que hasta entonces había dado crédito y empezar todo de nuevo desde los fundamentos”. Con esta declaración, el pensamiento europeo se abre al futuro, iniciando un camino que conducirá a las revoluciones filosóficas del siglo XVIII, a las revoluciones políticas del XIX y a la revolución tecnológica del siglo XX.

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F. León Florido Extraído de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html

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