Generadores de Conocimiento: El Filosofo en la Era del Texto Digital - La sociedad del conocimiento y la cultura de la comunicación
2 - La sociedad del conocimiento y la cultura de la comunicación
El modo en que le es posible al ser humano adquirir el conocimiento ha sido uno de los grandes problemas al que han tratado de encontrar una respuesta todos los sistemas de pensamiento. Una de las primeras soluciones se remonta a la distinción aristotélica entre lo que metodológicamente es primero en sí mismo y lo que es primero para nosotros. Lo primero en sí son las verdades simples -los grandes principios lógicos y los primeros axiomas de cada ciencia- que, una vez alcanzadas, dan sentido a la cadena completa de los conocimientos. Estas primeras verdades son difíciles de conocer, pues al ser humano le está vedada su intuición intelectual, por lo que sólo pueden adquirirse mediante grandes esfuerzos que sólo unos pocos, los sabios, están dispuestos a realizar. Pero, por otro lado, hay principios del conocimiento que son comunes a todos, sabios o no, y que son directamente cognoscibles en los datos que nos proporcionan los sentidos, de modo que
lo que vemos oímos o tocamos contiene ya un germen cognoscitivo que puede llevar a la sabiduría.
Es justamente el rechazo de esta forma común de sabiduría que proporcionan los sentidos lo que hizo que el pensamiento moderno tendiera a separar a la humanidad en dos grandes grupos: la república de los sabios y el vulgo ignorante.
En gran medida, el objetivo central del proyecto ilustrado consistió en hacer avanzar al vulgo
apegado a sus sentidos hasta los límites de la sabiduría. En efecto, una de las mayores dificultades que se le planteó al cumplimiento del ideal ilustrado de la liberación de los pueblos por el saber fue el elitismo intrínseco a la adquisición del conocimiento. Como advertía Kant, la liberación de la humanidad no podía ser el resultado de una revolución política por radical y universal que pudiera ser, sino que la libertad ilustrada sólo puede ser el fruto de un aumento progresivo en el saber que libera a los individuos de las cadenas de la ignorancia. En cierto modo, el progreso técnico inclinado hacia la universalización de la información ha tratado de llevar a cabo este proyecto ilustrado. La actual democracia de masas trata de extender a toda la humanidad lo que la Ilustración consideró el privilegio de una élite intelectual capaz de realizar el esfuerzo necesario para adquirir el saber liberador. La pereza humana y las dificultadas puestas por el poder para la instrucción del pueblo se
concitaron para dificultar la extensión de la utopía ilustrada, y la democracia, aún muy formal y limitada, siguió siendo el privilegio de una minoría ilustrada que tenía acceso a la comprensión de los complejos mecanismos del poder democrático. De ahí la pugna -que hoy quizá es más evidente que lo ha sido nunca- entre dos modelos de democracia: la democracia ilustrada elitista de los grandes derechos políticos (derecho de reunión, libertad de expresión, separación de poderes, etc.) y la democracia de las masas que piden el acceso a los medios informativos, tecnológicos y de consumo reservados anteriormente a las clases dirigentes.
En nuestra época, la función ideal de los medios de producción y de transmisión de la información sería extender la capacidad de acceso a la cultura a grandes masas de población que podrían así ampliar su participación en la toma de decisiones socio-políticas. Naturalmente, en este proceso ha tenido lugar un sutil deslizamiento semántico de lo que cabe entender por conocimiento humano, que ya no se concibe como saber sino como información. Así, lo que este concepto gana en extensión lo pierde en intensidad. Pues la evolución económica, política y tecnológica del postcapitalismo ha permitido avanzar hacia una democracia basada en la cultura de masas, capaz de integrar universalmente -ahora o en el futuro- a toda la población a partir de la sensibilidad que no requiere de una ascesis intelectual sólo al alcance de la élite. Para ello ha sido necesario sintetizar los viejos valores políticos con la representación sensible, con el espectáculo proyectado en la pantalla de la ciudad postmoderna.
Hemos destacado como la característica esencial de lo moderno que es una mirada puesta en el presente y el futuro, renunciando a buscar en el pasado, en la tradición, los modelos que hay que preservar, con lo que la memoria pierde su importancia como facultad del conocimiento humano y es sustituida por el intelecto, y, sobre todo, por la imaginación. El movimiento moderno del siglo XX aún trató de hacer propuestas intelectuales en los diversos ámbitos de la vida social: la utopía de la ciudad moderna, el socialismo científico, la tecnociencia, etc. Pero la modernidad se ha alzado fundamentalmente sobre la imaginación, que puede sustituir con ventaja a la inteligencia gracias a su poder natural para formar conexiones entre los hechos como se precisa para la previsión científica. Lo que caracteriza fundamentalmente a la imaginación es su capacidad para representar mediante imágenes una objetividad que era puramente formal en el ámbito intelectual. Así, el decaído impulso moderno de la ciudad racionalizada de acuerdo con fines humanistas ilustrados, adquiere un nuevo vigor, aunque sea antiutópico, en la ciudad del espectáculo, cuando todo el espacio urbano se convierte en una inmensa pantalla donde cualquier producto cultural, técnico o
de consumo se proyecta como una imagen para alimentar el delirio colectivo en aras del olvido de todo lo que resulta “demasiado humano” como para ser aceptado: guerras de exterminio, pobreza, diferencias sociales, muerte, degradación. La corrupción de la materia humana se rodea de bellas imágenes; la semiótica derrota a la semántica, el envoltorio es más importante que lo que es envuelto.
No es difícil advertir en estos fenómenos las raíces del movimiento postmoderno, que ha
hipostasiado el concepto de espectáculo, dotándolo de una teorización filosófica, estética,
arquitectónica, cultural o política. El impulso espectacular hizo concebir esperanzas a los
defensores de la ciudad postmoderna de que quizá fuera posible imitar, aunque fuera como una imagen superpuesta, las representaciones utópicas de unas ciudades del futuro imaginadas como comunidades de un cuento de hadas. En efecto, el modelo de la ciudad-Disneylandia ha producido urbes refulgentes por el brillo de los espejos, las fachadas de vidrio, la cera de los pulidos suelos, los focos de la iluminación nocturna y el resplandor de los nuevos materiales plastificados. Los edificios se conciben como esculturas, de modo que la ciudad se transforma en un inmenso museo de objetos vanos. La ausencia de sustantividad y la tendencia a considerar la materialidad urbana como algo para ser contemplado ha ido favoreciendo que se dibuje un paradigma de la ciudad como lugar para la circulación. El ideal de la ciudad actual sería el de un espacio para la circulación permanente entre monumentos y edificios sólo preparados para su contemplación que podrían muy bien ser sustituidos por mamparas de cartón piedra sin nada detrás, como una metáfora de la realidad virtual que habitamos.
En la primera fase en que la comunicación se efectuaba a través de medios intransitivos como la radio o la televisión, se favoreció la creación de una determinada forma de control del poder sobre los individuos a través del dominio de sus mentes. Estos mecanismos de alienación son posibles cuando el emisor es el poder mismo que ha sido capaz de concentrar la fuerza comunicativa, debido a la desintegración del tejido social en las sociedades industriales que exigieron la masificación urbana y la organización “racional” de estas masas desarraigadas. Esta situación responde al esquema de la alienación por medio del control absoluto a través de la vigilancia que fuera tan certeramente expresado por Orwell y la figura del Big Brother atento a cualquier acción y cuidando de que la información fuera filtrada o sencillamente manipulada y tergiversada para servir a los intereses de un poder lejano. Foucault, identificó este mecanismo de control con la figura del panóptico carcelario: centro de vigilancia y control, que evita la intervención directa, física y brutal del poder, aumentando así su fortaleza.
Nuestra época inaugura una nueva fase en la comunicación que se hace interactiva y
deslocalizada, haciendo posible que la velocidad y la desmaterialización de contribuyan a la
creación de un nuevo mundo virtual.
La unidad de fondo que se daba entre el mundo físico externo y el mundo objetivo lingüístico se debía al mantenimiento de cierta relación analógica entre mundo y lenguaje. El punto central que explica la ruptura moderna fue la cualidad atribuida al lenguaje de poder ponerse en lugar (suppositio) de la realidad física para crear un nuevo universo lingüístico Esto parece haber acabado con el papel unificador de la analogía que garantiza la unidad de fondo entre el mundo externo, el conocimiento y la producción lingüística. Sin embargo el propio concepto de suposición encontraba ya sentido en las doctrinas medievales prenominalistas en tanto que ordenación dispuesta por Dios al margen de cada cosa natural desde la perspectiva real o posible por la cual Dios tiene un poder absoluto que no puede ser constreñido por ley o norma alguna por encima de su voluntad. Puede decirse, entonces, que la capacidad de ponerse en lugar de la realidad de que goza el lenguaje humano es una especie de participación del poder divino para crear nuevos mundos.
Pero, aunque la virtualización es un fenómeno tan antiguo como el nacimiento del lenguaje y las producciones técnicas humanas, ahora asistimos a la implantación a escala planetaria de una forma de virtualización causada directamente por la evolución de las nuevas tecnologías relacionadas con la imagen acústica o visual. Equipos de sonido, telefonía móvil, internet, proyectores de realidad virtual, telepresencia, etc. implican un cambio en la virtualización correlativo a la evolución desde la consideración del lenguaje como un espacio objetivo que se pone en lugar de la realidad física, hacia la utilización de algoritmos computacionales que producen combinaciones de imágenes capaces de generar un mundo sensible complejo. En la virtualidad analógica aún era un sujeto natural el emisor de los signos lingüísticos, mientras que la ruptura hacia la virtualización digital tiene lugar cuando los signos son emitidos por una máquina, o mejor dicho, por un cálculo que desarrolla un algoritmo autónomo en un código binario. Este código nada tiene que ver con el orden inscrito en la naturaleza, pero permite, inversamente, exportar el orden algorítmico sobre lo natural, como sucede, por ejemplo en las investigaciones sobre el código genético humano. Así pues, la generación de un espacio psíquico por un algoritmo puede dar lugar a un ámbito sensible si se generan imágenes, como se hace en las técnicas de internet o de realidad virtual. La relación analógica que sustentaba la homogeneidad entre el mundo virtual y el
mundo físico se ha desvanecido y la vieja utopía negativa del dominio de las máquinas, creadoras de realidad parece haber llegado a su cumplimiento.
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