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En el corazón del la cristiandad, ocupado en la creación de una de las mayores obras del arte universal, Miguel Angel, a los treinta y cinco años de edad, se sentía incómodo y afirmaba que no se sentía pintor. Miguel Angel es, sin lugar a dudas, la conciencia crítica del Renacimiento en su apogeo y luego, excepcional testigo de su crisis.
Este artista, dominó y representó el siglo XVI en Europa, no solo por su inigualable habilidad de escultura sino también como arquitecto y pintor. Su aprendizaje artístico tuvo lugar en la Florencia de los Médicis, en el taller de Domenico Ghirlandaio, donde se prestaba más atención al cincel que al pincel. Rodeado desde su juventud por el ambiente del humanismo con Lorenzo el Magnífico, el joven Miguel Angel no tardó en enfrentarse a la estatuaria monumental de mármol: antes del 1500 había realizado obras memorables como la Piedad de la Basílica de San Pedro en Roma y poco después el David, de Florencia.
Durante la primera década del siglo XVI, Miguel Angel se ocupó de la pintura, primero en Florencia, en donde compitió con Leonardo en la decoración hoy perdida del Palazzo Vecchio y realizó el ejemplar y polémico Tondo Doni, la única obra sobre tabla que llevó a término; después en Romo, por decisión de Julio II, inició la bóveda de la Capilla Sixtina, síntesis dramática de la historia del hombre y al mismo tiempo la celebración de la Belleza de la Creación. Al culminar la extenuante obra, abandonó la pintura por unos veinte años dedicándose a la escultura y a la arquitectura. Finalmente, volvió en la década del treinta para la producción de Juicio final, también en la Capilla Sixtina.
Durante los últimos años de su vejez, la meditación sobre la muerte aparece sobre las últimas dos Piedades en mármol, hoy en el museo dell’Opera de la catedral de Florencia y en el castillo Sforzesco de Milán.
Con total inventiva, sostenida por una participación directa ya apasionada, Miguel Angel pintó una de las obras más desconcertantes y controvertidas de la historia de arte. Casi de manera opuesta a las escenas de la Creación en la Capilla Sixtina. El gesto de Cristo Juez que divide a los elegidos de los condenados, es muy semejante al Dios Padre separando la tierra de las aguas.
Partiendo de las generaciones de los antepasados de Cristo en las lunetas de las ventanas y de cuatro grandes hechos del antiguo testamento en los ángulos de la bóveda, Miguel Angel construyó una monumental estructura, compleja y al mismo tiempo orgánica, que culminaba con las figuras de los Profetas y las Sibilas y con las escenas del Génesis. Lo destacable es que Miguel Angel no perdió nunca de vista el efecto compositivo del conjunto, que sigo siendo el aspecto más impresionante de la bóveda de la Sixtina. El argumento aglutinador es el color claro, esmaltado, fuerte, recuperado en toda su plenitud por as restauraciones.
El marco de la bóveda está dividido por la alternancia regular de Profetas y Sibilas, es decir, por aquellos que han anunciado la futura llegada del Mesías. Son personajes de gigantescas dimensiones, cuyos movimientos supo Miguel Angel variar genialmente. Las figuras sostienen libros o escritos y se insertan en espacios regulares, casi blancos de estudio.
Las nueve escenas del centro de la bóveda narran los episodios del génesis desde la Creación hasta el Diluvio Universal y el Arca de Noe, dentro de espacios rectangulares alternativamente grandes y pequeños, éstos últimos flanqueados por parejas de atletas desnudos.
La irresistible voluntad y la potencia de Dios Padre dominan la bóveda. El Creador pasa, volando por los espacios del techo: cada gesto es una orden, cada instante una explosión de fuerza, que alcanza su cumbre en la escena de la creación de Adán, en la centella cósmica que atraviesa el espacio, breve y al mismo tiempo inconmensurable, que separa el índice de Dios del del primer hombre.
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