En abril de 1997 tuvo lugar en Zacatecas el I Congreso Internacional de la Lengua Española. Allí pronunció García Márquez su discurso “Botella al mar para el Dios de las palabras”.
En abril de 1997 tuvo lugar en Zacatecas el I Congreso Internacional de la Lengua Española. Allí pronunció García Márquez su discurso “Botella al mar para el Dios de las palabras”, en el que, tras exaltar la vitalidad de la lengua española, concluye que nuestra contribución a ella debe ser “liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros (...) .Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”
El debate que estas palabras originaron me va a servir para traer aquí a colación a un gran humanista extremeño , casi desconocido, pero que es el autor de la propuesta más radical de reforma de la ortografía del castellano. Se trata de Gonzalo Korreas (1571-1631) , nacido en Jaraíz de la Vera (Cáceres), profesor de lenguas clásicas en la Universidad de Salamanca, a cuya biblioteca donó los más de ochocientos volúmenes que componían la suya.
Pues bien, Gonzalo Korreas, en su Ortografia Kastellana nueva i perfecta (1630) defiende el sistema fonético de escribir como se habla , se opone con furor a la entonces de moda ortografía latinizante, y propone las siguientes diferencias fundamentales respecto al sistema vigente: suprimir la c, sustituyéndola por k, ante a, o, u, y por z ante e, i; suprimir también qu y utilizar en su lugar k; emplear g siempre con sonido suave, y para el sonido fuerte utilizar la x en lugar de la j, que también queda eliminada. Convencido de la bondad de su sistema, pide a Felipe IV que lo implante obligatoriamente, pues los demás no lo aceptan por inercia o por miedo al ridículo:
Porke aunke todos tienen por buena esta ortografia, i konfiesan ke tengo razón en ella, su viexa kostunbre tiene a muchos entumidos, i perezosos para moverse a la bueno.
Evidentemente, ninguna de estas innovaciones ha tenido éxito, tal vez para desgracia de más de un estudiante, profesor, periodista o cualquier otro usuario habitual del castellano escrito, que nos vemos expuestos al yerro continuo por mor de las alambicadas reglas ortográficas de nuestra lengua.
Creo que fue el año pasado (o el siglo pasado) cuando mi compañero Juan Manuel González, incansable lector y recopilador de noticias curiosas , me dejó sobre la mesa un recorte de prensa acerca del intento de un joven profesor de revisar las reglas ortográficas en el mismo sentido que Korreas hace cuatrocientos años.
La cuestión sigue en el aire. Desde Nebrija, pasando por Juan de Valdés, Mateo Alemán, nuestro radical Gonzalo Korreas, después Andrés Bello, y hoy García Márquez, las voces por la simplificación de la ortografía castellana no han dejado ni dejarán de oírse, con mayor o menor grado de consistencia o de esnobismo. Como los argumentos que defienden esta postura son obvios, quiero terminar aquí con un testimonio de los que están en contra. Éstas son palabras de Arturo Uslar Pietri, de su artículo “Ortografía y cultura”, publicado en El Nacional de Venezuela:
“En lugar de proponer la simplificación de la ortografía, con todas las objeciones estéticas y éticas que ello suscita inevitablemente, habría que pensar más bien en fomentar, desde el nivel de la enseñanza elemental, el conocimiento sistemático de las etimologías. Más allá de su simple valor de significación escueta, cada palabra es un pedazo de historia muy rico en informaciones y en sugerencias, en el que está presente el pasado vivo que vincula a cada pueblo con su lengua. Cada lengua es como el depósito supremo de la experiencia histórica de cada nación.Podría decirse, sin exageración, que no es lo mismo nombrar al mundo en español que en inglés, en japonés o en gujaratí. Cada palabra es como el compendio de una experiencia histórica singular.
Tratar de reducir cada palabra a su expresión más directa y a su grafismo más simple pudiera tener un atroz resultado empobrecedor para la humanidad entera. La palabra es la más importante de las creaciones del hombre y la lengua es el bien cultural fundamental de cada pueblo.
(...)
Como nos lo enseñó Wittgenstein hace mucho tiempo, el universo para cada hombre es exactamente del tamaño de su vocabulario.
Tratar de simplificar la lengua podría resultar en una terrible operación de empobrecimiento, del que la primera víctima sería, sin duda, la poesía y todo el prodigio de la palabra.
Con el propósito, aparentemente útil, de simplificar la ortografía podríamos desembocar, sin darnos cuenta, en el inmenso mal de empobrecer la lengua y de hacernos más torpes e inexpresivos ante el mundo que nos rodea”.