Inicio / Wikis / Artículos / Gramsci para rojos nepantla (o perplejos) - Entre libertarismo y leninismo

Gramsci para rojos nepantla (o perplejos) - Entre libertarismo y leninismo

(1 opiniones)
Artículo creado por Francisco Fernández Buey. Extraido de: http://www.lainsignia.org
20 de Septiembre de 2005
Pensamiento y política

3 - Entre libertarismo y leninismo

Una de las consecuencias interesantes de la experiencia de los consejos de fábrica en la ciudad de Turín entre 1919 y 1920 es que la democracia asamblearia en acto y la aspiración a ampliar este tipo de democracia al conjunto de las instituciones de la sociedad civil iba a permitir reanudar por algún tiempo los lazos entre dos de las grandes tradiciones del movimiento obrero europeo (la socialista marxista y la anarquista), rotos desde los tiempos de la Primera Internacional. Aunque en minoría, en la redacción de L´Ordine Nuovo hubo también anarquistas y el diálogo con ellos permitió a Gramsci perfilar su punto de vista sobre el ideal libertario.

En la discusión con los anarquistas sobre las expectativas revolucionarias y el destino de los consejos de fábrica Gramsci no admite que el socialismo haya de ser considerado por principio como adversario del anarquismo, puesto que "adversarias son dos ideas contradictorias, no dos ideas diversas". Piensa, por el contrario, que el trabajo en común es absolutamente imprescindible para la realización de la revolución en Italia. Trata de anudar lazos precisamente a través de la crítica en común de la demagogia, frente al verbalismo de aquella parte del anarquismo que acusaba a los comunistas de hacer "política" sin darse cuenta de que su propia actividad en los consejos era sencillamente otra forma de hacer política, otra concepción de la política, otra manera de entender la actividad política.

Lo que exaspera a Gramsci en esta controversia no es la crítica de la política institucionalizada, que, obviamente, comparte, sino el desprecio verbal de toda política en nombre del desorden presentado como valor positivo. Pues, en su opinión, las declaraciones verbales abstractas, ahistóricas, contra todo orden y en favor del "desorden", prolongan y continúan la visión liberal de la burguesía: "El burgués era anárquico antes de que su clase conquistara el poder político, el burgués sigue siendo anárquico después de la revolución burguesa porque las leyes de su estado no son coactivas para él y seguirá siendo anárquico después de la revolución proletaria porque entonces se dará cuenta de que el Estado es sinónimo de coacción y luchará contra él".

En esta aversión de Gramsci al verbalismo que sustituye el análisis por el grito y que declama contra la realidad sin comprenderla está la base de una distinción que recorre todos sus artículos en que polemiza con los anarquistas de la época: "¿Es posible llegar a un acuerdo en el debate polémico entre comunistas y anarquistas? Es posible cuando se trata de grupos anarquistas formados por obreros conscientes de la clase a la cual pertenecen; no es posible cuando se trata de grupos anarquistas de intelectuales, profesionales de la ideología" (1). De ahí se sigue una distinción entre anarquismo y libertarismo según la cual, en la creación histórica (es decir, cuando actúan autónomamente y con conciencia) todos los obreros son libertarios. Este es el contexto en el que hay que entender las afirmaciones de Gramsci en el sentido de que los consejos de fábrica de Turín fueron una creación libertaria de la clase obrera y los comunistas los verdaderos libertarios.

En esos años, al teorizar sobre los consejos de fábrica, el proyecto político de Gramsci se ha inspirado sobre todo (aunque no sólo) en los escritos de Lenin. Dicho más precisamente: se ha inspirado en una particular lectura de algunos de los escritos del Lenin teórico de la revolución, no del Lenin estadista. Gramsci ha aceptado sin más una visión idealizada de lo que estaba siendo la relación entre el soviet, el partido y el estado en la Rusia del "comunismo de guerra", después de la revolución. En L´Ordine Nuovo ha tendido a extrapolar a los soviets institucionalizados en Rusia algunos de los rasgos de los consejos de fábrica torineses y a transplantar, al mismo tiempo, a la experiencia italiana la idealización del soviet ruso. Por eso, al quedar aislada en Turín la experiencia consejista y al percibir, ya en 1921, los motivos psico-sociales del ascenso del fascismo, Gramsci ha vivido la controversia que siguió sobre las causas de la derrota y la escisión entre socialistas que se produjo en Livorno, al crearse el partido comunista de Italia, como un estado de necesidad. Y también por eso, cuando al año siguiente viajó a Moscú, pudo sentirse tan impresionado por la visión de las cosas que tenía el Lenin estadista, viejo ya, enfermo y autocrítico.

En un ensayo que seguramente puede considerarse todavía hoy como excelente punto de partida para el conocimiento de la maduración de las ideas políticas de Gramsci, Ernesto Ragionieri ha señalado la decisiva influencia que en él ejercieron las sesiones del IV Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú entre noviembre y diciembre de 1922, y particularmente el informe sobre los "cinco años de revolución en Rusia y las perspectivas de la revolución mundial" presentado en el mismo por V. I. Lenin (2). La preocupación principal de Lenin en aquel discurso, al que hay que considerar como una de las piezas de su autocrítico testamento político, fue la naturaleza de las relaciones entre la revolución rusa y la revolución en Occidente, preocupación determinada en ese momento por la conciencia de que en los años inmediatamente anteriores se había sido demasiado optimista acerca de la consolidación de las instituciones estatales soviéticas: "Ocurrió que en 1917, después de que tomáramos el poder, los funcionarios del Estado empezaron a sabotearnos. Entonces nos asustamos mucho y les rogamos: "Por favor, vuelvan a sus puestos". Todos volvieron y ésta ha sido nuestra desgracia. Hoy poseemos una enorme masa de funcionarios, pero no disponemos de elementos con suficiente instrucción para poder dirigirlos de verdad" (3).

Ya esto, por su veraz reconocimiento de la realidad, tenía que hacer pensar a un hombre como Gramsci, tan atento a la experiencia rusa y que tanta importancia había dado en los años anteriores a la autonomía y al carácter espontáneo de los soviets y de los consigli. Pero seguramente le impresionó aún más la insistencia de Lenin en denunciar como un error la rusificación de los partidos comunistas occidentales a partir del III Congreso de la Internacional celebrado el año anterior. Efectivamente, toda la última parte del informe de Lenin estuvo dedicada a esta cuestión. En esa parte del informe el viejo Lenin reiteró la idea de que se había transplantado a los partidos occidentales una estructura orgánica supersaturada de espíritu ruso y se había hecho, además, mediante una resolución tan rusa en la forma y en el espíritu, tan influida por la experiencia rusa, que casi ningún extranjero podría leerla y, de leerla, no la entendería. "Tengo 1a impresión -afirmó Lenin allí- de que con esta resolución nosotros mismos hemos levantado una barrera en el camino de nuestro éxito futuro". Y de ahí hacía seguir un sobrio llamamiento para que aprovecharan todos, rusos y extranjeros, las horas que dejasen libres la actividad militar o política para estudiar "comenzando además desde el principio" (4).

La transcripción oficial de este informe de Lenin dice que hubo "risas" entre los delegados cuando el orador introdujo esa parte autocrítica afirmando: "Nadie puede juzgar ni ver estas torpezas mejor que yo". Gramsci, en cambio, se tomó la cosa muy en serio. Todavía en los Cuadernos de la cárcel hay varias referencias a la importancia que concede a este informe autocrítico de Lenin. Una de ellas, significativamente, bajo el rótulo "traducibilidad de los lenguajes científicos y filosóficos" (5). Por su interés para entender uno de los orígenes de la reflexión gramsciana sobre la revolución en Occidente me detendré aquí en cómo expone la cosa el filólogo-político italiano: "En 1921, tratando de cuestiones de organización, Vilici [Lenin] escribió y dijo (más o menos) esto: no hemos sabido 'traducir' nuestra lengua a las lenguas europeas". En realidad el político puro, ya estadista, no dijo eso, incluso aclaró que no se trataba de un problema de traducción: "La resolución ha sido magníficamente traducida a todos los idiomas" (6). Pero Gramsci sugiere más que eso porque, muerto Lenin y en el contexto de las controversias en el PCUS, quería ir más allá de lo meramente político en este tema de las lenguas, los "espíritus" y las traducciones, tan delicado para un movimiento que se quiere internacional (7).




Política como praxis: organización y reconocimiento del terreno

Aquel volver a empezar desde el principio es el lema leninista que Antonio Gramsci parece haber adoptado desde entonces, durante la estancia en Moscú y Viena, y luego en Roma, durante los años de reconstrucción del partido comunista hasta su detención en 1926. Para Gramsci fueron casi cuatro años de actividad política intensísima en el grupo dirigente de su partido y en la Internacional comunista. Cronológicamente, la primera lección que Gramsci parece haber aprendido durante su estancia en Moscú (1922-1923) es la decisiva importancia del aparato organizativo para incidir en el desarrollo de los acontecimientos político-sociales, superando así sus anteriores dudas al respecto. Por ello escribe a sus antiguos compañeros de L'Ordine Nuovo llamándoles la atención sobre la necesidad de no repetir el error cometido en 1919-1920. Justamente porque en aquel momento pasado la repulsión que el grupo sintió ante la idea de tener que crear una fracción tuvo como consecuencia el aislamiento político, ahora, en 1923, se tratará de "crear en el seno del partido un núcleo de camaradas con el máximo de homogeneidad ideológica y capaces de imprimir a la acción práctica una unidad de dirección superior" (8).

Ése debería ser, en su opinión, uno de los primeros pasos a dar; pero erradicando al mismo tiempo la concepción del otro núcleo de comunistas que se impuso en el partido después del congreso de Livorno, esto es, superando el "otro error, más importante aún, que consiste en plantearse el problema de la organización de modo abstracto, como si sólo se tratara de crear un aparato de funcionarios fieles y ortodoxos, puesto que -piensa Gramsci- la existencia de tal aparato no puede determinar la revolución, la revolución no depende únicamente del aparato organizativo del partido (9). Por eso, porque Gramsci sabe que el aparato es un medio, no un fin en sí mismo ni el elemento único determinante, tiene que preguntarse cuáles han sido realmente las causas principales de la derrota de la clase obrera italiana mientras el fascismo crece; y, una vez dilucidadas las razones de la derrota, tratar de encontrar los instrumentos teóricos, estratégicos y tácticos, para modificar la situación nuevamente en un sentido revolucionario.

Tarea ardua. Gramsci era consciente de ello cuando a finales de 1923 envía al periódico de la juventud comunista de Milán un artículo sintomáticamente titulado "¿Qué hacer?", cuya finalidad es, por supuesto, influir en la polémica que en ese momento empieza a desarrollarse en Italia sobre las causas del fracaso obrero de 1920. Tarea ardua, porque la pregunta de por dónde empezar parece conducir siempre a un principio anterior: cierto que la causa de la derrota ha sido la inexistencia de un partido revolucionario -argumenta Gramsci-, pero ¿cuál ha sido la razón de que dicho partido no existiera todavía en 1919-1920? Nuevamente, como en 1919 al reflexionar sobre el origen de L'Ordine Nuovo, aparecen ahora las palabras de rigor en quien intenta pensar en serio y de forma autocrítica acerca de los errores del pasado reciente: hay que empezar preguntándose "quiénes éramos, qué queríamos, dónde pretendíamos llegar". Pero incluso antes de responder a esas preguntas hay que establecer los criterios, "los principios, las bases ideológicas de nuestra autocrítica".

La argumentación de Gramsci es en esta ocasión muy explícita y adelanta algunas cuestiones que luego serían motivo de reflexión, con más detenimiento, durante los años de la cárcel. Opina Gramsci que la debilidad principal de los partidos obreros italianos ha sido su desconocimiento de la situación en la cual tenían que operar; que han faltado libros que estudiaran la estructura económico-social italiana, la evolución de los partidos políticos más importantes, los vínculos de clase de los mismos, su significación; y que no sólo se desconocía la situación italiana, sino -lo que es peor- ni siquiera existían los instrumentos adecuados para conocerla. Al faltar la ciencia social, la capacidad de análisis de la situación concreta, era imposible hacer previsiones, establecer hipótesis sobre el desarrollo futuro, en una palabra, trazar las líneas de acción que pudieran incidir sobre la realidad con ciertas probabilidades de éxito (10).

"Éramos completamente ignorantes y por eso estamos desorientados", dice Gramsci a los suyos. La ausencia de análisis social -de un análisis social que debería haber explicado hechos tan relevantes como la significación del sindicalismo en Italia, el éxito de éste entre los obreros agrícolas, la coincidencia espacial de republicanismo y anarquismo, el paso de muchos elementos sindicalistas primero al nacionalismo y luego a las filas fascistas- ha sido, en su opinión, la causa de que los partidos obreros italianos no tuvieran una "ideología" propia que difundir entre las gentes. Por todo ello, a las preguntas qué hacer, por dónde empezar, Gramsci responde con palabras en las que resuena el programa leniniano de finales de 1922: estudiar, estudiar los problemas propios de la clase obrera, su filosofía, su sociología, "reunirse, comprar libros, organizar lecciones y conversaciones sobre el marxismo, dotarse de sólidos criterios para la investigación y el análisis, criticar el pasado para ser más fuertes en el futuro y así vencer" (11).

Tal es, para él, el principio del principio. Al mismo tiempo que Gramsci se dedica preferentemente a cuestiones de organización, va traduciendo la recomendación de Lenin en un programa de estudios en el que despuntan ya algunos de los temas centrales de su reflexión en los Cuadernos de la cárcel. Su preocupación principal es alejar fáciles ilusiones de los jóvenes comunistas y abrir camino a la superación del pesimismo y de la desorganización reinante entre la clase obrera de la Italia fascista (12). Es en ese marco en el que Gramsci prolonga y rebasa la primera autocrítica del leninismo. Lo hizo interviniendo casi simultáneamente en dos ámbitos. El primero es el análisis de la nueva situación que se ha ido creado en la Unión Soviética después de la muerte de Lenin en 1924. El segundo es el reconocimiento del terreno en la Italia fascista. Ambos confluyen en 1926.

En los dos temas Gramsci ha dado muestras de que, como hombre político en activo, como dirigente político, tenía pensamiento propio. Su reflexión sobre la primera crisis seria en el grupo dirigente del PCUS, reflexión incomprendida por casi todos cuando la expresó, ha abierto el camino para la rectificación del exceso rusificador en la Internacional. Ahí Gramsci se adelantó a su tiempo. Y de ahí ha salido el sentido común ilustrado (13) que fundaría la teorización de las vías nacionales al socialismo. Por otra parte, la reflexión de Gramsci sobre la cuestión meriodional en Italia, en este caso una reflexión inacabada, pero cuyo núcleo central fue el análisis del papel mediador de los intelectuales, ha abierto el camino para la configuración de un nuevo bloque histórico-social frente al fascismo. Se puede decir que ambos casos la reflexión de Gramsci ha dignificado la práctica política comunista frente a las formas, entonces imperantes, de economicismo, sociologismo o mecanicismo. Cuando se compara estas intervenciones con los escritos de otros contemporáneos suyos, lo que más resalta en ellas es el equilibrio con que Gramsci se movió entre historia y presente, tanto al evaluar las consecuencias de la crisis en el grupo dirigente soviético como al analizar la cuestión meridional italiana.

Toda la actividad política de Gramsci desde 1924 hasta su detención, en noviembre de 1926, ha estado marcada por el intento de resolver problemas de organización y por la controversia en curso tanto en el partido comunista italiano como en Internacional (y entre ambas instituciones) acerca de la estrategia a seguir después del reconocimiento de la derrota de la revolución en Alemania y la consolidación del fascismo en Italia. Es la época del gran debate entre la idea del "socialismo en un solo país" y la idea de la "revolución permanente", un debate que, como es sabido, acabó en drama.

En esos años, entre Viena y Roma, Gramsci ya no es un periodista o un teórico de lo político; es un dirigente comunista con responsabilidades que tiene que tomar decisiones, pero al mismo tiempo es un hombre enamorado que, ante la ausencia de la mujer amada, declara estar conociendo "el desierto de lo sólo político". En las cuestiones de organización se ha atenido, en lo esencial, al leninismo característico de las direcciones de los partidos comunistas de entonces, a lo que se llamaría "centralismo democrático". Eso es algo que entonces no se podía en duda en los ambientes en que trabajaba Gramsci. Y, en cualquier caso, él pensaba que seguir manteniendo la actualidad de la revolución, en una fase caracterizada por la "estabilización relativa del capitalismo", obligaba a la bolchevización. La originalidad de su praxis política durante aquellos años no hay que buscarla por ahí, a mi entender, sino en la manera de intervenir en el otro asunto, el de la controversia sobre la estrategia política. En esto último la peculiaridad de Gramsci es haber propugnado y prospectado la unión de autonomía nacional e internacionalismo.

En la controversia de esos años la posición de Gramsci no es asimilable a la de ningún otro de los dirigentes políticos comunistas del momento, ni en el partido ruso ni en la Internacional. Hablando con propiedad, él no fue estalinista, ni trostkista, ni bujarinista. Era demasiado laico y "protestante" para ser cualquiera de esas cosas. De ese laicismo han surgido muchos equívocos sobre "las antinomias" de Gramsci, exageradas mayormente por autores que han planteado la cosa como si hubiera que elegir siempre entre disyuntivas dadas y cerradas, formuladas además por otros.

Cuando se lee su correspondencia de esos años con los otros miembros del grupo dirigente del partido comunista de Italia lo que más llama la atención es la lucidez, la veracidad y la prudencia con que Gramsci supo moverse en una situación de ásperos contrastes que todavía no habían llegado a los asesinatos que caracterizaron la peor época del stalinismo. Para captar esta peculiaridad suya hay que hacer abstracción, ciertamente, de algunas de las fórmulas ritualizadas del momento. Antes de emitir juicios o de tomar iniciativas, el Gramsci de esos años está siempre pidiendo más información sobre cada uno de los temas que trata y distinguiendo siempre de qué se está hablando en cada momento.

Por eso Gramsci pudo aceptar al mismo tiempo el argumento de Trotski (frente a Stalin) sobre lo que había sido el desarrollo histórico de la revolución rusa y el punto de vista de Bujarin (frente a Trotski) sobre la nueva política económica en la Unión Soviética; disculpó a Stalin de la acusación de nacionalismo que le lanzaba la izquierda comunista y discrepó de Togliatti (cuya actitud consideró burocrática) sobre la mejor forma de intervenir en la controversia soviética. Criticó el método administrativo con que en 1926 la mayoría estalinista estaba conduciendo la lucha política en el seno del partido ruso y se distanció tanto de la mayoría como de las minorías opositoras por considerar que ambos grupos anteponían la cuestión rusa a los intereses del proletariado internacional (14). También rechazó tanto la concreción trostkista para Europa occidental de la idea de "revolución permanente" como la instrumentalización estaliniana de la idea del "socialismo en un solo país". Por encima de las discrepancias puso Gramsci la necesidad de la unidad (no sólo porque se estaba en un momento malo, sino también por conciencia de los efectos negativos de la desunión entre los que se consideraban vanguardia de los de abajo) y argumentó que lo que más importaba, salvando la unidad del núcleo ruso, era, en aquella circunstancia, analizar las diferencias entre Oriente y Occidente y actuar en consecuencia.

Es por ahí por donde empieza a abrirse camino la estrategia gramsciana sobre la revolución en Occidente que culmina en los Cuadernos de la cárcel. Desde 1924, después de la muerte de Lenin y del fracaso de la revolución en Alemania, Gramsci ha estado pensado en cómo traducir "al lenguaje histórico italiano" la táctica internacionalista del frente único. Para él esta traducción significaría desplazar el proceso de formación de los partidos comunistas del terreno internacional al terreno nacional, y, por lo tanto, un cambio notable en la manera de entender entonces el internacionalismo. Gramsci ha intuido que, en las nuevas condiciones, el movimiento revolucionario no podía ser dirigido por un único centro y desde arriba, sino que había que fundir autonomía nacional e internacionalismo.

Por otra parte, la necesidad del reconocimiento del terreno nacional venía dada, en su opinión, por las diferencias existentes entre el experimento ruso y las modalidades de la revolución proletaria en Europa occidental, así como por la presencia del fascismo en Italia. El principal rasgo diferenciador era, para Gramsci, la existencia en el occidente europeo de unas reservas políticas y organizativas que la clase dominante no tenía en Rusia. De ahí que en la parte occidental de Europa ni siquiera las crisis económicas más graves hayan tenido repercusión inmediata, al menos favorables a los de abajo, en el campo político. En Occidente la política va siempre con retraso; y con retraso, además, sobre la economía. En ese contexto la traducción de la idea de gobierno obrero y campesino querría decir, para el caso de Italia, insertar la cuestión meridional y la cuestión vaticana (dos grandes asuntos poco tratados) en el programa del partido. Así es como la cuestión meridional se convierte para Gramsci en cuestión nacional.

Desgraciadamente, Gramsci fue detenido por la policía fascista cuando estaba empezando a dar cuerpo político alternativo a esta reflexión. No podemos saber, por tanto, cómo se habría concretado su proyecto en el ámbito de la praxis política, ni si Gramsci habría logrado vencer las reticencias de Togliatti en lo tocante a las relaciones con el grupo dirigente del PCUS, ni lo que habría sido su destino, de haber estado en libertad, cuando se agudizó la represión estaliniana en la URSS. Se ha especulado mucho sobre todo esto, pero no me voy a detener en ello aquí. Lo que Gramsci pudo hacer en los años que siguieron, ya desde la cárcel, fue prolongar la reflexión y el análisis que sobre estos temas (implicaciones de la cuestión meridional y fusión de lo nacional e internacional) había comenzado entre 1924 y 1926 (15).




Notas

(1) "Discorso agli anarchici", en L'ON, del 3 de octubre de 1920.
(2) E. Ragionieri "Gramsci y el debate teórico en el movimiento obrero internacional", en Actualidad del pensamiento político de Gramsci, Grijalbo, Barcelona, 1976, pág. 192 y ss.
(3) V. I. Lenin, "Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial", en Obras Escogidas, III, págs. 750-751.
(4) Ibid.
(5) A. Gramsci, Quaderni del carcere, edición crítica al cuidado de Valentino Gerratana, Einaudi, Turín, 1975, volumen II, pág. 1468 (en lo sucesivo citaré esta edición como Q. seguida del número de la página correspondiente).
(6) V. I. Lenin, lugar citado.
(7) La cuestión de las lenguas (como asunto político-cultural) y la cuestión de la traducibilidad de los lenguajes están en la base de la nacionalización de la estrategia internacionalista que Gramsci propugna en los cuadernos de la cárcel. He desarrollado este punto en "Lengua, lenguaje y política en Gramsci", Gramsci e o Brasil: http://www.arnet.com.br .
(8) Carta a Togliatti (18 de mayo de 1923), en A. Gramsci, Lettere (1908-1926), al cuidado de Antonio A. Santucci, Einaudi, Turín, 1992, págs. 118-119.
(9) Carta del 9 de febrero de 1924, en Lettere, ed. Santucci, cit., págs. 223-237.
(10) "Che fare?", carta publicada por el periódico Voce della gioventú, el 1º de noviembre de 1923; reproducida en A. Gramsci, Per la verità, Editori Riuniti, Roma, 1974, pág. 277 y ss.
(11) Ibid, págs. 269-270. Unos meses antes Gramsci había hecho una propuesta práctica: crear un grupo dedicado a investigaciones económicas, para el que quería contar con la colaboración de Piero Sraffa.
(12) Acerca de la preocupación gramsciana por combatir el pesimismo existente por esas fechas entre compañeros y amigos se puede ver también la carta enviada desde Viena el 21 de marzo de 1924 a Togliatti, Scoccimarro y Leonetti, en Lettere, ed. A. A. Santucci, cit., pág. 282 y ss., así como el artículo titulado "Contro il pessimismo", en L'ON del 15 de marzo de 1924.
(13) "Senso comune" es el título que Gramsci propone, en 1923, para un boletín en el que revertirían los trabajos del grupo de investigaciones económicas. Se inspiraba en la publicación laborista Common Sense. Al hacer la propuesta dice, significativamente, que "sentido común" podría ser no sólo el título del boletín, sino también... un programa (en Lettere, edición de A. A. Santucci, cit., págs. 115-116).
(14) Cartas del 14 de octubre, en nombre de la oficina política del PC de Italia ("La pasión violenta de la cuestión rusa os hace perder de vista los aspectos internacionales de la misma cuestión rusa") y del 26 de octubre de 1926 (a Palmiro Togliatti); ambas en Lettere, ed. A. A. Santucci, cit., págs. 455-479.
(15) Me he ocupado de cómo se prolongó esta reflexión en "Plan, estructura y temas de los Cuadernos de la cárcel", Leyendo a Gramsci, El viejo topo, Barcelona, 2001.
Valora este capítulo: (1 opiniones)
Autor y licencia de 'Gramsci para rojos nepantla (o perplejos) - Entre libertarismo y leninismo'
Francisco Fernández Buey Extraído de: http://www.lainsignia.org CopyLeft
Todos los textos realizados exclusivamente para el diario son de libre reproducción, sin más condición que la cita de autor, fuente y enlace de La Insignia, para entidades sin ánimo de lucro que se atengan de forma estricta al principio de socialización de la información.
Este contenido ha sido recopilado por el equipo de Wikilearning. Todo el contenido recopilado se ha obtenido respetando y comunicando en nuestro site la licencia de cada fuente.
Wikilearning tiene permiso expreso por escrito de los autores para publicar los contenidos que ha extraído de otras webs, incluyendo su uso comercial.

Opiniona sobre 'Gramsci para rojos nepantla (o perplejos) - Entre libertarismo y leninismo' (1)

Tu nombre debe tener tres caracteres como mínimo.
Es necesario que te des de alta con una cuenta de correo válida.
Es necesario que te des de alta con una cuenta de correo válida.
El contenido del título de tu opinión debe tener tres caracteres como mínimo.
Es obligatorio que selecciones una valoración del recurso.
El contenido del comentario de tu opinión debe tener tres caracteres como mínimo.

Opina sobre este artículo



* Valoración:
* Nombre:
* Correo electrónico:
* Título:
* Comentario:

Wikis relacionados con 'Gramsci para rojos nepantla (o perplejos) - Entre libertarismo y leninismo'

Este artículo relaciona la recepción crítica del Portrait of the Artist as a Young Man,... Más »
El objetivo de este trabajo es establecer una serie de relaciones entre los textos de... Más »
Este artículo propone un análisis parcial de la producción del piamontés Cesare Pavese. El eje... Más »
Según las historias de marinos que circulaban por el Meditérraneo, el Océano Atlántico estaba lleno... Más »
La autora Yanitzia Canetti, nacida en Cuba en 1967 y residente en los Estados Unidos,... Más »
¿Estás seguro de que deseas eliminar este capítulo?