



Algo está cambiando. Nuestra "Filosofía Primera" se ha vuelto esencialmente estética. Si para los antiguos el fundamento era el Ser, para la Edad Moderna la Conciencia, y para la Modernidad el Lenguaje, ahora nuestra filosofía primera es un paradigma estético. Ello indica una estetización a gran escala de la realidad, una "cultura estetizada" al decir de R. Rorty. Por lo tanto, la dispersión y la pluralidad han posibilitado el surgimiento de multiplicidades y diferencias, un calidoscopio vital no único, sino lleno de sentidos y lenguajes que construyen verdades desde la pulsión creadora artística.
Con la idea de agotamiento o crisis de todo fundamento y unidad, varias categorías estéticas se derrumban apoteósicamente al final del milenio. ¿Qué está amenazado de la estética moderna?. Si la amenaza, como hemos dicho, es nuestra condición, un proceso irreversible, de esta forma están amenazados los conceptos de juicio estético y de gusto en tanto que ha cambiado el artefacto artístico; las ideas de sublimidad, angustia, soledad, autenticidad también transforman su razón de ser. Fin del melodrama romántico. El concepto del "Yo creador individual" se ha ido relajando, como también la potencia mágica y el encantamiento del mundo debido a las hiperrealidades tecnológicas. Se desvanece toda preocupación por comprender los contenidos textuales. Fin de la era de la interpretación analítico-crítica, de la noción del arte como oficio o actividad específica ejercitada sólo por artistas y especialistas. (Del sujeto y objeto estéticos modernos al sujeto y objeto estetizados posmodernos). Se están desvaneciendo las utopías de trascendencia humana por medio del sueño y el deseo, tantas veces proclamados por las Vanguardias; se amenaza al proyecto de monumentalidad sistemática en la obra de arte...
¿Qué se está imponiendo estéticamente por la amenaza?. Una estetización global de lo banal amparada por un proceso de masificación del gusto y del juicio estéticos; la museografía en red de todas las producciones artísticas, lo cual despoja la capacidad de transformación que estas contienen, pues se les asume como sensibilidades muertas, almacenadas; el Pastiche estético como fórmula de reordenamiento y re-utilización de las producciones artísticas pasadas, pero relajando la fuerza del significado histórico hasta convertir las obras en adornos y ornamentos superficiales, averiados en su sentido; una desgravitación de la momumentalidad y de los géneros, edificando, para bien, el bricolage, la multiplicidad y la hibridación de los relatos. Junto a la unidimensionalidad de los discursos duros, se impulsa el compromiso con la multimedia estética que gana en sentidos por sus exploraciones diversas y plurales; la liberación de las tensiones de escuelas fundamentalistas, impulsándose el relax que facilita el espectáculo, el éxtasis y lo agradable; la crítica a lo dominante e inquisitorial de los estilos, pues ya no hay estilos únicos sino eclécticos, lo que deja al arte en un confortable estado de levedad y libertad para aceptar cualquier acción en sus creaciones. Pero el relajamiento frente a las doctrinas establece también el relajamiento crítico. Irónica contradicción. La crítica toma matices de aplauso y aceptación ante cualquier obra, sea superficial o profunda. Por lo tanto, se impone la coexistencia pacífica de lo mediocre con lo altamente elaborado.1 Así la crítica resulta ser un oficio fácil, sin demasiado peligro; no requiere de un experto, sino de un conciliador. "Lo cierto es que los críticos ya no critican, excepto en el sentido de que, públicamente, hablan bien de cualquier cosa. La idea de publicar algo en contra inquieta a la mayoría". 2
Por el proceso de globalización del consumo, el gusto se da como "elitismo de masas", las cuales actualmente devoran mucho más información artística que hace veinte años. Esta elite de masas es estetizada para frecuentar, con un sentido casi religioso de espectáculo y moda, las producciones artísticas, sobre todo los audiovisuales que exigen un menor esfuerzo. Prolifera una estética que reivindica el "mundo del arte", es decir, "todo lo que tiene que ver con el arte exceptuando el arte mismo" (Gardner, 24): la empresa cultural que gira en torno al artista, desde los críticos conciliadores, pasando por los compradores hasta los snobistas, la farándula y los auténticos intelectuales. Por lo pronto se amenazan también la calidad y la excelencia artísticas como algo que hay que desaprobar por ser paradigmas terminados, asumiéndose en su lugar las ideas de lo ágil, lo decorativo y lo ligero. Tal vez esta sea una gran ventaja frente a los totalitarismos excluyentes de una modernidad deslegitimadora de los discursos blandos, frágiles, imprecisos. Sin embargo, los resultados de esta fragmentación dejan por ahora mucho que desear en tanto calidad y trascendencia, porque, es posible, que esto ya no importe a los actuales artistas.
Paralelo a este gusto frágil, de fácil digestión, construido no con el esfuerzo intelectual de estudio, inteligencia y sensibilidad, sino con base en la basuralización mediática, se repliega una tendencia de academizar el arte, restándole toda fuerza de ruptura e innovación. La estetización académica se observa en el ofrecimiento que los establecimientos educativos hacen al público de cursos sobre, por ejemplo, la rebeldía y las formas de ser contestatarios. Las propuestas de las vanguardias ahora se les estudia como algo exótico, folclórico, reduciéndolas a simple "cultura general" lo que da prestigio y estatus intelectual y social. La rebeldía y la diferencia ya no dicen nada a nadie. Son un curso más, un programa más en las universidades.
Las contradicciones como se observa son varias. Por una parte, alguna transformación ayuda a superar el anquilosamiento racional o irracional dogmático que el arte moderno impulsó como doctrina o escuela (v.g., algunas escuelas vanguardistas), pero por otra, se destila, gracias a este relajamiento, el paradigma de lo fácil, ligero, mediocre, donde la superficie se cambia por superficialidad, y la profundidad es más bien un vacío de propuestas renovadoras. Quizá lo que menos interesa a este arte sea la innovación. Más que cambio paradigmático y sustancial, pretende programarse, modificarse en sus estados finales, hacer una frívola multimedia. Algo se des-centra, y esto como hemos visto, quizá tenga mayores o menores alcances. Sin melancolías, sin nostalgias, debemos saber que el descentrarse y provocar una ruptura con nuestras nociones respecto a las producciones estéticas y su calidad, hace parte del proceso de fractura óntico-epistemológica de Occidente.
Se hace necesario entonces estudiar las nuevas categorías que surgen de estas derivas con base en la pluralidad y a la fragmentación de lo real. Así nos parezcan obsesivamente banales, mediocres o terribles, estas categorías son producto precisamente de una racionalidad que se creyó omnipotente y ahora está en ruinas. Como hijos del desencanto, debemos estudiar muy bien la naturaleza de dicho desencanto y no darnos golpes de pecho por las pérdidas. ¿O es que acaso algo se pierde?. ¿O acaso no se gana para la libertad estética la gracia de la despreocupación, de la espontaneidad, manifiestas en las producciones volátiles y nada monumentales de la actualidad? ¿Son causa de condena y culpabilidad las categorías surgidas de la pluralidad, lo heterogéneo, la dispersión, la fragmentación de los discursos sólidos?. No. Tan importantes como las categorías modernas y clásicas, las posmodernas requieren una hermenéutica de sus sentidos para abordarlas como provenientes del desvertebramiento sistémico totalitarista. Las nociones de heterogeneidad, pluralidad, discontinuidad, simultaneidad, diferenciación, bricolage, inestabilidad, indecibilidad, lo aleatorio, paradojal, lo contingente y arbitrario son categorías estéticas irreversibles.3
De igual manera, la estetización posmoderna de cualquier objeto cotidiano también posee ventajas y desventajas. Su proyecto está guiado hacia la masificación de las sensibilidades y de la obra de arte. Cierto es que esta estetización contiene una decadencia de aura y una escasez de magia, ilusión y ensoñación por su afán decorativo efímero. El ornamento y su falsa catarsis estética transforman lo real en un objeto fetiche de valor de cambio más que de uso. Por lo mismo, la estetización se está realizando en todas partes, desde lo altamente elaborado hasta la banalización del gusto y del juicio. Toda la cultura está pasando de los medios al público como estética realizada, como fenómeno de moda y publicidad, constituyéndose en una de las utopías de la masificación. Sí. Ahora todo puede convertirse en obra de arte, performances en vitrinas y pantallas portátiles, hasta el uso del propio cuerpo, reciclado y con prótesis, como espacio para moldearse en artefacto artístico. Ready made vivientes, museificados como el Portabotellas de Duchamp. De allí una pequeña garantía de sueño: todos podemos ser creadores, aunque sólo sea una simulación democrática. Sueño nietzscheano recogido por Joseph Beuys y quizás por Warhol. Pero somos creadores por una estetización del mercado y el consumo. El público se vuelve artista en tanto sacraliza la mercancía, es decir, lleva su aura secular a pronunciar algo, a manifestar un deseo, un vacío, la magia de la ausencia. La mercancía se vuelve estética por su fuerza de ensoñación; de allí la globalización de su encantamiento. Estetizar el aura secular de la mercancía – propuesta Baudelaireana- constituye la mayor estetización de lo cotidiano. Vamos hacia un milenio que estetizará el marketing y lo tecno-cultural. Sin embargo, satanizar este proyecto es ignorar la lógica capitalista del arte moderno. Sin sentimentalismos ni romanticismos, el próximo siglo asumirá la desentronización de la obra de arte, imponiendo una nueva aura secular, construyendo otro pedestal mediático virtual, con nuevas ilusiones y ensoñaciones, diferentes a las hasta ahora conocidas.
En estos cambios de paradigmas estético-poéticos, las tecno-virtualidades de las redes comunicacionales y microelectrónicas también tienen mucho de protagonismo. Desde hace algunos años se trabaja sobre los impactos que causarán sus presencias en las próximas creaciones. Las categorías de tiempo y espacio, de geografía y ciudad, de pertenencia y participación sobre un territorio, de frontera, de distancia y velocidad ¿cambiarán para los poetas del futuro?. Sí. Ellos trabajarán con nuevos estadios del pensamiento y de la sensibilidad. Los próximos artistas y poetas captarán una telépolis transnacional y su percerción se transmutará en red, construyendo el sueño metafísico de estar en todas partes y en ninguna. Otros mundos telemáticos y cinéticos les esperan a los poetas en el extenso recorrido al porvenir. Podemos sólo imaginar los resultados de las obras poéticas llenas de palabras e imágenes de un mundo desgravitado y telepresencial. De esta forma, muchas de las utopías que la poesía ha deseado alcanzar, serán realizadas por las redes de energía en información y velocidad: el instante eterno, el eterno presente, la hiperconcentración del tiempo, la ubicuidad, la inmediatez, lo instantáneo. Entonces, habrá que horadar en otros terrenos, crear otros sueños que faciliten el afianzar la existencia, dar origen a una nueva maravilla. Nuestro poeta futuro, quizá teleglobalizado, tecno-imaginativo, tecno-virtual, mantendrá lo que los poetas de otros tiempos han procurado construir: la creación y la presencia de un milagro en medio de lo cotidiano; la instauración de un Ser a través de la palabra; el asombro como potencialidad reflexiva y exploradora de lo desconocido; la fructífera idea de cambiar no tanto al mundo sino la vida; el riesgo, la aventura, la imaginación poética, la fuerza crítica como actitudes permanentes; el rescate del símbolo, del sentido y su capacidad de alucinación y magia; la pasión develadora, mistérica, profética y espiritual; el inventar el deseo como forma de imponer la voz de la vida para suspender por un momento la muerte a través de la memoria, el amor, la palabra.
Nuevos escenarios esperan a los poetas. Escenarios de flujos y redes en las telépolis desterritorializadas, descentradas e híbridas. Sus metáforas, los códigos de habla urbana se proveerán de las virtualidades de la realidad. Quizá crearán imágenes blandas, volátiles, veloces. La poesía del futuro es posible que genere un gusto por lo ingrávido contra lo monumental estético. Cambio de gnoseología y de ontología poética. Las sensibilidades plurales, sin fronteras, llevarán al símbolo a su estallido total: multimedia de sentidos, poesía en multimedia. Poetas de una ciudad informatizada donde se deambulará tratando de desconectarse de la superficial comunicación para lograr fundarse en el otro. Habitarán los "no lugares", esos espacios impersonales, sin identidad para los moradores anónimos urbanos. Allí también en las redes tecno-culturales el poeta del futuro hallará la presencia de un milagro que flluirá en la fragmentación de una realidad tan distinta a la que hasta ahora hemos experimentado.
Flujo, aceleración, velocidad, globalización, posibilitan en este final de milenio, y probablemente en el próximo, una poética que no habíamos ni siquiera sospechado. Hablar desde el sentir y la percepción del objeto real –que tanto nos dijeron los antiguos y modernos- se oirá como algo extraño, inservible. ¿No se construirá una poética con sensación virtual y percepción telemática en red?. Ello, creemos formará parte de la normal aceptación colectiva, como lo fue en su tiempo el teléfono, la luz eléctrica, el automóvil y la televisión. Poetas cibernautas en línea directa construyendo metáforas sobre el ciberespacio y los ordenadores. Algunos síntomas ya hacen parte hoy de estas aventuras: hipertexto, revistas electrónicas, ediciones digitales, páginas web... Otra aura más secular, o mejor, la secularización de la secularidad moderna ¿y por ello habrán de ser menos artistas y poetas?. Si juzgamos con los paradigmas de la modernidad estética ello es posible; pero nuestra travesía consiste en observar cómo las sensibilidades se fragmentan, edificando de diversas formas la obra de arte; de allí la atenta mirada que debemos poseer hacia estas transformaciones.
Ante la ciudad global, el poeta del futuro será ciudadano virtual. Por la velocidad ¿perderá la capacidad de pertenencia y participación a un territorio y de distancia?. Junto a esto, los conceptos de realidad, grandiosidad de la naturaleza se disuelven fácilmente por las tecnologías electromagnéticas. El anonimato y la soledad del poeta futuro estarán dados por la sensación de encarcelamiento en un mundo reducido y casi liquidado en su extensión planetaria por las redes. Si el sentido actual de anonimato es el confinamiento en medio de la expansión activa de las ciudades, al poeta futuro se le abrirá la posibilidad de dominar en el "ahora" las distancias y, por lo tanto, de disolver la idea de espacio extensivo. De allí el cambio de concepto de anonimato: un poeta anónimo virtual en la megápolis global intensiva. Poetas de la velocidad que nos hablarán y se horrorizarán quizá de las guerras electrónicas, de las democracias virtuales, de bombas informáticas, de las clonaciones y de la difícil tarea de distinguir entre humanos y replicantes por los avances de la bio-tecnología.
Creo que a pesar de los pesares, los nuevos poetas virtualizados o tecno-imaginativos -sedados o no frente al paradigma de un ethos contestatario, transformativo- modificarán el lenguaje, transmitirán a través de nuevos códigos la misteriosa y aterrradora sensación de estar vivos, la contingencia del existir, de habitar con el otro- así sea en red- y la aventura de pertenecer a una especie tan cruel y apasionada por desintegrarse y construirse.
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