



Desde que estalla la guerra de la Independencia, el escritor prusiano supo ver en ella un tema que podría resultar rentable desde un punto de vista propagandístico, lo cual le llevó a explotarla en obras de teatro, poemas y ensayos. Hasta 1808 España era un país desconocido para Kleist y para la mayoría de sus contemporáneos. Los únicos contactos del escritor con el mundo español habían transcurrido en el campo literario gracias sobre todo a Cervantes, del que Kleist era un gran admirador. Una de las novelas ejemplares cervantinas, La fuerza de la sangre, inspira al escritor su relato Die Marquise von O. Desde la primavera de 1808, cuando los periódicos empiezan a informar de la llegada de tropas francesas a la Península y de las primeras protestas de la población, España se transformará en un tema de moda tanto en lo político como en lo cultural.
La primera consecuencia que tiene la contienda peninsular en la obra de Kleist es una pieza teatral, Hermannsschlacht [La batalla de Hermann], en torno a la que hay suficientes datos como para concluir que su concepción fue resultado directo de la lucha española. El escritor había empezado a trabajar en este drama de cinco actos a mediados de agosto de 1808 -poco después de conocerse la derrota francesa en Bailén, primer revés militar de relevancia de Napoleón en Europa-, si bien la idea de comparar la época de Hermann, o Arminius, con la que vivía Prusia a comienzos del siglo XIX se le había ocurrido antes.
Hermannsschlacht
se remonta al siglo I a. C. para relatar el deseo de Hermann, un cabecilla de las tribus germanas, de unir a su pueblo contra los romanos. La historia es real: este germano legendario luchó contra las legiones que enviaba Roma a Germania hasta que en el año 20 d. C. encontró la muerte en una conjura. Kleist se ciñe en su pieza teatral a los hechos históricos, aunque dándoles tal enfoque que las referencias a la actualidad de ese momento son inevitables. Así, la propuesta de Hermann de conducir a sus queruscos a una insurrección que debía propagarse por toda Germania, es una contundente invitación dirigida a los alemanes para que se subleven contra los franceses imitando a los partisanos españoles e implicando a toda la sociedad en el conflicto, al igual que sucedía al sur de los Pirineos. Pese a los esfuerzos de Napoleón por ocultar los acontecimientos de la Península, en aquel momento ya se sabía que la guerra de la Independencia era un levantamiento general, y no sólo una lucha tradicional entre fuerzas militares regulares. Kleist propone a través de Hermann que los alemanes formen una gran alianza y luchen juntos contra Napoleón de modo similar al de los españoles.La obra de teatro fue redactada con intención de darla a conocer en el mundo germano. No es extraño que el escritor escogiera la forma teatral, ya que el escenario era entonces un potente canal propagandístico. Una vez acabada la obra, el autor inició las gestiones necesarias para conseguir que se representara en algún escenario. Sin embargo, los paralelismos de la obra con las circunstancias políticas no pasaron desapercibidos a las autoridades censoras de Prusia, quienes se apresuraron a prohibir su estreno ante el temor de que se produjese un levantamiento, tal y como quería el Arminius de la ficción. Kleist tuvo que conformarse con la lectura de la obra en pequeños círculos sociales.
Los intentos por estrenar Hemannsschlacht traspasaron las fronteras de Prusia y se dirigieron a Sajonia, donde se prohibió por el mismo motivo: "... guarda relación con las circunstancias políticas actuales y por eso no puede imprimirse."1 Un tercer país en que la suerte resultó adversa para Hermannsschlacht fue Austria, a pesar de que ahí la situación era favorable para obras que preconizaban la oposición a los franceses. Kleist mandó una copia manuscrita a Collin, un poeta con buenas relaciones en el teatro imperial de Viena, rogándole que recomendara el drama para su estreno. La urgencia del dramaturgo era tal que le propone a Collin que, si Hermannsschlacht recibe la aprobación, "...se lleve al escenario antes que Kätchen"2, otra pieza dramática de Kleist cuyo estreno se estaba preparando en aquel momento en la escena vienesa y que podía esperar por no tener contenido político alguno. Tal prisa viene a confirmar la meta propagandística de Hermannsschlacht. A esta primera carta, que quedó sin respuesta por parte de Collin, siguieron otras dos. En la de abril de 1809, Kleist le recordaba de nuevo cuánto deseaba el estreno de su obra, "... calculada solo y exclusivamente para el momento presente. Escríbame pronto: se estrenará; me es indiferente cualquier condición, se la regalo a los alemanes."3
Collin entregó Hermannsschlacht a la dirección del teatro imperial, pero ésta no mostró demasiado interés por una obra cuyo montaje era complicado. El drama tuvo que esperar aún varios años: en 1828 se imprime por primera vez y en 1850 se lleva a escena en Viena; dentro de Prusia, corresponde a Breslau el honor del estreno en 1860. Hermannsschlacht se vio privado de la influencia que podría haber tenido al ser dado a conocer cuando la actualidad para la que había sido concebido ya había pasado.
Después de Hermannsschlacht llegan otras creaciones de Heinrich von Kleist que también se inspiran total o parcialmente en la guerra de la Independencia, como el poema Oda an Palafox. A mediados de mayo de 1809, cuando estalla el conflicto entre Francia y Austria, el escrior se traslada a Praga, bajo el dominio de los Habsburgo, para colaborar desde allí con otros literatos de la época en una suerte de campaña propagandística que había organizado el gobierno vienés contra Napoleón. Será en la actual capital checa donde crea Kleist la mayoría de sus textos políticos.
En Praga concibe Kleist la idea de editar una revista, Germania, a la que van destinados los textos que redacta en los meses siguientes. El escritor quería una revista que se transformase en un foro para que los alemanes, "... sobre todo los del norte... puedan insertar sin peligro en mi publicación lo que tengan que decir al pueblo."4 Solicitó la licencia a principios de junio, y aunque el proyecto contó con la aprobación del gobierno austriaco, el rumbo que tomó la guerra hizo imposible la aparición de Germania. Quizás una explicación de por qué los ensayos de Kleist tuvieron tan poca difusión se encuentre en el hecho de que concentró todos sus esfuerzos en Germania sin intentar, en tanto duraba la espera, vender sus textos a alguna de las publicaciones patrióticas que entonces había en Austria.
Mientras la instancia del escritor era estudiada por las autoridades y éstas se decidían a conceder o denegar el permiso, Kleist preparaba sin descanso los trabajos que habrían de ser publicados en la futura revista.5 Katechismus der Deutschen. Abgefaßt nach dem Spanischen, zum Gebrauch für Kinder und Alte. In sechzehn Kapiteln6 es uno de los textos más curiosos de todos los que saldrán de la pluma de Kleist en este periodo. Los catecismos políticos, nacidos en Francia a finales del siglo XVIII, constituyeron durante la guerra de la Independencia un importante medio de propaganda por su concisión y sencillez. Aunque se destinaron sobre todo para la propaganda interior de España, algún que otro ejemplar de estos escritos arribó a Europa, donde también fueron buenos instrumentos de agitación. Al imperio austriaco también viajaron catecismos españoles. En Sammlung der Aktenstücke über die spanische Thronveränderung, una colección de proclamas españolas que mandó editar a comienzos de 1809 el gobierno de Viena como parte de su campaña de propaganda contra Francia, aparece publicado un Bürger-Katechismus7. Se trata de una traducción al alemán de Catecismo civil, y breve compendio de las obligaciones del español8, que había aparecido en Sevilla y que fue con toda probabilidad el que sirvió a Kleist como modelo.
Katechismus der Deutschen
es una adaptación del catecismo español a las necesidades alemanas. No hay que pensar por ello que sean frecuentes las referencias a la Península. La única mención que hay en el texto es la del título e incluso ésa podría haberse evitado. Parece que el escritor quiere recordar a los lectores que la idea la ha tomado de allí, de un país que ofrece un buen ejemplo de lo que es una nación. Los dieciséis capítulos del catecismo exponen el pensamiento nacionalista del autor, cuyos principios fundamentales se van desgranando a lo largo del texto. Una de las ideas a destacar es que los germanos forman parte de una entidad supranacional, perfilándose así una Alemania que se halla por encima de sus múltiples príncipes y reyes, quienes deben rendirle obediencia y sacrificarse por ella. Francisco II se presenta como el líder de esa gran Alemania, habiendo cierta idealización en su comportamiento contra Francia, como si salvar a los germanos del dominio napoleónico fuera realmente la única razón de la guerra de 1809. A lo largo del catecismo, Kleist pide a los alemanes que le reconozcan como máximo dirigente, igual que los españoles a Fernando VII. La religión no juega un papel relevante en Katechismus der Deutschen. Aunque se le dedican algunas frases, se la relega a un segundo plano, una diferencia evidente con el catecismo español de Sammlung, en el que el catolicismo se exhibe como una de las motivaciones que impulsan la lucha contra Francia.La repercusión del Katechismus der Deutschen fue nula. El manuscrito se leerá en los círculos patrióticos alemanes y sólo se imprimirá después de la muerte del autor. Si Kleist hubiera vivido cuando estallaron las guerras de Liberación, habría podido publicar entonces su texto, ya que entre 1813 y 1815 los catecismos se convirtieron en Prusia en importantes piezas de propaganda.
Otros ensayos de Kleist destinados a Germania corrieron la misma suerte. Ése fue el caso de Über die Abreise des Königs von Sachsen [Sobre la partida del rey de Sajonia], un escrito con tan poca publicidad que se perdió y no apareció hasta que en 1983 Weiss, un estudioso de la obra kleistiana, lo descubrió en el archivo checo Státní Oblastní Brno. Pese a que no tuvo ninguna influencia, nos interesa porque demuestra la impresión que aún producían en el ánimo de los europeos las abdicaciones de Bayona y el levantamiento del Dos de Mayo. Se trata de un ensayo de cinco páginas, redactadas entre el 16 y el 25 de abril de 1809, en el que se compara la partida del rey sajón, Federico Augusto I, custodiado por tropas francesas, con el secuestro de los Borbones. Kleist pretende convencer a sus lectores de que el viaje del monarca sajón a mediados de ese mes no ha sido voluntario, sino forzado, similar al de la familia real española hacía justo un año. El escritor basa su teoría en los múltiples rumores que circulan en la ciudad acerca de que Federico Augusto I y su familia han sido obligados por los militares franceses a marcharse de su palacio.
Esas suposiciones se transforman en Über die Abreise des Königs von Sachsen en algo real. El escritor relata con precisón las malas relaciones existentes entre el mariscal Bernadotte, enviado por Napoleón para tomar el mando de las tropas sajonas, y Federico Augusto I, viendo ahí la prueba de que los franceses, lejos de querer proteger la monarquía de Dresde, desean acabar con ella. Eso le recuerda "de un modo muy inquietante la historia de España y el destino de sus infelices regentes"9. A partir de ese momento de la narración, las comparaciones con el secuestro de los Borbones el año anterior son cada vez más evidentes. En primer lugar, Kleist equipara, aunque sin mencionarlo explícitamente, la conducta de Bernadotte con la de Murat en Madrid durante la primavera de 1808. Éste último tomó decisiones y obligó a que fueran ejecutadas sin tener en cuenta a la Junta de Gobierno, que ostentaba el poder legítimo desde la ausencia de Fernando VII. Bernadotte hace lo mismo con Federico Augusto I, obligándole a aumentar el ejército sajón, pese a que el país no estaba en condiciones de reclutar más soldados.
El paralelismo más evidente entre los hechos de Sajonia y los de España tiene lugar cuando Kleist relata el momento en que la comitiva de Federico Augusto I abandona su palacio de Dresde. La narración está hecha de tal manera que es imposible no pensar en lo sucedido en Madrid el 2 de mayo de 1808, cuando los últimos Borbones que quedaban en la capital se subieron, algunos llorando, a la carroza que les conduciría a Francia:
"El pueblo se había congregado delante del palacio formando una multitud enorme. La reina, madre de todo el país, apareció en primer lugar y subió sollozando al coche; a ella le seguía la princesa, con el pañuelo en la mano; el mismo rey lloró cuando saludó calladamente al pueblo. Todos los sombreros salieron volando de las cabezas como de tácito acuerdo. Se había apostado a un destacamento de caballería para que mantuviera... cercado al pueblo; pero el dolor mantuvo los ánimos en una sorda desolación. Cuando el coche llegó al puente..., la numerosa compañía del mismo le impidió continuar la marcha. No es posible describir la sensación que provocó ese singular suceso; fue como si la propia muerte, amenazadora, viniera para arrojar al camino a esa familia."10
Si en Dresde no se vivió un segundo Dos de Mayo, se debió a los comportamientos radicalmente diferentes del pueblo de esa ciudad alemana y el de Madrid. Los sajones se dejaron llevar por la pasividad, para decepción de Kleist, a quien le habría gustado una insurrección como la madrileña. Tal deseo le lleva a escribir: "Si el pueblo... hubiera realizado en ese momento decisivo el anhelo que estaba vivo en todos... Parece como si en situación tan lamentable la salvación de un príncipe sólo pudiera venir de sus siervos... Pero el pueblo calló; y el rey partió."11 La conclusión a la que quiere llevar Kleist al lector es que el futuro de Sajonia y de otros países germanos en manos de Napoleón no es esperanzador, ya que el emperador francés sólo pretende tener postrado al mundo alemán a sus pies. La solución, de nuevo, consiste en apoyar a Francisco II y organizar un levantamiento en masa contra los franceses. "La salvación de un príncipe sólo puede venir de sus siervos", la frase que escribe cuando el pueblo observa pasivo cómo la carroza real se pone en marcha y se aleja, es, en cierto sentido, la clave en torno a la que gira el texto.
Kleist, inconscientemente quizás, manipuló un tanto la situación de Sajonia para poder establecer un paralelismo con España y extraer así una enseñanza extrapolable al norte. En su ensayo no aparecían recogidas las diferencias que a todas luces existían entre el contexto político de la Península y el del reino sajón. Las relaciones entre el monarca sajón y Napoleón no podían compararse con las que había entre éste último y los Borbones. Baste decir que Bonaparte trataba a Federico Augusto I con el respeto que merecía como aliado. La prueba evidente de ello es, aparte de la autonomía de que gozaba el monarca dentro de la Confederación del Rin, que en los planes de Francia nunca figuró la idea de obligarle a abdicar.
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