Heinrich von Kleist escribe estos versos al general Palafox en marzo de 1809, profundamente impresionado, como muchos de sus contemporáneos, por la caída de Zaragoza en manos francesas. La noticia de que la capital aragonesa se ha rendido da la vuelta a Europa en esos momentos y en la Alemania de entonces produce un impacto sorprendente. No es la primera vez, ni será la última, que el mundo germano se conmociona con las noticias procedentes de España. La guerra de la Independencia lleva ya casi un año de andadura y ha proporcionado en ese tiempo innumerables sorpresas.
Kleist constituye un excelente ejemplo de la influencia que ejerció la contienda hispanofrancesa en los espíritus de la época, debido a que muestra hasta qué punto fue España un modelo de nación para el mundo germánico. Los escritos políticos de Kleist inspirados en el conflicto peninsular resumen las aspiraciones de los patriotas de la Alemania decimonónica, quienes estaban convencidos de que la unión de todos los Estados germanos era imprescindible para liberarse del yugo napoleónico. Esa alianza del mundo alemán había de estar encabezada por la figura de un rey, al igual que en España lo estaba por el ausente Fernando VII, y había de dirigirse contra Napoleón, aparte de con los medios de la guerra tradicional, con un gran levantamiento popular, como sucedía al sur de los Pirineos. La táctica de guerrillas, la conciencia de nación y la importancia de la religión para unir a todo un pueblo contra el enemigo eran algunas de las lecciones que daban los españoles a Kleist y a sus contemporáneos, quienes, animados por lo que ocurría en el sur de Europa, trazaban las primeras líneas de lo que sería el nacionalismo alemán.