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Ya en el siglo IV a.C., como atestiguan Demócrito, Leucipo y Lucrecio, el ser humano sabía que el Universo está formado por átomos. El término, que en griego antiguo significa indivisible, dio nombre incluso a una escuela de pensamiento: los atomistas. Durante siglos nadie tuvo la tentación de manipular el átomo. Pero hace 60 años unos señores decidieron disgregarlo para hacerse con su poder y alzarse así con la victoria en una guerra que, por otro lado, estaba ya ganada. Estrategias bélicas aparte, ¿por qué se cometió en ese preciso momento esta gravísima trasgresión de las leyes cósmicas?
El hombre antiguo no era menos sabio 0 expeditivo que el moderno, pero, al encontrarse más próximo a los orígenes, conservaba un sexto sentido que le señalaba dónde debía poner límite a sus acciones: los griegos lo llamaron nous; los escolásticos medievales, intellectus; los hindúes, buddhi, y los sufíes, rüh.
Se dice que ninguno de los investigadores que intervinieron en el Proyecto Manhattan, incluido Albert Einstein, evaluó cuáles serían las consecuencias de la fisión nuclear y que la devastación de Hiroshima les sorprendió. Si, en lugar del presidente de EE.UU. Franklin Roosevelt, hubiera sido un piel roja quien recibió las cuatro cartas que le envió Einstein a partir de 1939 animándole a fabricar la bomba atómica para frenar a los nazis, se habría quedado horrorizado por las terribles consecuencias que decían desconocer los científicos y los militares de Los Álamos.
Al dividir lo indivisible, el ser humano estaba traspasando los umbrales de la física para adentrarse en regiones metafísicas que no le está permitido visitar. ¿Acaso fue preciso sellar un pacto con las fuerzas oscuras para penetrar en sus dominios?
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