Historia de las cuevas de la Salamanca es el testimonio de toda una época. Una obra completa, abierta, que combina diversos sistemas discursivos literarios que operan en lo fabuloso-mítico a través de la erudición y la sátira, y bajo la luz del racionalismo deciocheno. Se trata de un texto lúdico que invita al lector a penetrar en un mundo escondido en el subconsciente de toda la humanidad, partiendo del caso concreto de las cuevas de Salamanca.
El mundo subterráneo es un punto de referencia de peregrinación gnóstica para toda la humanidad. La existencia de un lugar oculto que limite el sujeto y hace nacer el miedo. Una búsqueda de lo absoluto escondido a la razón y un viaje hacia el centro místico. El itinerario por el mundo subterráneo y su movimiento de ascenso y descenso simboliza las transiciones anímicas del alma, envuelta en vértigo y terror. Este mundo cobró importancia en la literatura universal desde los años antiguos; recordemos el simbolismo del descenso órfico al Averno, la peregrinación de Teseo en el laberinto minoico, la bajada de Eneas y Ulises a los infiernos y la posterior de Dante, acompañado por Virgilio. El mundo subterráneo se simboliza en las cuevas -como en el caso romántico de Novalis en Enrique de Offterdingen- o más tarde en los sótanos góticos [3].
Botello de Moraes parte de la leyenda de las cuevas de Salamanca, un mundo subterráneo donde supuestamente se practicaba la necromancia y donde permanecían vivos los vestigios del mundo hermético, como se creía igualmente en el ámbito hispánico para el caso de Toledo y su cueva mágica, de Sevilla y de Córdoba, respectivamente. El autor contrapone este mundo de la “sabiduría arcana” con el mundo superior de la ciudad y su Universidad que representa el espíritu de la nueva época; el faro de la ciencia que llamaba a su puerto a los peregrinos de la razón. Así, pues, la dialéctica de la obra parte de la confrontación de lo oscuro, mágico y sublime que abraza la tradición seudocientífica arcana -que todavía subyugaba las mentes del vulgo- y, por otra parte, del mundo científico, diurno que concentraba en las aulas de la universidad la sabiduría ilustrada, y de donde bebían las mente libres de la edad moderna. En este sentido, como señala De la Flor, se separa la luz de la sombra; “los seres celestiales y la potencialidades benéficas del espíritu de las potencias innúmeras que manifiestan el mal” (De la Flor, 1997: 116).
La leyenda de las cuevas de Salamanca tiene un origen muy antiguo. En las descripciones de los viajeros que datan desde el siglo XV se recogen las historias que, desde la remota antigüedad, se interrelacionan para dar forma a este caso concreto de un motivo universal. Así que su fundación se remite a la llegada de Hércules a España y la ciudad de Salamanca, donde desde entonces se practicaban rituales de magia negra. Según otra leyenda, el nombre mismo de la ciudad de Salamanca tiene un origen literalmente numínico: viene de la combinación de dos palabras griegas, (salmodiar) y µa t (arte de adivinación); dos significados que reflejan la tradición en la práctica de la necromancia en la ciudad. Este potencial lingüístico pasó también en los registros diccionariales. Así, en el diccionario de la Real Academia Española, en el término “Salamanca” leemos: “Chile y Urug. Cueva natural que hay en algunos cerros¦Argent. Salamandra de cabeza chata que se encuentra en las cuevas y que los indios consideran como espíritu del mal” (Diccionario de la Real Academia Española: 1830) [4].
Se puede percibir cómo un motivo universal, el de las cuevas consideradas como amparo de espíritus demoníacos y lugar de rituales oscuros, pasó a través de un caso concreto, como es el de Salamanca, de “bautizarse” ipso facto en el mundo hispanohablante por esta ciudad de Castilla. Este hecho sólo, puede ser suficiente para ofrecer una idea de la leyenda que se esconde en el subsuelo de la ciudad y la creencia profunda en la existencia de las cuevas como gimnasio nefando. Hay numerosas referencias de viajeros y literatos sobre las cuevas de Salamanca como lugar nefasto, en cuyo amparo se cobijaban círculos heterodoxos -judíos, alquimistas, cabalistas y masones- quienes atraídos a la ciudad por la fama de sus estudios, practicaban en las cuevas sus respectivos ritos herméticos y convocaban sus asambleas oscuras. La entrada para este mundo subterráneo se sitúa hasta hoy en el convento de San Ciprian [5] y enfrente del palacio de Marqués de Villena, quien, según las leyendas, bajó a las cuevas para iniciarse en los misterios de la brujería. Se puede notar que incluso en cuanto a la ubicación de las cuevas existe un sustrato legendario fuertemente cargado y relacionado con las fábulas.
El tema de las cuevas se había tratado anteriormente en la literatura española, sobre todo en el teatro de magia, como es el caso de La Celestina (Tragicomedia de Calixto y Melibea) de Fernando de Rojas, publicada en 1499, y toda la serie de comedias que se inspiraron en la obra de Fernando de Rojas y hasta Cervantes en su Cueva de Salamanca. Lo que diferencia el tratamiento del motivo por Botello de Moraes es su aproximación paródica a la leyenda, mediante etimologías fabulosas de topónimos y personajes legendarios o históricos, hipérboles y contradicciones narratorias -sobre todo conforme el estatus cultural del personaje-narrador que habla en cada caso-, y recursos narrativos como el mundo al revés dentro del margen del subgénero de lo maravilloso. Además, la crítica de Botello de Moraes no se dirige sólo hacia el mundo de la superstición, sino también hacia el mundo de la luz, dedicando pasajes enteros donde se desacreditan los círculos de los supuestamente sabios de la universidad, los plagiarios de ideas de otros, y que llegan hasta la crítica del estado. Así, la contraposición continua entre los dos mundos, cobra también un sentido contrario e inverso, oponiendo un mundo mágico, pero a la vez matizado con paisajes arcádicos, casi utópicos donde sus súbditos viven libres y apacibles, algo que inserta el libro de Botello de Moraes en el largo linaje literario que inició Thomas More el 1516 con su Utopía. No obstante, y aún así, el movimiento perpendicular que simboliza el descenso a las cuevas, y el sucesivo ascenso a la luz, no deja de tener el significado de la caída como único modo de liberación del pasado, para el bautizo en la “pila” de la razón.
En este juego dialéctico Botello de Moraes no deja de valerse de las antinomias que producen ciertos prototipos correspondientes a ambos mundos. Así, como señala De la Flor:
La luz se enfrenta así a la oscuridad, los héroes (Hércules), reyes (Alfonso IX) y papas (Alejandro IV), que constituyen la panoplia epónima del alma mater universitaria salmantina, se contraponen, por la fuerza de su virtud positiva y empírea, a aquellas otras sombras intranquilizantes -el marqués de Villena (relacionado con Salamanca por el episodio de la redoma y la torre), La Celestina (de creer que es la ciudad universitaria donde se asienta su morada), el demonio fáustico (que saca Cervantes) y, finalmente Bruxillo (el que será personaje central en la obra de Botello de Moraes).
(De la Flor, 1997: 118)
Así, se nos ofrece una descripción histórica de la ciudad que a la vez se presenta como una “guía turística”, de donde no faltan las referencias legendarias como parte del pasado “pintoresco” de la ciudad y de sus peculiaridades folclóricas. El golpe que dio la obra de Botello de Moraes a la leyenda de las cuevas de Salamanca se figura mejor en el hecho que después de su publicación, en 1732, y con el impacto de la razón ilustrada, el asunto conocerá un paulatino olvido que sólo se revivirá momentáneamente cuando Espronceda situará la acción de su relato El estudiante de Salamanca, en la ciudad universitaria. Cuento que se valdría de la leyenda para tratar temas sobrenaturales.
En el tratamiento que hizo Botello de Moraes del asunto, como hemos mencionado, utilizó en su discurso literario diversos procedimientos como son los mitos, la parodia, y motivos como el sueño, la utopía, el mundo al revés, dentro del margen del género maravilloso. En este sentido, y siguiendo la categorización anteriormente mencionada que hizo Jacques Le Goff sobre lo maravilloso medieval, Botello de Moraes hizo uso de una hibridación del subgénero magicus y miraculosus, combinando motivos de la vertiente negativa de la mitología cristiana con elementos míticos paganos, dándoles un alcance seudocientífico de origen folclórico, y todo esto a través de un prisma utópico; como si, y a pesar del fuerte sarcasmo del autor hacia las creencias supersticiosas, Botello de Moraes encontrase en este mundo supernatural ciertos rezagos de la perdida inocencia primitiva, escondidos detrás de un mundo de escaparate, construido por la imaginación folclórica.
Efectivamente, a menudo las descripciones de los sitios que visita en compañía de sus guías legendarios, se nos presentan regiones arcádicas, casi bucólicas, donde manan ríos de leche y miel; de climas perfectos, aves fabulosas y gentes felices. Como señala De la Flor, los elementos bucólicos “los toma de (...) esa corriente poética de gran predicamento en Salamanca, desde los tiempos de las églogas garcilacistas” (De la Flor, 1987: 39). Este locus amenus, se sitúa históricamente dentro de la vertiente utópica que marcan la literatura europea desde la época de Thomas More y que florecieron sobre todo a partir del acontecimiento de gran impacto que significó el descubrimiento de América, el lugar donde los europeos proyectaron sus fantasías y sueños [6]. Dentro del margen del pensamiento utópico que prevaleció en el siglo XVIII de las utopías sociales urbanas, Botello de Moraes mantiene firme una visión de utopía de la naturaleza, que propone una vuelta a los orígenes “auróricos” del hombre, cargada de elementos del imaginario pagano. En efecto, vista la obra desde esta perspectiva, entra en el subgénero de los relatos de viajes exóticos; siendo, sin embargo, un viaje que su trayecto no sólo pasa por el espacio sino que atraviesa el tiempo, en un vaivén entre el pasado quimérico de la humanidad y de vuelta en la época actual del autor; época de la razón y del progreso.
Otro rasgo destacado de la obra es la pasión fuerte por la lengua española, algo que cobra muchísima más importancia teniendo en cuenta que Botello de Moraes no la tenía como lengua materna. Se trata de una peregrinación en los orígenes mismos del lenguaje, indicando etimologías reales e inventando lúdicamente otras ficticias. En cuanto a su propuesta literaria, es una obra de difícil clasificación. Todo se narra como un sueño del autor, donde se intercalan distintas narraciones que se originan conforme el curso de los diálogos de los personajes, casi intuitivamente, algo que hace la narración muy viva, a pesar de las extensas a menudo descripciones, recurso normal si tenemos en cuenta la época de su redacción. En este sentido, se trata de una obra barroca por excelencia, que combina lo picaresco con lo maravilloso, la sátira y la utopía.
La estructura de la obra se divide en siete libros, que narran lo que el autor ve y aprende en su viaje por el mundo subterráneo, mediante las instrucciones que le dan sus “mentores” o guías en este viaje, sobre todo el personaje de Amadís [7], el archibrujo de las cuevas. Durante el curso de la obra se entremezclan la narración con la poesía, los sucesos históricos con los ficticios; la verdad con la imaginación, la luz con la sombra, convirtiendo la propuesta literaria de Botello de Moreas en una especie de miscelánea. Todo eso entra en la propuesta literaria del escritor expresada en el prólogo con quien introduce su obra: “Merecen desprecio los escritores que se valen de los caminos que otro abrió (...). Los influjos de esta opinión, me inclinaron a escribir mi Historia sin asustarme los riesgos de que por la novedad de mi fábrica se conjuren contra mis perversos lectores” (Botello De Moraes: 55).
Innovación, pues, del género literario y experimentación lingüística lúdica con tal de que se redacte una obra amena, instructiva y conforme los dictámenes que la época exigía de los autores. Obra que narra mediante el ejercicio de una retórica que exorciza los fantasmas del pasado utilizando el único arma efectivo, el de los argumentos que brillan por sí a través de un discurso inteligente. De la Flor escribe al respeto: “no se afirma a través de la negación, sino que se descalifica lo que es resultado de una serie de afirmaciones monstruosas, desproporcionadas” (De la Flor, 1997: 124).
Historia de las Cuevas de Salamanca, es la historia del viaje humano de las sombras a la luz; un viaje de lo cual cada uno guarda los recuerdos que más le emocionen a sabiendas que sólo se trata de memorias y lecciones en la órbita que la humanidad traza en su búsqueda de respuestas. Una órbita que, eso sí, no debe interrumpirse por más eclipses de oscuridad supersticiosa. Es la obra testimonio del final de una época y la herencia que ella legó a las generaciones que le sucedieron.