



(3 opiniones)
José Manuel del Pino lee a Svetlana Boym para entender cómo funciona la nostalgia en Solas. Haremos lo mismo porque el estudio de Boym nos sirve para entender mejor la figura de Ramón:
It is not surprising that national awareness comes from outside the community rather than from within. It is the romantic traveler who sees from a distance the wholeness of the vanishing world. The journey gives him perspective. The vantage point of a stranger informs the native idyll. The nostalgic is never a native but a displaced person who mediates between the local and the universal (12).
La película de Cuadri podría haber terminado en el momento en que David le tira la camiseta a Ramón. El coche entra en la carretera nacional destino Madrid y ahí caben los créditos o corte a los créditos. Pero la historia tiene un epílogo con la vuelta de Ramón a la Sevilla de comienzos del siglo XXI. Es un Ramón que ha visto el mundo como lo indican las pegatinas en su moto. Es el viajero romántico del que habla Boym. Es este peregrino el que proporciona la visión nostálgica de la Sevilla de 1975 que era testigo de la desaparición del dictador, de la España de 1976 que tenía una democracia aún no marchita por el desencanto (o el desengaño si usamos el término barroco del peregrino en vez del romántico del viajero). Es la nostalgia de la primera adolescencia, de la inocencia del primer beso, de la primera música rock que llega al alma de David y Ramón, de niños-hombres que besan y juegan con indios de plástico. Me voy a fijar en un solo elemento de esta configuración nostálgica y que complementa a la música ya mencionada y a los tebeos de los que también se ha hablado e incluso de los carteles de películas que pueblan las paredes de Ramón y David y que éste aún conserva en su taller. Ramón tiene una inocente caja de Juegos Reunidos Geyper, uno de esos símbolos de la época, tan reconocible como la lata de Cola Cao de la caja de la costura o un SEAT 600. Pero Ramón utiliza su caja para esconder octavillas que ha ido recogiendo de todas las ciudades en las que ha vivido. Ramón sólo entiende del poder mágico de estos pedacitos de papel con símbolos subversivos y que te pueden llevar a la cárcel, papeles que atemorizan a sus padres. Ramón admira estas octavillas, las toca y las feticihiza, son su colección, se ha tenido que arriesgar para recogerlas: Poder Andaluz, Amnistía, símbolos comunistas, Bilbao. Representan el futuro del país y el suyo propio. Durante una limpieza la madre las descubre y le dice a Ramón que no es conveniente tenerlas y que no tiene más remedio que deshacerse de ellas. Al preparar la última mudanza Ramón descubre encima de sus cosas la caja que su madre le había confiscado. Esto crea un lazo de complicidad entre él y su madre, quien entiende la actitud de Ramón y aprueba su rebeldía y vicariamente acepta el que alguien en la familia aunque sea simbólicamente se oponga a la dictadura.
La vuelta de Ramón cierra la historia, Ramón en su moto le trae a David la nostalgia de sí mismo, que él no puede tener, porque nunca salió del garaje de su padre. Ramón le trae a David esta nostalgia para agradecerle la identidad nueva que le dio, basada en el fútbol, en la ciudad en su totalidad, en el barrio y el centro, en su habla trianera y en la cultura popular de una época. David y Ramón construyen para ellos y para nosotros, andaluces de la postmodernidad, una identidad andaluza sin que aparezcan gitanos, flamenco o toros. Es además una identidad inclusiva en la que se superponen las identidades locales, regionales, nacionales e incluso supranacionales, sin que se entorpezcan, sin victimismo, y basadas en las raíces del pasado y en la proyección al futuro.
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