Imágenes de la muerte del Dictador Francia en Yo el Supremo - Entre la tumba y el calabozo (II)
2 - Entre la tumba y el calabozo (II)
De las tres formas en las que, señala Baltrušaitis, aparece reflejada esta temática de la muerte a fines de la Edad Media -danzas macabras, sepulcros con imágenes de cuerpos en descomposición o representaciones del proceso de putrefacción del cadáver en distintos estadios-, es esta última la que más se acerca al modelo que utiliza Roa Bastos. Motivo que evoluciona desde la leyenda budista del Bienaventurado que narra el encuentro de Bodhisattva con un viejo, un enfermo, un muerto y un eremita que le muestran la vanidad del mundo y con ello le confirman en su decisión de abandonar los goces terrenales, su forma más antigua en la tradición occidental cristiana es la Novela de Barlaam y Josaphat. El único muerto que aparece ahora, en versiones posteriores se incrementará a tres en diferentes niveles de descomposición31. Finalmente, estos tres cadáveres pasarán a ser tres estados de putrefacción distintos pero de un mismo cuerpo, “El Cuentos de los tres muertos se convierte en el Cuento de los tres estados.”32
Roa reactualiza esta temática desde un punto de vista eminentemente cientifista. Los gusanos ceden el protagonismo a las moscas, a los diversos tipos de necrófagos que intervienen en la descomposición real del cadáver. Ellos son, ahora, los héroes de este proceso silencioso, los vencedores de esta batalla por la vida desde la muerte. Pero la imagen descarnada y cruenta del cuerpo putrefacto permanece ahí, con su aviso amenazante, el mismo que cinco siglos antes había querido mandar inscrito en la dureza de la piedra de su sepulcro el cardenal Lagrange. El mensaje del Supremo es también un anuncio de derrota, de imposibilidad y la ironía de la que hace gala-ironía que también caracterizó a las manifestaciones de lo macabro medieval33- no es más que su último intento, el postrer asidero, ante la impotencia en la que se encuentra inmerso, igual que, según Antonio Molina Flores, fue, para los románticos, anhelantes de la unidad del todo, de la fusión con la naturaleza, con el Espíritu universal, a través de la desaparición de las barreras que condenaban al exilio del sujeto y el objeto -tan cercano este al deseo de Absoluto del Supremo-, esta ironía el elemento salvador que porta el viajero que retorna de este viaje que le habría conducido a una disolución sin retorno, a la pérdida final de la sabiduría, a la constatación de la locura por medio de la mezcla de todo con todo34.
Frente a esta descripción en primera persona del proceso de descomposición del propio cadáver, una voz desconocida -tal vez el espectro de su can Sultán, quizás la figura enigmática del Corrector- impele al Supremo, ya muerto, a un viaje hacia lo más profundo de la prisión gubernamental. De una descripción cientifista de dicho proceso aderezado con algunas pizcas de elementos simbólicos, pasamos ahora a una eminentemente simbólica con referencias científicas. Francia, situado ya definitivamente en la incapacidad manifiesta, en su derrota final, pierde la voz de mando y, con ella, el control. Ya en vida, aunque muy mermadas sus condiciones físicas, había tenido que reconocer que su poder omnímodo cedía. La imagen de su mano que escribe vigorosa, de suerte que su escritura se convierte en forma más real que la propia realidad, se sustituye por la de una mano casi agonizante que escribe por mandato de otra, bajo el imperio de su poder35. Lo que Roa nos propone no es ya una melancólica aceptación de lo inevitable, sino un exhorto que el Dictador se ve forzado a cumplir sin demora.
La hora, la media noche, y el lugar, las mazmorras -ya vimos como en la primera visión se destruía el otro gran pilar de su control gubernamental, la Casa de Gobierno-. Es entonces cuando el Supremo, pero Supremo Finado ya únicamente, debe emprender la bajada, su propio descenso a los infiernos. Aquí debe encontrarse con sus prisioneros, a los que había condenado a la más oscura de las reclusiones, aislados de todo y de todos, desposeído de su libertad, incluso en lo más personal de ella. Sobre su sufrimiento había asentado Francia su poder, su control, su prisión había sido la imagen de la reclusión en que todo el pueblo paraguayo se encontraba bajo el dictamen único del Supremo. Por eso, cuando se encuentra con ellos, no lo reconocen, no lo escuchan. Él, como antes ellos, ha sido condenado al olvido, “Serás para ellos simplemente la forma del olvido. Un Vacío.”36, a la irrealidad del sueño, “¿Sabrás si sueñan y te sueñan como a un animal desconocido, como a un monstruo sin nombre? Sueño. Un sueño.”37 Esta es su venganza y la de todo el Paraguay. El que otrora podía decir con satisfacción “YO no escribo la historia. La hago. Puedo rehacerla según mi voluntad, ajustando, reforzando, enriqueciendo su sentido y verdad.”38, porque en su país la realidad y la ficción venían delimitadas simplemente por su voluntad, se convierte ahora él mismo en mero sueño, en irrealidad. Condenado a esta nueva situación, Francia debe unirse, ser uno más de los prisioneros, ocupar su posición, su sitio en la hilera de hamacas, la última, la más vil, desecha “de moho y vejez”39. En este silencio absoluto, bajo un peso titánico, se consumará su segunda y definitiva caída. Ya en el suelo, porque sus pecados requerían la más grande de las condenas y la hamaca era un alivio que no merecía, tiene que convivir con las inmundicias, las heces y orines de los otros presos en este “cieno sepulcral” en que él se encuentra atrapado, inmovilizado, como en aquella otra caída, símbolo de su última y suprema impotencia. Aquí retoma Roa la visión del cadáver del Supremo, “los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el pecho.”40 Nuevamente, reaparecen “los ácaros, las sílfides, las curtonebras, las sarcófagos y todas las otras migraciones de larvas y orugas, de diminutos roedores y aradores necrófagos”41. La descripción se completa y a la vez se precisa. Nada hacía indicar claramente que este descenso era la imagen especular del proceso de putrefacción que se nos había narrado anteriormente, esclareciéndose el significado preciso de algunos de los motivos que aparecían antes. Porque, y ahora se constata, la descomposición es el espejo en el que los lectores vemos y el propio Supremo contempla su impotencia y su fracaso, su derrota que es, a la vez, personal y política, de su anhelo de pervivencia y su utopía revolucionaria.
Ya había, esta voz desconocida, antes de su condena final al Supremo, expuesto los motivos que la provocan. La crítica de la que es objeto el Dictador alcanza a su ideal político, refleja la imposibilidad de su idea revolucionaria. Francia es un mero alucinado, un fabulador, un loco, que ve desmoronarse sus sueños y sus esperanzas, a la par que se descompone su propio cuerpo. Y, porque ha violentado los principios revolucionarios, la ha utilizado como refugio de sí mismo, debe contemplar su cadáver “en el que ahora pastan horizontalmente los gusanos.”42 El Supremo ha sucumbido ante la peor de las enfermedades, ante la ambición desmedida, el orgullo, la cobardía y el miedo, condenando a su pueblo al aislamiento en el que él mismo vive. Acusado de no haber seguido los postulados de su pueblo, de haber llevado a cabo el proceso revolucionario al margen de él, se ha convertido en esa Gran Obscuridad, en ese Don-Amo “que exige la docilidad a cambio del estómago lleno y la cabeza vacía.”43 Él, que había proclamado la necesidad de una verdadera revolución que se asentara sobre la base de la soberanía del pueblo y no sobre los deseos e intereses de una minoría y que por ello había tratado de acabar con esta situación de privilegio, sin embargo, se olvidó de darle el poder al la gente, convirtiendo su revolución en mera caricatura. Conocedor de que el primer gran movimiento emancipador, la Revolución Comunera, de la que él se considera a sí mismo deudor y continuador, había fracasado cuando el poder pasó “del campo a la ciudad”, no comprendió que tenía el mismo fin una revolución basada únicamente en su propia persona. Y por eso, la condena, primero física, después individual y ahora política, acecha tras la cama del moribundo dictador, esperando su muerte para asaltarlo. Muerte que, sin embargo, para el Supremo, no puede ser el final, el descanso. Su pena, mayor que la de los otros hombres -él es la encarnación de unas esperanzas de un pueblo que son inmortales- es la memoria, ni siquiera el olvido será capaz de salvarlo. Porque si el no reconocimiento de los prisioneros había sido visto como una ignominia hacia la figura del Supremo, ahora adopta un significado distinto y complementario. Pervive su memoria, sí, pero el suyo es un recuerdo teñido de oscuridad y sufrimiento, de impotencia y de traición, porque él, como cabeza de su proyecto personal, como su único guía y abanderado, “debe dar cuenta de todo y pagar hasta el último cuadrante…”44
Junto al pecado, la condena. El motivo central del cuerpo devorado por las larvas y las moscas, que ya había insinuado en la primera descripción un significado más profundo, reaparece ahora con toda su crudeza. Mientras los restos del cadáver del finado Supremo son un delicioso manjar en el que campan a sus anchas estas voraces criaturas, él es condenado al hambre perpetua, lo asalta el apetito insaciable, el deseo irrefrenable por engullir “tu huevo, el huevo embrionado, el huevo olvidado en la ceniza, el huevo que otros más astutos y menos olvidadizos ya habrán comido o arrojado al tacho de los desperdicios.”45, aquel que debía haber sido su último desayuno. Este huevo es la propia Revolución que trató a lo largo de toda su vida de engullir el Dictador, es su símbolo y su imagen. Mas, ahora, Francia es devorado por la revolución que encabezó y que traicionó, ya que, como bien señala esta voz censora, “la verdadera Revolución no devora a sus hijos. Únicamente a sus bastardos; a los que no son capaces de llevarla hasta sus últimas consecuencias. Hasta más allá de sus límites si es necesario.”46
Roa, de igual forma que vimos realizaba en la primera de las imágenes que de la muerte de Francia tenemos, reactualiza un motivo recurrente, en esta ocasión la bajada a los infiernos. Modelo arquetípico, la Divina Comedia de Dante no hace más que recoger de la mano de Virgilio esta temática que este, a su vez, había tomado de Homero. Pero, frente a la condena colectiva que la tradición había propuesto, el escritor paraguayo construye, con los mismos materiales, un infierno personal. No es ya este un ámbito universal de sufrimiento, sino un espacio propio en el que el pecador -en este caso el Dictador Francia- soporta el castigo señalado a su culpa. El infierno se sustituye por el calabozo, los demonios por gusanos y, en medio de todo, él, como único condenado. Porque, y esto ya se daba en la Comedia dantesca, se establece una correspondencia entre la culpa y el castigo47, este “Trátesele como él trató a los otros” en la que Séneca cifra la marca de la justicia y con el que condena al emperador Claudio en su satírica Apocoloquintosis o “transformación en calabaza” es la misma guía que sigue Roa para condenar a su criatura. Por eso él, que había vivido acuciado por el deseo de “devorar” la Revolución, es condenado al hambre perpetua mientras los gusanos acaban con su cuerpo. Imágenes similares asaltan al lector de ambos infiernos. Dante, acompañado de su guía, el Poeta -Virgilio-, Francia, obedeciendo al mandato de este inquisidor desconocido, ambos bajando, descendiendo a este “tenebroso mundo” en palabras del escritor italiano, a este reino de las sombras, “espacio eternamente oscuro”48, rodeados los dos de cuerpos amontonados, “La espesa selva que formaban los espíritus apiñados”49, en un ambiente pestilente e infecto, “Me encontraba en el tercer círculo, en el de la lluvia eterna, maldita, fría y densa, que cae siempre igualmente copiosa y con la misma fuerza. Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en turbión a través de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala un olor pestífero.”50
Motivo recurrente en el viaje infernal de Dante es la reivindicación de la memoria. Su poema se construye, así, como su recuperación, razón por la cual, le pide a esta que venga en su ayuda, “¡Oh, Musas! ¡Oh, alto ingenio! Venid a mi ayuda. ¡Oh, memoria que registraste lo que vi!, ahora aparecerá tu nobleza.”51 Memoria que, sin embargo, en algunas ocasiones, debe reconocer sus limitaciones, “Dijo además otras cosas que no he podido retener en mi memoria, porque me hallaba absorto mirando […]”52 Pero es, además, su obra un vehículo para el recuerdo, y una exaltación de la necesidad de una fama perdurable. Es esta la que salva de las penas infernales a aquellos que, al no haber podido profesar la fe en Cristo ya que vivieron antes de su llegada, aguardan en el Limbo, “-La honrosa fama que aún se conserva de ellos en el mundo que habitas los hace acreedores a esta gracia del Cielo que de tal suerte lo distingue.”53 Frente a ellos, aquellos que “vivieron sin merecer alabanza ni vituperio”54 y los ángeles que “no fueron ni rebeldes ni fieles a Dios”55, sufren una muy cruel pena, “Éstos no esperan morir y su ceguera es tanta que se muestran envidiosos de otra suerte. El mundo no conserva ningún recuerdo suyo y tanto la misericordia como la justicia los desprecian.”56 También la memoria -“esa forma del olvido / que retiene el formato, no el sentido” como Borges la describe- es un elemento central en la vida del Supremo y lo será en su muerte. Desde la atalaya del poder, pero igualmente ante el abismo de la desaparición, Francia trata de dar a conocer su mensaje -en cuanto que es su propia visión de los hechos- como forma de permanecer y de pervivir en la memoria de su pueblo. La condena al olvido o cuando no al recuerdo negativo de su figura es por eso tan significativo. Porque su derrota no se puede circunscribir al pasado o al presente, alcanza también al futuro. La traición a su pueblo, el más vil de los pecados que existe, Dante sitúa en el último de los círculos de su infierno a Judas -traidor a Cristo-, Lucifer -traidor a Dios- o Bruto -traidor a Julio César-, no merece tener redención alguna.
Tras la imagen del cuerpo en descomposición y la de la bajada a su infierno personal, el motivo del “huevo revolucionario” nos conduce a la tercera y última de las variaciones sobre el episodio de la muerte de Francia. Ya vimos como el último de los migrantes, este Tenebrio Obscurus, se encargaba de acabar con todo rastro de vida que aún perduraba en el cadáver ya descarnado del Dictador. Para el Paraguay, para su pueblo, la figura de Francia es encarnación de la oscuridad, y con ella del temor y del miedo, “También aquí en el luminoso Paraguay lo blanco es el atributo de la redención. Sobre ese fondo de blancura cegadora, lo negro de que han revestido mi figura infunde mayor temor aún a nuestros enemigos. Lo negro es para ellos el atributo del Poder Supremo. Es una Gran Obscuridad, dicen de mí temblando en sus cubículos. Cegados por lo blanco, temen más, muchísimo más lo negro en lo cual huelen el ala del Arcángel Exterminador.”57 Porque, y a pesar de que él mismo se proclame introductor de la cal en su país, es el negro del alquitrán (“Debí haberlas mandado pintar de alquitrán, no con la cal patria que estos alcahuetes de la subversión empuercan cobardemente.”58) el que domina la existencia de toda su gente. Por eso, los prisioneros -aquellos mismos que despreciarán la memoria del Supremo con su olvido-, imagen de este pueblo carente de libertad, se hallan “encerrados en la más total obscuridad desde hace años. […] Obscuridad más obscura imposible.”59 Oscuridad que, sin embargo, termina alcanzándole también a él, envolviéndolo y portándolo hacia la muerte. Porque, para el Supremo, esta equiparación de lo oscuro con su persona tiende a señalar, más que un mero rasgo físico -se nos dice que su tez era morena- un aspecto moral de su personalidad. Es, a la vez, un símbolo de la incomunicación en la que vive y a la que condena a todo su pueblo, y un espejo en el que Francia se contempla a sí mismo, ve reflejado su destino, tal como Borges nos había mostrado en sus creaciones especulares. Así pues, la visión de su cuerpo devorado por esta última gran migrante se completa con la de él devorando a su propio pueblo. Porque su muerte y su destino, su fracaso, son las imágenes simbólicas de una muerte y un destino colectivo.
Si ya desde la primera versión de la muerte del Dictador -la descripción del proceso de descomposición del cadáver- se vislumbraba un significado más profundo que trascendía el aspecto puramente físico de este análisis científico, en las versiones posteriores esta impresión se refuerza y se confirma. La muerte del Supremo representa el final no sólo de su sueño, el fracaso no sólo de sus proyectos, sino el de toda una sociedad, de todo un pueblo. De igual forma que los gusanos, porque el motivo subyace aunque se utilice una terminología más precisa desde un punto de vista científico, devoran el cuerpo de Francia, este, la Gran Obscuridad, Tenebrio Obscurus, devora a su pueblo. Y lo hace porque fue incapaz o no quiso apoyarse en él, porque prefirió una forma de gobierno dictatorial que desoyera las voces de su gente y su sentir. Por eso, la reclusión y el aislamiento en el que sume al Paraguay del resto de repúblicas independientes no es más que la imagen de su propio aislamiento del pueblo que gobierna. Pero, a la vez que devora a la Revolución, esta, en cuanto sentimiento y ansia de libertad de todo un pueblo que no se puede sojuzgar, termina devorándolo a él. Bastardo y no hijo de ella porque fue incapaz de nutrirse de su fuerza y vitalidad en pos de un bien común, acaba condenado eternamente.
Roa Bastos ha construido, a través de esta pluralidad de perspectivas que tratan un único acontecimiento -la muerte de Francia o de su sueño, ambos son la misma cosa- este signo complejo que es toda imagen artística. Porque dentro de la descripción cientifista se encuentra ya el germen de la visión mítica-simbólica y dentro de esta segunda se recupera la primera para crear las dos caras de la misma moneda, para dar forma a esta visión del fracaso y de la impotencia, de la derrota del Supremo Dictador, condenado al hambre perpetua porque su deseo de absoluto había sido, a lo largo de su vida, un apetito irrefrenable.
