Los animales han sido objeto de representación desde los orígenes de la literatura occidental. Esta relación ancestral se vincula con el carácter ambivalente que, como los grandes temas literarios, tienen los animales en relación al hombre: una contigüidad familiar en convivencia con la más radical extrañeza. El tópico de los animales impone a la literatura la presencia de un elemento irreductible a las categorías del pensamiento, que puede ser nombrado pero se resiste a cualquier forma de identificación con la experiencia humana. En este sentido, el mundo animal constituye para el hombre una zona incognoscible del universo que lo rodea, a la vez que pone en evidencia para él la existencia de una región desconocida de sí mismo. Creadores de ficciones, desde Homero hasta nuestros días, han dado cuenta de esta tensión y la han tornado sumamente productiva al concebir los imaginarios de animales como motores de una interrogación incesante sobre lo humano.
En su libro Las estructuras antropológicas de lo imaginario: introducción a la arquetipología general [1], Gilbert Durand explica la primitiva presencia de los símbolos teriomorfos en la realidad humana a partir del esquema de lo animado, asociando la experiencia de lo animal a la inquietud primigenia generada por la observación de un movimiento rápido e indisciplinado; y expone como experiencia fundamental la de la “pululación” o el “hormigueo”: acciones anárquicas que revelarían la naturaleza animal a la imaginación humana en una primera instancia. Movimiento inmotivado e incontrolable, agitación vital de una multiplicidad informe, la pululación se presenta como impresión primera de lo animado sin ánima, de una existencia regida por leyes completamente extrañas a la racionalidad humana. Para Durand “el esquema de animación acelerada que es la agitación hormigueante, pululante o caótica, parece ser una proyección asimiladora de la angustia ante el cambio (…)” [2]. De este modo, la función de los símbolos teriomorfos aparece ligada a una repugnancia primitiva frente a la agitación, que expresa una angustia frente al cambio como testimonio revelador del paso irrevocable del tiempo. Los imaginarios teriomorfos constituirían uno de los rostros del tiempo para la imaginación humana, y es por ello que su presencia en una enorme cantidad de testimonios artísticos puede ser asociada a experiencias de angustia o terror. Desde esta perspectiva es que Durand sostiene que es bastante común encontrar lazos estrechos entre construcciones iconográficas o literarias del mal y la utilización, ampliación o reinvención del repertorio de los bestiarios. [3]
Nos interesa pensar aquí estas teorizaciones a partir de una lectura de Los Cantos de Maldoror (1869) del Conde de Lautréamont, seudónimo del excéntrico poeta de lengua francesa Isidore Ducasse, nacido en la ciudad de Montevideo en 1846. En ellos es posible hallar un saber acerca del valor arcaico y la enorme fuerza de impacto sobre la conciencia de los imaginarios de animales; tal como lo prueba la persistencia aún hoy de su carácter perturbador y la extensísima descendencia que tiene la obra lautreamoniana tanto en la tradición europea como en la hispanoamericana. Nos proponemos aquí indagar de qué modo se articula en Los Cantos el mal como tópico central del poema-relato con los imaginarios teriomorfos, motores centrales tanto para la creación de imágenes como para el discurrir narrativo del texto; más precisamente: qué función cumple en estos textos la animalidad en función de una caracterización moral del hombre; de qué modo se construyen poética y narrativamente los pasajes semánticos hombre-animal / animal-hombre, y cuáles son los efectos provocados por estos movimientos dentro de la que podríamos denominar la hipótesis lautreamoniana del mal como atributo esencial de la naturaleza humana.