Imaginarios teriomorfos en Los Cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont - La metamorfosis
4 - La metamorfosis
La metamorfosis es el procedimiento imperante en Los Cantos. La transformación es la operación por la cual todo acontece y ello es posible en tanto pasaje no se resuelve jamás en un punto de llegada. Retomando a Deleuze y Guattari, se trata de un devenir que no produce otra cosa que sí mismo, que no tiene otro sujeto que sí mismo, es decir, que hay un devenir-Maldoror (devenir-animal, devenir-monstruoso) pero no un término enunciable como Maldoror-devenido. [14]
Esta “poética de la transformación” da al texto la apariencia de una narración infinita en donde son desestabilizadas las estructuras binarias en que se fundan las oposiciones más enraizadas del imaginario humano: la de dios en oposición al demonio, la de los hombres en oposición a dios, la de las bestias en oposición a los hombres. Tal negación de los límites entre existencias es realizada a partir de un deslizamiento analógico que provoca una vacilación respecto a las identidades entendidas como instancias a priori. Aún el narrador está en continua metamorfosis: alternativamente sujeto y objeto de la voz narrativa, Maldoror se constituye en centro de este universo analógico en el cual los límites se desdibujan y las formas siempre mutantes se presentan como desvaríos de la percepción.
En el Canto cuarto, en uno de los pasajes más fascinantes del texto, mediante una violenta irrupción de la primera persona, Maldoror se describe a sí mismo. Allí lo horrible, lo bestial, lo vergonzante toma dimensiones hiperbólicas.
Je suis sale. Les poux me rongent. Les pourceaux, quand ils me regardent, vomissent. Les croûtes et les escarres de la lèpre ont écaillé ma peau, couverte de pus jaunâtre. [15]
Maldoror es la suciedad absoluta. El cuerpo habitado por los piojos, la lepra, los parásitos, los hongos, toda clase de pequeños escarbadores de la piel -límite corporal que separa interior y exterior. Los pies, unidos a la tierra, raíces que lo inmovilizan y llevan hasta su vientre la vegetación. Es necesario precisar que Maldoror no está invadido de alimañas, sino que es un conjunto de alimañas que han tomado el lugar de sus miembros; en un voto de rebeldía contra el Creador se ha metamorfoseado en ese monstruo pasivamente sufriente, en una exhibición obscena de lo perverso e inmundo de la naturaleza. Allí, y no en la interminable sucesión de actos malignos que trama y realiza, se encuentra su verdadera rebelión contra una moral que considera artificial y cínica. Simple exhibición de la naturaleza, su auto-descripción pone en funcionamiento toda la serie de desfiguraciones que constituyen su devenir imperceptible: ni planta ni carne, ni hombre ni bestia y, lo más horroroso: ni vivo ni muerto:
Cependant mon coeur bat. Mais comment battrait-il, si la pourriture et les exhalaisons de mon cadavre (je n’ose pas dire corps) ne le nourrissaient abondamment? [16]
Los Cantos de Maldoror describen con precisión poética el devenir-animal que acontece sin pausa en eso que de modo impreciso podríamos llamar “la experiencia de ser hombre”. Y esta experiencia es, evidentemente, una experiencia del lenguaje (como lugar de la comunidad y de la soledad más radical, como poder y como impotencia, como reducto de la intimidad y como exterioridad absoluta). Lautréamont encuentra y escribe el fascinante resplandor del mal en el intento siempre fallido que su bestial Maldoror hace de una vivencia de lo humano.
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