5 - Apariciones y presencias

Artículo creado por Patricio Eufraccio. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero7/eufr_ggm.html
22 de Agosto de 2006

Una de las cosas que engendra la muerte son los aparecidos. Y, tanto en Comala como en Macondo, la muerte y los aparecidos son las constantes que más los hermanan. No hay necesidad de explayarse para demostrar esta obviedad en ambos pueblos, por lo que mi inquietud la centraré en analizar ¿por qué nos es tan natural a los lectores la presencia de la muerte y los aparecidos en ambas novelas?

Morir, tanto en Pedro Páramo como en Cien Años de soledad, es en realidad un mero accidente de la existencia. Estar muerto no es, ni truncar ni continuar la existencia, sino, más bien, sublimarla. Al morir la gente gana, pues se cumple la promesa eclesiástica de existir en un tiempo y un sitio mejor. El que este sitio sea eterno, terriblemente eterno, no parece molestar a los muertos. Así les fue prometido y, por lo tanto, no hay pena ni engaño en ellos. Ninguno de los aparecidos en las novelas se queja de su estado y, más bien, parecen gozarlo. Algunos, como dije, han ganado con su condición de aparecidos. Como mejor ejemplo está Abundio, el arriero que acompaña a Juan Preciado rumbo a Comala ya que, mientras estuvo vivo era sordo y, en cambio, como muerto escucha perfectamente. Ha pasado de una limitada condición humana, a una ilimitada condición metahumana: el aparecido. Vuelvo a mi pregunta ¿por qué nos son tan naturales los aparecidos tanto de Comala como de Macondo? Porque no son muertos degradados, ni esperpénticos, ni mutilados. Son, por decirlo así, muertos sanos. Esta característica es la que nos permite aceptarlos sin tropiezos durante la narración. Los muertos aparecidos, tanto de Comala como de Macondo, no están para atemorizarnos, ni con su presencia, ni con su aspecto. Están para congraciarnos y hasta para identificarnos con algunas de sus características. Los vemos y sentimos exactamente como recordamos y traemos al presente a nuestros propios muertos. Son eso: nuestros muertos. Seres a los que nos unen sentimientos y recuerdos. Su penar de muertos aparecidos no parece dolerles y, por ende, no nos duele a nosotros. Es más, el sufrimiento no es algo que los agobie. No son esos muertos de los purgatorios católicos: almas penantes entre llamas eternas y aplazado perdón de sus faltas. El purgatorio y, aún, el propio infierno no existen para los habitantes de Comala y Macondo. No hay necesidad de que existan, sus propios pueblos son más que eso. En Macondo la soledad se ahonda hasta ser más desastrosa que la guerra que es, en sí misma, un infierno. Otra manifestación infernal es la naturaleza desbordada de la selva que se traga todo. Por su parte, los muertos de Comala regresan momentáneamente del infierno al pueblo por su cobija, evidenciando con ello que el clima y las condiciones son mejores en el averno que en el propio pueblo.

Tanto en Macondo como en Comala, la muerte es irreal y, por ello, simultánea presencia y ausencia. Contrastan con el Pueblo de mujeres enlutadas y Vetusta donde la muerte es trágica y circunstancial. Independiente de que en Al filo del agua o en La regenta haya muertes, ésta subyace, existe como real, posible y probable; la muerte, de necesitarse, llega y se va. En Comala y Macondo, la muerte, por su permanencia, se troca en inexistencia; más bien, en una existencia de distinta dimensión a la de la vida y la muerte. La gente muere; no así los muertos. Los muertos se quedan a vivir en ambos pueblos. Doble condena de muertos y pueblos. Pueblos vivos tan sólo en sus muertos. Necesidad del pueblo de continuar viviendo hasta que sus muertos dejen de existir; muerte del pueblo que ha de arrastrar a sus propios muertos.

Que el morir no sea, ni penoso, ni doloroso, le proporciona a los pueblos su condición de irrealidad. En Comala, la muerte de Juan Preciado es un acto sencillo: simplemente se le escapa el aliento: "Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se me fuera" (13), dice. No hay drama en su muerte. Lo dramático se encuentra en su viaje frustrado desde siempre, en su intención primera de hallar a un Pedro Páramo que ya había muerto. La muerte de Miguel Páramo, por su parte, produce varias reacciones: por un lado, el avivamiento del rencor en el padre Rentería; por el otro, un sentimiento indefinido en Pedro Páramo, que mira la muerte de su hijo como el inicio de los cobros que le hará la muerte por su vida ruin; finalmente, la muerte produce un asombro morboso en todo el pueblo por ver tendido al único hijo reconocido por el cacique. El único dolor real que provoca la muerte de Miguel Páramo se da en Terencio Lubianes, que afirma: "A mí me dolió mucho ese muerto. Todavía traigo adoloridos los hombros" (14). No existe el dolor por la muerte; quizá porque la muerte no es en la novela una ausencia definitiva.

Por su parte, en Macondo, morir tampoco es un acto, ni penoso, ni doloroso. Aún la matanza de los huelguistas está revestida de esa irrealidad que terminará por convertirla en leyenda, o sea, en algo que no es historia real sino mágica, y en lo mágico no hay dolor. El temerario coronel Aureliano Buendía, contra lo probable, morirá tranquilamente, recargado en ese árbol del patio al cual permanece amarrada el ánima de su padre. Úrsula, por su parte, literalmente se consume sin dolor ni pena, a pesar de su ceguera, mientras que Amaranta, transforma su muerte en un viaje de encuentro con los muertos del pueblo, a quienes les lleva cartas y saludos de sus familiares. No quiero decir con esto que la novela carezca de pasajes en donde la muerte se presente terrible. De ninguna manera. La matanza de los huelguistas y el asesinato de los hijos del coronel, son dos acciones tremendas de muerte, sin embargo, en ambas, la muerte no produce ni más dolor ni más pena que la que produce la vida misma.

Dolor y pena por la muerte que se admite como un mero accidente de la vida, no son los sentimientos que predominan en ninguno de los pueblos.

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