Itinerarios de una madre y una hija en Una muerte muy dulce (1964) de Simone de Beauvoir - Itinerario de una hija
En su magnífico ensayo sobre Baudelaire, Jean-Paul Sartre afirmaba que “el niño tiene a sus padres por dioses. Sus actos, como sus juicios, son absolutos; encarnan la Razón universal, la ley, el sentido y la finalidad del mundo. Cuando esos seres divinos ponen en él la mirada, esa mirada lo justifica al instante hasta el corazón mismo de su existencia; el niño les confiere un carácter definido y sagrado; puesto que no pueden equivocarse, él es como lo ven.”7
Así se inicia la relación padre o madre - hijo o hija según el filósofo existencialista. Sin embargo, esa “unidad primigenia” que remite al paraíso perdido se quiebra con el correr de los años. “El drama comienza cuando el niño crece, es una cabeza más alto que sus padres y mira por encima de sus hombros. Pero detrás de ellos no hay nada: al crecer más que sus padres, al juzgarlos quizá, experimenta su propia trascendencia. ... El niño pierde su esencia y su verdad. ... Injustificado, injustificable, bruscamente experimenta su terrible libertad.”8
De ese modo se inaugura el dolor en la trayectoria humana, en la de Simone de Beauvoir como en la de todos. Hemos visto cómo en la relación madre - hija hubo momentos de identificación y de separación, que fueron revividos en el lapso de la internación. Sin abandonar nunca como centro la sala de hospital, Una muerte muy dulce es la crónica de un itinerario, el de la figura materna. Pero también es el relato de otro “viaje” interior, el de la hija que escribe.
Del primer shock al recibir la noticia hasta el momento culminante de desear matarla para que no sufra, se alternan estados de dolor, inconciencia, miedo y angustia muda. Las diferencias políticas y religiosas, los recuerdos amargos e incluso la teoría sobre los sexos, sucumben ante la realidad de la muerte. La dialéctica madre - hija se articula en torno a una paradoja existencial: la mujer que trajo a otra a la vida es robada por la muerte. Como señala en su estudio sobre la relación entre madres e hijas Luce Irigaray, las identidades se confunden:
“Bajas, vuelves a bajar, sola, bajo tierra. [...] Y la una no se mueve sin la otra. Pero sólo juntas nos movemos. Cuando una viene al mundo, la otra cae bajo tierra. Cuando una lleva la vida, la otra muere. Y lo que esperaba de ti, es que, dejándome nacer, permanecieras también viva.”9
La voz de Françoise existe como discurso “mediatizado”, sólo en la medida en que su hija lo reproduce. Las estrategias textuales que hemos rastreado ponen de manifiesto el intento de autoconfiguración que la misma Simone asienta en la escritura. Después todo, los textos autobiográficos “pretenden realizar lo imposible, esto es, narrar la ‘historia’ de una primera persona que sólo existe en el presente de su enunciación.”10
Nada de lo que le sucede al ser humano es natural porque su presencia está siempre cuestionando al mundo. Vida, feminidad, maternidad son todos límites, formas susceptibles de transformarse en “violencia indebida”. A pesar del destino que nos es dado, esa capacidad para optar nos vuelve sujetos responsables, comprometidos en cada acto con lo que somos y hacemos. Sólo contra la muerte la libertad humana nada puede. Françoise se aferra a la vida con una fortaleza que sorprende a la hija de pensamiento agudo. Las dos mujeres que se saben distintas, se miran y se descubren unidas de otra forma. Más allá de todas las oscilaciones que sufrió la relación en el pasado, no quedan remordimientos.
Como hija Simone ha vivido el registro simultáneo de amor y exasperación, de dedicación y hartazgo, pero también heredó un espacio de libertad para vivir la relación con su madre de manera no unívoca. Como hija que la recuerda vuelve a los orígenes y al significado de nacer de un cuerpo de mujer. Este texto le permite recuperar los aspectos positivos de la maternidad reconociendo el conflicto original entre esta experiencia y la opresión que desde ese lugar ejerce la dominación masculina. Cae finalmente el telón tras el último acto de este drama con dos protagonistas. Entonces la hija, a medias entre la catharsis y el homenaje, va a eternizar la sonrisa de una anciana benévola, “bella como un Leonardo da Vinci”. Como una luz o el calor, la vida de la madre “se apagó” con una muerte apacible.
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